martes, 8 de noviembre de 2011

Una historia paralela de la Argentina (Partes 1 y 2)

Tal como lo anuncié el sábado pasado, a partir de hoy voy a ir publicando las distintas partes de una historia alternativa de la Argentina que parte de una victoria británica en la invasión de 1807 y que llega hasta 2010.

El origen de esta historia alternativa se remonta a un post que hice el año pasado, y si bien en líneas generales se repite, esta versión está expandida y presenta algún que otro cambio respecto de lo que posteé anteriormente. De cualquier manera, mi rigor historiográfico es el que corresponde a un lego en la práctica académica de la historia, valga la aclaración.

La inspiración original de toda esta locura la tomé después de cruzarme con el sitio http://www.britishargentina.com/, cuyo autor detalla un escenario similar pero entrando con muchos más detalles en cuestiones de orden cultural, económico y regional, mientras que lo mío se limita (por el momento) a una crónica pseudohistórica. Si les interesan estas cuestiones y no se espantaron por mi incursión en este género como para ver otra perspectiva, dénse una vuelta por allá.

Vuelvo a hacer una aclaración que hice cuando posteé el original: Lo que sigue es un ejercicio intelectual y de imaginación; lo único que podemos saber en este ejercicio contrafáctico es que las cosas hubieran sido distintas, nada más. No sabemos si para bien o para mal en general, aunque podemos imaginar que algunas cosas habrían acabado mejor mientras que compraríamos otros tantos problemas que ahora no tenemos, pero en líneas generales quiero decir que lo único que se puede asegurar es que el resultado hubiera sido muy distinto, y es eso lo que quiero tratar de imaginar con este pequeño ejercicio.

Bueno, sin más preámbulos y esperando que sea de su interés y agrado, acá van las dos primeras partes de esta historia paralela de la Argentina.

* * *

UNA HISTORIA PARALELA DE LA ARGENTINA (1806-2010)

1. La invasión fallida (1806)

Hacia comienzos del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires era la capital del Virreinato del Río de la Plata, una de las grandes jurisdicciones en las que el imperio español había dividido sus posesiones en las Américas. Extendiéndose formalmente desde el Lago Titicaca hasta el cabo de Hornos, y desde las costas chilenas del Pacífico hasta la desembocadura del Río de la Plata en el Atlántico, el Virreinato del Río de la Plata era la última y más remota frontera del imperio español.

En los territorios sometidos a la autoridad de los virreyes de Buenos Aires estaban las ricas minas de Potosí, centros de cultura como Córdoba y Chuquisaca, las pujantes ciudades que se levantaban al pie de los Andes en Cuyo, y también los puertos pequeños pero activos de Buenos Aires y Montevideo. Su población era escasa y estaba concentrada en unas pocas ciudades de mediana y pequeña magnitud, mientras el vasto campo servía para la cría de ganado y para una modesta agricultura.

Sin embargo, el Río de la Plata y sus dependencias palidecían ante el desarrollo y el poderío de las ricas colonias españolas del Perú y de México, y por muchos años no fue sino una vasta frontera agreste, hogar de contrabandistas y cuartel para guarniciones precavidas ante las ambiciones portuguesas sobre la Banda Oriental del río Uruguay.

Aunque Madrid no prestara mayores atenciones a lo que podía hacerse con el Río de la Plata más allá de la minería y algunas otras actividades económicas, en Londres se prestaba una creciente atención a las posibilidades económicas que ofrecía el territorio del cuarto virreinato español en las Américas.

A partir de los datos recabados por comerciantes, científicos y diplomáticos, el gobierno británico de la época comenzó a convencerse de que el Río de la Plata tenía potencial para convertirse en un verdadero granero capaz de abastecer al creciente imperio colonial gobernado desde Londres.

Las exigencias de las Guerras Napoleónicas y el hecho de que España estuviera aliada a Francia a comienzos de siglo convencieron a los mandos militares y navales británicos de la conveniencia de actuar de una vez por todas contra las posesiones españolas en América Latina. Para ello, se incrementaron los contactos con los modestos pero movilizados grupos americanos que proponían separar a las colonias de la metrópoli y se les brindó apoyo para que pusieran en marcha sus proyectos independentistas.

Pero también se planificó la expansión militar y se puso en marcha la maquinaria de guerra. Entre los puntos estratégicos que Londres consideraba que debían ser conquistados estaban los puertos de Buenos Aires, sobre el Atlántico, y Valparaíso en el Pacífico, cuya posesión le permitiría a los británicos avanzar sobre el resto del Virreinato del Río de la Plata y consolidar el dominio sobre el único pasaje marítimo conocido entonces entre los océanos Atlántico y Pacífico: el pasaje de Drake.

En 1806 se puso en marcha el plan de conquista. Una expedición de 1.300 hombres comandados por el brigadier William Carr Beresford y transportados en buques de la Royal Navy comandados por el comodoro Home Riggs Popham partió de Ciudad del Cabo, previamente arrebatada a los holandeses, para tomar Buenos Aires en un audaz golpe de mano. Sería la primera fase del plan diseñado para someter al Virreinato a la autoridad de Londres, y las siguientes etapas ya estaban en marcha con el alistamiento de refuerzos para las tropas de Beresford y otra expedición que debía conquistar Valparaíso.

Aunque estaba prevenido de la inminencia de un ataque británico, el virrey español del Río de la Plata, Rafael de Sobremonte, consideraba más probable que el ataque se produjera contra el puerto de Montevideo, por lo que apostó a la mayoría de las escasas tropas disponibles para defender dicha ciudad, dejando a la capital del Virreinato peligrosamente desguarnecida y sin más custodia que unas pocas unidades regulares y de milicianos.

En un golpe de mano audaz, Popham y Beresford ignoraron Montevideo y desembarcaron en la margen izquierda del Plata el 25 de junio de 1806, luego de lo cual lanzaron su ataque directamente sobre Buenos Aires, cuyas pobres defensas no representaron un obstáculo creíble para las tropas británicas. Tras derrotar sin mayores complicaciones a las fuerzas españolas que trataron de enfrentárseles y poner en fuga al virrey Sobremonte a la ciudad de Córdoba, las fuerzas comandadas por Beresford izaron el pabellón británico sobre Buenos Aires el 27 de junio.

Comenzó así un breve gobierno colonial británico sobre Buenos Aires encabezado por el propio Beresford. Se exigió a las autoridades políticas, judiciales y religiosas, y a los habitantes de la ciudad un juramento de lealtad a la Corona británica, y se dictaron medidas para garantizar el libre comercio y la apertura del puerto al transporte marítimo británico, eliminando de esa forma el monopolio comercial que España había instaurado en aquella porción de su imperio americano. La resistencia a la ocupación fue escasa y jamás pasó de algunos incidentes aislados realizados por unos pocos descontentos que no lograban convencer a una mayoría apática.

Pero la reacción española no se limitó exclusivamente a la huida de Sobremonte. Desde el momento en que se conoció la noticia de la caída de Buenos Aires, varios oficiales militares al servicio de España intentaron organizar fuerzas para expulsar a los británicos. Una fuerza de regulares y milicianos comandados por Juan Martín de Pueyrredón intentó atacar Buenos Aires pero fue repelida por los británicos en el combate de Perdriel, pero a pesar de esta derrota, no sería el último intento español de recuperar la capital virreinal.

Un oficial francés al servicio de España que había pasado a Montevideo tras la caída de Buenos Aires, el capitán de navío Jacques de Liniers, reunió por iniciativa del gobernador montevideano Pascual Ruiz Huidobro todas las fuerzas que pudo encontrar en la Banda Oriental y las cruzó al otro lado del Plata aprovechando el mal clima que le permitió burlar la vigilancia de la Royal Navy británica. Tras su desembarco, ocurrido el 4 de agosto de 1806, Liniers condujo a su ejército improvisado sobre Buenos Aires e inició un asedio de la ciudad que sólo concluiría con la rendición de Beresford y las fuerzas británicas el 12 de agosto, liberando Buenos Aires después de 45 días de dominio británico.

Mientras Liniers era nombrado por aclamación popular como el nuevo responsable del Virreinato, ignorando por completo al virrey Sobremonte, y Beresford y sus oficiales y soldados se convertían en prisioneros españoles, la noticia de la humillación llegaba a oídos británicos, sin que este traspié representara el final de sus ambiciones por apoderarse del Río de la Plata. Los engranajes de la maquinaria militar británica ya estaban en marcha y la derrota de Beresford no alcanzaría para detenerlos. Sería cuestión, para los líderes políticos de Londres y para los comandantes de las fuerzas que se cernían sobre el Río de la Plata, de organizar un nuevo intento en el futuro inmediato.


2. Conquista y asentamiento (1807-1820)

En 1807, el Imperio Británico intentó una vez más apoderarse de las colonias españolas en el Río de la Plata, tras el fracaso de la expedición de Beresford y Popham el año anterior. Esta vez, el comandante de la fuerza expedicionaria británica, el teniente general John Whitelocke, estaba decidido a evitar una humillación como la que había sufrido Beresford y así asegurar de una vez la supremacía británica en el Río de la Plata.

Al frente de una expedición militar de alrededor de 12.000 efectivos, muchos de los cuales ya habían sido posicionados de antemano en la región desde el año anterior, Whitelocke se asentó primero en las ciudades de Montevideo y Colonia del Sacramento, que habían sido conquistadas previamente por el general Sir Samuel Auchmuty. De esta manera, los británicos se aseguraban de evitar cualquier posible refuerzo procedente de la Banda Oriental como el que había comandado Liniers para expulsar a Beresford de la capital del Virreinato. Con sus espaldas seguras y con una poderosa fuerza naval controlando la boca del Río de la Plata, Whitelocke y sus comandantes consideraron estar en condiciones de lanzarse contra Buenos Aires.

Tras desembarcar en la margen izquierda del Plata con más de 9.000 soldados, Whitelocke avanzó hacia Buenos Aires listo para enfrentar a las defensas que Liniers había estado organizando de manera desesperada desde la expulsión de Beresford. El encuentro entre las tropas de Whitelocke y los batallones de milicianos y voluntarios de Buenos Aires, comandados por el propio Liniers, tuvo lugar el 1 de julio de 1807 en un paraje cercano a Buenos Aires conocido como los Corrales de Miserere. A pesar de una casi paridad en el número de tropas y de la sorpresivamente buena organización militar de los españoles, la victoria británica en Miserere fue categórica y obligó a Liniers a batirse en retirada con las tropas que pudieron escapar.

Dueño del campo de batalla, Whitelocke consideró los pasos a seguir. Aunque estaba dispuesto a darle a los defensores de Buenos Aires la oportunidad de rendirse ya que creía que su superioridad militar era evidente, los jefes subordinados a Whitelocke lograron convencerlo de que la ferocidad de la resistencia en Miserere no hacía presagiar nada bueno de un combate en las calles de la ciudad, y de que cualquier día perdido a la espera de una rendición era un día que los defensores tendrían para fortificar la ciudad.

Fue así que el 3 de julio de 1807, apenas dos días después del combate de Miserere, las fuerzas de Whitelocke lanzaron su ataque decisivo contra Buenos Aires. En la organización de este ataque Whitelocke volvió a ceder a las recomendaciones de sus subordinados y abandonó su plan de ingresar a la ciudad a través de varias columnas de infantería. En lugar del plan original, Whitelocke dispuso a sus fuerzas en tres poderosas columnas que atacaron casi simultáneamente desde el Riachuelo, desde el Retiro y desde Miserere, con pleno respaldo de su artillería.

Si bien la defensa española de Buenos Aires fue feroz y no dio ni pidió cuartel, los defensores no habían tenido tiempo de fortificarse o de organizar barreras efectivas al avance británico, y se vieron forzados a replegarse cada vez más hasta llegar a la Plaza Mayor y a la mismísima fortaleza. En cuestión de horas, Whitelocke y sus tropas habían demolido los restos de las milicias españolas y se habían hecho con el control casi total de la ciudad. Mientras los británicos rodeaban la Fortaleza de Buenos Aires y se aprestaban a iniciar el asedio, un oficial español informó a Whitelocke que Liniers deseaba parlamentar con él.

La rendición formal de las tropas españolas tuvo lugar el 4 de julio de 1807 en el edificio del Cabildo de Buenos Aires, que servía como cuartel general adelantado de Whitelocke y su estado mayor. Se ordenó a las milicias que depusieran las armas y se dispersaran bajo la supervisión británica, mientras que los comandantes españoles y criollos eran puestos bajo la custodia de las tropas de ocupación. El gobierno de Buenos Aires fue provisionalmente disuelto y reemplazado por la autoridad militar británica, encabezada por el propio Whitelocke como flamante “comandante de la plaza militar de Buenos Aires”.

Mientras las pocas tropas españolas capaces de huir y los residentes que optaron por dejar la ciudad antes del ataque final iniciaban un largo y azaroso viaje hacia la ciudad de Córdoba, que el virrey Rafael de Sobremonte había constituido como la capital provisional del Virreinato del Río de la Plata, las fuerzas británicas afianzaron la ocupación de Buenos Aires y lanzaron rápidos ataques para apoderarse de los poblados aledaños, estableciendo una línea defensiva inicial en Arroyo del Medio. Dicha línea defensiva ayudaría a contener un improvisado contraataque ordenado por Sobremonte que intentó llegar a Buenos Aires en septiembre de 1807 y que desembocó en un fracaso rotundo.

Pocas semanas después, Whitelocke y sus tropas pasaron a la ofensiva. La señal de largada para la nueva etapa del ataque británico vino en la forma de una ley aprobada por el Parlamento británico inmediatamente después de llegar a Londres la noticia de la reconquista de Buenos Aires. Dicha ley establecía la “Colonia Real del Plata” en el territorio ocupado por las fuerzas británicas, que para octubre de 1807 abarcaba a Buenos Aires y sus inmediaciones junto a la Banda Oriental. Como primer gobernador de la Colonia del Plata fue nombrado el propio Whitelocke, quien recibió plenos poderes para la organización inicial de la nueva posesión y para proseguir con la lucha hasta las márgenes del Río Paraná.

En una breve campaña que constituyó la segunda y última fase de la llamada “Primera Guerra del Plata”, tropas británicas procedentes de Buenos Aires y Montevideo pudieron apoderarse de las tierras comprendidas entre los ríos Uruguay y Paraná, lo que les dio la posibilidad de constituir un terreno colchón ante cualquier futuro contraataque español y así fortificar sus posesiones recién conquistadas.

Las últimas acciones militares de esta campaña tuvieron lugar en febrero de 1808, y aunque hubo enfrentamientos ocasionales entre las tropas británicas y las españolas, la guerra en sí estaba virtualmente terminada en favor del Imperio Británico, a pesar de que en represalia por la pérdida de Buenos Aires, los españoles invadieron en octubre de 1807 la Guayana Británica y se apoderaron de una considerable porción de su territorio. El resto de la Guayana Británica, inviable luego de las pérdidas sufridas ante los españoles, acabaría siendo fusionado con la colonia de Suriname, que había sido ocupada en 1799 por los británicos cuando los Países Bajos cayeron en poder de Napoleón, y como tal pasaría a la jurisdicción holandesa en 1816 tras la caída del emperador francés.

Pacificada la región, Whitelocke pudo dedicarse a organizar su gobierno, en el cual dio cabida aunque más no fuera de forma simbólica a algunos prominentes representantes de lo que acabaría por conocerse en el futuro como la comunidad “hispanoparlante” de las posesiones británicas en Sudamérica. Para no antagonizar excesivamente a los nativos, Whitelocke prefirió dejar las decisiones de corte económico a sus sucesores más “políticos” y se ocupó más de establecer una estructura de gobierno eficaz para la nueva colonia y el vasto territorio que ésta había pasado a controlar.

A pesar de que Montevideo estaba en mejores condiciones que Buenos Aires y se hallaba más pacificada, Whitelocke escogió a la antigua capital virreinal como sede del gobierno colonial, iniciando así un largo período de predominio de Buenos Aires en lo que pasaría a conocerse como la “Sudamérica Británica”.

Durante los siguientes veinte años existiría una paz tensa y siempre cercana a la ruptura entre la Sudamérica Británica y los antiguos restos del Virreinato del Río de la Plata, que en 1808 habían sido amalgamados con la Capitanía General de Chile para constituirse en una nueva y poderosa gobernación militar conocida como la Capitanía General de los Andes.

Temerosos de un nuevo ataque británico, los españoles hicieron grandes esfuerzos para reforzar sus posesiones coloniales e incrementar su preparación militar; en estas empresas y por su cercanía con la Colonia del Plata, la Capitanía General de los Andes se convirtió en la frontera caliente del imperio español en Sudamérica. Por su parte, los británicos se abstuvieron de encarar nuevas aventuras de conquista y prefirieron reforzar sus posiciones y consolidar su dominio sobre ambas márgenes del Plata y la región mesopotámica entre el Paraná y el Uruguay, siempre con un ojo puesto ante cualquier potencial alzamiento por parte de la población hispanoparlante.

En los veinte años de la “paz inquieta” en Sudamérica hubo sólo dos episodios que estuvieron por desencadenar una guerra abierta entre el Reino Unido y España, ambos causados por la intromisión de una potencia en los conflictos internos de la otra.

El primero, ocurrido en 1811, tuvo como telón de fondo las revueltas independentistas que azotaron a las colonias españolas luego de que llegara la noticia de que Napoleón había tomado prisionero al rey Fernando VII y reducido a España a la condición de un Estado títere. Estos levantamientos acontecieron de manera casi simultánea en lugares tan alejados como México, Nueva Granada, Venezuela y la propia Capitanía de los Andes, y por un tiempo pusieron en jaque el dominio colonial de los que continuaban ejerciendo el poder en nombre de un rey prisionero, aunque no pudieron sostenerse en el tiempo ni derrotar a un dominio colonial que en los años previos había sido ferozmente reforzado desde la metrópoli para evitar una potencial invasión británica.

Mientras la Capitanía General de los Andes se convulsionaba tras las revueltas de Bernardo O'Higgins y Martín Miguel de Güemes, los mandos británicos en la Colonia del Plata eligieron esa ocasión para asestar un golpe de mano que había estado pendiente desde la invasión de Buenos Aires. Una fuerza expedicionaria de 4.500 tropas comandadas por el brigadier Denis Pack atacó desde el mar el puerto chileno de Valparaíso con la intención de apoderarse de él y establecer un enclave colonial en la costa sudamericana del Pacífico.

A pesar de la sorpresa inicial, el general español Marcó del Pont pudo reunir suficientes tropas para atacar a los británicos antes de que pudieran asentar su cabeza de playa y obligarlos a desistir de su intento de capturar Valparaíso. La victoria española fue parcial, ya que una segunda columna de 1.500 efectivos había logrado apoderarse de la ciudad de Talcahuano y convertirla en una fortaleza hacia la que las fuerzas de Pack pudieron retirarse de manera efectiva. Sin posibilidad de atacar Talcahuano y con los rebeldes lanzando una repentina ofensiva contra Santiago de Chile, Marcó del Pont aceptó de mala gana el estado de cosas y permitió que los británicos continuaran controlando Talcahuano e iniciaran una larga y lenta expansión territorial en las tierras dominadas por los araucanos desde hacía siglos.

El segundo episodio coincidió con la primera revuelta de la población hispanoparlante contra el dominio británico en el Plata en 1816. Un abogado y periodista llamado Juan Castelli, originalmente partidario de los británicos pero que había ido pasándose al bando enemigo de Londres conforme se prolongaba la dominación británica, había logrado reunir en torno suyo a una pequeña pero motivada y radicalizada minoría de jóvenes de origen español y criollo que comulgaban con el ideario del Iluminismo y de la Revolución Francesa, y a quienes había estado preparando pacientemente para una rebelión que esperaban fuera el comienzo del fin del dominio británico.

Sumados a veteranos de la infructuosa defensa de Buenos Aires contra las tropas de Whitelocke, Castelli y sus compañeros de armas iniciaron el 9 de julio de 1816 una insurrección en Buenos Aires que obligó al gobernador Robert Craufurd a dejar momentáneamente la ciudad y poner en jaque el control británico durante una larga y brutal semana, antes de que refuerzos procedentes de Montevideo colaboraran en el aplastamiento total y absoluto de la revuelta. La represión británica contó con el pleno respaldo de los segmentos más conservadores y tradicionales de la comunidad hispanoparlante, cuyo rencor hacia los británicos se vio superado por el horror que les inspiró el comportamiento abiertamente jacobino y antirreligioso de Castelli y sus seguidores.

La noticia del fallido levantamiento de Castelli llegó a las autoridades españolas en la capital andina de Salta mucho después de que la revuelta fuera aplastada, pero eso no impidió al capitán general español, Pío Tristán, ordenar que partiera una expedición lo antes posible para apoyar a Castelli y restaurar el dominio español en Buenos Aires. Esta expedición, empero, no pudo trasponer la frontera del Arroyo del Medio, ya que del otro lado se encontró con una gran cantidad de tropas británicas que la estaban esperando.

Tras anoticiar al comandante de la expedición española del fracaso de la revuelta, el comandante británico le informó que tenía órdenes expresas de disparar contra cualquier soldado español que traspusiera el límite tácito entre la Capitanía General de los Andes y la Colonia del Plata. Puesto ante una situación de desventaja y con la certeza de que los rebeldes a los que había ido a apoyar ya languidecían en prisión o habían sido pasados por las armas, entre ellos el mismísimo Castelli, el general español optó por lo seguro y ordenó a sus tropas que volvieran sin intentar penetrar en el territorio controlado por los británicos.

* * *

Continúa el próximo jueves...

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3 Comentarios:

Blogger San dijo...

Me gusta, me gusta cómo viene!

¿Qué habrá sido de la vida de French y Berutti en este universo?

3:32 a.m.  
Anonymous Mayor Payne dijo...

Alguno de los dos se habrá plegado a Castelli y terminó en cana por un tiempo (no lo veo como un fusilado); el otro se habrá calmado un poco, hizo las paces con el estado de cosas y decidió hacer su vida de la mejor forma que podía.

La verdad que todavía no decidí cuál de los dos hizo qué cosa y eso es porque me cuesta individualizarlos. A decir verdad, para la historia que maneja el argentino promedio French y Beruti bien podrían haber sido siameses por la poca diferenciación que se hace de ambos.

Ahora que lo pienso, y quizás como una buena forma de hacer más "alterno" este universo, es imaginar a French y Beruti como rivales políticos, uno probritánico y el otro independentista, tal vez hasta llevando sus discusiones a la prensa de la época.

Me diste para pensar qué pudo haber sido de otras figuras, jajaja...

Salute!
Mayor Payne (desde el laburo)

9:28 a.m.  
Blogger San dijo...

Mejores amigos, enfrentados por sus ideas políticas o equipo de fútbol. La historia de todo argentino!

2:06 a.m.  

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