Paciencia, por favor. Si necesitan tomar algo, vayan y vuelvan.
Aprovechando que hoy se celebra un nuevo aniversario de esa especie de "Putsch de la Cervecería" a la argentina que conocemos como "Día de la Lealtad", quería compartir con ustedes unas reflexiones que estuve madurando, que sin estar relacionadas con la efemérides pochista que conmemoramos hoy, considero tan deprimente como el hecho de que todavía tengamos entre nosotros una copia (en calidad borrador light, pero copia al fin) del fascismo.
Verán, había una época en que, en mi inocencia y esperanza, todavía creía que había límites que la clase política no podía cruzar sin arriesgarse a una brutal e inmediata reacción de indignación colectiva. No sé por qué pensaba eso. Quizás se deba a que empecé a tomar conciencia de la política allá por el segundo mandato de Menem, cuando las denuncias de corrupción eran cotidianas, la percepción de los abusos del poder estaba bien difundida, y realmente era posible pensar en combinar crecimiento y modernización (que se le reconocían al Turco) con respeto por la Constitución y las leyes (que se le reclamaban diariamente).
Cuando se fue el Turco, momento que muchos festejamos en aquel entonces (hasta los mocosos acneicos e inconscientes de 15 años como yo los tenía en diciembre del '99), no podíamos imaginarnos las cosas que vendrían después y que nos harían a muchos extrañar al célebre patilludo riojano.
¿Un racconto? Corralito, doble golpe de Estado civil, corralón, pesificación, devaluación, CER, piqueterismo, alineación con la zurda más demente del continente, concentración de poderes en el Ejecutivo, reescritura de la historia, aniquilación de las autonomías provinciales, hostigamiento a la oposición y la prensa, feudalismo familiar, "retenciones" confiscatorias, multimedios oficialistas, capitalismo de amigos, tramoyas electorales, candidaturas testimoniales, cambios de distritos, superpoderes, decretismo, desplantes al por mayor, revanchismo, resucitación de "esa gloriosa cegeté", borocotización a diestra y siniestra, el desplante elevado a política oficial, insultos por cadena nacional...
Seguro que me faltaron unos cuantos, pero bueno, van teniendo una idea.
Tan bajo estábamos (y estamos) cayendo que mi esperanza era ver en qué momento llegábamos al límite. Cuándo íbamos a bajar tanto en el pozo hediondo del kirchnerismo que sus prepotencias iban a provocar una reacción devastadora en su contra.
Pensé que ese momento llegó durante el conflicto del campo. Tenía todos los ingredientes correctos: una medida abusiva e injustificable, una reacción sectorial primero y social después en defensa del derecho de propiedad, y una contención institucional impecable y necesaria para los abusos del poder oficial. Después de esa madrugada alucinante del "voto no positivo", se podía pensar que habíamos dado vuelta la página.
Claro, mantener una esperanza en que este país aprenda es tan inútil como mantener una jubilación sin que te la afane la ANSeS, de modo que la realidad tuvo que dar las cachetadas de Aerolíneas, la estatización de las jubilaciones, la guerra de baja intensidad contra el campo, el adelantamiento de las elecciones, el cambio de distrito del Néstor, las candidaturas testimoniales y la fantochada de la efedrina antes de la noche gloriosa del 28 de junio, cuando pudimos ver al Néstor desencajado y con espuma en las comisuras escupiendo que había perdido "por dos puntitos nomás".
¿Estoy explayándome demasiado? Un poco de paciencia, por favor. Ya voy a llegar.
Ya no podía haber otra. Le habíamos ganado la elección a la tiranía constitucional más burda y evidente desde que el propio Pocho Perón llegó a la Rosada. A partir de entonces tenía que comenzar el desbande, la retirada. En la cabeza mía se sucedían retazos de "La Caída" en donde le ponía la cara del Néstor a Hitler y de la Kretina a Eva Braun... porque el clima de fin de reinado se olía en el horizonte.
¿Y qué pasó? Diálogo trucho. Borocotización a diestra y siniestra... otra vez. Extensión de los superpoderes.
Y la frutilla del postre: la Ley de Medios.
Si Carlos hubiera intentado hacer todo esto, o siquiera una de esas cosas, después de las elecciones del '97, le hubieran pegado un voleo en el toor como le hicieron a Fujimori.
Lo más descorazonador de todo el asunto no fue que hubieran aprobado la ley: de los Kirchner y de nuestros representantes moralmente ineptos del Congreso se puede esperar cualquier cosa. Lo descorazonador fue la completa impasibilidad de la sociedad y la complicidad de otros cuantos. ¿No le importaba a nadie que la democracia se estuviera yendo al carajo de la mano del derrotado en las elecciones?
Fue un par de días después de la aprobación de la ley que verdaderamente caí en la cuenta de lo terrible.
No era que no le importara a nadie que la democracia argentina se estuviera yendo a la mierda. Lo que no le importaba a nadie era la mismísima democracia argentina.
¿No me creen? Agarren al azar en la intersección de Corrientes y Florida a un argento común y silvestre y pregúntenle qué es una democracia. De seguro les dirá que es "el gobierno del pueblo" o "de la mayoría", o a lo sumo "el sistema donde elegimos a los que gobiernan". No se preocupen en preguntarle qué es "república"; lo seguro es que les diga que es el eufemismo usado para no decir "la reputa que los parió", así como "la conferencia" camufla "la concha de la lora".
Semejante concepción de la democracia y de la república es de un cretinismo cívico insuperable. Y es la raíz de lo que nos pasa.
Verán, vivir en una república no es para ovejitas. Sostener la división de poderes no es para gente con déficit de huevos. Ser un ciudadano no es solamente la condición a la que se alcanza si se llega vivo y con 37º de temperatura a cumplir 18 años (tema que da para otra apasionante discusión). El ejercicio de la responsabilidad cívica no es para superados que cada dos años van a las puteadas a las escuelas a poner su sobre en la urna y creen que con eso "debería ser suficiente".
Construir un poder legítimo y a la vez contenerlo para que no arrase con la vida, la libertad y las propiedades de las personas es un ejercicio constante, interminable y agotador que no puede cerrarse solamente cuando se hace el recuento de los votos. Implica vigilar permanentemente a nuestros "representantes" y meterles el temor de Dios a lo que les pueda pasar si se atreven a desviarse de la Constitución. Significa mantenerse informado, ser responsable ante uno mismo primero y ante la sociedad después, y luego elegir con conciencia y castigar con el voto cuando es necesario.
La república es inconciliable con el feudalismo y es enemiga mortal del caudillismo. Una república sólo es tal cuando sus ciudadanos se dan cuenta de que la prosperidad está primero en sus propias manos y en las instituciones, y jamás en las de un simpaticón que te sonríe cuando te pide el poder absoluto.
¿Ven algo de eso en la sociedad argentina, salvando honrosas excepciones? No. Todos se dan por bien servidos yendo a votar cada dos años, lo que para ellos es el límite absoluto de la ciudadanía. Lo demás, vigilar a los representantes y cuidarse de los abusos, es demasiado para ellos. Excede sus capacidades. Los llena de miedo primero por el clima de pozo ciego que tiene la política argentina, y segundo porque los aterra hacerse cargo de las cosas y de sus responsabilidades por lo que le pasa al país.
De ahí viene esa reacción inevitable, catártica y esquizofrénica, tan repetida que ya cansa, que tiene la sociedad de comportarse frente al poder como si hubiera bajado de un plato volador en lugar de subir por el voto ciudadano.
La libertad no es para los cobardes. El gobierno republicano y el sistema democrático no son derechos humanos como nos baten el parche todos los días; son privilegios que se conquistan con sangre, sudor y lágrimas. Deben ser merecidos para poder ser disfrutados, y una sociedad caudillista, rencorosa, cerrada y sobre todo completamente irresponsable como la Argentina dista mucho de merecer un sistema político que por otro lado no le interesa defender.
El gobierno republicano y el sistema democrático son para adultos que se saben mantener a sí mismos primero y que por eso tienen toda la autoridad para decidir cómo se han de administrar los asuntos comunes. La democracia a la argenta es un país de niños donde todos esperamos que papá Estado nos trate bien porque solitos no podemos.
En un país de adultos, la primera reacción ante un problema es "¿Qué podemos hacer?". En un país como Argentolandia, poblado de menores y mayores de edad que padecen idéntico pendejismo e inmadurez, la reacción automática es: "¿Por qué el Estado no intervino?".
Los amigos de
El Opinador Compulsivo tienen una frase que debo confesar que me llena de depresión cada vez que la leo. Cada vez que se produce un nuevo abuso institucional, dicen: "Les encanta vivir así". Cada vez que la leo, siento la necesidad de buscar pruebas en contrario, pero como inevitablemente vuelvo con las manos vacías, cada vez me convenzo más de que es así.
Nos encanta vivir así.
Una vez, hablando con una compañera de estudios norteamericana, comparé a la Argentina con una mujer golpeada: tanto abuso ha hecho que ambas dejen de resistirse a futuros atropellos. Ahora siento que la comparación debe actualizarse, y no precisamente para bien.
La Argentina es más que una mujer golpeada: es una verdadera adicta al abuso, como aquellas pobres mujeres que se mueven en los infiernos de la sociedad a fuerza de palizas, droga y prostitución. Golpeada una y otra vez por quienes tenían la responsabilidad de cuidarla y hacerla respetar, drogada hasta el tuétano por la cultura estatista al punto de no poder sostenerse sola, la sociedad argentina se abraza a un caudillo prometedor y lo soba cuando las cosas van bien, aunque es inevitable que el cafishio de turno acabe fajándola más y humillándola de nuevas maneras.
Eventualmente la adicta se harta y manda al abusador a la mierda, pero no comprende la raíz del problema: no entiende que no se trata de que este o el anterior la hayan fajado y maltratado, sino de que ella busca ese abuso porque busca la "felicidad" que viene de no saber mantenerse por su cuenta. Ni hablemos de afrontar la adicción y someterse a la desintoxicación brutal que hace falta.
Así, ella acabará vagando en las calles por algunos días hasta que encuentra al próximo hijo de puta que la seducirá con algunas palabras lindas y más falopa estatal, y nuestra adicta se le colgará de los hombros, un poco más hecha mierda con cada nueva repetición del ciclo.
Y así sigue recorriendo el camino de la seducción pedorra y de los bifes, siempre soñando con el día en que encuentre a "alguien que nos saque de esto", persona que nunca llegará porque debe ser la propia sociedad quien se saque a sí misma adelante, y que después encomiende a gente responsable la gestión de sus asuntos, haciendo pender sobre ellos la espada de Damocles del voto castigo y de la sanción judicial por sus actos ilegales.
Cuando veo que la única pregunta que se hacen todos ante el ocaso de los Kirchner es "¿quién va a venir?" o "¿cuándo va a aparecer alguien que gobierne bien?", cuando nadie se plantea cómo evitar que el Congreso deje de ser no ya una escribanía sino un puticlub de cuarta y se convierta en un Poder de la República, cuando nadie concibe otra salida para la justicia que no pase por "rajar a todos los jueces", no me hago muchas ilusiones sobre el futuro que nos espera. Llámese Cobos, Macri, Duhalde o Mongo Aurelio, lo único seguro es que así seguiremos yendo para atrás, sin aprender.
No aprendemos nada porque seguimos viendo el problema equivocado. El problema verdadero somos nosotros. Y enfrentarnos a nuestros propios vicios es mucho más duro que verlos en los demás.
Perdón por el largo y hasta la próxima.