sábado, 8 de junio de 2013

Recomendación literaria

Hace unos días que vengo leyendo "Vamos por todo: las 10 decisiones más polémicas del Modelo", de Eduardo Levy Yeyati y Marcos Novaro, y aunque todavía no lo terminé, lo recomiendo a todo aquel que esté interesado en tener una perspectiva de la década garcada del kirchnerato que exceda al día a día enfermizo en que nos obligan a vivir los pedos mentales de la Presidenta y su equipo, el desquicio generalizado y la inflación desbocada.

Las diez decisiones (aunque algunas son más bien eventos y reacciones) en cuestión son la intervención del INDEC, la Resolución 125 y la guerra gaucha que le siguió, la estatización de las AFJP, el adelantamiento de las elecciones de 2009 y las candidaturas testimoniales, la Ley de Medios y la guerra contra Clarín, el ciclo de desfalcos que empezó con la "crisis" del Banco Central en 2010 y que desembocó en el cepo cambiario, la muerte de Kirchner y el aprovechamiento que se hizo de su figura, el desmanejo de los servicios públicos, el abortado intento de ir a la "sintonía fina" en materia de subsidios, y por último toda la sanata de "Cristina Eterna".

El libro es un tanto árido cuando se detiene a hablar de procesos y mecanismos económicos (al menos lo es para mí que no me funciona la cabeza para el esoterismo de las ciencias económicas), y no oculta que ciertas líneas económicas del período de Néstor (la era del "miren lo que hago y no lo que digo") le resultan interesantes a los autores, pero cumple muy bien con su tarea de colocar todas esas cosas que en su momento nos enfurecieron o nos tuvieron a maltraer del kakismo en una línea temporal y en una sucesión de causa y efecto, además de indagar a fondo si la tesis de Alberto Fernández y otras viudas del modelo de que "el kirchnerismo de Néstor era bueno y virtuoso y el cristinismo de Cristina es malo y vicioso" tiene algún asidero real o si, por el contrario, el segundo no es más que la conclusión natural de las tendencias que ya en su seno llevaba el kakismo desde 2003 y que a la larga o a la corta terminaron por imponerse.

También explica de manera coherente varios fenómenos singulares de la década garcada, como por ejemplo:
  • la incomprensión absoluta de los Kirchner acerca de la importancia de la actividad empresarial y su imposibilidad para ver a la libre empresa como un actor beneficioso (son rentistas que se criaron en una provincia donde los únicos empresarios eran los que lucraban y curraban con la obra pública)
  • la falta de reacción empresarial ante el manotazo a las AFJP (como las AFJP cobraban comisiones no por el rendimiento de los fondos sino sobre el ingreso de nuevos afiliados, y como para 2008 las afiliaciones masivas de los que contribuían al viejo sistema de reparto se habían terminado y sólo iban sumando clientes conforme se incorporaban nuevos aportantes a la población económicamente activa, para los bancos las AFJP se habían convertido en un inmenso lastre a futuro por el que pagarían fortunas sin recibir comisiones)
  • la brutalidad e incoherencia del modelo (las grandes decisiones del régimen son reacciones desproporcionadas a situaciones puntuales y coyunturales que no las ameritan, como si para reventarse un grano uno se clavara un puñal en la cara),
  • el verso de la "no criminalización de la protesta social", cuando en realidad sólo tercerizaban en grupos adictos el control de la calle y se reservaban la posibilidad de actuar "institucionalmente" contra grupos y movimientos que no le resultaban afines.
  • y muchas otras.

Dejo a modo algunos párrafos de la obra que les pueden resultar de interés:
¿Cómo pasamos de caminar junto a Brasil, Chile y Colombia a ser agrupados displicentemente en el "eje bolivariano" compuesto por Venezuela, Cuba, Nicaragua y Ecuador? Si bien en la historia no suele haber causas únicas ni fechas determinantes, si tuviéramos que datar el momento en el que la Argentina se desvió de su cmino virtuoso de crecimiento, desendeudamiento y recuperación de la moneda, esa fecha sería el 29 de enero de 2007. La intervención del INDEC, que tomó a todos por sorpresa, fue la primera señal (a la sazón, minimizada o desatendida) de lo que estaba por venir.

(...)

Hay algo de ominosa anticipación en el affaire INDEC, algo de lo que, sólo con el tiempo, se reconocerá como los elementos de estilo de la gestión Kirchner: confrontación, intransigencia y, en última instancia, crudo cortoplacismo. El affaire INDEC también ilustra el patrón secuencial de respuesta (primero perpleja, luego moderadamente indignada, finalmente resignada) de la población, los mercados, la sociedad civil e incluso la oposición política que, al menos desde 2007, parece bailar al ritmo de las aceleraciones, los volantazos y las frenadas del gobierno.
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El término improvisado no es aquí casual: denota el inmediatismo, que fue una de las marcas de las políticas públicas del kirchnerismo. La intervención del INDEC que nos sacaría de los mercados internacionales fue la desproporcionada respuesta a un 2% de inflación en enero de 2007. El incremento de las retenciones por decreto que desató la guerra gaucha fue la respuesta de Moreno y Lousteau a la urgencia por recuperar el margen fiscal debilitado por la campaña de 2007, sin pagar el costo político del ajuste. Y la estatización de las AFJP fue el salto hacia adelante frente a la exclusión de los mercados -exclusión que se volvió más evidente en mayo de 2008 tras el 15% de interés en dólares que cobró el gobierno de Chávez para prestarnos mil millones de dólares-. A simple vista, ninguna de estas medidas parece haber sido parte de un plan.

La apropiación de las reservas siguió el mismo patrón: fue el alambre con el que los consejeros económicos del kirchnerismo decidieron remendar un esquema -la compensación de la sangría de dólares financieros con el redireccionamiento de dólares sojeros obtenidos por las retenciones a las exportaciones- que comenzaba a descoserse con la apreciación cambiaria. Y, como en otros casos, sería el inicio de un derrotero que nos congelaría en una frágil autarquía financiera y nos llevaría directo a la fuga de capitales de 2011 y al cepo cambiario y comercial de 2012.
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Ahora que esa violencia salía a la luz (con el asesinato de Mariano Ferreyra), quedó impugnada la supuesta condición "no violenta" del proyecto oficial, que el gobierno pretendía siempre validar en el hecho de que, salvo excepciones, "no se reprimía la protesta social", fuera ésta protagonizada por los gremios, por los movimientos piqueteros o por otros actores. Lo cierto era que la violencia política distaba de haber desaparecido, ni el kirchnerismo había dejado jamás de participar en ella. Lo que había sucedido en estos años era que, fruto de la renuncia de los gobiernos a poner la fuerza pública al servicio del orden, otros cumplían informal e ilegalmente esa función, cuando los mismos gobiernos o sus aliados sutilmente lo requerían. Además, era debido a esa indisposición a usar la fuerza pública que se había vuelto factible, y hasta cierto punto legítimo, que cada grupo hiciera un uso particular de la violencia para imponer sus intereses. Un barrabrava ferroviario, mano derecha del jefe del gremio, José Pedraza, lo explicó en esos días a los medios con precisión sociológica, al justificar su actividad en grupos de choque que se dedicaban a evitar que grupos sindicales rivales cortaran vías férreas o realizaran otras medidas de fuerza: "Lo que no hace la Policía, lo que no hace la Justicia, lo vamos a hacer nosotros".

Por supuesto, esta tendencia a tercerizar la represión no debía considerarse el resultado de una mera distracción o "error". En primer lugar, porque era de larga data y respondía siempre a un preciso cálculo de costos y oportunidad. Podía rastrearse su origen por lo menos hasta principios de 2002, cuando los Kirchner abortaron los incipientes caceroleos en Río Gallegos, que amenazaban su domicilio y el de otros funcionarios, armando patotas que a palazos dispersaron a los manifestantes mientras la policía observaba de lejos. Con lo que quisieron dejar sentado que, a diferencia de De la Rúa o el propio Duhalde, ellos no necesitaban de los uniformados para defenderse del mal humor social, porque se defendían solos y los protegía "la militancia".

Además, la renuncia a aplicar la ley y a ejercer la coerción legítima no era general ni uniforme: se practicaba muy selectivamente, posibilitando la ambigüedad de un poder que, cuando le convenía, podía ser muy "institucional", pero cuando no, se reservaba el derecho de actuar por encima o por debajo de las instituciones. Así había hecho, tanto en Santa Cruz como a nivel nacional, al ignorar bloqueos, piquetes y otras formas de acción directa si se dirigían contra intereses ajenos pero no cuando apuntaban contra los propios; y en esos casos utilizar patotas o, si ellas no alcanzaban, también a la policía o la gendarmería: recordemos si no las muy distintas varas que usó para manejar los piquetes contra las pasteras del río Uruguay y los de la crisis de la 125, que debieron lidiar primero con Moyano y D'Elía, y luego también con intervenciones policiales.

En suma, en el principio kirchnerista de negarse a manejar la protesta social recurriendo a la policía y demás fuerzas de seguridad, reemplazándolas por patotas "militantes", residía su responsabilidad, por lo menos en el contexto en el que el crimen de Ferreyra se había gestado. Dicho principio, insistamos, no debe interpretarse como si el gobierno tolerase que cualquiera usara el espacio público a su gusto. Significaba que lo controlaría no de cualquier forma sino a través de un vínculo privilegiado con, y un recurso más o menos constante y siempre selectivo a, los llamados "movimientos sociales". En buen romance, fuerzas de choque que le aseguraban tanto que se cortara una calle, vía ferroviaria, acceso a una empresa o boca de expendio de un negocio cuando le convenía, como que se frustraran esos intentos cuando iban contra sus planes.
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Duele de leer como la gran puta, pero lo recomiendo. Algo hay que hacer para poner en perspectiva esta década desquiciada.

Hasta la próxima.

(Vamos por todo / Eduardo Levy Yeyati y Marcos Novaro - Buenos Aires : Sudamericana; 2013)

3 Comentarios:

Anonymous Olegario dijo...

Como decía hace unos días Avila, de todas las cosas que se (nos) robaron estos personajes, tal vez la más grave de todas, sea la cantidad de tiempo.

Nos afanaron 10 años.

Una enorme cantidad de tiempo en la vida de una persona, y que no hay manera de recuperar, se desperdició entre consignas boludas y demagogias varias.

Además nos dejan un lastre pesado: viejos odios ahora renovados y una nueva generación que se ha formado en la idea de la comodidad del clientelismo y del plancito del momento.

Un desafío enorme para los que pretendan sacar a este país de su decadencia.

Un abrazo

8:37 p.m.  
Anonymous carancho dijo...

Sospecho que leer este libro si uno està deprimido, te empuja al suicidio.
Que toda una sociedad se haya tragado un delirio delincuencial-militonto, no habla bien de esa sociedad.

10:09 a.m.  
Blogger Andy dijo...

Carancho: si esa sociedad hubiera estado en sus cabales, o por lo menos no traumada por la crisis económica - política - social del 2001; en 2003 hubiera votado a Kirchner (que recordá que salió segundo, y asumió porque el Turco no se presentó a la segunda vuelta), le hubiera calzado los puntos ya en 2005 y pegado el definitivo voleo en el orto en 2007. Pero, entre cuadros descolgados, revival setentista, demagogias varias, cierta recuperación de capacidad ociosa, altos precios de exportaciones primarias y muchísima suerte; y sobre todo, ausencia de oposición con una propuesta claramente diferenciada, que hubiera hecho hincapie en los defectos del Modelo y sus consecuencias a mediano y largo plazo; volvió a votar más de lo mismo DOS VECES...

11:17 a.m.  

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