jueves, 10 de noviembre de 2011

Una historia paralela de la Argentina (Parte 3)

Acá les dejo la tercera entrega de mi intento de hacer una historia alternativa de la Argentina a partir de una hipotética victoria británica en la invasión de 1807.

Esperando que sea de su interés, finalizo con esta introducción.

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UNA HISTORIA PARALELA DE LA ARGENTINA (1806-2010)

3. Expansión (1820-1835)

La tensa coexistencia entre las posesiones británicas y españolas en Sudamérica comenzó a resquebrajarse a finales de la década de 1820, cuando en diversas regiones del imperio español estalló una nueva ola de levantamientos independentistas similar a la que había sido aplastada en la década anterior. A diferencia del pasado estallido independentista, los nuevos líderes rebeldes pudieron capitalizar el descontento remanente de la década anterior, junto con el resentimiento provocado por diez años de paranoia y virtual ocupación militar por parte del gobierno imperial español hacia sus súbditos americanos.

Entre 1822 y 1826 los levantamientos independentistas provocaron en rápida sucesión la caída de las autoridades españolas en los virreinatos de Nueva España y Nueva Granada y en la Capitanía General de Venezuela, lo que resultó en el surgimiento de las naciones independientes de México, los Estados Unidos Centroamericanos, Colombia y Venezuela. Otras posesiones españolas, como el Virreinato del Perú, Cuba y Puerto Rico, pudieron resistir sus estallidos y conservarse bajo el dominio de Madrid por algunos años más.


La Capitanía General
de los Andes fue una de las que fue capaz de suprimir sus rebeliones, que ocurrieron entre 1825 y 1827, en parte gracias a la considerable presencia militar apostada para enfrentar cualquier posible amenaza de los británicos de las colonias del Plata. Sin embargo, la combinación de la presión militar española, una economía cada vez más desgastada, un creciente descontento y una sutil acción británica sobre los sectores más enfervorizados de la población local configuraron un caldo de cultivo que desembocó en 1831 con una fulminante revuelta encabezada por un poderoso hacendado y ex militar llamado Facundo Quiroga.

La rebelión de Quiroga tuvo un éxito arrollador en los distritos rurales de la capitanía, aunque fracasó en hacerse fuerte en las principales ciudades gracias a la gran presencia militar española. Si bien los españoles contaban con tropas mejor entrenadas y armadas, el número de las mismas no era suficiente como para poder aplastar a las grandes cantidades de insurrectos movilizados por Quiroga. Otros líderes locales en distintas regiones de la capitanía siguieron el ejemplo de Quiroga y se alzaron en una insurrección contra los españoles, desatando así una verdadera guerra civil entre realistas e independentistas que arrojó a toda la capitanía a un caos sin final aparente.


Desde su cuartel general en Buenos Aires, el gobernador británico de la Colonia del Plata, Sir Alexander Duff, prestó especial atención al caos que había sobrevenido a su hostil vecino español y no tardó en hacer planificaciones de contingencia con los comandantes militares asignados a la Colonia. En opinión de Duff, los realistas eventualmente acabarían por ser derrotados en la guerra civil sin importar su poderío militar o su disponibilidad de recursos; sería la victoria de un movimiento hispanoparlante y nativista sobre un imperio colonial, llevaría a Quiroga y sus compañeros revolucionarios al poder y terminaría por crear un estado de habla castellana violentamente nacionalista al otro lado de las fronteras coloniales.


Convencido de que dejar que la Capitanía General de los Andes colapsara únicamente a manos de Quiroga era comprometer la seguridad británica a largo plazo, Duff y sus comandantes militares consideraron que aunque una intervención militar directa de las fuerzas británicas aceleraría el derrumbe del poderío español, ésta se produciría antes de que los rebeldes estuvieran en condiciones de hacerse con el control de todo el territorio. De esta manera, Duff esperaba estar en condiciones de impedir la constitución de un estado nacionalista o, en el peor de los casos, ganar influencia sobre el desenlace de la guerra civil y asegurarse de que le tomara un tiempo considerable a cualquier futuro gobierno para organizarse.


El 20 de enero de 1832, tres columnas británicas cruzaron la frontera de la Colonia del Plata y penetraron el territorio de la Capitanía General de los Andes en dirección a las ciudades de Córdoba, Asunción y Mendoza. Este ataque tomó por sorpresa a los españoles, quienes habían sido forzados a desguarnecer peligrosamente su frontera con el Plata para ocuparse de los insurrectos de Quiroga en el resto del territorio andino, y en cuestión de pocos meses debieron ceder una considerable extensión de territorio a manos de los británicos, mientras que los pocos rebeldes que habían sobrevivido en la región fueron erradicados definitivamente.


La llegada de la noticia a Europa provocó un aumento de tensiones entre Londres y Madrid, que sin embargo no resultó en una guerra abierta entre ambos países habida cuenta de la imposibilidad general de España de enfrentar al poderío naval británico, lo que a su vez impidió al imperio español enviar refuerzos a sus asediadas colonias americanas. La guerra fue, por tanto, un asunto acotado a las fuerzas británicas y españolas en sus respectivos dominios sudamericanos.


El período entre el primero y el 21 de mayo de 1832 fue considerado como el momento más negro para los españoles de la Capitanía General, ya que la primera fecha marcó la caída de Córdoba y la última la capitulación de Asunción ante los británicos. En cambio, el avance británico sobre Mendoza debió detenerse a causa de la escasez de suministros, la hostilidad del terreno y la feroz resistencia de las tropas españolas en las cercanías de la ciudad.


Obligados a abandonar el objetivo de capturar Mendoza, Duff y sus comandantes militares se limitaron a conservar el frente y a reasignar una significativa cantidad de tropas de la tercera columna para respaldar el avance en el frente cordobés, que tras una sorprendente seguidilla de triunfos había acabado por estancarse cerca de San Miguel de Tucumán.


La guerra entró así en un estancamiento generalizado en el que ni los británicos pudieron avanzar sobre las posesiones españolas ni los españoles expulsar a los invasores sin desguarnecerse ante los renovados ataques de Quiroga y de los otros rebeldes en el territorio de la Capitanía. Atrapados entre dos frentes, los españoles sólo podían esperar un constante y certero desgaste, por lo que sus dirigentes se vieron obligados a solicitar a Duff una reunión para concertar un armisticio.


El encuentro entre los delegados españoles y británicos tuvo lugar en la ciudad española de Salta a partir del 22 de agosto de 1833, lo que dio inicio a unas largas y tensas negociaciones que concluyeron con la firma de un tratado formal de paz que, al reconocer legalmente el dominio de hecho del imperio británico sobre las zonas de las intendencias de Córdoba y del Paraguay que controlaban, puso fin oficialmente a la Segunda Guerra del Plata el 19 de septiembre de 1833.


Debilitado tras la inesperada guerra contra los británicos y desacreditado a ojos de la población por haberse visto forzado a ceder el control de Córdoba y del Paraguay, el gobierno español de la Capitanía General de los Andes terminó por derrumbarse en diciembre de 1833.


La oportuna intervención británica ayudó a evitar que los distintos grupos rebeldes se consolidaran lo suficiente como para apoderarse de todo el territorio de la antigua capitanía. La tenue unidad que Quiroga y los otros dirigentes habían trabajado se quebró poco después del derrumbe español y a la guerra contra los españoles le siguió un período de confusas luchas y movimientos entre los distintos grupos y regiones.


De este período de desorden emergerían tres nuevos Estados en donde antes se erigió la Capitanía General de los Andes. El primero de ellos fue la República de Chile, constituida formalmente el 27 de enero de 1834 en Santiago de Chile por el propio Quiroga y que estaría formado por el territorio de la vieja capitanía chilena, la región de Cuyo, parte de la gobernación de Salta del Tucumán y lo poco de Córdoba que había quedado en manos españolas.


Le seguiría luego la República de Atacama, proclamada el 13 de mayo de 1835 en la ciudad de Salta y que luego de un breve período de luchas afianzaría su dominio sobre el resto de Salta del Tucumán, Charcas, Potosí y Chiquitos. El último Estado en erigirse sobre los restos de la Capitanía de los Andes sería la República de Mirandia, llamada así en honor al precursor revolucionario Francisco de Miranda, y que uniría a La Paz, Cochabamba y Moxos con Arequipa y Puno, dos antiguas intendencias peruanas escindidas durante la caída del Virreinato del Perú.


Para disuadir a los nuevos gobiernos de emprender acciones hostiles contra los intereses británicos, el gobernador Duff ordenó la movilización de tropas a la frontera de posguerra, un hecho que desataría un período de tensión entre la Colonia del Plata y las tres repúblicas que se prolongaría por algunos años más. Sólo en 1838 se alcanzaría una paz medianamente estable entre los dominios británicos y las tres repúblicas, cuando el plenipotenciario británico Sir Woodbine Parish firmó con sus respectivos jefes de Estado un tratado definitivo de paz y mutuo reconocimiento oficial y limítrofe.


La Segunda Guerra
del Plata acabó así con el final definitivo de cualquier amenaza española sobre las colonias británicas del Plata, que en el proceso habían ampliado su territorio, asegurado sus fronteras e incrementado el poderío imperial de Londres en Sudamérica.

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Continúa el próximo martes...

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martes, 8 de noviembre de 2011

Una historia paralela de la Argentina (Partes 1 y 2)

Tal como lo anuncié el sábado pasado, a partir de hoy voy a ir publicando las distintas partes de una historia alternativa de la Argentina que parte de una victoria británica en la invasión de 1807 y que llega hasta 2010.

El origen de esta historia alternativa se remonta a un post que hice el año pasado, y si bien en líneas generales se repite, esta versión está expandida y presenta algún que otro cambio respecto de lo que posteé anteriormente. De cualquier manera, mi rigor historiográfico es el que corresponde a un lego en la práctica académica de la historia, valga la aclaración.

La inspiración original de toda esta locura la tomé después de cruzarme con el sitio http://www.britishargentina.com/, cuyo autor detalla un escenario similar pero entrando con muchos más detalles en cuestiones de orden cultural, económico y regional, mientras que lo mío se limita (por el momento) a una crónica pseudohistórica. Si les interesan estas cuestiones y no se espantaron por mi incursión en este género como para ver otra perspectiva, dénse una vuelta por allá.

Vuelvo a hacer una aclaración que hice cuando posteé el original: Lo que sigue es un ejercicio intelectual y de imaginación; lo único que podemos saber en este ejercicio contrafáctico es que las cosas hubieran sido distintas, nada más. No sabemos si para bien o para mal en general, aunque podemos imaginar que algunas cosas habrían acabado mejor mientras que compraríamos otros tantos problemas que ahora no tenemos, pero en líneas generales quiero decir que lo único que se puede asegurar es que el resultado hubiera sido muy distinto, y es eso lo que quiero tratar de imaginar con este pequeño ejercicio.

Bueno, sin más preámbulos y esperando que sea de su interés y agrado, acá van las dos primeras partes de esta historia paralela de la Argentina.

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UNA HISTORIA PARALELA DE LA ARGENTINA (1806-2010)

1. La invasión fallida (1806)

Hacia comienzos del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires era la capital del Virreinato del Río de la Plata, una de las grandes jurisdicciones en las que el imperio español había dividido sus posesiones en las Américas. Extendiéndose formalmente desde el Lago Titicaca hasta el cabo de Hornos, y desde las costas chilenas del Pacífico hasta la desembocadura del Río de la Plata en el Atlántico, el Virreinato del Río de la Plata era la última y más remota frontera del imperio español.

En los territorios sometidos a la autoridad de los virreyes de Buenos Aires estaban las ricas minas de Potosí, centros de cultura como Córdoba y Chuquisaca, las pujantes ciudades que se levantaban al pie de los Andes en Cuyo, y también los puertos pequeños pero activos de Buenos Aires y Montevideo. Su población era escasa y estaba concentrada en unas pocas ciudades de mediana y pequeña magnitud, mientras el vasto campo servía para la cría de ganado y para una modesta agricultura.

Sin embargo, el Río de la Plata y sus dependencias palidecían ante el desarrollo y el poderío de las ricas colonias españolas del Perú y de México, y por muchos años no fue sino una vasta frontera agreste, hogar de contrabandistas y cuartel para guarniciones precavidas ante las ambiciones portuguesas sobre la Banda Oriental del río Uruguay.

Aunque Madrid no prestara mayores atenciones a lo que podía hacerse con el Río de la Plata más allá de la minería y algunas otras actividades económicas, en Londres se prestaba una creciente atención a las posibilidades económicas que ofrecía el territorio del cuarto virreinato español en las Américas.

A partir de los datos recabados por comerciantes, científicos y diplomáticos, el gobierno británico de la época comenzó a convencerse de que el Río de la Plata tenía potencial para convertirse en un verdadero granero capaz de abastecer al creciente imperio colonial gobernado desde Londres.

Las exigencias de las Guerras Napoleónicas y el hecho de que España estuviera aliada a Francia a comienzos de siglo convencieron a los mandos militares y navales británicos de la conveniencia de actuar de una vez por todas contra las posesiones españolas en América Latina. Para ello, se incrementaron los contactos con los modestos pero movilizados grupos americanos que proponían separar a las colonias de la metrópoli y se les brindó apoyo para que pusieran en marcha sus proyectos independentistas.

Pero también se planificó la expansión militar y se puso en marcha la maquinaria de guerra. Entre los puntos estratégicos que Londres consideraba que debían ser conquistados estaban los puertos de Buenos Aires, sobre el Atlántico, y Valparaíso en el Pacífico, cuya posesión le permitiría a los británicos avanzar sobre el resto del Virreinato del Río de la Plata y consolidar el dominio sobre el único pasaje marítimo conocido entonces entre los océanos Atlántico y Pacífico: el pasaje de Drake.

En 1806 se puso en marcha el plan de conquista. Una expedición de 1.300 hombres comandados por el brigadier William Carr Beresford y transportados en buques de la Royal Navy comandados por el comodoro Home Riggs Popham partió de Ciudad del Cabo, previamente arrebatada a los holandeses, para tomar Buenos Aires en un audaz golpe de mano. Sería la primera fase del plan diseñado para someter al Virreinato a la autoridad de Londres, y las siguientes etapas ya estaban en marcha con el alistamiento de refuerzos para las tropas de Beresford y otra expedición que debía conquistar Valparaíso.

Aunque estaba prevenido de la inminencia de un ataque británico, el virrey español del Río de la Plata, Rafael de Sobremonte, consideraba más probable que el ataque se produjera contra el puerto de Montevideo, por lo que apostó a la mayoría de las escasas tropas disponibles para defender dicha ciudad, dejando a la capital del Virreinato peligrosamente desguarnecida y sin más custodia que unas pocas unidades regulares y de milicianos.

En un golpe de mano audaz, Popham y Beresford ignoraron Montevideo y desembarcaron en la margen izquierda del Plata el 25 de junio de 1806, luego de lo cual lanzaron su ataque directamente sobre Buenos Aires, cuyas pobres defensas no representaron un obstáculo creíble para las tropas británicas. Tras derrotar sin mayores complicaciones a las fuerzas españolas que trataron de enfrentárseles y poner en fuga al virrey Sobremonte a la ciudad de Córdoba, las fuerzas comandadas por Beresford izaron el pabellón británico sobre Buenos Aires el 27 de junio.

Comenzó así un breve gobierno colonial británico sobre Buenos Aires encabezado por el propio Beresford. Se exigió a las autoridades políticas, judiciales y religiosas, y a los habitantes de la ciudad un juramento de lealtad a la Corona británica, y se dictaron medidas para garantizar el libre comercio y la apertura del puerto al transporte marítimo británico, eliminando de esa forma el monopolio comercial que España había instaurado en aquella porción de su imperio americano. La resistencia a la ocupación fue escasa y jamás pasó de algunos incidentes aislados realizados por unos pocos descontentos que no lograban convencer a una mayoría apática.

Pero la reacción española no se limitó exclusivamente a la huida de Sobremonte. Desde el momento en que se conoció la noticia de la caída de Buenos Aires, varios oficiales militares al servicio de España intentaron organizar fuerzas para expulsar a los británicos. Una fuerza de regulares y milicianos comandados por Juan Martín de Pueyrredón intentó atacar Buenos Aires pero fue repelida por los británicos en el combate de Perdriel, pero a pesar de esta derrota, no sería el último intento español de recuperar la capital virreinal.

Un oficial francés al servicio de España que había pasado a Montevideo tras la caída de Buenos Aires, el capitán de navío Jacques de Liniers, reunió por iniciativa del gobernador montevideano Pascual Ruiz Huidobro todas las fuerzas que pudo encontrar en la Banda Oriental y las cruzó al otro lado del Plata aprovechando el mal clima que le permitió burlar la vigilancia de la Royal Navy británica. Tras su desembarco, ocurrido el 4 de agosto de 1806, Liniers condujo a su ejército improvisado sobre Buenos Aires e inició un asedio de la ciudad que sólo concluiría con la rendición de Beresford y las fuerzas británicas el 12 de agosto, liberando Buenos Aires después de 45 días de dominio británico.

Mientras Liniers era nombrado por aclamación popular como el nuevo responsable del Virreinato, ignorando por completo al virrey Sobremonte, y Beresford y sus oficiales y soldados se convertían en prisioneros españoles, la noticia de la humillación llegaba a oídos británicos, sin que este traspié representara el final de sus ambiciones por apoderarse del Río de la Plata. Los engranajes de la maquinaria militar británica ya estaban en marcha y la derrota de Beresford no alcanzaría para detenerlos. Sería cuestión, para los líderes políticos de Londres y para los comandantes de las fuerzas que se cernían sobre el Río de la Plata, de organizar un nuevo intento en el futuro inmediato.


2. Conquista y asentamiento (1807-1820)

En 1807, el Imperio Británico intentó una vez más apoderarse de las colonias españolas en el Río de la Plata, tras el fracaso de la expedición de Beresford y Popham el año anterior. Esta vez, el comandante de la fuerza expedicionaria británica, el teniente general John Whitelocke, estaba decidido a evitar una humillación como la que había sufrido Beresford y así asegurar de una vez la supremacía británica en el Río de la Plata.

Al frente de una expedición militar de alrededor de 12.000 efectivos, muchos de los cuales ya habían sido posicionados de antemano en la región desde el año anterior, Whitelocke se asentó primero en las ciudades de Montevideo y Colonia del Sacramento, que habían sido conquistadas previamente por el general Sir Samuel Auchmuty. De esta manera, los británicos se aseguraban de evitar cualquier posible refuerzo procedente de la Banda Oriental como el que había comandado Liniers para expulsar a Beresford de la capital del Virreinato. Con sus espaldas seguras y con una poderosa fuerza naval controlando la boca del Río de la Plata, Whitelocke y sus comandantes consideraron estar en condiciones de lanzarse contra Buenos Aires.

Tras desembarcar en la margen izquierda del Plata con más de 9.000 soldados, Whitelocke avanzó hacia Buenos Aires listo para enfrentar a las defensas que Liniers había estado organizando de manera desesperada desde la expulsión de Beresford. El encuentro entre las tropas de Whitelocke y los batallones de milicianos y voluntarios de Buenos Aires, comandados por el propio Liniers, tuvo lugar el 1 de julio de 1807 en un paraje cercano a Buenos Aires conocido como los Corrales de Miserere. A pesar de una casi paridad en el número de tropas y de la sorpresivamente buena organización militar de los españoles, la victoria británica en Miserere fue categórica y obligó a Liniers a batirse en retirada con las tropas que pudieron escapar.

Dueño del campo de batalla, Whitelocke consideró los pasos a seguir. Aunque estaba dispuesto a darle a los defensores de Buenos Aires la oportunidad de rendirse ya que creía que su superioridad militar era evidente, los jefes subordinados a Whitelocke lograron convencerlo de que la ferocidad de la resistencia en Miserere no hacía presagiar nada bueno de un combate en las calles de la ciudad, y de que cualquier día perdido a la espera de una rendición era un día que los defensores tendrían para fortificar la ciudad.

Fue así que el 3 de julio de 1807, apenas dos días después del combate de Miserere, las fuerzas de Whitelocke lanzaron su ataque decisivo contra Buenos Aires. En la organización de este ataque Whitelocke volvió a ceder a las recomendaciones de sus subordinados y abandonó su plan de ingresar a la ciudad a través de varias columnas de infantería. En lugar del plan original, Whitelocke dispuso a sus fuerzas en tres poderosas columnas que atacaron casi simultáneamente desde el Riachuelo, desde el Retiro y desde Miserere, con pleno respaldo de su artillería.

Si bien la defensa española de Buenos Aires fue feroz y no dio ni pidió cuartel, los defensores no habían tenido tiempo de fortificarse o de organizar barreras efectivas al avance británico, y se vieron forzados a replegarse cada vez más hasta llegar a la Plaza Mayor y a la mismísima fortaleza. En cuestión de horas, Whitelocke y sus tropas habían demolido los restos de las milicias españolas y se habían hecho con el control casi total de la ciudad. Mientras los británicos rodeaban la Fortaleza de Buenos Aires y se aprestaban a iniciar el asedio, un oficial español informó a Whitelocke que Liniers deseaba parlamentar con él.

La rendición formal de las tropas españolas tuvo lugar el 4 de julio de 1807 en el edificio del Cabildo de Buenos Aires, que servía como cuartel general adelantado de Whitelocke y su estado mayor. Se ordenó a las milicias que depusieran las armas y se dispersaran bajo la supervisión británica, mientras que los comandantes españoles y criollos eran puestos bajo la custodia de las tropas de ocupación. El gobierno de Buenos Aires fue provisionalmente disuelto y reemplazado por la autoridad militar británica, encabezada por el propio Whitelocke como flamante “comandante de la plaza militar de Buenos Aires”.

Mientras las pocas tropas españolas capaces de huir y los residentes que optaron por dejar la ciudad antes del ataque final iniciaban un largo y azaroso viaje hacia la ciudad de Córdoba, que el virrey Rafael de Sobremonte había constituido como la capital provisional del Virreinato del Río de la Plata, las fuerzas británicas afianzaron la ocupación de Buenos Aires y lanzaron rápidos ataques para apoderarse de los poblados aledaños, estableciendo una línea defensiva inicial en Arroyo del Medio. Dicha línea defensiva ayudaría a contener un improvisado contraataque ordenado por Sobremonte que intentó llegar a Buenos Aires en septiembre de 1807 y que desembocó en un fracaso rotundo.

Pocas semanas después, Whitelocke y sus tropas pasaron a la ofensiva. La señal de largada para la nueva etapa del ataque británico vino en la forma de una ley aprobada por el Parlamento británico inmediatamente después de llegar a Londres la noticia de la reconquista de Buenos Aires. Dicha ley establecía la “Colonia Real del Plata” en el territorio ocupado por las fuerzas británicas, que para octubre de 1807 abarcaba a Buenos Aires y sus inmediaciones junto a la Banda Oriental. Como primer gobernador de la Colonia del Plata fue nombrado el propio Whitelocke, quien recibió plenos poderes para la organización inicial de la nueva posesión y para proseguir con la lucha hasta las márgenes del Río Paraná.

En una breve campaña que constituyó la segunda y última fase de la llamada “Primera Guerra del Plata”, tropas británicas procedentes de Buenos Aires y Montevideo pudieron apoderarse de las tierras comprendidas entre los ríos Uruguay y Paraná, lo que les dio la posibilidad de constituir un terreno colchón ante cualquier futuro contraataque español y así fortificar sus posesiones recién conquistadas.

Las últimas acciones militares de esta campaña tuvieron lugar en febrero de 1808, y aunque hubo enfrentamientos ocasionales entre las tropas británicas y las españolas, la guerra en sí estaba virtualmente terminada en favor del Imperio Británico, a pesar de que en represalia por la pérdida de Buenos Aires, los españoles invadieron en octubre de 1807 la Guayana Británica y se apoderaron de una considerable porción de su territorio. El resto de la Guayana Británica, inviable luego de las pérdidas sufridas ante los españoles, acabaría siendo fusionado con la colonia de Suriname, que había sido ocupada en 1799 por los británicos cuando los Países Bajos cayeron en poder de Napoleón, y como tal pasaría a la jurisdicción holandesa en 1816 tras la caída del emperador francés.

Pacificada la región, Whitelocke pudo dedicarse a organizar su gobierno, en el cual dio cabida aunque más no fuera de forma simbólica a algunos prominentes representantes de lo que acabaría por conocerse en el futuro como la comunidad “hispanoparlante” de las posesiones británicas en Sudamérica. Para no antagonizar excesivamente a los nativos, Whitelocke prefirió dejar las decisiones de corte económico a sus sucesores más “políticos” y se ocupó más de establecer una estructura de gobierno eficaz para la nueva colonia y el vasto territorio que ésta había pasado a controlar.

A pesar de que Montevideo estaba en mejores condiciones que Buenos Aires y se hallaba más pacificada, Whitelocke escogió a la antigua capital virreinal como sede del gobierno colonial, iniciando así un largo período de predominio de Buenos Aires en lo que pasaría a conocerse como la “Sudamérica Británica”.

Durante los siguientes veinte años existiría una paz tensa y siempre cercana a la ruptura entre la Sudamérica Británica y los antiguos restos del Virreinato del Río de la Plata, que en 1808 habían sido amalgamados con la Capitanía General de Chile para constituirse en una nueva y poderosa gobernación militar conocida como la Capitanía General de los Andes.

Temerosos de un nuevo ataque británico, los españoles hicieron grandes esfuerzos para reforzar sus posesiones coloniales e incrementar su preparación militar; en estas empresas y por su cercanía con la Colonia del Plata, la Capitanía General de los Andes se convirtió en la frontera caliente del imperio español en Sudamérica. Por su parte, los británicos se abstuvieron de encarar nuevas aventuras de conquista y prefirieron reforzar sus posiciones y consolidar su dominio sobre ambas márgenes del Plata y la región mesopotámica entre el Paraná y el Uruguay, siempre con un ojo puesto ante cualquier potencial alzamiento por parte de la población hispanoparlante.

En los veinte años de la “paz inquieta” en Sudamérica hubo sólo dos episodios que estuvieron por desencadenar una guerra abierta entre el Reino Unido y España, ambos causados por la intromisión de una potencia en los conflictos internos de la otra.

El primero, ocurrido en 1811, tuvo como telón de fondo las revueltas independentistas que azotaron a las colonias españolas luego de que llegara la noticia de que Napoleón había tomado prisionero al rey Fernando VII y reducido a España a la condición de un Estado títere. Estos levantamientos acontecieron de manera casi simultánea en lugares tan alejados como México, Nueva Granada, Venezuela y la propia Capitanía de los Andes, y por un tiempo pusieron en jaque el dominio colonial de los que continuaban ejerciendo el poder en nombre de un rey prisionero, aunque no pudieron sostenerse en el tiempo ni derrotar a un dominio colonial que en los años previos había sido ferozmente reforzado desde la metrópoli para evitar una potencial invasión británica.

Mientras la Capitanía General de los Andes se convulsionaba tras las revueltas de Bernardo O'Higgins y Martín Miguel de Güemes, los mandos británicos en la Colonia del Plata eligieron esa ocasión para asestar un golpe de mano que había estado pendiente desde la invasión de Buenos Aires. Una fuerza expedicionaria de 4.500 tropas comandadas por el brigadier Denis Pack atacó desde el mar el puerto chileno de Valparaíso con la intención de apoderarse de él y establecer un enclave colonial en la costa sudamericana del Pacífico.

A pesar de la sorpresa inicial, el general español Marcó del Pont pudo reunir suficientes tropas para atacar a los británicos antes de que pudieran asentar su cabeza de playa y obligarlos a desistir de su intento de capturar Valparaíso. La victoria española fue parcial, ya que una segunda columna de 1.500 efectivos había logrado apoderarse de la ciudad de Talcahuano y convertirla en una fortaleza hacia la que las fuerzas de Pack pudieron retirarse de manera efectiva. Sin posibilidad de atacar Talcahuano y con los rebeldes lanzando una repentina ofensiva contra Santiago de Chile, Marcó del Pont aceptó de mala gana el estado de cosas y permitió que los británicos continuaran controlando Talcahuano e iniciaran una larga y lenta expansión territorial en las tierras dominadas por los araucanos desde hacía siglos.

El segundo episodio coincidió con la primera revuelta de la población hispanoparlante contra el dominio británico en el Plata en 1816. Un abogado y periodista llamado Juan Castelli, originalmente partidario de los británicos pero que había ido pasándose al bando enemigo de Londres conforme se prolongaba la dominación británica, había logrado reunir en torno suyo a una pequeña pero motivada y radicalizada minoría de jóvenes de origen español y criollo que comulgaban con el ideario del Iluminismo y de la Revolución Francesa, y a quienes había estado preparando pacientemente para una rebelión que esperaban fuera el comienzo del fin del dominio británico.

Sumados a veteranos de la infructuosa defensa de Buenos Aires contra las tropas de Whitelocke, Castelli y sus compañeros de armas iniciaron el 9 de julio de 1816 una insurrección en Buenos Aires que obligó al gobernador Robert Craufurd a dejar momentáneamente la ciudad y poner en jaque el control británico durante una larga y brutal semana, antes de que refuerzos procedentes de Montevideo colaboraran en el aplastamiento total y absoluto de la revuelta. La represión británica contó con el pleno respaldo de los segmentos más conservadores y tradicionales de la comunidad hispanoparlante, cuyo rencor hacia los británicos se vio superado por el horror que les inspiró el comportamiento abiertamente jacobino y antirreligioso de Castelli y sus seguidores.

La noticia del fallido levantamiento de Castelli llegó a las autoridades españolas en la capital andina de Salta mucho después de que la revuelta fuera aplastada, pero eso no impidió al capitán general español, Pío Tristán, ordenar que partiera una expedición lo antes posible para apoyar a Castelli y restaurar el dominio español en Buenos Aires. Esta expedición, empero, no pudo trasponer la frontera del Arroyo del Medio, ya que del otro lado se encontró con una gran cantidad de tropas británicas que la estaban esperando.

Tras anoticiar al comandante de la expedición española del fracaso de la revuelta, el comandante británico le informó que tenía órdenes expresas de disparar contra cualquier soldado español que traspusiera el límite tácito entre la Capitanía General de los Andes y la Colonia del Plata. Puesto ante una situación de desventaja y con la certeza de que los rebeldes a los que había ido a apoyar ya languidecían en prisión o habían sido pasados por las armas, entre ellos el mismísimo Castelli, el general español optó por lo seguro y ordenó a sus tropas que volvieran sin intentar penetrar en el territorio controlado por los británicos.

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Continúa el próximo jueves...

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sábado, 5 de noviembre de 2011

Atroz violación de la Ley de Godwin

En estos días retomé la lectura de Rise and Fall of the Third Reich, de William Shirer, luego de un largo interludio en el que me metí con aquella serie de historia alternativa cuyos comentarios pienso retomar acá en LBP en breve. Si bien no he llegado mucho más allá de los primeros años del nazismo en el poder, lo que leí me alcanzó para emprolijar algunas ideas que he venido teniendo en las últimas semanas y que me condujeron a la flagrantísima violación de la Ley de Godwin que voy a hacer hoy: poner en paralelo al kirchnerato y al Tercer Reich.

No es la primera vez que le aplico el tratamiento kirchnerista a la Ley de Godwin, claro. El peronismo podrá ser hijo del populismo argento, tener como padre al fascismo italiano y como padrino de bautismo al franquismo español, pero siempre rondará la sospecha de que es fruto de una canita al aire con el nacionalsocialismo.

De todos modos, valga la aclaración: el que piensa que con esto estoy poniendo los desfalcos y corruptelas criminales del kirchnerato en un pie de igualdad con la monstruosidad totalitaria y genocida del régimen hitleriano la está pifiando por varios años luz. Mi intención es hacer un paralelismo entre la evolución de ambos regímenes y marcar algunas similitudes y diferencias en la forma en que se hicieron con el poder, en su empleo y abuso, y en su cada vez mayor agresividad para con sus víctimas de turno, dentro de las escalas que cada uno manejaba (el chiquitaje bananero y tercermundista del kirchnerismo, y la megalomanía totalitaria del nazismo).

Para empezar, desde las elecciones del 23 de octubre hay una similitud potencial entre ambos regímenes: los doce años de duración. Claro, el capítulo kakista no está cerrado, sea porque no terminan este mandato o porque de alguna manera se las arreglan para perpetuarse más allá de 2015, pero por el momento, hay períodos de doce años. De 1933 a 1945 para el pretendido "Reich de los Mil Años" y de 2003 a 2015 para el Modelo Nacional y Popular de Acumulación de Matriz Diversificada con Inclusión Social.

Incluso pueden llegar a distinguirse tres grandes ciclos dentro de esos períodos de doce años para la Alemania hitleriana y la Argentina kakal, que se condicen de forma bastante curiosa con los mandatos presidenciales de Él, Ella y Ella De Nuevo.

El primero de estos ciclos cuatrienales es el de la construcción del poder; en la Alemania nazi hablamos de los cuatro años que van desde 1933 hasta 1937, mientras que acá estamos refiriéndonos a los cuatro años de mandato de Néstor Nuestro Que Estás En El Cielo De Los Militontos. Son períodos de trabajo sostenido y constante, con más estridencia en el caso alemán pero no precisamente silencioso en el caso argento, en el que los capangas de turno se dedican a subvertir todas las instituciones, acabar con todas las disidencias internas y poner el aparato del Estado al servicio de sus anhelos de poder, mientras la ciudadanía se hace la distraída porque tiene plata en el bolsillo.

Acá conocemos bien lo que fueron esos cuatro años: el descabezamiento y las purgas por portación de apellido y presunción de culpabilidad en las FF.AA., el raje por cadena nacional y los juicios políticos a los jueces de la Corte Suprema, la colonización de los ministerios, la supresión de las disidencias hacia el interior del pejotismo, la compra de los jueces, la subyugación fiscal de los gobiernos provinciales y municipales, la trituración de los partidos con borocotizaciones y "transversalidad", la corrupción de las estadísticas del INDEK, el auge de "Poronga" Moreno, la asimilación de los piqueteros como grupos de choque del régimen, el creciente adoctrinamiento en las escuelas, los superpoderes presupuestarios, la denuncia constante de complots en contra de Él por parte de "agazapados", siguen las firmas...

¿Qué hubo en aquellos primeros años del Reich nazi? Si de complots inventados (aunque nunca quede claro si lo armaron ellos o si aprovecharon la volada) tenemos la quema del Reichstag cuatro semanas después de que Adolfito se convirtiera en Canciller del Reich, que llevó a la "sanción" de una llamada "Ley Habilitante" (Ermächtigungsgesetz) que le daba a Hitler poderes legislativos plenos incluso para violar la Constitución y eliminaba de hecho las garantías civiles y constitucionales.

Después vino la política de Gleichschaltung, un término alemán que en este contexto podría traducirse como "sincronización" o "coordinación forzada", mediante la cual todas las instituciones políticas, sociales, sindicales, culturales e incluso religiosas (con poco éxito en este caso) fueron o asimiladas dentro de la estructura partidaria del nazismo o perseguidas hasta su extinción. Luego llegó la abolición del sistema federal de gobierno, lo que convirtió a los Länder de Alemania en meras delegaciones del gobierno del Reich y casi subordinadas a las autoridades regionales del Partido Nazi.

De la mano de la extinción del federalismo vino la concentración de los poderes policiales en manos del gobierno central y de las milicias partidarias, aunque una de estas milicias, la SA, quedó prácticamente anulada en favor de las SS con la "Noche de los Cuchillos Largos" de 1934, en la que Hitler aplastó toda disidencia interna en el Partido a través de una purga de sangre. Eso sí, curiosamente, Hitler no tocó a los militares, sino que prefirió comprarlos con promesas de expansión y rearme. De lo que le tocaba a los judíos y otros "indeseables", no vale la pena repetirlo.

Y mientras tanto, en ambos países no se les movía un pelo a las personas. En Alemania estaban demasiado contentos de que le hubieran puesto un coto a la inflación, de que se terminaran (en gran medida porque se los reemplazó con algo peor) los desórdenes en las calles y de que se tratara de devolver a Alemania a "su lugar natural"; en Argentina todos estaban fascinados con el veranito y el viento de cola, la restauración de la autoridad presidencial tras el chupetazo delarruista y también por aquel resentimiento tan argentino que tenemos cuando fajan a quien no nos cae bien. En ambos países, fue la era del éxito rotundo, aparentemente sin manchas o problemas salvo para los pocos molestos que insistían en echar luz sobre ellos.

Otro detallito que vale la pena consignar es cómo ambos regímenes llegaron al poder entrando por la ventana del baño de atrás. En Alemania, Hitler se convirtió en Canciller del Reich sin mayoría propia en el Reichstag y gracias a las maquinaciones de uno de sus predecesores, Franz von Papen, quien le vendió al octogenario y senil presidente Hindenburg la idea de "poner bajo control" a Hitler convirtiéndolo en canciller de un gabinete de coalición en el que los nazis sólo tendrían tres carteras; nadie contó con la ferocidad y determinación que Hitler puso en marcha para lograr el poder absoluto. En Argentina, a Kirchner lo aupó un Duhalde convencido de que podía tener de chirolita a ese santacruceño virolo y gangoso que no lo conocía ni su madre, y luego terminó llegando a la Presidencia tras salir segundo en las elecciones y sólo porque el primero se rajó. El resto es historia reciente.

La segunda etapa, correspondiente al período de 1937 a 1941 en el Reich y al primer mandato de la Vaca Estúpida acá en Argenta, es más compleja. Básicamente, la cuestión de fondo es que en ambos regímenes empezaban a notarse los problemas. En Argentina fue una inflación en constante aumento y permanente negación, sumada a un contexto internacional mucho menos favorable y a un gasto público creciente que obligó a la búsqueda de nuevas cajas en cualquier lugar en donde se pudiera presentir la existencia de un mango partido al medio, y que luego llevó a las grandes confiscaciones e intentos de confiscación: las jubilaciones y la 125, la primera un "éxito" y la segunda un fracaso notorio. La intolerancia del kirchnerato se volvió más marcada; de esta época son los golpes de D'Elía, los discursos crispados de Él y de Ella, el latiguillo de "destituyente" hacia todo lo que oliera a opositor, la guerra contra los medios, la guerra contra el campo, la guerra contra todo...

¿Qué pasaba en Alemania? En el fondo económico, algo bastante similar: una economía tremendamente recalentada por una política obsesiva de rearme y preparación para la guerra empezaba a notar los primeros síntomas de agotamiento, a la vez que el contexto internacional se complicaba porque el resto de Europa empezaba a avivarse que no se trataba solamente de corregir los abusos del Tratado de Versalles. Todo esto llevó a Hitler a acelerar el programa, fagocitándose a Austria, a los Sudetes y luego a la parte checa de Checoslovaquia, un par de conquistas territoriales más por ahí y finalmente a la guerra abierta que lo llevó a controlar media Polonia, buena parte de Francia y de Escandinavia y sólo fracasando en su ofensiva contra el Reino Unido.

Esta fue una era de "triunfos" en la que ayudó bastante la división y desorganización de quienes se hallaban en la vereda opuesta. Caían ante Hitler los países que habían fracasado en organizar un frente común o que subestimaban la capacidad de daño y destrucción del nazismo; quedaban en orsái los que pusieron sus pequeñeces ideológicas frente a la aplanadora kirchnerista y fueron incapaces de percibir que no importaba que en uno o dos puntitos los K les dieran lo que quisieran, sino que los otros noventa y ocho eran moralmente inaceptables.

Ahora que a Ella le renovaron la changa por cuatro añitos más estamos al principio de la tercera etapa, la cual no sabemos cómo se desarrollará en nuestro país. En el caso alemán, esta etapa fue la que comenzó con un 1941 que arrancó con Alemania como dueña y señora de Europa desde el Cabo Norte hasta los Pirineos y desde el Atlántico hasta Polonia, y que terminaría con una expansión aparentemente indetenible que la llevaría bien cerca del Kremlin de Moscú y de sus sueños más delirantes de hegemonía e imperio.

Pero esta etapa bien pronto vería los grandes reveses del nazismo: Moscú, Leningrado, El Alamein, Stalingrado, la entrada de EE.UU. en la guerra, Kursk, Normandía... y terminaría con el Führer en su bunker de la Cancillería, soñando con ejércitos fantasmas que salvarían la capital, impartiendo órdenes impracticables de resistencia a ultranza para defender hasta el último palmo de tierra dejada de la mano de Dios, delirando con proyectos masivos de arquitectura colosal mientras los rusos demolían Berlín a bombazo limpio, hasta que llegó la hora de aplicarse una hemorragia cerebral de 7,65 milímetros con su Walther PPK.

Acá, por de pronto, la tenemos a Ella con ese 54% aparentemente monolítico e imperturbable a la realidad, a la corrupción y al sentido común. Tenemos a sus arrastrados y acomodados sonriéndose y diciendo que "ahora vamos por todos". Tenemos las promesas de reformas constitucionales, de tramoyas para ir más allá de 2015, de síntesis superadoras del peronismo, las promesas de gloria inimaginable para el régimen, tenemos las declaraciones de congratulación masturbatoria de Ella... y también tenemos ruidos cada vez más imposibles de tapar de que la estantería está en riesgo de caerse: al dólar sólo lo tapa la AFIP con dedos cada vez más desesperados en los agujeros del dique y el gasto público se ha salido tanto de control que hasta ellos lo tienen que reconocer oficialmente.

Después de todo esto, ¿estoy implicando que lo que les espera a los kakales de acá a 2015 es una caída tan estrepitosa como la del nazismo? No lo puedo asegurar. Nadie puede hacerlo. A esta escala, la historia sólo se repite para los que compran los delirios pseudocientíficos del mil veces maldito Karl Marx. Pero en ambos casos se repite, en las magnitudes que corresponde a ambos, aquella megalomanía que parecía no conocer límites y que terminó mordiendo más de lo que pudo masticar.

El tiempo dirá en el caso argento si de acá a 2015 veremos a Cristina recluída en su reducto final, rodeada de incondicionales y desesperados sin conexión con una realidad que se les terminó por ir completamente de control, mientras afuera campean las fuerzas desatadas por su soberbia y megalomanía.

Aviso: Por si a alguien le pudiera llegar a interesar... el año pasado había hecho un post en el que trabajaba con la hipótesis de una victoria inglesa en la Invasión de 1807 y seguía una historia alterna de la Argentina hasta 1887. La cuestión es que terminé de revisar y desarrollar toda esa historia hasta 2010, y finalmente (y tras un leve aliento de parte de El Opinador Compulsivo) me decidí a ir subiéndola a este blog de a puchitos, el primero de los cuales subiría este martes con la idea de sacarlo regularmente los martes y los jueves. Bah, avisaba por si acaso... ¡salute y hasta la próxima!

sábado, 29 de octubre de 2011

Cuatro años más

Bueno, ganó. Chocolate por la noticia, ya sabíamos desde las primarias que iba a venir un día como el último domingo. En principio, son cuatro años más de esto. Que nadie diga después que no le avisaron o que no sabía; ocho años previos de pingüinato son una muestra que de gratuita no tuvo nada de nada.

No vale la pena hablar de una oposición que no supo, no quiso o no pudo tener la audacia de proponer algo verdaderamente distinto, de descartar su mediocridad intelectual y de moral y de saber plantarse a decir un "no, esto no está bien" que fuera más allá del tibio "hicieron cosas bien, pero..." o "hay cosas de este gobierno que rescato...". A esos los espera la ignominia de la mediocridad que no supieron superar.

Si no se tiene la valentía de decir que el emperador está desnudo, que el relato es un verso y que la vulgata kakista es falsa desde el primero hasta el último de sus postulados, si no se tiene la energía como para salir a defender esa postura en lugar de tratar de colgarse de las polleras de la Yegua, si no se tiene la inteligencia de proponer algo que verdaderamente difiera, no tiene sentido buscar el liderazgo y así se lo percibirá. Si no se tiene la capacidad de proponer algo que no sea más que una versión "La Salada" del kirchnerato, entonces que no se sorprendan de que los clientes prefieran comprar el original.

A los tibios y cobardes, dice la Biblia, los escupe Dios; algo parecido pasó el 23/10. Y como dice también la Biblia, el que tenga oídos, que oiga.

En cuanto a los votantes, no caigamos en la kirchnereada de decir que fueron exclusivamente debido a un lavado cerebral del multimedios kakal. Eso sería excluir de responsabilidades a quienes tendrían que haber presentado una alternativa mejor en lugar de desgastarse en peleas ridículas bajo el lema de "no ceder en mis/nuestros principios" sólo para terminar muriendo con esos principios y sin ningún resultado. Hay que ponerse en el lugar de una persona que, sabiendo que a la fiesta le queda poco, tiene que optar entre votar a un incompetente o a una psicópata.

Todo lo que pasa me recuerda a un viejo chiste soviético en el que la NKVD stalinista detiene a dos sospechosos y uno de ellos confiesa rápidamente todo lo que hizo, aún sabiendo que lo único que le espera es un balazo en la nuca. Una vez que el interrogador de la NKVD se va, el otro sospechoso le pregunta estupefacto al primero por qué había confesado un delito que no cometió. El otro responde: "Simple. Es preferible un final horrible antes que un horror sin final". Me parece que algo de esa actitud impera en la argentinidad dosmiloncera.

Así que esto es lo que tenemos. La votaron los mismos pobres a los que la inflación les come la vida. La votaron los mismos clasemedieros que se descomponían por las cosas que pasaban en la época de Menem y que en comparación con los curros de hoy en día son paparruchas. La votaron los mismos ruralistas que durante cuatro meses se habían plantado contra un gobierno que los había tratado de antipatria. La votaron los mismos que antes reclamaban transparencia y honestidad y hoy volvieron a demostrar que lo suyo es el pago en cuotas. La votaron. A no llorar. A joderse. Es lo que hay.

Se ha dicho que la gran debilidad del kirchnerismo es la euforia con la que se comporta cuando parece que ya ganó todo. Y si las medidas que están tomando respecto del dólar (que sus mismos votantes están llevando hacia arriba a base de su desconfianza en la "política económica" del régimen) son alguna señal, quizás estemos viendo algo de eso ahora.

Paciencia. A aguantar. Ya pasamos por ocho años de esto. Seguimos acá por más 678 que trate de traidores a la patria a quienes no se suben al carro, por más ANSES que les pague la festichola, por más arrastrados que laman las suelas de los nuevos Louboutin de la Vaca Estúpida.

En 1941 (coincidentemente a ocho años de iniciada su tiranía) Hitler controlaba casi toda Europa Occidental, trataba de bloquear al Reino Unido y estaba golpeando a las puertas de Moscú. Cuatro años después, en 1945, el Führer estaba pegándose un tiro en el bunker de Berlín mientras el mundo entero se le venía abajo. De la misma manera, no quedará mucho del país cuando termine esta locura, pero lo mejor que podemos hacer es conservar la cordura hasta entonces.

Una última nota respecto de los que sí tienen el cerebro lavado, de los camporitas y otras yerbas que no saben que su aliento, euforia y esperanza juvenil son el profiláctico del kirchnerato: siento una pena terrible por ellos. Dentro de un tiempo van a negar a la Yegua con mucha menos dignidad que la que tuvo San Pedro al negar tres veces a Nuestro Señor Jesucristo, o van a estar probándose el consolador del siguiente aspirante a capanga que les humedezca las canaletas, tan arrastrados ante él como hoy lo están ante la Perra. Triste destino el que les toca, tan triste que ni siquiera la guita que se van a haber robado en el proceso les va a calmar la vergüenza interior.

A apechugar. Piensen que como viene la mano, de haber ganado algún opositor, en unos años más los teníamos volviendo como héroes y desentendiéndose de las consecuencias de la fiesta. Hoy parecería que les llega a tocar a ellos pagar los platos rotos. A Ella aquí en la Tierra, a Él en el cielo de los militontos y a los demás Ellitos que viven de lamer zoquetes. Enhorabuena.

sábado, 22 de octubre de 2011

He descubierto algo nuevo y maravilloso, y lo llamaré "pólvora"

Hay cuatro grandes clases de progresistas: los ilusos, los avivados, los snobs y los perversos, pero el progresismo en sí mismo, sin importar el pelaje de quienes lo practiquen, es antinatural en extremo, como lo están descubriendo las hordas de drogones que juegan a montar barricadas en Nueva York.

Lean esta traducción de este artículo que de seguro, como dicen los amigos de El Opinador Compulsivo, los hará defecarse de la hilaridad.

Los Organizadores contra los Organizados en Zuccotti Park

Todos los ocupantes son iguales, pero algunos ocupantes son más iguales que otros. En un Zuccotti Park azotado por el viento, nuevas divisiones y jerarquías amenazan con dar vuelta a Ocupen Wall Street y su colectivo sin líderes.

Conforme crece la protesta, algunos de los ocupantes se han hecho cargo espontáneamente de proyectos grandes y pequeños. Pero muchas de las personas en Zuccotti Park no están tomando bien esta conducción, lo que llevó a un tenso jueves de desacuerdos políticos, ocasionales griteríos y al menos una pelea a puño limpio.

Comenzó, como suele hacerlo, con un círculo de percusionistas. Las maratones rítmicas de diez horas no le estaban cayendo bien a la junta comunal del barrio, a la Casa de Altos Estudios de Economía y Finanzas irónicamente ubicada en la esquina de Zuccotti Park o a muchos de los manifestantes con privación del sueño.

“[La escuela] no podía enseñar,” explicó Josh Nelson, un manifestante de 27 años procedente de Nebraska. "Y hemos tenido problemas con los percusionistas también. Tocan sin cesar todo el día, y bien alto." Los facilitadores impulsaron una propuesta en la Asamblea General para limitar el redoble a dos horas por día. "El redoble es una cuestión mayor que tiene el potencial de hacer que nos echen de aquí", dijo Lauren Digion, una líder del grupo de trabajo sanitario.

Pero las batucadas eran divertidas. Trajeron publicidad y dinero. Muchos no facilitadores se enfurecieron por la decisión y adujeron que su aprobación había sido forzada a través de la Asamblea General.

"Están imponiendo una estructura en el flujo natural de la música", dijo Seth Harper, un muchacho de 18 años oriundo de Georgia. "La AG decidió hacerlo... suprimieron las opiniones de las personas. Quise presentar una propuesta diferente, pero una chica organizadora negra y grandota con un afro dijo que no podía".

Para Shane Engelerdt, un joven de 18 años de Jersey City y autoproclamado "jefe de batucada", esto equivalió a una traición jacobina. "Se están convirtiendo en el gobierno contra el que tratamos de protestar", dijo. "Ni siquiera pidieron la opinión de los percusionistas... La batucada es el latido del corazón de este movimiento. Miren a su alrededor: esto está muerto, necesitan un pulso para mantener algo con vida.”

Los percusionistas sostuvieron que el grupo de trabajo financiero incluso llegó a fijar una especie de impuesto a la percusión, llevándose hasta la mitad de los entre 150 y 300 dólares diarios que el círculo de percusionistas recibía a la gorra. "Ahora tienen más de 500.000 dólares de toda clase de lugares", dijo Engelerdt. "Estamos como, ¿qué está pasando acá? Son como los bancos contra los que nos manifestamos."

Se supone que todas las posesiones y dinero en el parque sean de propiedad común, pero los derechos de propiedad levantaron su capitalista cabeza cuando los facilitadores se ocuparon de limpiar el parque, que empezaba a parecerse a una villa miseria más de lo habitual después de varios días de viento y lluvia. La junta comunal local iba a enviar un inspector, así que los facilitadores y los limpiadores empezaron a mover tiendas, bolsas y efectos personales a una gran pila para poder limpiar el parque.

Pero algunos se negaron a ceder. Un hombre barbudo empezó a desarmar una tienda y un ocupante emergió de abajo, gritando: "Vas a romper mi maldita tienda, vete a la mierda!" Cerca del frente del parque, dos hombres encapuchados montaron una meta-sentada, temerosos de que sus posesiones se perdieran o fueran apropiadas por otros.

Daniel Zetah, un facilitador de 35 años de Minnesota, se subió a un banco. "Tenemos que limpiar este lugar. Hay un montón de chicos que vienen a quedarse". Uno de los encapuchados retrucó: "No voy a ceder mi lugar por unos malditos niños. Ellos tienen padres y hogares. Mis padres están muertos. Este es mi lugar.”

Otros organizadores fueron más bruscos. "Si no quieres ser parte de este grupo, entonces puedes simplemente irte", gritó un facilitador con camisa abotonada. "Todas las semanas limpiamos nuestra casa", intervino en favor de los sentados Seth Harper, el proletario pro-batucada. "No nos ponemos de acuerdo sobre cómo deberíamos limpiarla. Muchos de nosotros estamos en desacuerdo con la pila". Zetah, alto e imponente con una barba rojo fuego, cerró el debate con un suspiro. "Todos somos chicos y chicas grandes. Hagamos esto". Como me dijo después, "Muchas personas son como chicos malcriados". ¿La cura? Una ola de frío. "En lo personal, no puedo esperar al invierno. Va a limpiar a la gente que no está acá por las razones correctas. Que venga la nieve. Los verdaderos revolucionarios se quedarán aunque haga 50 grados bajo cero.”

"Los manifestantes de buen tiempo se irán", dijo "Zonkers", un limpiador de 20 años y ocupante de larga data de Tennessee. (Pidió que no se publique su nombre debido a un historial delictivo de marihuana.) "Las personas que se quedan son las personas a las que les importa. Hay un montón de punks, de chicos tontos, de personas que vienen a mendigar... Me desagrada. Estas personas están acá para una fiesta".

Otra discusión estalló cerca de la pila de posesiones apropiadas, que crecía minuto a minuto. Un hombre llamado Sage Roberts buscaba desesperadamente entre la pila para encontrar una bolsa de dormir. "Se llevaron mis cosas", murmuraba. Lauren Digion, la líder del grupo de sanidad, intervino: "No son tus cosas. Tienes todas estas cosas gracias al [grupo de trabajo de] confort. Le pertenecen a confort".

Y mientras le hablaba a Michael Glaser, un nativo de Chicago de 26 años que ayuda a conducir los esfuerzos de preparación para el invierno, a metros de nosotros estalló una pelea a puño limpio entre un limpiador y un acampante.

"Cuando hay limpiezas, la gente se vuelve loca", dijo Glaser. "Esta es una ciudad en sí misma. Dentro de cada ciudad hay personas que viven de arriba, que hacen que la vida de los demás sea miserable. Simplemente nos ocupamos de eso. No podemos echarlos a patadas".

Respondiendo a la insatisfacción con la Asamblea General consensuada, los facilitadores han adoptado un nuevo modelo de "consejo de voceros", que le permite a cada grupo de trabajo actuar sin antes lograr la aprobación del colectivo. "Esto lo simplifica", sostuvo Zonkers. "La GA es poco flexible, torpe y redundante."

De las batallas de hoy, no está todavía claro quién ganará al final del día: si los organizadores o los organizados. Pero la protesta de un mes ha claramente crecido y evolucionado hasta un punto en el que un movimiento verdaderamente sin líderes se enfrenta a la expulsión, o peor aún, a la insurrección.

Mientras la discusión en torno a las bolsad de dormir comunitarias entre Lauren Digion y Sage Roberts amenazaba con salirse de control, un facilitador con sombrero rojo vino con el ceño fruncido. "¿Recuerdas? Ya no se te permite dar más entrevistas", le dijo a Digion. Ella asintió y volvió a trabajar. Pero cuando Roberts gritó "¡No me digas qué hacer!", Digion no se pudo contener.

"A algunos se les tiene que decir lo que tienen que hacer", dijo. "Alguien tiene que dar órdenes. No hay un sentido de orden en este maldito lugar".

Veamos... la manga de hipones, pelilargos y jovatos malcriados que juegan a recrear el Octubre Rojo en las calles de Nueva York pasó bien pronto de creer que viven en comunas anarcas de democracia directa y fumanchera a organizar los rudimentos de un Estado con sistema representativo de gobierno, división del trabajo en grupos funcionales organizados a tal efecto, jerarquías de jefes, y elementos de control del orden, mientras sus miembros descubren que la propiedad común es buena siempre que pueda quedarme con lo de otros sin que ellos se queden con lo mío y que el "de cada quién según su capacidad" pierde gustito cuando les empiezan a cobrar impuestos.

Ni qué hablar del orwelliano (en el sentido de Rebelión en la Granja, libro que debería ser de lectura obligatoria desde la primaria) surgimiento de "vanguardias" que empiezan a juzgar quién puede hablar y quién no, quién es más o menos revolucionario, y qué se va a tratar en los democráticos e igualitarios ámbitos de decisión colectiva popular.

No, pero si me cago de risa.

Lo más gracioso y triste es que no van a aprender un carajo de lo que les está pasando. Nada en absoluto. Seguirán por ahí rasguñando las piedras, pasándose porritos y soñando con construir un mundo igualitario al son de "Imagine" de Lennon en el que puedan vivir mantenidos de arriba, sin siquiera imaginarse que su sueño no pudo aplicarse ni siquiera en un prostituto parque de 3.100 metros cuadrados.

Es que lo de ellos no deja de ser que están hartos de la realidad y quieren fantasías.

Mañana hay elecciones. Todo indica que vamos por cuatro años más con la Reina Batata. Ya veo el retorno del "yo no la voté", y sólo espero tener la suficiente maldad desde adentro para mandar a la mierda a los llorones del mañana.

sábado, 15 de octubre de 2011

Sobre los indignados yanquis

Ahora que el tema de los dizque "indignados" en los Estados Unidos está siendo recibido y tratado por la prensa y la sociedad argentina con esa mezcla tan nuestra de Schadenfreude (alegría por la desgracia ajena, en alemán) y resentimiento de conventillo, nunca está de más leer algunas cosas que se escriben al respecto y que pueden no coincidir con los lugares comunes con los que se suele tratar la cuestión.

A tal efecto, dejo una columna de Mark Steyn sobre el tema, traducida por un servidor:

Los jóvenes "ocupantes" comparten los supuestos de sus abuelos
Por Mark Steyn

Cuando los muchachos de los think tanks cavilan sobre la "declinación", tienden a verla en términos geopolíticos. Las grandes potencias que se ven gradualmente excluidas del escenario mundial tienen dificultades crecientes a la hora de salirse con la suya: las pequeñas operaciones coloniales de policía en polvorientos y destartalados puestos de avanzada se prolongan durante años y languidecen sin un final evidente. Si esto les suena vagamente familiar, bueno, el Departamento de Estado informó el mes pasado que la última iglesia cristiana en Afganistán había sido demolida en 2010. Este dato trivial e intrigante estaba enterrado bien profundo dentro de su "Informe de Libertad Religiosa Internacional". No es, bajo ningún sentido de esa palabra, "internacional": durante la última década, Afganistán ha sido un Estado cliente de los EE.UU.; su repulsivo y corrupto líder se mantiene vivo sólo gracias a las armas de la OTAN; de acuerdo con el Banco Mundial, la presencia militar y humanitaria de Occidente representa el 97% de la economía del país. Los contribuyentes estadounidenses ya han gastado la mayor parte de medio billón de dólares y perdido a varios valientes guerreros en esa tierra ensombrecida, y todo lo que podemos mostrar como resultado es un régimen que desprecia abiertamente al viejo adinerado que lo creó y lo sostiene. En otro Estado cliente de los EE.UU., el gobierno iraquí apoya públicamente al matón asesino de Siria y lo apoya con asistencia esencial en su intento de preservar su dictadura. Sus dólares de impuestos en acción.

Mientras los EE.UU. se hunden en un pozo negro de deudas multibillonarias, es fascinante escuchar a tantos de mis amigos en la derecha inquietarse acerca de posibles recortes en el presupuesto del Pentágono. El problema en Irak y Afganistán no es que no gastamos el dinero suficiente, sino que tanto de ese dinero ha sido completamente desperdiciado. Las potencias dominantes suelen terminar con tareas ingratas, pero el truco es mantenerlas dentro del presupuesto: Londres administró el vasto, expandido y conflictivo tiradero tribal de Sudán con alrededor de 200 funcionarios públicos británicos durante lo que, en retrospectiva, fueron los dos tercios de siglo menos malos en la historia de ese país. En estos días dudo que doscientos funcionarios públicos sean suficientes para la oficina local típica del Departamento Federal de Solicitudes de Subvenciones para Organizadores Comunitarios. Tanto en el extranjero como en casa, los Estados Unidos necesitan urgentemente empezar a aprender a hacer más con menos.

Como dije, estos son síntomas más o menos convencionales de la declinación geopolítica: las grandes potencias siguen comportándose como siempre pero son cada vez más ineficaces. Pero lo que los tipos del Consejo de Relaciones Exteriores suelen pasar por alto es que, para el hombre común y corriente, la declinación puede ser muy placentera.

En Gran Bretaña, Francia, España y los Países Bajos, el ciudadano promedio vive mejor que lo que jamás pudo durante el apogeo del imperio. Los europeos de hoy en día viven vidas más confortables, tienen una mejor salud y toman más vacaciones que sus abuelos. El estado habrá entrado en declinación, pero sus súbditos disfrutaron de una movilidad ascendente inmensa. Se puede perdonar a los estadounidenses por concluir que, si esto es la "declinación", entonces que venga.

Pero no va a ser así para los Estados Unidos: a diferencia de Europa, la declinación geopolítica y la movilidad descendente masiva irán de la mano.

De hecho, ya están en camino. Cada vez que la economía se va al diablo, los expertos hablan de la "burbuja" inmobiliaria, la "burbuja" tecnológica, la "burbuja" crediticia. Pero la verdadera burbuja es el "momento americano" de 1950, y nuestro fracaso en entender que tales momentos no son permanentes. Los Estados Unidos emergieron de la Segunda Guerra Mundial como la única potencia industrial con fábricas intactas y ciudades que no habían sido reducidas a escombros, y supuso que esta preeminencia sin precedentes duraría para siempre: siempre estaríamos tan adelantados y tan pletóricos de dinero que podríamos hacer cualquier cosa y gastar lo que fuera, y seguiríamos siendo el número uno. Ese fue el pensamiento de las automotrices de Detroit cuando se dieron cuenta de que podían comprar a los sindicatos. La locomotora industrial de 1950 es hoy un páramo plagado de delincuencia con una tasa de alfabetización funcional equivalente a la de los casos perdidos de África Occidental. Y sí, Detroit es una excepción, pero piensen en los supuestos que tuvieron sus líderes, y después pregúntense si va a parecer una excepción en el futuro.

Tomen por ejemplo las quejas de los jóvenes norteamericanos que actualmente "ocupan" Wall Street. Muchos manifestantes les han dicho a reporteros comprensivos que "es nuestra Primavera Árabe". Hagan a un lado las diferencias entre brutales dictaduras totalitarias y una república con elecciones cada dos años, y simplemente considérenlo en términos económicos: en las protestas de "ocupación", estudiantes universitarios no tan jóvenes exigen que se les perdonen las deudas en sus matrículas. En Egipto, la mitad de la población vive en la pobreza; el país impota más trigo que cualquier otra nación en el planeta, y los fondos para eso se agotarán en un par de meses. Se preocupan por la hambruna, no por cómo financiar media década de Estudios Cualquiercosistas en la Universidad de la Complacencia.

Uno tiende a simpatizar. Cuando las matrículas universitarias cuestan 50.000 dólares al año, no puedes "trabajar para pagarte la universidad" - porque, después de todo, un chico de 18 años que gane 50 lucas al año no necesitaría ir a la universidad, ¿verdad? Sin embargo, su situación no es la misma que la de un tipo que vive junto al Nilo con dos dólares al día: una es una crisis de la economía, la otra es una crisis de decadencia. Y por lo general, las primeras son mucho más fáciles de resolver.

Mi colega Rich Lowry señala correctamente que muchas de las atribuladas familias que declaran en los sitios web de "Somos el 99%" tienen problemas de verdad. Sin embargo, el movimiento de "Ocupación" no tiene soluciones reales, excepto más gobierno, más gasto, más regulación, más burocracia, más pseudouniversidades letárgicas e insostenibles sin retorno de inversiones, más, más y más de lo que nos metió en este pozo. De hecho, a pesar de sus jóvenes semblantes, los manifestantes están tan enlodados en el momento de posguerra de los EE.UU. como sus abuelos: una de sus demandas es usar un billón de dólares para "restauración ambiental". Hey, ¿por qué no? Es sólo un billón.

Por debajo del idealismo presuntamente juvenil hay supuestos llenos de telas de araña acerca de la permanencia de la sociedad. Los agitadores del "Otoño Americano" piensan que tales demandas son razonables por ninguna otra razón excepto que les tocó nacer en los Estados Unidos, y expectativas que ninguna otra sociedad en la historia humana ha tenido jamás son sólo parte de su derecho inherente. Pero una sociedad sólo puede vivir del capital acumulado de una gloriosa herencia por un tiempo limitado. Y en tal sentido, esta revolución insípida y sin sangre es sólo un frente algo más apestoso del status quo esclerótico.

La clase media de los EE.UU. está muriendo ante nuestros ojos: el mercado laboral no tiene pulso, las cuotas universitarias se disparan a los cielos, y Obamacare ya está haciendo que las previsiones médicas sean más caras y más restrictivas. Esto no nos deja mucho más, aunque no tengan duda de que en cuanto lo encuentren, los estatistas lo arreglarán también. Como más y más norteamericanos de clase media empiezan a notar, viven vidas más precarias y vulnerables que las de sus padres y abuelos de cuello azul que no gozaron de "educación" universitaria y "beneficios" de salud. Para los norteamericanos más pobres, los prospectos son aún más tétricos, aumentados por estadísticas cada vez más desalentadoras acerca de obesidad, diabetes infantil y tantas otras cosas. Potencialmente, esto no es una declinación, sino un derrumbe rápido y devastador, mucho más allá que lo que la Gran Bretaña y la Europa de posguerra vieron y más cerca de la Argentina peronista en una escala romana.

Sería alentador si más candidatos presidenciales entendieran la urgencia. Pero hay una extraña falta de audacia en la mayoría de sus propuestas. Ellos también parecen víctimas de ese momento de 1950, y de los supuestos de su permanencia.

sábado, 8 de octubre de 2011

Aburrimiento pre-electoral

Qué cosa, hay elecciones en dos semanas y acá ando con estas fachas.

Qué quieren que les diga, creo que estas elecciones ya me importan todavía menos que las del 2007, que ni registraron en mi amperímetro. Cómo podrían ser de importancia si el resultado ya está definido.

Y más aún, cómo podrían importarme si todo lo que va a pasar el 23 y todo lo que venga después no va a ser ni más ni menos que lo que merecen todos y cada uno de los involucrados.

Ciertamente es lo que se merecen todos los así llamados "dirigentes" opositores, que durante los últimos años no hicieron otra cosa salvo matarse entre ellos en una carrera absurda por ser el único que quedara, aún si con eso garantizaban que hubiera una multitud de pigmeos enfrentando a la facción política más inescrupulosa de la historia reciente argentina y al poder del Estado puesto al servicio de los intereses partidarios.

Se lo va a merecer Ricardito, que pensó que alcanzaba con imitar el tono de voz de su padre, ponerse sus chalecos y vivir cual gusano de los muertos.

Se lo va a merecer Duhalde, ese que demostró su genio estratégico primero legándonos al Tuerto, después inventando una farsa de internas para resolver el problema con Rodríguez Saá que no resolvió nada, y finalmente poniéndose de vicepresidente a un tipo como Das Neves, que sobresale en un partido de oportunistas inmundos y roñosos por ser especialmente oportunista, inmundo y roñoso.

Se lo va a merecer Binner, que anda por ahí agrandado como galletita mojada pensando que todo lo que tiene que hacer es parecer serio y hacer kirchnerismo bueno que dice "por favor" y "gracias", rodeado de viudas y mucamas paraguayas del kirchnerato.

Se lo va a merecer la gorda Carrió, que podrá ser una gran diagnosticadora pero que no pudo evitar que sus delirios místicos y sus exigencias de pureza arruinaran cualquier intento serio de construcción política del lado de la oposición.

Se lo va a merecer Rodríguez Saá, otro oportunista impresentable del pejotismo que hace el papelón de prometer internet wi-fi gratis para todos.

Se lo va a merecer Altamira, aunque ese ya se merece demasiadas cosas por ser un trotsko cavernícola.

Toda la oposición se lo va a merecer; ciertamente no merece ganar un "espacio", palabra despreciable y vacía de significado que sólo existe ante la ausencia de entidad, que tuvo dos grandes oportunidades de arrastrar al fango de la derrota a la pseudotiranía cleptómana de los Kirchner (la crisis del campo y las elecciones del 2009) y que las desperdició jugando a ser buenitos por miedo a que les caigan con el apodo de "destituyentes".

El único que medianamente zafa es Macri, que tuvo la astucia de presentir la masacre, propuso dar pasos para enfrentarla mejor y tras ser apaleado por los otros "líderes opositores" con más saña que la que jamás le dedicaron al kirchnerismo prefirió fortalecerse en su distrito y salvar una victoria a la que ninguno de los otros va a poder siquiera acercarse.

Además de la oposición, también se lo va a merecer la sociedad argentina, que demuestra una vez más que le tiene sin cuidado la institucionalidad, las leyes, el respeto a la Constitución y la mera decencia humana mientras pueda pagar todas las cuotas de los electrodomésticos y mientras le inventen aumentos que estén por delante de la inflación y mientras las cosas, como suele suceder en la Argentina, anden fantástico hasta que dejen de hacerlo. Ahí vendrá un llanto y un rechinar de dientes que por lo menos a mí no me va a conmover ni aunque lo acompañen con la escena en que matan a la mamá de Bambi.

En estos días de falta de apetito político, he llegado a la conclusión de que son preferibles hasta las putas y los yiros que desde el programa de Tinelli se dispersan por la televisión y los otros medios antes que la clase política argenta. Al menos, los michifuces mediáticos jamás ocultan lo que en verdad son, ni tratan de pretender que son algo más serio y digno.
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