sábado, 21 de enero de 2012

Vada a bordo, cazzo!

Como durante toda la semana agoté mis energías blogueriles en varios debates sobre nacionalidad, Malvinas y la mar en coche allá en El Opinador Compulsivo y en menor medida en BlogBis, llego al sábado con mis pilas posteadoras peligrosamente bajas, por lo que les dejo una traducción fatto in casa de un artículo escrito por Mark Steyn sobre el tema del Costa Concordia que me pareció interesante:

No más "mujeres y niños primero"
Por Mark Steyn

Abe Greenwald de la revista Commentary twittea:

"Existe alguna posibilidad de que Mark Steyn no use al capitán italiano que huye del buque que se hunde como la metáfora de apertura de una columna sobre el colapso de la Unión Europea?"

Válgame Dios. Tienes que levantarte temprano en la mañana para ganarme en metáforas sobre colapso civilizacional. Ya estuve ahí e hice eso. Vean la página 185 de mi último libro, en donde pongo en contraste la ordenada, dignificada y conmovedora conducta de aquellos en el Titanic (el buque, no el mendaz éxito taquillero de Hollywood) con aquella manifestada en desastres más recientes. No hubo ninguna evacuación ordenada del Costa Concordia, sólo caos marcado por actos individuales de coraje de, por ejemplo, un violinista húngaro en la orquesta y un animador del buque disfrazado del Hombre Araña, los que ayudaron ambos a poner a salvo a los niños, costándole la vida al primero.

El miserable capitán Schettino, en contraposición, se encuentra bajo arresto domiciliario, procesado por homicidio culposo y abandono del buque. Su explicación es que, cuando la nave se escoró repentinamente, cayó en un bote salvavidas y no pudo volver a subir. Es en serio. Le podría pasar a cualquiera, con las cubiertas resbaladizas y todo. Lo siguiente que se sabe es que estaba a salvo en la costa, dejando a sus todos sus pasajeros en el mar. Por otro lado, la grabación de audio en la que se lo escucha recibir órdenes de la Guardia Costera para subir al barco y rehusarse a acatarlas no ayuda mucho a sostener esta versión de los hechos.

En el año centenario del más famoso de todos los desastres marítimos, haríamos bien en considerar de forma honesta la historia del Titanic. Cuando James Cameron hizo su película, estaba más interesado en todo excepto aquello sobre lo que de verdad trataba la historia. Confieso que tengo muy pocos recuerdos de la película excepto los senos lozanos de Kate Winslet y algunas agotadoras cabriolas dizque Riverdance en la bodega, pero lo que sí recuerdo tradujo la memoria de hombres honorables: en mi libro, cito al primer oficial William Murdoch. En la vida real, lanzó sillas de cubierta a los pasajeros que estaban en el agua para que pudieran aferrarse de algo, y después se hundió con el barco; haciendo lo aburrido y decente, todo muy británico, sin mucho escándalo. En la película de Cameron, Murdoch acepta un soborno y asesina a un pasajero de tercera clase. El director luego pidió disculpas al pueblo natal del primer oficial en Escocia y ofreció 5.000 libras esterlinas para un memorial, el cual, convertido a dólares de Hollywood, equivale a un poco menojs que lo que Cameron y su familia pagaron para cenar después de los Oscars.

En el Titanic, los pasajeros hombres dieron sus vidas por las mujeres y jamás hubieran considerado hacer otra cosa. En el Costa Concordia, en palabras de una pasajera, "había hombres grandes, tripulantes, empujándonos para llegar al bote salvavidas antes que nosotros". Después de escenas similares ocurridas en el MV Estonia hace algunos años, Roger Kohen, de la Organización Marítima Internacional, le dijo a la revista Time: "No hay ley que diga mujeres y niños primero. Eso es algo de la era de los caballeros".

Eso sólo si por "era de los caballeros" estamos refiriéndose a la época de nuestros bisabuelos.

De hecho, se puede fijar una fecha muy precisa para "mujeres y niños primero". El 26 de febrero de 1852 el HMS Birkenhead encalló cerca de la costa de Ciudad del Cabo mientras transportaba tropas británicas a Sudáfrica. Como en el Titanic, no alcanzaban los botes salvavidas. Las mujeres y los niños fueron escoltados hasta el cúter del barco. Los hombres se reunieron en cubierta. Se les ordenó no lanzarse al agua porque podían poner en riesgo a las mujeres y a los niños abrumando los botes. Así que se quedaron firmes en sus puestos mientras el buque desaparecía bajo las olas. Como escribiera Kipling:

"La mayoría de nosotros somos mentirosos, la mitad somos ladrones, y el resto de nosotros somos tan repugnantes como podemos ser,
Pero de vez en cuando podemos terminar con estilo (lo que espero que no me pase a mí)."

Sesenta años después, los hombres en el Titanic - mentirosos y ladrones, ricos y poderosos, pobres e ignotos - se encontraron siendo llamados a "terminar" con estilo y así lo hicieron. Tuvieron apenas una hora para darles un beso de despedida a sus esposas, ver cómo se trepaban a los botes salvavidas y se alejaban sin ellos. Ellos también esperaron que no les pasara a ellos, pero cuando les pasó, la norma social de "mujeres y niños primero" soportó la presión y se cumplió en todas las clases.

Hoy no existe una norma social, así que es cada hombre por sí mismo, siendo la palabra operativa "hombre" aunque no muchos de los muchachos del Titanic reconocerían a los del Costa Concordia como "hombres". De una anciana embarcada en el último: "Estaba junto a los botes salvavidas y hombres, grandes hombres, me atropellaban y tiraban al suelo a las mujeres."

Cada vez que escribo acerca de estos temas, recibo muchos mails de hombres en la línea del siguiente:

"Las feministas querían una sociedad con neutralidad de género. Ahora la tienen. ¿Entonces de qué te quejas?"

Y así las virtudes masculinas (si me perdonan una frase peculiar) se encogen hasta quedar reducidas en las así llamadas "cuevas de hombres", aquellos tristes y pequeños reductos de cerveza y canales deportivos premium en el cable.

Estamos más allá de las normas sociales en estos días. Una mujer puede ser soldado. Un hombre puede ser una mujer. Un chico travestido de siete años puede unirse a las Niñas Exploradoras en Colorado porque se "identifica" como una niña. De seguro que agrega cosas al rico tapiz de la vida. Pero no puedo dejar de pensar cuántos van a estar dispuestos a identificarse como hombres cuando las cosas se pongan peores.

Un día o dos después de que el crucero encallara, leí el obituario de un hombre llamado Ian Bryce, quien se encontraba en Dunkerque en 1940 cuando una flotilla improvisada de pesqueros, yates y otros "pequeños buques" ingleses evacuaron a las tropas aliadas que habían sido aisladas por el avance de los alemanes. El joven Bryce, un guardiamarina de 17 años de edad, rescató por sí mismo a 109 soldados británicos, ocho oficiales belgas, dos franceses y dos refugiados judíos en múltiples idas y vueltas en un bote a motor bajo fuego de la Luftwaffe. Nadie le pidió al capitán Schettino que hiciera algo extraordinario, sino tan sólo su deber.

Abe Greenwald no está pensando en grande. El Costa Concordia no es sólo una metáfora del colapso de la UE sino, y acá viene marchando, sobre la fragilidad de la civilización. Al igual que cualquier barco, el Concordia tenía sus procedimientos de emergencia; los simulacros de abordaje de botes salvavidas que todos los tripulantes y pasajeros tienen que llevar a cabo antes de zarpar. Al igual que con el teatro de seguridad en los aeropuertos, los rituales nos dan la ilusión de seguridad, y después, mientras el barco escora y las luces dejan de funcionar y la negra y helada agua entra, descubrimos que estamos por nuestra cuenta: pasamos de bailar y cenar, de las coristas y los saunas, a las oscuras profundidades en cuestión de momentos.

Hoy las naciones más ricas en la historia humana construyen cruceros de placer en lugar de naves de guerra, vastos palacios dedicados a la buena vida, a la noción de que, en el rechoncho y complaciente Occidente, la vida misma es un crucero, navegando (como el nombre del Concordia lo sugiere) en un plácido lago de paz y armonía. Desde el colapso económico de 2008 la metáfora del Titanic - acerca de un mundo occidental que avanca hacia el iceberg pero no puede cambiar su curso - ha sido un poco abusada, convirtiéndose en el cliché más fácil al que puede recurrir un político que quiere imprimir una sensación de urgencia. Pero asumamos que tienen razón y que estamos avanzando a toda máquina hacia el gran cubo de hielo. Cuando choquemos ¿qué es lo más probable? ¿Que nuestra respuesta sea tan ordenada y civilizada como la de aquellos en el Titanic? ¿O que descendamos al infierno del Concordia?

El desprecio hacia "mujeres y niños primero" no es una pérdida menor. Para las culturas reblandecidas en buenas épocas, es fácil descartar las normas sociales. En tiempos duros, puede ser que las necesiten.

Hasta la próxima.

4 Comentarios:

Anonymous carancho dijo...

Excelente nota, Mayor Payne.
Siempre dando motivos para usar la sesera (como dirìa mi abuelo)

3:40 p. m.  
Blogger Mayor Payne dijo...

'chas gracias, Carancho!

Mr. Steyn tiene para mí un arte soberbio para embocarla justo en la esquina superior del arco desde cualquier distancia con muchos de los temas que son noticia. Claro que el panorama que pinta usualmente es pesimista, pero para escapismo y "buena onda" ya está 6-7-rrocho.

Saludos!

4:09 p. m.  
Blogger Andy dijo...

Me has hecho llorar!

5:21 p. m.  
Blogger Andy dijo...

Y lo que cuenta Steyn lo veo todos los días entre abril y noviembre: circa 8 de la mañana, hora de entrada del turno mañana universidad pública del conurbano, largas filas de estudiantes (me juego el aguinaldo que son mayoría de "soldados del pingüino") tomando colectivo desde estación FFCC hasta "la facultad" (25 cuadras), nunca ví jamás a ninguno de ellos cederle el asiento a una mujer, ni vieja ni embarazada... sabiendo que después pasarán sentados cuatro horas en las aulas... y ningunos wachiturros, más bien chicos lindos de escuela privada...

5:30 p. m.  

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal

Más recientes›  ‹Antiguas