sábado, 30 de abril de 2011

Una cuestión de vergüenza

Por favor, les pido piedad con mi siguiente texto, el cual puede adolecer de falta de coherencia o de cohesión en algunas partes...

Soy de la opinión de que una sociedad perdurable y sana tiene que basarse en una confianza de cada uno respecto de los demás, que a su vez se sustenta en tres cosas: temor al juicio de la propia conciencia, temor al juicio de nuestros pares a y temor al juicio de las leyes. Uso "temor" en el mismo sentido que la Biblia lo usa para hablar del "temor de Dios", es decir, temor en tanto que respeto y reverencia más que miedo, aunque una pequeña dosis de miedito a esas tres cosas no vienen nada mal.

Los límites a nuestro comportamiento tienen que venir, primero y principal, de tener principios éticos y morales tan arraigados en nuestro interior que su traición nos haga sentir asco de nosotros mismos. Si somos capaces de superar el juicio de nuestra conciencia, debe existir el temor al reproche, la condena y la humillación de nuestros pares. Sólo entonces podemos pensar en que las leyes son algún disuasivo para la conducta humana, porque para el que es capaz de vivir en paz con su conciencia y con la opinión pública después de cometer crímenes de todo tipo, las leyes no son más que papeles sin sentido y fáciles de engañar.

De ahí nace esa confianza elemental, aunque más no sea a nivel instintivo, de que hay ciertos límites que no se cruzan, ciertos actos cuya puesta en práctica es inimaginable, ciertos principios que se presumen compartidos, ciertos compromisos cuya violación es un acto imperdonable; sólo sobre esa confianza elemental se puede construir una sociedad perdurable. La confianza es algo maravilloso, precioso e inimaginablemente frágil. Al igual que la inocencia, no sobrevive a la traición, y una vez perdida es tan difícil de recuperar que no estaría fuera de lugar compararla con la virginidad.

En una sociedad donde existe esa confianza, la violación de la misma provoca horror, incredulidad, espanto e ira. En cambio, en una sociedad cuyos miembros viven esperando y temiendo que de cualquier lado y de cualquier otra persona les llegue la traición, el engaño, la falsedad y el abuso, esos mismos actos apenas despiertan la resignación y el desinterés de quien puede decir "yo se los dije".

La Argentina es una sociedad de este último tipo, en la que vemos a diario comportamientos, actitudes, opiniones y hechos que deberían llenarnos de repugnancia pero que no mueven el amperímetro de nadie, mucho menos el de sus propios perpetradores, que se mueven con absoluto desparpajo porque pueden vivir acallando sus conciencias y porque saben que la sociedad no les va a reclamar nada; el temor a las leyes es una cuestión meramente formal para ellos.

¿A qué se debe esto? Quién sabe, un poco de culpa la tendrán los padres que han renunciado a cualquier intento de enseñarles a sus hijos que hay límites en la vida y que sus caprichos no son la ley suprema, otro poco lo tendrá un sistema escolar (el adjetivo "educativo" le queda demasiado grande) que ya ni siquiera intenta preparar a las futuras generaciones para que cumplan sus deberes y ejerzan sus derechos de manera responsable, un pedazo más de culpa le tocará a una sociedad que por cada ejemplo que da a conocer de esfuerzo, dedicación y honestidad tiene otros diez de acomodo, trampa, transa y mediocridad capaces de desanimar al más decidido y desesperar al más optimista, y bastante más le tocará a una concepción falsamente progresista que se adueñó de la cultura para decidir que es inútil cualquier pretensión de determinar comportamientos correctos e incorrectos, o siquiera afirmar que algo es verdadero en contraposición a algo que es falso.

Muchachos, nuestro problema no es que no se respetan las leyes. Ojalá ese fuera nuestro problema. Lo que nos pasa es algo mucho peor, es un fenómeno que tiene en un extremo a estas nuevas generaciones de animalitos que andan por la vida rompiendo por romper y que en el otro extremo tiene a los que roban fortunas y ni siquiera sienten el impulso a ocultar sus delitos por temor a un repudio social que de todos modos nunca va a llegar; es el fenómeno de vivir en una sociedad en donde se han destruído todos los límites que puedan ponérsele al desenfreno humano.

En nuestra clase dirigente, que es reflejo de nuestra sociedad aunque decir esto sea ya un lugar común, sobran los ejemplos de aquellos que hoy defienden lo que ayer condenaban y que pasan a maldecir lo que antes aclamaban, junto a aquellos a los que les tiene sin cuidado la posesión de frondosos prontuarios o la carga de grandes desastres sobre sus espaldas y conciencias. Un Moyano que habla de defender a los pobres cuando hace rato que se lo puede contar entre los millonarios del país, un Ibarra al que no le pesan doscientos muertos en su conciencia como para impedirle insistir con una carrera política, una Fernández de Kirchner que no ve como incompatible su presunta defensa de los derechos humanos con las solicitadas firmadas durante el proceso o las fotos de su marido con generales y gobernadores militares... podríamos estar horas en esa lista.

Plantear que nuestro problema es que no hay suficientes leyes o suficiente control del Estado para evitar que nos comportemos mal es admitir implícitamente que somos un rejunte de animalitos incapaces de controlarnos a nosotros mismos o de sentir culpa por violar las más elementales normas de convivencia.

Vivimos en algo peor que una sociedad que no respeta las leyes; vivimos en una sociedad que ha perdido cualquier noción de vergüenza, y ante eso no sirve de nada tener las mejores leyes redactadas por el ser humano. Vivimos en una sociedad hipócrita que de la boca pa'fuera repite los postulados rousseaunianos de la bondad básica del ser humano, mientras su falta de vergüenza, su falta de repudio y su desprecio por las leyes la condena a vivir una vida en común que cada vez más se parece a aquella descripción que hiciera Hobbes sobre el estado de naturaleza en el Leviatán:

"(...) en una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve."

5 Comentarios:

Anonymous raquel dijo...

hay muchas cosas que me dán verguenza de estar viviendo en este bendito país, entre ellas ver a ibarra haciendo política barata,criticando a la oposición por sus errores....con que cara se mirará todos los días al espejo?? me asombra su caradurez¡¡, un ministro de medio ambiente:mussi, que permite que edesur instale la subestacion Rigolleau, en pleno casco urbano¡¡¡rodeado de escuelas,viviendas,negocios que vemos atemorizados como se ignoran los problemas de salud que traerá con la Contaminación electromagnética y PCB de dicha subestacion¡¡ Una cree que yá nada te sorprenderá de la clase política..pero día a día se superan

1:02 a.m.  
Blogger Dieguistico! dijo...

Muy buen artículo. Lo que planteás me recuerda un poco a lo que decía García Hamilton en un libro que se llama "El autoritarismo y la improductividad", donde un poco cuenta la historia del desprecio a las reglas mínimas de convivencia en nuestro país.

8:09 a.m.  
Anonymous Anónimo dijo...

Mayor Paine, no te olvides que "cuando uno está rodeado de parásitos, es imposible no ser picado".

Andrés

11:27 p.m.  
Anonymous carancho dijo...

Excelente.
Ahora una pregunta... cómo se sale de esto?

7:55 a.m.  
Anonymous vidio dijo...

totalmente de acuerdo.
eso es lo que nos separa de los paises desarrollados.
nada mas.

1:57 a.m.  

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