sábado, 8 de enero de 2011

Los recursos del Estado

Buenas a todos.

Se ve que debe ser uno de esos períodos del año en donde ando con las defensas bajas, o todavía no me recupero de las Fiestas o algo por el estilo, porque el pozo creativo para estos posts no me anda rindiendo mucho. Ya vendrán tiempos mejores, así que no me preocupo.

De momento, los dejo con otro artículo que me tomé la libertad de traducir y adaptar (sacándole referencias demasiado norteamericanas y cambiando el "liberalismo en sentido yanqui" por "progresismo"), del sitio Doctor Zero.

Espero que les resulte interesante y será hasta la próxima.

¿Cuáles son los recursos del Estado?

La idea central detrás de todas las formas de colectivismo es la creencia de que el Estado está más capacitado para abordar la mayoría de los problemas sociales que los individuos con libre albedrío. El gobierno es moral e intelectualmente superior a sus ciudadanos. Se puede confiar en que actuará en el mejor interés de los ciudadanos, mientras que las codiciosas corporaciones privadas sólo tratarán de aprovecharse de ellos.

¿Qué recursos tiene el Estado para lograr estas nobles metas? Sólo hay uno del que valga la pena hablar. El recurso primordial del Estado es la compulsión.

El gobierno puede ser capaz de ganar algo de dinero mediante tasas por servicios prestados o concesionando propiedades que posee. Resulta ser que la mayoría de los intentos del gobierno de conseguir "ganancias" son fracasos abyectos. Siempre termina usando fuerza compulsiva para subsidiar sus pérdidas, o acomoda el mercado en contra de sus competidores del sector privado. La gran mayoría de sus fondos son recolectados mediante impuestos compulsivos, y su influencia en el mercado es expresada a través de regulaciones y penalidades.

La compulsión es un recurso ejercido exclusivamente por el gobierno. Las entidades privadas no pueden obligar a los consumidores a hacer nada. Ni siquiera Microsoft o Wal-Mart pueden obligarte a hacer negocio con ellos, como les encantaría decir a Apple o Target. Cuando un verdadero monopolio nace, el Estado siempre es la partera, porque la compulsión gubernamental es un ingrediente esencial.

El Estado es la única fuente de compulsión en una sociedad ordenada. Corresponde que el Estado tenga derechos exclusivos para el uso de la fuerza. El propósito de un gobierno es proteger los derechos de sus ciudadanos, y cada aspecto de este legítimo deber, desde la seguridad fronteriza hasta el mantenimiento de la ley, requiere compulsión.

La compulsión es un recurso curioso. Ofrece rendimientos decrecientes. Se ve diluída por el disenso y la resistencia cuando es usada en exceso. A pesar del formidable aparato de mantenimiento de la ley, no se requiere mucha compulsión para aplicar leyes justas contra el robo y el homicidio. La mayoría de los ciudadanos pasan sus vidas enteras sin ser arrestados o investigados por la policía. Se emplea una gran cantidad de fuerza contra los criminales, incluso fuerza letal, pero son sólo un pequeño porcentaje de la población.

Por otro lado, el sistema compulsivo de recaudación impositiva para sostener nuestro gobierno masivo aplica un alto grado de compulsión contra la población. La mayoría de nosotros se encontrará con la oficina de impuestos en algún momento de nuestras vidas.

La resistencia de la población reduce el valor de la compulsión excesiva. Cuando las leyes impositivas fijan tasas altas junto con exenciones diseñadas para controlar el comportamiento de los contribuyentes, éstos alteran su comportamiento para evadir los impuestos más onerosos. Esto significa que las altas tasas nunca traen tantos ingresos como anticipan los políticos, a la vez que provocan consecuencias imprevistas que convierten a la planificación centralizada en una burla.

La simpple lógica nos dice que el Gobierno debe buscar minimizar el disenso y la resistencia para preservar el valor de su único recurso. Los ciudadanos deben obedecer las esclarecidas reglas que fijan sus superiores en la clase dominante, no buscar maneras para evitarlas. Los ricos deben estar contentos de poner su "justa contribución", en lugar de aprovecharse de lagunas legales y tasas especiales, o reestructurar sus negocios para evitar una imposición que castiga. La sabiduría del Estado no debe ser cuestionada en público, porque eso puede provocar más disenso y una pérdida adicional del valor del recurso de la compulsión.

Así es como el progresismo moderno se volvió tan represivo y cerrado. La reverencia por la superioridad mental y moral del Estado significa que un progresista debe también suprimir y denunciar la resistencia a las leyes y pronunciamientos del Estado, o de lo contrario el recurso crucial que se necesita para alcanzar los magníficos objetivos del Estado se marchitará y agotará. Esos objetivos no son sugerencias. Porque el progresismo requiere de una fe completa en la superioridad del Estado, se ha convertido en una devoción casi religiosa por la fuerza compulsiva.

1 Comentarios:

Blogger Dieguistico! dijo...

Lástima que sea tan difícil convencer a los cráneos que nos gobiernan y aspiran a gobernarnos que una presión tributaria excesiva conduce necesariamente a la evasión y su hermana gemela, la corrupción. ¿O será precisamente por esto último que se niegan a entenderlo?

1:41 p. m.  

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