sábado, 11 de agosto de 2012

Indignidades


Una de las grandes razones para sentirse frustrado con lo que pasa en este país que podría ser tanto mejor que la letrina roñosa en la que se ha convertido es la falta total de reacción de la gente común y corriente ante las tropelías, abusos y desfalcos que son el pan de cada día. 
En BlogBis se está compilando una lista de los grandes choreos, corruptelas y barbaridades del kakismo desde que se colara al poder en 2003, y esa sensación que mencioné antes sólo empeora cuando vemos que en un país normal, o incluso en la Argentina semicivilizada de hace diez o quince años, tan sólo uno de los cuarenta y dos (y contando) escándalos registrados en ese post hubiera sido una herida fatal para un gobierno o su credibilidad.
¿Ahora? Los escándalos y abusos pasan como si nada, con algunos días de gloria hasta que aparezca el siguiente que lo borre de la memoria colectiva.
Después de una semana en la que a los escándalos de corrupción, a las decisiones arbitrarias, delirantes y liberticidas de un gobierno de maníacos encabezado por una psicópata desequilibrada que ya no guarda contacto con la realidad y que sólo daría asco con pizcas de lástima si no fuera porque parece obsesionada con exterminar todo lo que no le obedezca ciegamente, se le sumó el abuso colectivo infligido por una patota de sindicalistas a incontables personas sólo porque se les ocurrió reclamar de la nada un aumento que nadie puede lograr en estos tiempos de inflación negada abiertamente, hay que preguntarse: ¿tenemos tan poca dignidad como para seguir bancando vivir en estas condiciones?
Y la respuesta triste, dolorosa y real a la que hemos llegado es que no. Ni siquiera tenemos ya dignidad. No nos queda nada. La han extirpado. La han aplastado. La han deformado y destrozado con mil cuchillos desde todas las direcciones, empuñados por todas las manos imaginables.
La vida en la Argentina es una interminable serie de abusos, humillaciones, degradaciones y maltratos infligidos por todo aquel que tenga una pizca de poder sobre sus semejantes: compañeros de clase abusivos, maestros prepotentes, vecinos cagadores, cajeros y empleados guarangos, clientes insufribles, funcionarios borrachos de poder aunque sean tan irrelevantes en el gran esquema de las cosas como la empleada pública de Gasalla, policías corruptos, sindicalistas cínicos, inspectores que van de shopping de coimas, servicios públicos execrables, políticos ensoberbecidos, mesiánicos y ladrones y jueces absolutamente desinteresados en cualquier noción elemental de justicia.
Y sobre todo, la sensación perpetua de que la vida se reduce a cagar o ser cagado. Y como todos cagaríamos al otro de poder hacerlo, nos sentimos con el culo demasiado sucio para protestar cuando se nos caga desde arriba de miles de postes.
El resultado: la dignidad que nos eliminaron a base de abusos y maltratos la entregamos nosotros mismos, creyendo que en el fondo no nos asiste ningún derecho a ser tratados bien. Tierra fértil para el abuso y la corrupción de la casta política y sindical argenta, que a pesar de dárselas de revolucionarios y populares tienen una relación con nosotros que se asemeja más al del señor noble con el del siervo de la gleba.
¿Qué podemos hacer? No creo que sirva de mucho defender una dignidad que ya casi no existe.
Pero sí vale la pena tratar de reconstruir nuestra dignidad.
Y una forma que creo que podría ser útil en tal sentido es ir por los abusos que se nos infligen cotidianamente. No se trata de combatir la corrupción totalitaria de la Vaca Estúpida o fajar metrodelegados, sino de hacer algo con los pequeños tiranuelos con que nos cruzamos todos los días. No se trata de hacer un gran espectáculo público o un berrinche, sino de decirnos a nosotros mismos "hasta acá y basta", dejando de comprar en donde se nos curra, dejando de ir a donde se nos maltrata y dejando de usar lo que nos forrea. En silencio, sin alharaca ni teatro. Nada más que eso.
No digo tampoco de sacrificarnos hasta morir si se trata de algo sin lo cual no podemos vivir normalmente, pero al menos, empecemos a hacernos respetar un poco.
En mi caso y a partir de este paro de subtes, voy a hacer lo posible para no tomar un subte a menos que sea una cuestión de vida o muerte en la que la velocidad y el tiempo importen. Porque no pienso fomentar ese abuso haciendo que parte de mi dinero vaya voluntariamente (lo que me asaltan de impuestos es otra cuestión) a pagar el sueldo de hijos de puta como el gordo miserable de Segovia, gente que cobra diez lucas al mes por pasarse seis horas vendiéndote boletos con cara de orto y que como se les cantó querer cobrar trece mil, decidieron cagarse en toda una ciudad.
Con mi dinero no. Y con mi dignidad tampoco.
No sé, pensaba que podía ser algo útil para empezar a buscar una salida.

3 Comentarios:

Anonymous carancho dijo...

Estimado Mayor:
Creo que en cualquier momento lo nombro mi gurú personal y fundo una religión en torno a sus escritos.
Absolutamente de acuerdo con su post.
Yo decidí lo mismo. Se acabó el subte para mí. De la misma manera que antes (por suerte) del accidente de Once, abandoné el tren, negándome a viajar en medio de humo de porro, chorros, mangueros y vendedores vociferantes. Y arriba de vagones a punto de desarmarse.
Y de la misma forma, me negaré a votar si no hay un candidato que, por lo menos, prometa cárcel a esta piara que nos complica la vida hoy.
Saludos.

11:12 a.m.  
Blogger Mayor Payne dijo...

Carancho, por favor, no llego ni a la estampita.

Yo no puedo renunciar al tren porque es lo único que me deja en condiciones razonables de tiempo y forma en el trabajo, pero que cada vez está peor el susodicho medio, no hay ni que dudarlo.

Saludos!

5:30 p.m.  
Blogger Andy dijo...

Mayor: pensalo, no renunciás al tren, pero el tren renuncia a vos...

12:43 p.m.  

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