martes, 4 de octubre de 2011

Rincón literario: Trilogía de "The Great War" (Harry Turtledove)


Después de How Few Remain, aquel primer libro del que hablé por acá hace unas semanas, la saga que Harry Turtledove escribió sobre un universo en el que la Guerra Civil norteamericana terminó con el surgimiento de la Confederación como Estado independiente continúa con la trilogía de "The Great War", cuyos libros cubren el período de esa historia paralela que equivale al de nuestra Primera Guerra Mundial y que en líneas generales van a ser el tema de este post. Pienso tratar acerca de los tres libros en general, porque a mi entender la estructura y la historia de los mismos no da para posts individuales a una escala manejable.

Cada uno de los tres libros de "The Great War" se enfoca en un período determinado de esta Gran Guerra. Así, American Front narra los eventos de 1914 y 1915, en los que el optimismo y la confianza de todas las partes en que la guerra iba a ser breve y victoriosa se choca de frente con la brutalidad inimaginable de este conflicto. Walk in Hell se enfoca en un 1916 plagado de masacres insensatas y de fútiles esfuerzos por romper el estancamiento general en el que cayeron todas las partes. Por último, Breakthroughs se ocupa de ilustrar cómo 1917 trae finalmente las rupturas a las que hace alusión el título y que llevan al final de la guerra.

Aunque comparta mucho con nuestra Primera Guerra Mundial, como por ejemplo el asesinato del archiduque Francisco Ferdinando (sólo que con una bomba en vez de a tiros) como detonante, la Gran Guerra de la trilogía es un evento considerablemente distinto, empezando por las alianzas que terminarán enfrentándose en el campo de batalla como consecuencia de esa serie de eventos catastróficos puesta en marcha por el magnicidio antes mencionado.

Para empezar, de un lado tenemos a la Entente, integrada tal y como recordamos de la historia real por el Imperio Británico, por Francia y por la Rusia zarista, sólo que con la adición de su aliado natural en el continente americano... los Estados Confederados de América. Eso nos lleva al primer gran shock con el que nos enfrenta esta trilogía: ver a los Estados Unidos librando una guerra mundial como miembro de las Potencias Centrales y aliado de los imperios Alemán, Austro-Húngaro y Otomano.

Esta realidad es una evolución natural de los eventos de la primera novela; tras la humillante derrota sufrida a manos de la Confederación y de sus aliados británicos y franceses en la Segunda Guerra Mexicana, los EE.UU. se hunden aún más en el revanchismo y se echan en brazos de la única potencia europea que no se coaligó en su contra y que mantiene una postura amistosa: la pujante y ascendente Alemania de Bismarck, que se convierte en objeto de admiración y modelo a seguir para un país obsesionado con vengarse de todos sus enemigos.

Y es que los EE.UU. de esta parte de la historia paralela son muy distintos a los que conocemos. Hablamos de un país que mantiene un servicio militar obligatorio de dos años en tiempos de paz, con soldados que usan uniformes de corte y estilo alemán y oficiales con bigote estilo "Kaiser Bill" que hablan el alemán como segundo idioma. Hablamos de un país que todos los años conmemora su derrota militar con sombríos desfiles en los que la bandera ondea al revés como señal de peligro y como llamado a la revancha, y que no tiene una Estatua de la Libertad en el puerto de Nueva York, sino una marcial Estatua de la Remembranza que lleva un escudo en su brazo izquierdo en lugar de una tabla, y que con el derecho levanta en alto una espada en vez de una antorcha.

Pero es un país en el que se instaló una burocracia al estilo europeo y de la que ni dejan de quejarse los propios norteamericanos ni dejan de burlarse los rivales; es un país que no mantiene la menor tolerancia hacia cualquier cosa que se parezca a sedición o secesión, y en el que se estimula casi como religión cívica la necesidad de vengar las humillaciones sufridas a manos de los confederados y sus aliados europeos. Es un país en el que el Partido Republicano, humillado tras dos derrotas ante la Confederación, no es más que un partido menor y de alcance regional en un sistema dominado por el Partido Demócrata, militarista y más a la derecha que lo que podemos imaginar, y por un Partido Socialista afianzado y en el que conviven las ansias revolucionarias con la experiencia de adaptar el mensaje a la realidad de EE.UU.

Por su parte, la Confederación parece una reliquia del siglo pasado, a pesar de ser una potencia militar y económica en todo derecho y una nación increíblemente confiada y segura de sí misma. Las plantaciones de algodón, tabaco y azúcar siguen reportando pingües ganancias a los aristócratas que continúan dominando su gobierno y su conducción militar, mientras que a los negros de muy poco les sirvió la emancipación de la esclavitud, pues todavía siguen siendo personas de segunda clase, sin ciudadanía y con muy pocos derechos.

La nueva guerra les da la oportunidad a los EE.UU. y a los EE.CC. de enfrentarse en un verdadero "frente americano" que incendia a toda Norteamérica en los fuegos del conflicto. Los confederados avanzan hacia el norte, llegando incluso a conquistar Washington (que es la capital legal de los EE.UU., aunque la capital de facto se haya trasladado a Filadelfia), mientras los contraataques estadounidenses abren frentes en Virginia, Texas y Nuevo México que bien pronto terminan en el estancamiento de la guerra de trincheras.

Los EE.UU. también llevan la guerra a los canadienses en ataques en Quebec, Ontario y Manitoba que también quedan atascados en la indecisión. Incluso hay un ataque sorpresa de la marina norteamericana contra la base de la Royal Navy británica en las Islas Sandwich en los primeros días de la guerra. Si no les suena el nombre de "Islas Sandwich", es porque nosotros las conocemos por su nombre nativo de "Hawaii"... así es, son los Estados Unidos los que atacan Pearl Harbor en esta historia paralela. Incluso un personaje confederado llega a referirse a ese ataque como "un día que vivirá en la infamia".

En alta mar, el aspecto naval de la guerra es completamente distinto: ya no pasa por el esfuerzo alemán en interrumpir las vías de comunicación entre Gran Bretaña y los EE.UU., sino en el esfuerzo mancomunado de norteamericanos y alemanes por romper los lazos marítimos que le permiten a los británicos reforzar y abastecer a los canadienses, y recibir comida de la Argentina. Y en cuanto a nosotros, ya que caemos en la volada, baste decir que estamos en el frente sudamericano de la guerra del lado británico, tiroteándonos con los chilenos y paraguayos mientras Brasil deshoja la margarita y espera a calcular bien para qué lado sopla el viento.

Pero también hay problemas en los frentes internos de ambos países. En la Confederación, naturalmente, son los negros los que están cada vez más cerca del alzamiento, avivados por un adoctrinamiento marxista subterráneo. En los EE.UU., el problema viene por el lado religioso y está enfocado en los mormones. Verán, en la primera novela hubo un conato de rebelión de los mormones, que no son del todo queridos por esa cosita de la poligamia, y que terminó con el Ejército de los EE.UU. aplicando la ley marcial. En esta Gran Guerra, los mormones sólo esperan la chance para convertir a Utah en el equivalente norteamericano de Irlanda del Norte y de Cisjordania.

Como nota curiosa y señal de que estamos en un mundo similar pero no idéntico, está el nombre que en este universo se le terminó dando a los tanques de guerra, una invención de este período. El nombre "tanque" que usamos para referirnos a los vehículos blindados de combate a oruga se debe a que a los obreros encargados de construir los primeros ejemplares se les dijo que estaban construyendo "tanques de agua móviles". En este mundo se da algo similar... sólo que a estos vehículos se los termina llamando "barriles". Parece absurdo, hasta que uno se pone a pensar por qué tendrían que llamarse tanques los tanques...

Las novelas hacen un excelente trabajo de transmitir el absurdo y la violencia de la Primera Guerra Mundial dentro de este escenario. Ataques tras ataques que terminan con centenares de muertos a cambio de metros de terreno arruinado, represalias contra civiles, las dificultades crecientes en los frentes domésticos de los contendientes, las estratagemas inútiles que buscan infructuosamente romper con años de estancamiento y la sensación inevitable para los personajes y para el lector de que esta guerra no sólo es inútil, sino que ni siquiera tiene una buena razón de ser.

Hay algunos problemas con estas novelas, eso sí. Está la cuestión de la multiplicidad de personajes cuyas historias son seguidas, y cuando hablo de multiplicidad lo digo en serio: estamos hablando de entre quince y veinte personajes, dependiendo del libro y del momento. Aunque por un lado el leer las peripecias de personajes en Virginia, Texas, el Pacífico, el Atlántico, Canadá y los territorios ocupados y frentes domésticos de los EE.UU., los EE.CC. y Canadá ayuda a darle a la guerra y al universo mismo una sensación de enormidad y de distancia entre sus partes, al menos al principio esto tiende a ser inmanejable y cuesta bastante agarrarle el hilo a quién es quién... y el que el autor sea consciente de este problema e intente resolverlo tendiendo a repetir algún detalle personal de la historia de cada personaje cada vez que aparece es una solución parcial y repetitiva.

Y otra cuestión: hay gente a la que se le tendría que prohibir escribir escenas subidas de tono. Eso es todo lo que diré al respecto.

La próxima vez seguimos con las tres novelas del período de entreguerras.

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sábado, 1 de octubre de 2011

Decadencias

Dando vueltas por mis discos rígidos me encontré con una traducción fatto in casa de una columna de Victor Davis Hanson que en su momento me pareció interesante. Espero que la disfruten.

¿Por qué se acaba la buena vida?
Por Victor Davis Hanson

Una mirada hacia atrás

Los pueblos simplemente no desaparecen. Miren a Alemania en 1946 o a los atenienses en 339 A.C. Ellos continúan, pero sus gobiernos y culturas finalizan. Por fuera de las dramáticas implosiones militares de sociedades autoritarias o tribales - la destrucción de Tenochtitlan, el final del nazismo, el colapso de la Unión Soviética, la anexión de la Galia tribal - ¿qué lleva a los Estados consensuales a un final, o al menos a un final de la buena vida?

Las ciudades-Estado no pudieron detener a 30.000 macedonios de la forma en que - cuando eran mucho más pobres y ciento cincuenta años antes - habían puesto un alto a 300.000 persas que bajaban por muchas de las mismas vías. La República Francesa de 1939 tenía más tanques y tropas en el Rin que el Tercer Reich que estaba ocupado subyugando a Polonia. Una Gran Bretaña más pobre peleó de manera distinta en El Alamein que hoy en día sobre Libia. Un acorazado británico fue alguna vez un símbolo de orgullo nacional; hoy un destructor representa mil millones de libras robadas a los servicios sociales.

Dame

La redistribución de riqueza en lugar del énfasis en su creación es seguramente un síntoma de las sociedades que envejecen. Sea en Bizancio durante los Disturbios de Nika o en la Roma del pan y circo, cuando el público espera que el gobierno provea seguridad en lugar de que el individuo se vuelva autónomo a través de una economía en crecimiento, entonces crece un letargo colectivo. Pienso que es el mensaje de las brutales sátiras de Juvenal acerca tanto de las turbas como de los ricos ociosos. La literatura ateniense del siglo IV a.C. se caracteriza por demandas judiciales forenses, conforme los ciudadanos buscaban demandarse unos a otros, o demandar al Estado por sostén, o pelear por herencias.

El subtexto del Satiricón de Petronio es el de una ciudadanía acomodada, sin hijos, por lo general subempleada que busca herencias y se burla de las clases productivas que producen el sobrante suficiente como para que los astutos la pasen bien sin trabajar. En algún momento alrededor de 1985 en California me percaté de que mis estudiantes esperaban un trabajo estatal primero, un trabajo federal en segundo lugar, un trabajo municipal en tercer lugar - y un empleo privado como última opción. Alrededor de 1990, repentinamente dos tipos de comerciales estaban al aire por doquier: cómo sumarse a una demanda judicial llamando al 1-800 de un estudio jurídico o cómo conseguir una silla de ruedas, un scooter o algún otro aparato de forma gratuita llamando al 1-800 de una compañía de medicina prepaga que iba a ocuparse del papeleo para la Seguridad Social en tu nombre.

Regular, no crear

¿Por qué es más moral que un burócrata federal en una camioneta provista por el Estado cierre una plataforma petrolera off-shore argumentando que es demasiado peligrosa para el medio ambiente que un individuo privado arriesgue su propio capital para encontrar algún tipo de nuevo combustible que impulse la flota de camionetas de su gobierno? Todas las sociedades prósperas creen que son demasiado ricas como para no permitirse otra regulación, sólo una indulgencia moralizante más, y otro derecho de ayuda social más. Pero como vemos ahora en los Estados Unidos posmodernos, vuelve ociosos 250.000 acres de tierra cultivable por un pececito, cierra un campo petrolífero entero, demora una nueva exploración de gas natural por temor a un posible impacto ambiental, agrégale un centavo al impuesto a las ventas, dispone todavía otro programa de medicamentos recetados sin financiamiento, u ofrece todavía otro descuento becado estatal para un inmigrante ilegal - y los costos finalmente equivalen a una implosión como las que vemos en Grecia o California. Y como lo sabemos a partir de colapsos anteriores, una nueva ayuda social se convierte en cuestión de minutos en un derecho institucionalizado cuya privación provoca mucha más angustia que su inexistencia previa. Justiniano lo aprendió cuando quiso recortar la burocracia y casi perdió su trono.

Ellos

No es que la elite esté exenta. La literatura moral occidental, desde Horacio hasta Thackeray, se enfoca en la vanidad de los ricos que piensan que un heredero codicioso no heredará de verdad sus riquezas dura o sospechosamente ganadas, o que sus caderas y rodillas en constante envejecimiento siempre los van a impulsar con potencia por las escaleras monumentales de sus casas colosales, o que un quinto yate u otros mil acres por fin van a acabar con el aburrimiento. Pero el problema no es que sean ricos sino que sean ociosos, no que manden un mensaje de que la prosperidad mejora la vida sino que la prosperidad es inevitablemente corruptora. En Los Doce Césares de Suetonio, el tema no es simplemente la decadencia y crueldad imperiales, sino también las pasiones ciegas de la muchedumbre que la elite manipula tan cínicamente para sus propios privilegios inútiles e indulgencias insensatas.

Somos buenos y por lo tanto podemos actuar mal

La transferencia de la moralidad privada al Estado es una aflicción particularmente moderna, pero igual de perniciosa. Presenciamos la sorprendente paradoja de que la sociedad privada de hoy en día es más burda, menos honesta y más ordinaria aún cuando la moralidad oficial de su gobierno enfatiza la superioridad ética de género, raza, clase y medio ambiente. Pero sólo porque el Estado ahora y gracias a Dios disponga que haya lugares de estacionamiento para los discapacitados no significa que tratemos a un pariente inválido con más respeto que en el pasado, o que nuestros hijos sean más proclives a escribir notas de agradecimiento por el regalo de un abuelo. Ciertamente veo una erosión en la expresión pública de modales y moralidad aún mientras siento que nuestro gobierno es ahora más "justo" e "igual" que nunca.

Sólo porque el Estado te demande por un aparente acoso sexual no significa que sea menos probable que al olvidarte tu laptop en una universidad te la roben que, por ejemplo, una billetera en 1955. La terrible preocupación es que las dos están conectadas: mientras más se mete el Estado a proclamar que somos cósmicamente morales, más asumimos que nos podemos relajar y por ende volvernos concretamente inmorales. Detroit es un síntoma de esa transición de las definición familiar de moralidad a la definición estatal. Vayan a Atenas hoy en día, y uno podrá leer altisonantes elogios del omnipresente Estado de Bienestar, y ver por doquier maquinaciones privadas para evadir impuestos y fanfarronadas acerca de conseguir un empleo público que no requiere trabajo y que consigue enormes sueldos.

Cuando la pobreza se define como deseos relativos en lugar de necesidades existenciales, los Estados decaen y las sociedades declinan. En el siglo V a.C., los atenienses se daban por satisfechos con que les pagaran para ir al teatro; para el siglo IV a.C., también se les pagaban para votar - aún mientras contrataban mercenarios para pelear y se olvidaban de quién había vencido en Salamina y por qué. Los flash mobs no atacaban comercios mayoristas de alimentos. Los saqueadores se organizaron en Facebook a través de laptops y celulares, no mediante reuniones en ollas populares y colas para el pan. Los asaltos al azar no se debían a una pobreza elemental, sino a la furia de no tener exactamente lo que aparece en TV.

La obesidad, no la desnutrición, es la enfermedad en Wal-Mart. En nuestra extraña cultura, que alguien conduzca un costoso BMW aparentemente significa que nuestros propios Toyotas no tienen aire acondicionado o radios. Pero que John Edwards o John Kerry o Al Gore tengan una casa enorme no significa que la mía sea inadecuada, o que las casas prefabricadas que surgen en mi comunidad para los recién llegados de México sean demasiado chicas.

Por supuesto, la elite tiene la responsabilidad de usar su esplendidez sabiamente y no convertirse en los Kardashian. Pero que la quinta parte de un uno por ciento de los contribuyentes estén buscando formas de no pagar la tasa del impuesto a las ganancias que les corresponde por sus grandes ingresos no lastima a la república tanto como que el 50% de la población no pague nada de impuesto a las ganancias. Estos últimos seres nobles no nos molestan tanto, pero su falta de cumplimiento perturba las bases de la sociedad mucho más que la tacaña pero minúscula cantidad de ricos codiciosos.

Lala land

La irrealidad es un síntoma especialmente perturbador. Cuando Jimmy Hoffa amenaza a los no sindicalizados, uno imagina que Detroit está construyendo autos mejores, más seguros y más confiables a mejor precio y que lo viene haciendo desde hace décadas. Cuando Barack Obama le pide al Interbloque Negro del Congreso que marche por la igualdad, y adopta las cadencias y posturas de un líder de los derechos civiles en la década de 1960, uno pensaría que la derecha de Florida acaba de elegir a Bull Connor y no a Herman Cain como ganador de su encuesta simulada. Cuando la vocera canchera y de tercera generación de La Raza habla de desigualdad, uno pensaría que ella acaba de cruzar la frontera de Oaxaca, obligada a dejar un México benevolente para trabajar en las fosas de un Mordor norteamericano.

Esperanza

Todos sabemos qué nos salvará y qué nos está destruyendo. Pero el truco está en ver cómo los dos chocan. Un nuevo código impositivo, tasas simples, pocas deducciones, todos pagan algo; una nueva reforma de la asistencia social, menos beneficios, jubilaciones posteriores; un gobierno más pequeño, un sector privado más grande; una cultura popular diferente que honre el carácter en lugar del exceso - todo lo que no es, y a la vez es, imposible de imaginar. Sólo ocurrirá cuando los llantos de los angustiados por su interés propio sean ignorados. Mi expectativa es que pronto los prósperos de las repentinamente ricas China e India contraigan la enfermedad occidental que vemos endémica en Europa y entre nosotros, aún cuando los Estados Unidos se despabilen y vuelvan a dedicarse a la confianza en sí mismos y a la creación de riqueza. Pero cuando veo a la Venecia del siglo XVIII, o a la Gran Bretaña de la década de 1950, o a Francia en 1935, o a la Atenas del siglo III a.C., o a la Roma del siglo V, me preocupo. No creo que querramos vivir en una Grecia tranquila pero colapsada en la era de Plutarco, por siempre soñando con una era remota de logros pasados.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El giro autoritario

¿Alguien esperaba que después de lo del 14 de agosto la kakidad iba a experimentar una conversión repentina a la democracia, la tolerancia y el respeto hacia las opiniones diferentes?

Es el mismo cuentito delirante que sobreviene antes y después de cada elección; en el 2005 se decía que la psicopatía de Kirchner iba a terminar en cuanto sacara una mayoría propia en el Congreso y saliera de la debilidad que le habría dejado el Cabezón; en el 2007 el cuento era que una vez que Él se hubiera ido del Gobierno y la hubiera dejado a Ella con una mayoría electoral por derecho propio en vez de caer en paracaídas a la Rosada habiendo salido segundo y sólo por abandono del primero, íbamos a disfrutar de un kirchnerismo más prolijo y respetuoso; en el 2009, se esperaba que si ganaban ellos se iba a tranquilizar todo y que si perdían iban a quedar tan debilitados que no podrían romper más las bolas (ahí, para variar, hubo fallas de la manga de oligofrénicos que se ponen un traje de oposición que les queda demasiado grande).

En todos estos casos, lo que vino después del resultado electoral fue como lo que vino antes, pero potenciado con más autoritarismo, corrupción y caradurez. ¿A quién podría sorprenderle que ahora que sacaron el 50 y chirolas en la encuesta nacional del 14 de agosto no se sientan con derecho a hacer lo que se les canta?

Además de lo anterior, me permito hacer un paralelismo entre lo que vivimos ahora y el período de la República de Weimar en Alemania, hecha la salvedad de que es una enormidad histórica equiparar al nacionalsocialismo con ese hijo bastardo y retardado suyo que es el peronismo.
  • Ambos países sufrían severísimos problemas económicos que nunca terminaban de irse del todo (la inflación es el más notable),
  • Ambos países venían de experiencias históricas de fracasos mayúsculos para los cuales o no había explicación o las existentes eran mitológicas: la leyenda de la "puñalada por la espalda" para explicar la derrota de la Primera Guerra Mundial en el caso alemán, y el presunto "complot neoliberal" que estaría detrás de todo lo que pasó desde el Proceso hasta hoy acá en Argentolandia,
  • Ambas sociedades tenían una predilección por figuras fuertes, carismáticas y providenciales que en el fondo disimulaba (y a veces ni siquiera eso) un profundo desprecio por las instituciones republicanas,
  • El ánimo público existente en ambos países era una mezcla de nacionalismo y revanchismo, aunque en el caso argento es una manifestación más virulenta de la egomanía nacional que resurge tras los sopapos de las últimas décadas y que se cree a sí mismo reivindicada por el presunto éxito del "modelo",
  • Ambos regímenes políticos habían optado por abandonar el control del espacio público y del monopolio de la violencia a agrupaciones autoritarias o criminales por conveniencia política o simple impotencia.
Sabemos cómo terminó en el caso alemán; acá, aunque sea en su forma degradada y berreta, no debería sorprendernos que el camino que adopta la banda de matarifes y acomodados sea una "profundización del modelo" por el lado autoritario.

Como dirían los yanquis: hicimos nuestra cama y ahora tenemos que acostarnos en ella.

martes, 20 de septiembre de 2011

Rincón literario: How Few Remain (Harry Turtledove)


Hace unos cuantos días comentaba por este medio mi impresión de la novela de historia alternativa In the Presence of Mine Enemies, del norteamericano Harry Turtledove, y de su descripción de una ucronía distópica en la que la Alemania nazi se imponía y perduraba hasta nuestros días.

Hoy vengo con otro título del buen Turtledove.

How Few Remain es el primer libro de lo que se conoce como la "Serie de la Victoria Sureña" o "Timeline 191" (el número tiene su razón de ser), una saga de once novelas que narran una ucronía en la que el Sur consigue imponerse en la Guerra Civil norteamericana. La serie en sí misma está compuesta de cuatro partes bien definidas: How Few Remain (que en rigor de verdad es una precuela) que transcurre en la década de 1880, la trilogía de "The Great War" (American Front, Walk in Hell y Breakthroughs) ambientada en el equivalente turtledovesco de la Primera Guerra Mundial, la trilogía de "American Empire" (Blood and Iron, The Center Cannot Hold y The Victorious Opposition) que se enfoca en las décadas de 1920 y 1930, y por último la tetralogía de "Settling Accounts" (Return Engagement, Drive to the East, The Grapple e In at the Death) y su descripción de la Segunda Guerra Mundial en este universo.

En este primer libro de la saga nos encontramos con el punto de divergencia de la serie. En el 1862 de la historia real, recién comenzada la Guerra Civil norteamericana, un mensajero del ejército confederado pierde una copia de la "Orden Especial 191" (de ahí viene lo de "Timeline 191"): nada más y nada menos que el plan de operaciones del general Robert Lee para el ataque sureño contra el Norte. Encontrada la susodicha copia por soldados del gobierno federal, el ejército de la Unión puede prepararse para el ataque y consigue así derrotar a los confederados en la batalla de Antietam, que no sólo pone un alto a la ofensiva del general Lee sino que además le da al presidente Lincoln una victoria lo bastante significativa como para darle credibilidad a la Proclamación de Emancipación que libera oficialmente a los esclavos en los Estados rebeldes.

En cambio, en el mundo de Turtledove, la copia perdida de la Orden Especial 191 es encontrada por dos soldados confederados que rápidamente se la devuelven al mensajero distraído. Sin esta copia, los bastante incompetentes generales de la Unión no pueden hacer otra cosa que tratar de reaccionar tardíamente a los movimientos de Lee, terminando en una brutal victoria confederada. Sin poder derrotar a los confederados, Lincoln tiene que meterse la Proclamación de Emancipación en donde no brilla el sol, y como para empeorar las cosas, la victoria de Lee les da pie al Reino Unido y a Francia para oficializar su apoyo encubierto a la Confederación, a la que reconocen como Estado independiente, para luego forzar al gobierno de los EE.UU. a que haga lo mismo y firme la paz.

Llegamos así al 1880 en el que transcurre How Few Remain, y nos encontramos con unos Estados Unidos humillados, reducidos en extensión por la pérdida de los "Estados Confederados de América" (a los que llamaremos EE.CC. para abreviar), empobrecidos por la guerra al punto de no poder comprar Alaska, que sigue siendo colonia rusa, bastante más intolerantes hacia todo lo que huela a posible sedición, y por sobre todas las cosas, sedientos de venganza contra el Sur. Tan sedientos de venganza están que alcanza con una última humillación (la decisión presidencial de sacar de la bandera las estrellas que representan a los estados sureños) para terminar con décadas de gobierno demócrata y llevar al poder al Partido Republicano, que a base de una plataforma explícitamente anticonfederada logra volver del ostracismo político en el que quedó tras perder la Guerra de Secesión.

Por otro lado a la Confederación, al igual que al gordito de Alfonsín, no le va mal: tiene el orgullo nacional por las nubes, además de su independencia logró arrancarle Kentucky y lo que ahora sería Oklahoma a los EE.UU., cuenta con el respaldo y el patrocinio de las grandes potencias de la época (el Imperio Británico y Francia), se dio el gusto de comprarle Cuba a España y encima tiene al Imperio Mexicano (sin el apoyo de los EE.UU., Benito Juárez nunca pudo derrocar a Maximiliano I de Austria) de virtual títere.

Es precisamente por el lado de México que viene el siguiente intento de expansión de los EE.CC. y el nuevo casus belli con los EE.UU.: Maximiliano I podrá haber nacido en cuna de oro y ser Emperador de México pero no tiene un peso partido al medio, por lo que le ofrece a la Confederación las provincias de Sonora y Chihuahua a cambio de una módica suma. La Confederación, como es de esperar, agarra viaje por una excelente razón: estas provincias le darán una salida al Pacífico a través del Golfo de California. Para los Estados Unidos, que sólo necesitan una excusa para ir de nuevo a los bifes, la compra de Sonora y Chihuahua es lo que estaban esperando: no sólo es un nuevo intento expansionista que la Confederación le hace "in your face" a los EE.UU., sino que al conseguir una salida al Pacífico los EE.CC. pueden construir su propio ferrocarril transcontinental y dejar de depender de los trenes estadounidenses.

Y como era de esperar, porque si no no tendríamos novela, los Estados Unidos le declaran la guerra a la Confederación al rechazar ésta el ultimátum de Washington de dar marcha atrás con la compra territorial. Estalla así la "Segunda Guerra Mexicana", a la que no tardan en sumarse los franceses y los británicos (con Canadá incluido) del lado de la Confederación para "poner en su lugar" a unos EE.UU. totalmente aislados. Teniendo en cuenta cómo estaban las cosas por esos tiempos en materia de poderío mundial relativo, y que los Estados Unidos carecen de cualquier plan estratégico para librar el conflicto (como lo nota horrorizado el agregado militar alemán tras una charla con el jefe de Estado Mayor del Ejército de EE.UU. apenas iniciado el conflicto) o de un liderazgo militar competente que aproveche su superioridad numérica y técnica, no debería ser ninguna sorpresa el resultado de semejante guerra.


Yendo a cuestiones que no nos hagan incurrir en el riesgo de dar más spoilers, podemos empezar notando el cambio de fortuna de algunas figuras históricas en este universo. El general Ulysses S. Grant, lejos de convertirse en el héroe militar del Norte, de llegar a la Presidencia y darle su jeta al billete de 50 dólares, pasa sus días como un viejo alcohólico e ignorado por sus fracasos en la guerra. Al coronel Thomas Custer no lo reventaron los indios en una carga de caballería insensata, sino que anda por acantonamientos perdidos esperando una oportunidad para reventar confederados y ganar gloria. William Sherman ni siquiera llega a general y calculo que menos aún le pondrán su nombre al tanque emblemático de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, sino que languidece como coronel a cargo de la guarnición de San Francisco, ciudad en la que se destaca como periodista un tal Samuel Clemens, quien de haber optado por la carrera de novelista, hubiera sido más conocido por su seudónimo de "Mark Twain"...

Pero el que más se destaca de los personajes históricos es Abraham Lincoln, a quien esta ucronía no le deparó la fama de ser el presidente victorioso que liberó a los negros, terminar asesinado por un resentido al poco tiempo, tener una estatua gigante de sí mismo sentado, adornar los billetes de cinco dólares y, calculo yo, darle su nombre a una de las galletitas más ricas de nuestra bendita Patria. En vez de eso, Lincoln anda por todo el país ganándose las puteadas de quienes no le perdonan la derrota en la Guerra de Secesión, la vergüenza ajena de un Partido Republicano que lo quiere tener lo más lejos posible, y la atención de auditorios reducidos pero interesados en escuchar su forma de adaptar las ideas de Marx y Engels a la situación norteamericana. Sí, en este mundo Lincoln se volvió socialista, aunque ante las acusaciones que le hacen de ser un revolucionario él diga que lo que le interesa es mejorar las cosas antes de que se llegue a una revolución, quizás porque le tocó pagar el pato de décadas de demorar una decisión final sobre la esclavitud de los negros.

La novela hace un excelente trabajo de mostrar la futilidad y el absurdo de esta guerra mal planeada y peor conducida. De la Guerra Civil se ha dicho que fue un adelanto de la Primera Guerra Mundial al que nadie le prestó atención, y lo mismo pasa con la "Segunda Guerra Mexicana" de Turtledove, sólo que con veinte años de adelanto tecnológico. Olas y olas de soldados se estrellan en ofensivas inútiles que son repelidas con fusiles, artillería y las primeras ametralladoras. Si algunas de las partes en las que se narran los combates suenan repetitivas, no es un problema: antes al contrario, es un logro que muestra la inutilidad de la forma de hacer la guerra en esos tiempos. Excepto en los desiertos amplios del Oeste, la caballería no sirve para otra cosa que terminar con caballos propios muertos. Los generales del Norte son en su mayoría incompetentes que caen en la definición de locura de Einstein al insistir una y otra vez con las mismas tácticas y esperar distintos resultados, mientras que los generales del Sur se limitan a fortificar sus defensas y esperar que los contrarios se estrellen fútilmente contra ellas; no necesitan invadir el Norte para ganar la guerra, sólo ahogar a los EE.UU. en la sangre de sus soldados muertos inútilmente.

Otro ejemplo de futilidad viene de uno de los personajes que aportan un punto de vista es el orador negro Frederick Douglass, quien aún teniendo oportunidad de ver personalmente la carnicería absurda en la que degeneró el conflicto lo sigue defendiendo como parte de una campaña para abolir la esclavitud en la Confederación y de paso mejorar un poco la posición de los negros, a quienes les va bastante mal estén del lado de la frontera en que estén (en el Sur son esclavos, en el Norte son los chivos expiatorios de la guerra perdida). No se imagina Douglass que el presidente confederado en esta historia, James Longstreet, piensa emancipar a los esclavos negros (la igualdad plena es otra cosa, pero es un principio) en cuanto termine la guerra, en parte porque ya no puede defenderla a ojos de sus aliados británicos y franceses, y en parte porque sabe que la esclavitud no tendrá más sentido en una sociedad industrial.

El mundo que nos presenta esta novela ya se presiente como que va a terminar siendo muy distinto del que conocemos. La descripción de los EE.UU. no como una potencia confiada y orgullosa sino como un país consumido por anhelos de vengar las humillaciones pasadas nos da a entender que en el futuro de las historias va a tener una evolución muy distinta. El alineamiento de las potencias preanuncia rivalidades que no hubiéramos imaginado. La situación política que describe tiene un componente familiar pero a la vez hay señales que inquietan no sólo sobre el presente sino sobre el futuro que se avecina. La sociedad que aparece continúa siendo normal para la época, pero se puede intuir que le tocarán cimbronazos que bien pueden hacerla irreconocible a nuestros ojos. Y la forma en que el final deja sentado lo que viene llega a ser incluso escalofriante. Como punto de partida para un universo a la vez familiar e irreconocible, How Few Remain hace muy bien su trabajo.

Pero tiene algunos problemas. La cantidad de personajes que aportan puntos de vista es enorme, al igual que la diversidad de estos puntos; es probable que los primeros capítulos pierdan un poco de sentido hasta que se logre poner a cada personaje, situación, lugar y contexto en su lugar. A esto también le juega en contra el hecho de que es una novela que conviene leer con un atlas o con acceso cercano a Wikipedia, ya que es más accesible para el que tenga familiaridad con la Guerra Civil norteamericana. Y aunque logra tener éxito en su esfuerzo de mostrar de forma creíble un mundo enorme en el que transcurre un evento de dimensiones significativas, cuesta no marearse por momentos.

A pesar de todo, como punto de partida es muy bueno, los mareos iniciales se terminan disipando, y el contexto atrapa a pesar de la falta de familiaridad, o incluso gracias a ella si es que se la aprovecha como oportunidad para aprender sobre esa época.

En fin, en futuras entregas iré tratando las siguientes novelas de la serie, para ver cómo sigue este universo alternativo.

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Algunas reflexiones sin mucha coordinación en un sábado gris

Quizás la mayor debilidad del modelo republicano-democrático de gobierno, al cual podríamos definir como aquel en el que el poder del Estado se halla dividido y mutuamente controlado y en el que la libre elección es la vía de acceso a un poder limitado en el tiempo y en su duración, es el hecho de que requiere de condiciones muy difíciles de lograr y mucho más difíciles de mantener.

¿Cuáles son estas condiciones? Un consenso sólido en torno a la validez de las reglas básicas del sistema y la necesidad de preservarlas, un grado de información elevado sobre los asuntos públicos, y por sobre todas las cosas un ejercicio responsable de las facultades que el sistema le confiere a sus miembros, ya sea el sufragio ciudadano o el ejercicio del poder por parte de los funcionarios electos.

Años de un culto a la noción de "democracia" como el non plus ultra de la organización social y política humana tan intenso que el mero planteo de dudas es el equivalente moderno de una herejía nos impiden ponernos a pensar en algo que debería ser elemental: ¿toda sociedad está en condiciones de tener un sistema republicano-democrático?

Como liberal, desconfío del paternalismo y creo que puesto ante la alternativa es preferible cualquier opción que deje al ciudadano común la posibilidad de decidir sobre su propia vida porque nadie es más apto para decidir sobre uno que uno mismo.

Pero hay que admitir que la escala de las cuestiones que hacen al buen funcionamiento de una sociedad es tan monstruosa y tan compleja que no hay forma de interiorizarse plenamente sobre todas ellas sin la dedicación de un monje de clausura; lo máximo que se puede lograr humanamente es adquirir conocimientos sobre un área en concreto y especializarse en ella. En un mundo en el que el arte del "estadista" parece reducirse últimamente a saber tomar decisiones de entre las opciones que se reciben de especialistas y técnicos, un ciudadano común y corriente tendrá suerte si tiene una vaga idea de lo que llega a la agenda de los medios.

No es algo para reprocharle; no se le puede pedir a nadie que asuma mucho más de lo que puede abarcar y convengamos que la vida cotidiana es bastante exigente y demandante como para filosofar demasiado sobre la cosa pública.

La otra cuestión pasa por el tema de la responsabilidad social y ahí no hay atenuantes. Sea por falta de exigencia, por exceso de abundancia pasada o quizás por efecto de la demagogia, el ideal occidental actual es el de vivir de arriba, mantenido por alguien más, disfrutando de los beneficios sin jamás sufrir los costos. Es lamentable comprobar la universalidad de la idea de que existen cosas "gratuitas" y de que recibirlas sin pagar es nuestro derecho. Lamentable no sólo por lo que eso significa para la ética del trabajo, sino por lo que dice acerca de las expectativas de una población.

A los políticos se los puede culpar de muchas cosas, pero no de no actuar basándose en lo que ven en la sociedad a la que pertenecen. Si la gente quiere regalos y recibir todo de arriba, nadie va a suicidar su carrera política exhortando las virtudes del trabajo e insistiendo con el axioma de que "no existe tal cosa como un almuerzo gratis". Ahí tenemos a un continente entero como Europa que se suicida con una combinación de indolencia, pereza y dádiva oficial que es insostenible ya en el corto plazo, pero cuyos ciudadanos no quieren saber nada de austeridad.

Creo que es necesario pensar muy seriamente en los postulados básicos de la "religión cívica" de la democracia, aunque más no sea porque cuesta mantener la fe en el ideal de un sistema en el que ciudadanos debidamente informados sean capaces de optar libremente y sin presiones por la mejor alternativa entre varios candidatos capacitados para un cargo cuando basta con leer un panfleto de campaña y ver que las "propuestas" se reducen a clichés y terminología sensiblera como "cambio", "transformación" y "para todos", mientras se acepta ya abiertamente que los votos se compran con plata o con asistencialismo, mientras al ciudadano común y corriente le tiene sin cuidado lo que pueda pasar siempre y cuando no le joda su sacrosanto bolsillo o le impida pagar las cuotas del plasma.

Algo huele mal en este país y en la civilización occidental en general, y temo que se trate de que las bases del sistema están pudriéndose. Y me parece que no tiene mucho futuro la democracia si no se empieza a considerar si no vale la pena imponer ciertas restricciones al sufragio que alienten la responsabilidad de los votantes, o si incluso es practicable en su totalidad en sociedades que no están listas para afrontar las consecuencias de sus propias decisiones.

Si les parece que eso es demasiado brutal, pierdan cuidado; puedo ser más hereje todavía.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Rincón literario: In the Presence of Mine Enemies (Harry Turtledove)


Hace unos días terminé de leer una novela de ficción llamada In the Presence of Mine Enemies, del escritor norteamericano Harry Turtledove. El amigo Turtledove es un referente dentro del género de la "historia alternativa", es decir, historias ambientadas en universos en donde algún hecho del pasado se produjo de otra manera (el llamado "punto de divergencia"), resultando en un mundo que puede ser o muy similar al nuestro o distinto al punto de ser irreconocible. Este género permite jugar con la Historia, sea para analizar lo que pudo haber sido, como además para echarle un vistazo a los infiernos de los que nos salvamos.

En el universo de In the Presence..., que claramente pertenece al campo de los "infiernos", el punto de divergencia fue la neutralidad de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, lo que causó que el Tercer Reich venciera primero al Reino Unido y a la Unión Soviética, y que diera cuenta de los mismos Estados Unidos en una Tercera Guerra Mundial durante la década de 1970 que incluyó el uso de armas nucleares.

Como resultado, en el año 2010 en el que transcurre la historia la principal potencia mundial es el Gran Reich Alemán, todavía dominado por el Partido Nacionalsocialista. Además del Reich propiamente dicho, el nazismo controla también el llamado "Imperio Germánico", que comprende a los territorios conquistados durante las guerras (incluyendo las ex colonias británicas y francesas) y a aquellos Estados títeres en los que el Reich mantiene presencia militar, tales como Francia, el Reino Unido (cuyo líder fascista es Tony Blair, sólo que Turtledove lo camufla con el resto de su nombre real: Charles Lynton), Noruega, Bélgica, Holanda, Dinamarca e incluso los Estados Unidos, que además de haber perdido la guerra tienen que pagar un "tributo" a Alemania o enfrentar brutales represalias militares.

La victoria nazifascista en las dos guerras mundiales resultó en la continuidad de los totalitarismos y en el surgimiento de otros en el resto del mundo. Italia continúa gobernada por el fascismo y su imperio controla todo el norte de África, Grecia y Turquía; España sigue siendo franquista y conserva su imperio colonial africano; Portugal se mantiene autoritario y en control de Mozambique y Angola; Suecia, Finlandia, Croacia, Sudáfrica, los otros Estados balcánicos y toda Latinoamérica tienen sus propios gobiernos totalitarios aliados al Reich.

Y respecto de nuestra parte del mundo, como argentino no me sorprendió para nada la referencia a nuestro país como un aliado del Reich alemán cuyo dictador asumió un título al estilo de Führer o Duce, sólo que en el caso nuestro el capo totalitario argento ostenta el título de Perón...

Sólo el Imperio Japonés, que sobrevivió a las guerras mundiales como un Estado militarista y expansionista que controla Japón, China, la parte asiática de Rusia, el Sudeste Asiático, Indonesia y Oceanía, permanece fuera de la esfera de influencia alemana, y aunque las relaciones entre ambos imperios son relativamente cordiales, sólo la amenaza de la destrucción mutua asegurada con armas nucleares impide que japoneses y alemanes se vayan a las manos.


La historia es contada a través del punto de vista de varios ciudadanos alemanes que viven en Berlín: un analista civil del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, su esposa y la mayor de sus tres hijas; un programador de sistemas y su esposa recepcionista de un consultorio; y una profesora universitaria. Todos ellos permiten una mirada a la vida cotidiana bajo un régimen que a pesar de su poderío y riqueza continúa siendo tan brutal y tiránico como lo fue desde su inicio... con una perspectiva muy particular.

¿Por qué es particular esta perspectiva? Porque todos esos personajes comparten un secreto intolerable para el Reich: son judíos. Una de las consecuencias de la victoria alemana en las guerras fue la extensión a todo el mundo del Holocausto, y para el 2010 el Reich ya considera a los judíos como prácticamente extintos, y aunque de vez en cuando logra encontrar grupos que se las ingeniaron para pasar desapercibidos en los territorios ocupados, no puede imaginar que muchos lograron ocultarse y subsistir durante décadas en el corazón de la misma sociedad que desea exterminarlos.

Los judíos de In the Presence... viven dobles vidas en las que por fuera son ciudadanos leales y dedicados del Reich con problemas típicos (peleas laborales, problemas con los jefes o incluso riesgos de infidelidades), mientras que por dentro tratan de preservar su cultura y sus tradiciones sin dar la menor señal de alarma, a tal punto que sólo les revelan su condición a sus hijos al cumplir los diez años, ya que consideran que a esa edad son capaces de aceptar el hecho y preservar el secreto.

Una particularidad de esta historia es cómo muestra las consecuencias de esta doble vida en una sociedad en donde, por poner un ejemplo banal pero escalofriante, comentarios que para nosotros son barbaridades como el célebre "murieron dos personas y un boliviano" de Crónica TV son moneda corriente (“Junto con los arios, también falleció un número indeterminado de Untermenschen", dice una nota periodística sobre un accidente industrial). El título de la novela es apropiado, ya que remite a un pasaje del Salmo 23 (aquel de "El Señor es mi pastor, nada me puede faltar...") que dice "Me preparas un banquete en frente de mis enemigos..."

La necesidad de conservar las apariencias ha hecho que muchas tradiciones se han perdido, otras apenas subsisten y varias se han transformado. Aquellos con hijos deben preservar las apariencias hasta que los chicos puedan asumir el secreto, aunque eso signifique tener toda la parafernalia antisemita en casa y no reaccionar ante la propaganda; los chicos que recién conocen el secreto tienen no sólo que empezar a mentirles a sus compañeros, a sus amigos, a sus maestros e incluso a sus hermanos menores, sino que también tienen que enfrentar de un día para el otro que todo lo que ayer era verdad para ellos ahora es un montón de mentiras. Incluso los adultos no pueden dejar de sentir una extraña pertenencia al país que desea exterminarlos, que se manifiesta en alegría ante las victorias en el Mundial o en una leve suficiencia al visitar otros países.

Y mientras tanto, en el fondo de la historia las cosas empiezan a moverse en el Reich. El Führer de ese entonces, un nonagenario conservador, muere y es reemplazado por un nuevo Führer joven y con un ánimo reformista nacido de la certeza de que en el Imperio Germánico hay cosas que andan muy mal por debajo de la propaganda. Los que tengan una idea de cómo fue que la Unión Soviética empezó a venirse abajo no van a tener problemas en ir detectando los paralelismos (que los hay y a veces son demasiado explícitos) y las diferencias entre lo que pasó y lo que Turtledove relata que le ocurre al Tercer Reich tras ochenta años de dominio visible y anquilosamiento subterráneo.

Una de las cosas que más rescato de esa novela es la noción de esperanza que deja ver. No sólo de los protagonistas, quienes sienten con justo derecho que cada día de vida que llevan, por más oculta y difícil que sea, es una victoria colectiva sobre la monstruosidad del Reich, sino también de los propios alemanes comunes y corrientes, que aún con el cerebro lavado por la propaganda racista aunque más no sea porque es lo único que conocen, encuentran la forma de hacer sentir su descontento con el régimen a la primera oportunidad posible. No importa la brutalidad, no importa el totalitarismo, no importa la locura colectiva, eventualmente la libertad encuentra formas de salir o de seguir existiendo, aunque sea chiquita y modesta.

El libro no deja de tener sus temas; con tantos personajes proveyendo puntos de vista, tiende a hacerse un poco lenta y algo repetitiva, y le cuesta llegar a destino, sin mencionar que los paralelismos históricos son a veces demasiado obvios, pero el resultado final me gustó como para darle un changüí a otra saga del autor sobre una victoria del Sur en la Guerra Civil de EE.UU.

En fin, algo distinto esta semana, para ir variando un poco.

Mucha suerte y hasta el próximo sábado.

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sábado, 3 de septiembre de 2011

Juventudes

En ocasión de los recientes disturbios en el Reino Unido, me encontré en un diario de allá con un artículo que me pareció de lo más interesante y cuya traducción, en su momento posteada por los amigos de El Opinador Compulsivo, dejo a continuación, haciéndoles la usual propuesta de encontrar los paralelismos.

Años de dogma progresista han prohijado una generación de jóvenes amorales, sin educación, dependientes de la beneficencia y brutalizados

Por Max Hastings

Unas pocas semanas después de que la ciudad norteamericana de Detroit fuera devastada por los disturbios raciales de 1967 en los que 43 personas murieron, fui llevado en un recorrido por las áreas arrasadas por un periodista negro llamado Joe Strickland.

Él dijo: "No creas todas esas cosas que la gente de acá le dicen a los tipos de los medios sobre lo apenados que están de lo que pasó. Cuando se hablan los unos a los otros, dicen: '¡Qué gran incendio, hombre!'"

Estoy seguro de que eso es lo que muchos de los jóvenes manifestantes, tanto negros como blancos, que estuvieron quemando y saqueando en Inglaterra durante las últimas y estremecedoras noches piensan hoy.

Fue divertido. Hizo que la vida fuera interesante. Hizo que la gente los notara. Como le dijo una saqueadora a un periodista de la BBC, le mostró a "los ricos" y a la policía que "podemos hacer lo que queramos".

Si usted vive una vida normal de absoluta futilidad, como la que podemos asumir que vive la mayoría de los manifestantes de esta semana, la emoción de cualquier tipo es bienvenida. Las personas que arrasaron extensiones de propiedad, quemaron vehículos y aterrorizaron comunidades no tienen una brújula moral que los haga susceptibles a la culpa y la vergüenza.

La mayoría no tiene trabajos a los que acudir o exámenes que puedan aprobar. No conocen ningún modelo familiar a seguir, porque la mayoría vive en casas en donde o el padre está desempleado, o del que ha huído.

Son iletrados e incapaces de hacer las operaciones básicas, más allá quizás de alguna habilidad con los juegos de computadora y los BlackBerries.

Son en esencia bestias salvajes. Uso esa frase con conocimiento de causa, porque parece apropiada para jóvenes privados de la disciplina que podría hacerlos empleables; de la conciencia que distingue entre el bien y el mal.

Responden sólo a impulsos animales instintivos - comer y beber, tener sexo, tomar y destruir la propiedad accesible de los demás.

Su comportamiento en las calles se pareció al del oso polar que atacó un campamento turístico noruego la semana pasada. Estaban haciendo lo que les venía naturalmente y, a diferencia del oso, nadie siquiera les disparó por ello.

Un antiguo jefe policial de Londres habló hace algunos años acerca de los "niños silvestres" en su distrito - otra forma de describir la misma realidad.

La deprimente verdad es que en la base de nuestra sociedad hay una capa de jóvenes sin habilidades, educación, valores o aspiraciones. No tienen lo que la mayoría de nosotros llamaría "vidas": simplemente existen.

Nadie se ha atrevido a sugerirles que necesitan sentir alguna lealtad hacia algo, menos que menos a Gran Bretaña o a su comunidad. No ven las bodas reales, no se percatan de los test matches o se enorgullecen de ser londinenses o liverpulianos o birminghense.

No sólo no conocen nada del pasado de Gran Bretaña; no les importa nada de su presente.

Encuentran su ser sólo en los juegos de video y las peleas callejeras, el uso casual de drogas y el crimen, a veces modesto, a veces serio.

Las nociones de trabajar de 9 a 5, de casarse y quedarse con una esposa e hijos, de hacer cursos de "hágalo usted mismo" o aprender a leer correctamente, están más allá de sus imaginaciones.

La semana pasada, me encontré con una trabajadora de caridad que está tratando de ayudar a una adolescente del este de Londres a labrarse una vida para ella misma. Hay una dificultad, empero: "Su madre quiere que ella se dedique a revolear la cartera". Mi amiga explicó: "Es por el dinero, claro".

Ha existido una clase marginal durante la historia, que alguna vez sufrió privaciones espantosas. Sus espasmódicos arrebatos de violencia, en especial a comienzos del siglo XIX, asustaron a las clases dominantes.

Sus frustraciones y pasiones eran mantenidas a raya mediante la fuerza y castigos legales draconianos, sobre todo la pena capital y el envío a las colonias.

Hoy, aquellos que están en el fondo de la sociedad no se comportan mejor que sus ancestros, pero el Estado de Bienestar los ha liberado del hambre y de las necesidades reales.

Cuando los estudios sociales hablan de "privación" y "pobreza", esto es completamente relativo. Mientras tanto, las sanciones por el mal comportamiento han casi desaparecido.

Cuando el secretario de Trabajo y Pensiones Iain Duncan Smith le pidió hace poco a los empleadores que contrataran más trabajadores británicos y menos inmigrantes, su pedido fue recibido con carcajadas.

Toda empresa en el país sabe que un europeo oriental, por ejemplo, primero se molestará en concurrir; segundo, trabajará más duro; y tercero, tendrá mejor educación que su contraparte británica. ¿A quién culpamos por este estado de cosas?

Ken Livingstone, despreciable como siempre, declaró que los disturbios fueron resultado de los recortes de gastos del Gobierno. Esto recuerda los dichos del entonces líder del Concejo de Lambeth, "Ted el Rojo" Knight, quien dijo luego de los disturbios de Brixton en 1981 que la policía en su barrio "equivalía a un ejército de ocupación".

Pero no va a servir de nada afirmar que el comportamiento de los revoltosos refleja circunstancias de privación o persecución policial.

Es cierto que pocos tienen trabajos, aprenden algo útil en la escuela, viven en hogares decentes, comen a horas regulares o sienten lealtad a algo que esté más allá de su pandilla local.

Esto no es, empero, porque sean víctimas del maltrato o la negligencia.

Es porque es fantásticamente difícil ayudar a esas personas, jóvenes o viejas, sin imponerles un grado de compulsión que la sociedad moderna halla inaceptable. Estos chicos son lo que son porque nadie los hace ser algo distinto o mejor.

Un factor clave en la delincuencia es la falta de sanciones efectivas que la disuadan. Desde una edad temprana, los niños silvestres descubren que pueden matonear a sus compañeros en la escuela, insultar a la gente en las calles, orinar afuera de los pubs, tirar basura por las ventanillas de los autos, poner las radios de los autos a volúmenes ensordecedores, y, de hecho, cometer ataques casuales con sólo una insignificante perspectiva de recibir un reproche, ni hablar de retribución.

John Stuart Mill escribió en 1859 en su gran ensayo "Sobre la Libertad": "La libertad del individuo debe ser por tanto limitada; no debe convertirse en una molestia para las demás personas."

Sin embargo todos los días en todas partes del país, este principio vital de las sociedades civilizadas es roto con impunidad.

Cualquiera que reproche a un niño, ni hablar de a un adulto, por tirar basura, hacer alboroto, cometer vandalismo o manejar sin consideración recibirá a cambio un torrente de obscenidades, cuando no violencia.

¿Entonces quién tienen la culpa? La destrucción de las familias, la promoción perniciosa de la maternidad soltera como un estado deseable, la decadencia de la vida familiar a tal punto que incluso las comidas compartidas son una rareza, han todas contribuido de manera importante a la condición de la clase marginal joven.

La industria de la ingeniería social se une para afirmar que el patrón convencional de la vida familiar ya no es válido.

¿Y qué hay de las escuelas? No creo que se las pueda culpar por la creación de una cultura grotescamente autoindulgente e incapaz de juzgar.

Esto ha sido en última instancia sancionado por el Parlamento, que se niega a aceptar, por ejemplo, que los niños tienen más posibilidades de prosperar con dos padres en vez de uno solo, y que la cultura de la dependencia es una tragedia para aquellos que reciben algo por nada.

La Justicia se vuelve cómplice de los servicios sociales y de abogados infinitamente ingeniosos para afianzar los derechos del criminal y del agresor por sobre los de los ciudadanos que respetan las leyes, especialmente si un joven delincuente está involucrado.

La policía, en años recientes, ha desarrollado una reputación de ignorar el gamberrismo y el matonismo, e incluso de ponerse de parte de los gamberros contra los que protestan.

"El problema", dijo Bill Pitt, el antiguo jefe de la Unidad de Estrategia para Molestias de Manchester, "es que la ley parece estar ahí para proteger los derechos del perpetrador, y no asiste a la víctima".

La Policía arresta regularmente a propietarios de viviendas que se considera que han tomado acciones "desproporcionadas" para protegerse a sí mismos y a sus propiedades de ladrones e intrusos. Se difunde el mensaje de que los criminales tienen poco que temer de "los federales".

Los datos publicados a comienzo de este mes muestran que una mayoría de los delitos "menores" (que incluyen el robo a viviendas y el robo de automóviles, y que causan perturbaciones serias a sus víctimas) nunca son investigados, porque las fuerzas piensan que es demasiado improbable que atrapen a los perpetradores.

¿Cómo inculcar valores en un niño cuyo único modelo a seguir es el futbolista Wayne Rooney, un hombre desprovisto de las más magras gracias humanas?

¿Cómo persuadir a los niños a dejar las malas palabras cuando es casi lo único que escuchan de boca de las estrellas en la BBC?

Un maestro, Francis Gilbert, escribió hace cinco años en su libro "Nación de Gamberros": "El público siente que ya no tiene el derecho de interferir".

Hablando acerca de las dificultades para imponer sanciones por mal comportamiento o vagancia en la escuela, describió el caso de una alumna a la que retó por no cumplir a tiempo con ninguna de sus tareas.

La madre de la joven, una trabajadora social, lo llamó y le dijo: "Amenazar con echar a mi hija de los cursos para los exámenes de nivel A porque no hizo algo de trabajo se acerca al abuso psicológico, y hay legislación que previene esa clase de amenazas".

"Creo que usted está tratando de lesionar el bienestar mental de mi hija, y podría tomar acciones... si no se anda con cuidado".

Esa historia tiene horrendos visos de verdad. Refleja una sociedad en la que los maestros han sido privados de su derecho tradicional a arbitrar en el comportamiento de los alumnos. Desprovistos de poder, a la mayoría le cuesta mucho mantener el respeto, ni hablar del control.

Nunca disfruté la escuela, pero, como muchos chicos hasta tiempos bastante recientes, hacía la tarea porque sabía que se me castigaría si no lo hacía. Nunca se les hubiera ocurrido a mis padres no hacer valer la autoridad de mis maestros. Esto podría haber sido injusto para algunos alumnos, pero era la forma en la que funcionaron durante siglos las escuelas, hasta la llegada de los demenciales "derechos de los alumnos".

Hace poco recibí una carta de una maestra que trabajaba en una unidad de referencia estudiantil en un condado, en la que describe espantosas dificultades a la hora de imponer disciplina. Su única arma, contaba, era el derecho a marcar una cruz disciplinaria junto al nombre de un alumno por mal comportamiento.

Después de pedirle repetidamente y en vano a un alumno de 15 años que dejara de usar lenguaje obsceno, ella dijo: "Fred, si vuelves a usar ese lenguaje, te marcaré una cruz".

Él respondió: "¡Márcame una puta cruz entonces!" Eventualmente, ella dijo: "Fred, tienes tres cruces ahora. Debes perderte tu próximo recreo".

Él respondió: "¡No me voy a perder mi recreo, me voy a fumar un puto cigarrillo!" Cuando ella acudió a su administrador, él dijo: "Bueno, el chico está pasando por mucho en su casa ahora. No seas tan dura con él".

Ésta es una historia que se repite día a día en escuelas de todo el país.

Hace un siglo, ningún niño se hubiera atrevido a usar lenguaje obsceno en clase. Hoy, algunos casi no usan otra cosa. Simboliza su desprecio por los modales y la decencia, y suele ser un anticipo de la delincuencia.

Si un niño carece del suficiente respeto como para dirigirse a figuras de autoridad de manera cortés, y no recibe castigos cuando no lo hace, entonces las otras formas de abuso (de la propiedad y de la persona) vienen naturalmente.

Así que ahí lo tenemos: una enorme, amoral y brutalizada subcultura de jóvenes británicos que carecen de educación porque no tienen voluntad de aprender, y de habilidades que podrían hacerlos empleables. Son demasiado vagos como para aceptar trabajos de mozos o de empleados domésticos, que es por lo cual casi todos esos trabajos están ocupados por inmigrantes.

No tienen códigos de valores que los disuadan de comportarse antisocialmente o, de hecho, criminalmente, y tienen pocas posibilidades de ser castigados si lo hacen.

No tienen sentido de responsabilidad hacia ellos mismos, mucho menos hacia los demás, y no esperan ningún futuro que vaya más allá de la siguiente comida, encuentro sexual o partido de fútbol por TV.

Son un peso muerto absoluto en la sociedad, porque no contribuyen en nada a la vez que le costan miles de millones al contribuyente. La opinión progresista sostiene que son víctimas, porque la sociedad ha fracasado en otorgarles oportunidades para desarrollar su potencial.

La mayoría de nosotros diríamos que esto es un sinsentido. En realidad, son víctimas de un ethos social pervertido que eleva la libertad personal al grado de un absoluto, y que le niega a la clase marginal la disciplina, el amor duro, que es lo único que le permitiría a algunos de sus miembros escapar del pantano de dependencia en el que viven.

Sólo la educación, junto con políticos, jueces, policías y maestros que tengan el coraje de forzar a los humanos silvestres a obedecer las reglas que el resto de nosotros ha aceptado durante todas nuestras vidas, puede darnos un camino hacia adelante y una salida para esas personas.

Son productos de una cultura que les da tanto incondicionalmente que los deja aprendiendo cómo convertirse en seres humanos. Mis perros se comportan mejor y participan de un código de valores más alto que los alborotadores de Tottenham, Hackney, Clapham y Birmingham.

A menos que o hasta que aquellos que conducen a Gran Bretaña introduzcan incentivos para la decencia e impongan penas por la bestialidad que hoy brillan por su ausencia, nunca habrá una escasez de jóvenes alborotadores y saqueadores como los de las últimas cuatro noches, para quienes sus monstruosos excesos fueron "un gran incendio, hombre".

Hasta la próxima.

sábado, 27 de agosto de 2011

El primitivismo progre

Como hoy se me complica el día, dejo una nota que leí originalmente gracias a los amigos de El Opinador Compulsivo y que aunque trata acerca de Rodríguez Zapatero, no orina lejos del recipiente en lo que hace a nuestra "clase política".

En serio, cambien el nombre de Zapatero por cualquiera de los cretinos que rigen los destinos de la Patria y calza como conchero en una vedette.

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Tonto no, sólo primitivo e ignorante

Por Alberto Gómez

ZP se niega a hacer los recortes necesarios para la recuperación, mientras reparte subvenciones como si la riqueza saliera de fuentes inagotables. Al mismo tiempo, para sujetos como él, el mundo se acaba por escasez de espacio, alimentos o materias primas. Estos y otros aspectos hacen a muchos preguntarse si ZP es tonto. No exactamente.

Zapatero es primitivo e ignorante, como todos los socialistas. Sus ideas económicas reflejan unas intuiciones tan primitivas como los primeros homínidos, adaptados a una vida en la que los bienes los produce la naturaleza. Esta situación empezó a cambiar apenas hace unos miles de años, cuando se inventó la agricultura y la vida urbana y, especialmente, cuando surgió la revolución industrial y tecnológica. A partir de entonces, los bienes no se extraen en bruto de la naturaleza, sino que los producimos nosotros, con lo que empieza una revolución económica para la que la intuición con la que venimos "de fábrica" no sirve. Heredamos de nuestros antepasados los genes que intervienen en la arquitectura y funcionamiento del cerebro y, por tanto, heredamos la mente y las percepciones mentales, incluidas nuestras intuiciones. A la vista de esto, ¿qué intuiciones económicas traemos "de fábrica"?

Los homínidos no fabricaban nada, excepto piedras cortantes. Los únicos bienes, la carne y los frutos de animales y plantas salvajes, los producía la naturaleza. Estos se apropiaban y consumían casi inmediatamente. De ahí heredamos la intuición primitiva de considerar que cualquier cosa apetecible que aparece ante nuestros ojos constituye un objeto de legítima apropiación... o de reparto a regañadientes. Para darse cuenta de ello basta observar a los niños. La noción primitiva de propiedad existía y existe, pero con respecto a lo de uno mismo, no con respecto a lo que es de los demás. La propiedad de otros era y es algo discutible para los primitivos, los niños y los no educados.

Ya que los recursos no se fabricaban sino que estaban dados por las circunstancias naturales y se agotaban localmente –de ahí la vida nómada de los hombres primitivos–, hemos heredado la intuición de que tener más significa que otros tienen menos. Por tanto, para lo más profundo de la psique de un hombre ignorante como ZP, los humanos no producen ni crean, sino que explotan, ya sea la naturaleza o a otros humanos.

Pero si situamos a un hombre primitivo en el mundo actual, y le mantenemos fuera de contacto con el mercado –por ejemplo dándole un asiento en el Congreso–, para él resultaría evidente que vivimos es una época con superabundancia de bienes y de riqueza a la vista de la publicidad y los escaparates que produce el sistema de incentivos del mercado, del cual él es ignorante. En el mundo actual de relaciones anónimas, ese hombre no conocerá los méritos que ha hecho cada uno para poseer algo más que él. Tampoco conoce ni reconoce el esfuerzo que han hecho los que han fabricado ese bien tan caro que le venden. Para ese hombre, las percepciones primitivas de superabundancia y de "injusticia distributiva" son inevitables en el mundo actual.

Por resumir, es lógico que un hombre como ZP, ignorante e improductivo, secuestrado por sus intuiciones económicas primitivas, crea que los bienes, "los puestos de trabajo" y la riqueza vengan y vayan, como los frutos de los árboles o las manadas de animales o el mineral de la tierra. Para él es evidente que los ricos son ricos porque los pobres son pobres. Piensa que las cosas están mal repartidas y su sentido de justicia le dicta que hay que repartir esa riqueza. Ni por asomo se le ocurre que ese reparto reduzca lo más mínimo el total de riqueza disponible en el futuro. Ahora bien, por mucho que tenga, sus cosas son suyas y solo suyas. Y piensa que se merece aún más. Su plan para la superación de una mala racha es esperar a que llegue el buen tiempo y regrese la riqueza igual que se fue. En el fondo cree que la crisis es un signo de agotamiento, ya que la abundancia y el consumo de Occidente indica de que estamos acabando con "lo que hay", o sea la naturaleza, y que dentro de un tiempo no nos quedarán recursos, ni siquiera comida, por lo que, como en las tribus primitivas, hay que empezar a liquidar niños y ancianos, porque a la larga no va a haber para todos.

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El tema de qué tan retrógrados son en realidad los autoproclamados progresistas, no sólo en materia económica sino también en cuestiones políticas y morales (en particular su obsesión por acabar con cualquier institución, tradición o norma que "reprima lo natural") es apasionante y daría para escribir largo y tendido, cosa que hoy se me dificulta.

En fin, cosas que pasan. Mucha suerte y hasta la próxima.

sábado, 20 de agosto de 2011

Tras la hecatombe


Releo un pasaje de un post que escribí hace mucho mucho tiempo, a comienzos de abril de este año. Cuatro meses y chirolas son una eternidad acá en la Argentina.

"Digan que el enemigo que tienen en frente es así de impresentable, porque los señores "precandidatos" de la oposición han hecho los "méritos" suficientes y tienen un ego lo suficientemente desproporcionado respecto de su enanismo mental y moral como para merecer que en las elecciones se los culeen parados."

Bueno, eso fue lo que pasó el domingo. Una culeada de pie. Sin atenuantes. Sin misericordia. Sin vaselina.

Carlos Pagni ha sintetizado las grandes falencias que condujeron a este desastre de una manera que yo no podría igualar nunca: la oposición ha perdido no sólo por la falta de una estructura nacional y por la mezquindad inigualable de sus capanga; no sólo perdió porque optó por confiar en la aparición de un redentor arrastravotos, esperar que el PJ se rebelara cuando el primer mandamiento del pejotismo es siempre correr en ayuda del vencedor, pensar que bastaba con estar "en contra de" para estar unidos y apelar a la permanente denuncia de los múltiples y horrendos delitos de este gobierno sin mover el más mínimo dedo para actuar sobre esas denuncias.

Pero por sobre todas las cosas, la oposición perdió porque se negó a cambiar la historia. Parafraseando a Pagni, la oposición o careció de una imagen de país alternativa a la que ofrecía el kirchnerismo o compartía la oficial. Aquel reproche eterno del kirchnerismo, haya sido pronunciado con tono pedante por Cristina o envuelto en las sandeces de Caníbal Fernández, de que no tenían una sola idea propia con la que contrastar al Gobierno, demostró ser en gran parte cierto.

El resultado de tener que optar entre un gobierno que tendrá un decálogo demoníaco pero al menos tiene un decálogo y una oposición que no se anima a cuestionarlo y que incluso llega a colgarse de sus postulados puede sintetizarse en una gran frase del amigo Rothbard allá en El Opinador Compulsivo: "¿Para qué vamos a ir a La Salada si en casa tenemos a la original?"

Estar "en contra de" es fácil y nos reporta la amistad de los cagones que esperan a que el contrario esté débil para pegarle; estar "a favor de algo" es mucho más difícil e ingrato, y nos hace perder a quienes no coinciden con nosotros por más que entre todos estemos en contra de otro. Sin embargo, si no se está dispuesto a hacerlo, no se merece el liderazgo por el simple hecho de no estar dispuesto a ejercerlo. La oposición demostró no merecer el liderazgo.

La mezquindad y la soberbia de una banda de pigmeos políticos que parecieron no darse cuenta de que la Argentina, como los empresarios al ex ministro Pugliese, responde con el bolsillo cuando se les habla con el corazón y golpea con la billetera cuando se les habla sólo con pelotudeces sensibleras y vacías, terminó por pasarles factura.

Allá quedó el afónico Ricardito Alfonsín, que no tuvo más ingenio que mandar a ponerse los chalecos del padre y demostrar que la pelotudez es genéticamente transmisible, apenas mil votos por encima de Duhalde, cuyo ingenio estratégico debe ser puesto en duda por lo menos desde que en 2003 nos legó al mil veces maldito Tuerto, dos candidatos que soñaban con resultados de más del 20% y que ahora tienen que bancarse cerca a la ambulancia repleta de progres desencantados y de ex mucamas paraguayas del kirchnerismo que conduce el elfo Binner, quien es el único de los Cinco Grandes del Buen Humor que puede rasquetear una victoria a partir de sacar el 10% cuando nadie le daba por arriba del 6%.

Un poquito más abajo quedó Rodríguez Saá, abrazado a su Estado Libre Asociado de San Luis y contactándose con sus amigos interestelares del planeta Xilium, mientras que Carrió pagó finalmente los costos de un purismo tan sectario y fanático como el de los Kirchner, con el agregado de un misticismo que la convertía en el equivalente político de un líder de secta, y que le terminó dejando números tan patéticos que bien podrían ser los de una secta. Triste y bastante merecida resulta ser la caída de quien fuera la segunda candidata más votada de 2007 y que ahora quedó abajo de los votos en blanco y tiene al llorón trotskofrénico de Altamira respirándole en la nuca. Con el exterminio de Alcira Argumedo completando la debacle porteña del mes de julio, a Pino Solanas parece no quedarle otra opción que la más natural: seguir buscando una marca de pañales para adultos que se adapte mejor a su senil humanidad.

De entre todos ellos sólo Binner y sus acólitos que tratan de autoconvencerse de un presunto milagro con el mantra de "los otros encontraron su techo y nosotros nuestro piso" podrían colarse en la fila de los ganadores, y eso siempre y cuando el patovica de la fila no se percate de que quieren entrar en el boliche calzando ojotas.

El único que salvó la ropa sin atenuantes fue Macri. El único que había pedido un frente unido para las primarias, sólo para que los pigmeos le dispararan con lo que tenían a mano con más ferocidad que la que le dedicaron al kirchnerismo. El único que habiéndose bajado de la masacre de las primarias supo sobrevivir y no acabar en la irrelevancia. El único que en los meses anteriores logró victorias sorprendentes y batacazos históricos, de los que quisieron venir a colgarse los mismos que en tono pedante habían dicho meses antes que "Macri era el límite". El único que salvó su distrito contundentemente y sin sufrir (como Binner) y está poniendo pie tímidamente en otros. El único que tuvo la suficiente perspicacia como para presentir la carnicería y que no sólo no se expuso a ella, sino que ni siquiera estuvo en el mismo hemisferio, cosa de no tener ni que responder a las preguntas de los periodistas ansiosas de voces opositoras que narraran sus impresiones en la noche del desastre.

El panorama feudal de la oposición, con todos sus caudillejos, ahora quedó reducido a un puñado: Macri, para empezar, quien no debe confiar en ninguna promesa del kirchnerismo. Binner, que trata de mantenerse y rescatar algo del desastre. Y por el radicalismo reaparece Ernesto Sanz, quien seguro que debe haber experimentado esa maravillosa sensación de alegría ante la desgracia ajena que los alemanes llaman Schadenfreude ante el fracaso de un Ricardito Alfonsín al que el radicalismo llevó en andas en un acto de necrofilia pelotuda.

Respecto de los votantes argentinos y lo que optaron por estas primarias, dejo este párrafo de Relato del Presente como cierre: "Cuando te encuentres con más de 30 pirulos y veas que no podés irte de tu casa porque la guita no te alcanza para alquilar y no conseguís un mísero crédito ni en el Banco que te administra la cuenta sueldo, te vas a joder. Cuando tomes consciencia que el aumento de sueldo no fue tal, y que tan sólo se trató de una indexación salarial atada a la inflación y que, en realidad, estás cobrando lo que deberías haber cobrado el año pasado, te vas a joder. Cuando sientas que tenés que hacer malabares para ayudar a que tus viejos puedan comprar los pajaritos para la polenta porque el aumento pedorro que les "regaló" Cristina no alcanza ni para pagar el morfi, te vas a joder. Cuando tengas que agradecerle a Dios y todos los santos porque llegaste a tu casa en bolas, sin plata y con el culo roto, pero vivo, te vas a joder. Cuando tengas que elegir entre tener un hijo o llegar a fin de mes, te vas a joder. Y cuando estés en la cola del banco para cobrar tu jubilación mínima después de entregarle tu vida al laburo y te preguntes en qué momento tu progreso dejó de depender del fruto de tu esfuerzo, quizás, solo quizás, te des cuenta que no necesitabas una madre protectora sino una Presidente que no te joda la vida en nombre tuyo."

Agrego que para entonces ya va a imperar el mantra de "yo no la voté". No sé, lo veo probable.

sábado, 13 de agosto de 2011

Darwinismo populista

Es una pregunta válida la de por qué la Argentina, o mejor dicho, los argentinos, somos como sociedad tan proclives a caer en delirios populistas y dirigistas, en una actitud de tropezar diez veces con la misma piedra sin otra reacción que no sea culpar a la piedra.

Una respuesta triste que va más allá de aquella que dice que no están dadas las condiciones para crear una sociedad respetuosa del libre comercio y de los derechos individuales es la que dice que sencillamente es imposible que esas ideas calen en una sociedad que no sólo se acostumbró al populismo sino que no concibe la validez de un camino alternativo.

¿Cómo creer en la libertad de comercio cuando el mensaje social imperante es que hacer dinero es algo intrínsecamente malo, que el comercio es pernicioso y corruptor, que la virtud está en el asistencialismo y no en el espíritu de empresa, y en el que curiosamente ninguno de los que declama odiar el dinero es precisamente pobre de solemnidad?

¿Cómo se va a desarrollar una cultura emprendedora en un país en donde al que levanta cabeza y jode al amigo del comisario le caen con todo, le inventan reglas en contra y lo corren a patadas, mientras que el único que alcanza a prosperar es porque se ocupó de adornar convenientemente alguno o varios de los eslabones de la cadena de inútiles que van desde las empleadas públicas gasallescas al intendente, gobernador o presidente de turno?

¿Cómo se puede tener confianza en el Estado de derecho y en el imperio de la ley cuando las leyes son reescritas, amañadas, pervertidas o directamente ignoradas si joroban al gobierno de turno o complican a los que están colgados para hacer negocios, cuando las causas judiciales mueren ignoradas si no se es amigo del juez, si no se lo embadurna de plata o si no hay un palenque político ande rascarse, donde se puede pasar el texto de la Constitución y de las leyes por donde no brilla el sol sin consecuencias si tan sólo se es lo bastante caradura como para hacerlo a la vista de todos sin la menor vergüenza, y donde lo único que resguarda a jueces que sobreseen en minutos a los amigos y entenados o que manejan prostíbulos es el grado de lealtad al taita de turno o su habilidad para decir las cosas que suenan bien?

¿Cómo se puede creer en la participación política como camino para lograr cambios si las vías legales están todas muertas o restringidas a base de trampas de todo tipo y cuando los únicos que logran algo son los que rompen todo y mandan a la mierda a sus semejantes?

¿Cómo creer en las virtudes del trabajo cuando se alienta desde el gobierno y desde la "intelectualidad" una cultura perversa que exalta el lloriqueo y la puteada como único camino virtuoso y que no tiene empacho en reducir a los seres humanos a bestias incapaces de otra cosa que no sea estirar la mano para recibir "el plan social" de turno?

¿Cómo se puede hacer carne el respeto a la propiedad cuando se acepta como dogma que el que tiene algo es porque se lo robó a otro que capaz nunca se calentó en su puta vida por ganárselo pero cree "que lo merece", cuando se acepta así nomás el vandalismo y el saqueo como desahogo ante cualquier frustración y cuando se repite como si fuera una verdad y no un cáncer mental la muletilla de "donde hay una necesidad hay un derecho"?

No se sobrevive en un pozo ciego social como la Argentina sin hacer una serie de contorsiones morales e intelectuales. Comportarse como si en la Argentina hubiera un sistema político ordenado y racional, como si las leyes fueran de cumplimiento universal y obligatorio, como si hubiera una correlación entre trabajo, propiedad, empresa y éxito, lleva a uno a un fracaso más rápido que el que encontraría un mamut en el Sahara.

Quien quiera sobrevivir en un país donde las notas que mencioné en los párrafos anteriores son los elementos esenciales de la realidad desde hace, como mínimo, setenta años, debe por fuerza o tener de nacimiento las características necesarias y prosperar a lo darwiniano o adaptarse a como dé lugar en un proceso casi lamarckiano, mientras el resto es o condenado a la ruina o forzado a buscar campos más fértiles que esta pampa de cardos que pretende ser un país.

Salir de esta demencia, volver a la cordura, retornar a algo sensato y objetivo en vez de perseverar en el delirio voluntarista, va a requerir algo más que habilidad política. Va a necesitar de una frialdad absoluta para saber gobernar un país que llorará lágrimas de sangre antes de volver a la coherencia, por el simple hecho de que demasiados integrantes de su población ni conciben una forma de organización política y económica distinta, ni cuentan con la habilidad de adaptarse a ese cambio sin sufrir horrores.

Mañana es día de primarias. O la tomamos como una elección de mentiritas o la consideramos como la primera encuesta obligatoria y nacional. Lo único que nos queda es elegir entre el SIDA, el cáncer y el Ébola. La campaña brilló por su pobreza, su mediocridad y su farsa. ¿Podíamos esperar otra cosa?

martes, 9 de agosto de 2011

Sobre la crisis europea

Hago un posteo de mitad de semana para dejar una versión traducida de un artículo que leí en el Telegraph inglés, a cuento de los desastres que le pasan al mundo desarrollado. Espero que lo disfruten.

Si vamos a sobrevivir a la catástrofe que se avecina, necesitamos enfrentar la realidad

Por Janet Daley


¿Cuál de las siguientes es la pregunta más importante a hacer en medio de la presente crisis económica? ¿Cómo podemos promover el crecimiento? ¿Deberíamos pagar la deuda pública más o menos rápido? ¿Están los EE.UU. en problemas más graves que Europa? La respuesta: ninguna de las anteriores.

La pregunta verdaderamente fundamental que está en el corazón del desastre hacia el que corremos está siendo debatida sólo en los Estados Unidos: ¿es posible que una economía de libre mercado sostenga una sociedad democrática socialista? De este lado del Atlántico, el modelo de un sistema nacional de bienestar con amplios beneficios, pagado con la riqueza creada mediante el emprendimiento capitalista, ha sido aceptado (incluso por los partidos de la centroderecha) como la esencia del iluminismo político de posguerra.

Éste era el cielo en la tierra por el cual había luchado la democracia liberal: un sistema de redistribución de la riqueza que era misericordioso pero no marxista, y una garantía de seguridad económica y social de por vida para todos que no incluía un gobierno totalitario. Éste era el ideal para cuyo afianzamiento había sido diseñada la Unión Europea. Era el sueño del blairismo, que lo adoptó como reemplazo del socialismo de Estado del viejo laborismo. Y es la aspiración del presidente Obama y de sus demócratas progresistas, que quieren que los Estados Unidos se conviertan en una socialdemocracia al estilo europeo.

Pero los EE.UU. tienen una experiencia histórica muy distinta de la de los países europeos, con sus acumulaciones de remordimiento nacional y de culpa de clase: tiene una creencia mucho más fuerte y más resistente en el valor moral de la libertad y en los peligros del poder estatal. Esta es una crisis tan política como económica, pero no por las razones que cree el señor Obama. El barullo que casi paralizó la economía de los Estados Unidos la semana pasada, y que llevó a la pérdida de su clasificación AAA de Standard & Poor's, surgió como una confrontación en torno a los principios más básicos de la vida norteamericana.

Contrariamente a lo que afirmaron los demócratas de Obama, el enfrentamiento en el Congreso no significó que la política nacional fuera "disfuncional". La política de los EE.UU. funcionó precisamente como lo quisieron los Padres Fundadores: la legislatura actuaba como un freno al poder del ejecutivo.

La facción del Tea Party dentro del Partido Republicano exigía que, antes de que se tomaran pasos subsiguientes, hubiera un debate en torno a hacia donde estaba yendo todo. Habían visto el futuro hacia el que se los empujaba, y no funcionaba. Estaban convencidos de que la cultura asistencialista y los programas sociales que los Demócratas estaban decididos a preservar y expandir mediante aumentos impositivos sólo podían conducir a la disminución de aquella robusta libertad económica que había creado el milagro histórico norteamericano.

Y una vez más contra las nociones en boga, su punto de vista no era inocente y pueblerino: está corroborado por la experiencia europea. De por sí debería ser Europa la que esté inmersa en este debate, pero sus líderes están tan metidos en los textos sagrados de la socialdemocracia que no pueden admitir la fuerza de las contradicciones que ahora tratan desesperadamente de evadir.

No, no es sólo la naturaleza absurda del proyecto del euro la que está siendo expuesta (Fusionemos las monedas de un montón de países con condiciones económicas enormemente diferentes y fijémoslas todas en la tasa de interés de la más exitosa. ¿Qué podría salir mal?)

También está colapsando ante nuestros ojos el imán de la doctrina socialcristiana que sustentó la filosofía política de la Unión Europea: la idea de que una economía capitalista puede sostener un Estado de bienestar socialista en perpetua expansión.

Tal como la conducción de la UE está (casi) admitiendo ahora, el siguiente paso para asegurar la supervivencia del mundo tal como lo conocemos incluirá un avance hacia una economía dirigista, en la que los países individuales y sus electorados perderán grados significativos de libertad y autodeterminación.

Hemos llegado al final de juego de lo que era una doctrina insostenible: para pagar el asistencialismo que las poblaciones han llegado a esperar gracias a sus políticos, al sector creador de riqueza deben imponérsele contribuciones a un grado que hace casi imposible que pueda crear la riqueza que se necesita para pagar el asistencialismo que las poblaciones han llegado a esperar, etcétera, etcétera.

La única manera en la que los programas estatales de beneficios sociales puedan ser expandidos en la forma que se prevé para la población cada vez más envejecida de Europa es si el Gobierno se apodera de todas las palancas de la economía y produce toda la moneda sin valor (externo) que se necesite, al estilo de la vieja Unión Soviética.

He aquí el problema. Es tan profundo el desafío que plantea a la sabiduría heredada de la vida democrática occidental de posguerra que es imposible de ser pronunciado en los círculos de la UE en los que se toman las decisiones cruciales, o mejor dicho, donde no se toman.

La solución que se le ofrece al lado político del dilema es una oligarquía benigna. Ignorar las opiniones públicas nacionales y las minorías políticas turbulentas ha sido siempre por lo menos la mitad del golpe de estado burocrático de la UE. Pero eso no resuelve la situación económica.

¿Qué hay que hacer con todas esas promesas que los gobiernos han provisto por generaciones acerca de seguridad subsidiada por el Estado en la ancianidad, cobertura universal de salud (que en Gran Bretaña es, casi únicamente, completamente gratuita) y un nivel de vida garantizado para los desempleados?

Hemos estado pretendiendo, con declamaciones cada vez más maniáticas, que esto podía seguir para siempre. Aún cuando quedó claro que las pensiones públicas europeas (y el sistema de seguridad social de los EE.UU.) eran gigantescas pirámides de Ponzi en las que los beneficiarios actuales gastaban el dinero de la generación actual de contribuyentes, y que la provisión de salud estaba creando demandas imposibles para los ingresos impositivos, y que la dependencia de la asistencia pública se estaba convirtiendo en un sustituto del empleo generador de riqueza, la lección no sería aprendida. Hemos estado viviendo a base del tic-tac y del pensamiento mágico.

¿Entonces cuáles son las verdades más importantes que debemos asumir si queremos evitar, o sobrevivir, a la catástrofe que se avecina? Elevar las edades de jubilación en toda Europa (no sólo en Grecia) es imperativo, al igual que lo es elevar los umbrales para los beneficios asistencialistas de desempleo.

Bajar la carga impositiva tanto para los creadores de riqueza como para los consumidores es esencial. En Gran Bretaña, encontrar fuentes privadas de ingresos para la cobertura médica es una cuestión urgente.

Una corrección general del desbalance entre producción de riqueza y redistribución de riqueza es ahora una cuestión de necesidad básica, no una preferencia ideológica.

El obstáculo más duro de superar será la idea de que cualquiera que desafíe el consenso predominante de los últimos 50 años es un irracional y un irresponsable. Esto es lo que se está diciendo de los Tea Partiers. De hecho, lo irracional e irresponsable es la presunción de que podemos seguir tal como veníamos.

sábado, 6 de agosto de 2011

Un razonamiento al paso

Quizás sea un análisis político simplote, pero viendo la calidad de lo que opinan destacados funcionarios como Caníbal Fernández o Floppy Randazzo acerca de los resultados electorales, creo que me puedo dar el gusto.

Una de las muletillas usadas para justificar el "Cristina ya ganó" es la de decir que salvo en Capital y Santa Fe, el kakismo ganó por muerte en los otros distritos, pero una lectura cuidadosa de los resultados electorales nos puede dejar en otra conclusión un tanto más interesante. Los datos en cuestión los pueden consultar en esta infografía del diario Perfil.

Aunque la infografía marque que de los nueve distritos que eligieron autoridades en este año hay cinco pintados con el verde de "Victoria kirchnerista y/o aliados" y cuente como "victoria opositora" a lo que pasó en Chubut con el pollo de Das Neves que se volvió kirchnerista en cuanto el recuento le dio a favor, la realidad es que en sólo tres de ellos (Misiones, Catamarca y La Rioja) ganó la fórmula kirchnerista.

En los otros dos distritos pintados de verde, que son Salta y Tierra del Fuego, han ganado aliados del kirchnerismo (Urtubey y Ríos, respectivamente), pero entre los perdedores estaban los candidatos 100% kirchneristas o con más banca de la Rosada (Wayar y Bertone, en las respectivas provincias).

Claro, siempre se puede decir que cuál es la diferencia si Urtubey y Ríos soban las medias de la Rosada con regularidad, pero hay que notar que los electorados de esas provincias no eligieron las opciones explícitamente kakistas teniendo la posibilidad de hacerlo y prefirieron optar por los liderazgos locales, que en Tierra del Fuego ni siquiera pertenece al mismo partido y que en Salta incluye a un tipo que está mandando a probarse la banda presidencial en 2015. Lo mismo puede decirse de Neuquén, en donde el Movimiento Popular Neuquino se puede dar el lujo de una cierta independencia de movimiento.

En un sistema político en el que hubiera un mínimo de respeto e interacción entre el liderazgo central y los aliados regionales, esto no sería un problema; en un esquema de liderazgo como el kakista en donde las alternativas son la sumisión o la excomunión, el tener que confiar en capangas locales que tienen peso propio (y ambiciones propias como las tiene Urtubey) y que son aliados por conveniencia propia en vez de esclavos a control remoto es para ese esquema un fracaso.

En suma: de nueve distritos tenemos dos en donde la victoria opositora es clara y contundente y en donde la opción kakista fue humillada (Capital y Santa Fe), uno en donde el kirchnerismo sólo puede decir que ganó gracias a la borocotización del opositor que triunfó (Chubut), tres donde los que ganaron son aliados hoy pero que mañana bien pueden irse al otro lado y en donde perdieron los pichones de la Rosada (Neuquén, Salta y Tierra del Fuego) y sólo tres en donde la victoria kirchnerista fue incontrastable e inapelable (Misiones, Catamarca y La Rioja).

Y todavía falta ver qué catzo va a pasar en Córdoba.

No sé, pero no me parecen resultados tan favorables como para opinar que "ya ganó", que "ella tiene los votos y que los puede pasar a quien quiera". Viendo el estado de nervios que por momentos parece haber en el campo Nac&Pop, no debe andar tan bien la cosa.

En fin, ya iremos viendo cómo termina esta historia.

Y si les parece que mi razonamiento es delirante, les recuerdo que no lo es tanto como atribuir una derrota electoral a un presunto lavado de cerebros a cargo de los medios como hicieron Randazzo y Filmus después del ballottage porteño, o declararse víctima de una campaña porque osan sacar a la luz los seis prostíbulos y la cuenta suiza del putijuez Zaffaroni o los curros faraónicos de Schoklender.

En materia de razonamientos e hipótesis disparatadas, todo lo que pueda llegar a hacer yo en cualquier estado de conciencia se queda corto comparado con lo que puede pergeñar el kirchnerismo en un día común.
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