sábado, 30 de julio de 2011

Otro sábado de veda

Como estamos en veda electoral y para no hablar ni de la payasada del megacampeonato de AFA del que pronto formarán parte los torneos de barrio, los campeonatos de Winning Eleven y las ligas de Papi Fútbol, ni de la red de puticlubes de Zaffaroni, ese que Había Sido Puesto Para Purificar Y Transformar A La Corte Suprema (ya no escucho tan seguido esa muletilla a la que se apelaba para buscarle algo bueno al gobierno), ni del batacazo de Del Sel en la Provincia Invencible de Santa Fe que tanto asco le provocó al Gobierno (Pito Fáez sigue sin opinar) y que agotó los papeles higiénicos en en el búnker social-binnerista, vamos a tomar esta semana un artículo que encontré y que no está mal tenerlo presente en momentos en que a más de uno le arrancará una sonrisa el posible default de los EE.UU.

MUNDO DESENCADENADO
por Victor Davis Hanson

Los tímidos y claudicantes Estados Unidos

Una tormenta perfecta de eventos está erosionando la percepción de la disuasión norteamericana - y el mundo pronto se convertirá en un lugar aún más aterrador. La crisis fiscal ha echado dudas sobre la habilidad del gobierno para actuar enérgicamente, especialmente con la castración del Presidente durante todo el proceso. Estas percepciones, desde luego, palidecen en comparación con la realidad del gasto descontrolado que durante los primeros tres años de la administración Obama agregó casi cinco billones de dólares a la deuda de los Estados Unidos y que está tanto humillando a los Estados Unidos como poniendo en duda si puede todavía pagar su enorme aparato militar. Casi diariamente, estamos tomando en préstamo cuatro mil millones, suficiente como para construir un nuevo portaaviones (y por supuesto no estamos construyendo portaaviones con semejantes déficits como lo hicimos durante la Segunda Guerra Mundial).

En cambio, el gasto de defensa es visto por la administración como el blanco preferido para los recortes, en especial en comparación con gastos sociales como Medicare, Medicaid y la Seguridad Social. Que a veces los chicos de 18 y 19 años aprendan más dentro de las Fuerzas Armadas sobre una cubierta de vuelo que tomando seis cursos de "Estudios de Algo" por semestre durante siete años con becas federales es casi una calumnia. No importa; habrá recortes en defensa y la percepción de que va a haber recortes va a ser casi tan importante como los lugares precisos de donde se retirarán los barcos y aviones.

Enemigos como Amigos, Amigos como Enemigos

Pero más importante aún, en cuatro o cinco instancias claves la administración Obama ha dado señales al mundo de que no hay ventajas en ser un aliado desprejuiciado de los Estados Unidos, y de que no hay perjuicio en ser un desembozado enemigo de los Estados Unidos. ¿Quién ha sido más veces blanco de los sermones norteamericanos, Netanyahu o Abbas? ¿Los europeos orientales o Rusia? ¿Quién ha recibido más acercamientos de Estados Unidos? ¿Irán o Israel? ¿Siria o Egipto? Sería mucho mejor ser un estado policial totalitario que practica el homicidio institucionalizado que ser una autocracia cleptocrática pronorteamericana, al menos como se lo ve según las distintas actitudes frente a un Túnez en comparación con Siria e Irán. Esta administración tiene un mal hábito de calibrar la autenticidad y legitimidad de un régimen de acuerdo al grado de antinorteamericanismo demostrado entre 2001 y 2008.

Estados Unidos internacionalizados

Adicionalmente, en la medida en que usemos la fuerza, será de manera azarosa y las cuestiones en torno a abandonar prevalecerán por sobre las cuestiones sobre cómo ganar. Las organizaciones internacionales, sean la Liga Árabe o las Naciones Unidas, ganarán una deferencia que ni el Congreso de los Estados Unidos ni los aliados de Estados Unidos disfrutan.

Estamos viendo a nuestro cuarto comandante terrestre en Afganistán, una guerra que alguna vez fue considerada como "la guerra buena" por Obama, quien la ignoró durante sus primeros cuatro meses en el cargo, luego meditó durante meses sobre un aumento de tropas, después escaló la presencia y ahora habla de retirada. Obama puede explicarnos a qué no se va a parecer la victoria, pero no nos dirá cómo se verá. En Irak, dejó el plan de retirada de Bush y Petraeus en curso, ignorando sus propias demandas como senador para que todas las tropas se fueran para marzo de 2008, luego para fines de 2008, luego para fines de 2009 y así sucesivamente. Pero este compromiso con la estabilización de Irak está anulado por sus denuncias crónicas de que la remoción de Saddam y la subsiguiente promoción de una democracia, que hoy en día es la única democracia árabe real y funcional, fueron un terrible error.

Libia es un desastre; no hay misión, no hay metodología, no hay resultado. ¿Qué son los rebeldes, islamistas, reformistas incompetentes, intelectuales occidentalizados, estudiantes, terroristas? ¿Quién sabe? Sólo parecen estar unidos en su odio hacia los mercenarios africanos negros de Gaddafi y sus anhelos de matarlos a todos. "Liderar desde atrás" iba a ser una corrección respecto de lo que en realidad fue un costoso e ingrato "liderazgo desde adelante" en las guerras pasadas, pero ahora podemos ver que cuando Estados Unidos no conduce, los europeos chisporrotean, pelean por insignificancias, y ahora se dividen y se preparan para abandonar Libia.

Obama ha hecho algo casi imposible: está perdiendo una guerra contra un país en el Mediterráneo con menos de siete millones de habitantes y una topografía, clima y ubicación casi perfecta para las operaciones aéreas de la OTAN. Los Liberators y B-17 de los Estados Unidos operando desde Sicilia durante la Segunda Guerra Mundial hubieran sido más efectivos que los jets anglofranceses. Todo lo que puede decirse del desastre es que Obama parece haber querido humillar a los habitualmente parasíticos europeos mordedores de tobillos y al menos logró eso, al precio del prestigio militar occidental. La única cosa peor que pelear una guerra innecesaria contra un régimen salvaje y débil es perder esa guerra contra un régimen salvaje y débil.

¿Guantánamo está abierta o virtualmente cerrada?

Obama confundió al mundo acerca de los protocolos antiterroristas de los Estados Unidos. Como un senador y candidato demagogo, se pasó tres años condenándolos como inefectivos y antinorteamericanos, y luego los adoptó a todos. Pero nadie sabe hasta qué grado Guantánamo, las rendiciones extraordinarias, los tribunales, las detenciones preventivas, las intercepciones telefónicas y los Predators siguen siendo crímenes de guerra de Bush y Cheney o valiosas herramientas norteamericanas que continuarán siendo usadas. Si las usas, ¿eres un patriótico combatiente en operaciones de contingencia en ultramar, o un futuro criminal de guerra a ser juzgado luego por cargos planteados por Eric Holder? ¿Acaso aquellos que alguna vez presentaron demandas en favor de los detenidos de Guantánamo y que en el gobierno presentan demandas para justificar los asesinatos dirigidos con drones Predator volverán a demandar en representación de los detenidos de Guantánamo cuando hayan dejado el poder? ¿Se juzgó a Khalid Sheikh Mohammed en Nueva York de la misma manera en que Guantánamo fue virtualmente cerrada (definiendo "virtualmente" como la noción mediática de que el que Obama quiera hacer lo progresista es mejor que hacerlo en realidad)?

¿Quién proveerá protección, los policías o los mafiosos?

Pero es en el Pacífico en donde bien podríamos ver los cambios más dramáticos de la retirada norteamericana. De forma insidiosa, los chinos están traduciendo su formidable poder financiero en un nuevo perfil militar muscular. Corea del Norte está tan demente como siempre. El proverbial comerciante aterrorizado de la región no sabe por tanto a quién acudir, si al policía en decadencia que rara vez está y que sueña con su pensión jubilatoria, o a los jóvenes matones que demandan dinero de protección si no quieren que pase nada malo.

El resultado es que Japón, Corea del Sur, Taiwán y las Filipinas tienen un ojo puesto en China y otro en Washington, y por lo tanto están cada vez más aterrados. Pasará una de tres cosas: nuestros tambaleantes aliados demandarán una mayor presencia de los EE.UU. en la región y nuevas promesas de protección bajo el paraguas nuclear norteamericano (cosas bastante improbables); o se volverán potencias nucleares y, a diferencia de Corea del Norte, sus misiles funcionarán como los Camrys y Kias; o tratarán de salvar la ropa mediante acuerdos con los chinos que resultarán en una nueva versión de la vieja Esfera de Coprosperidad (la China de 2011 me recuerda demasiado al Japón de 1935).

En este momento, no puedo imaginar que alguien en Taiwán crea que la administración Obama hará o dirá algo en caso de que mañana aparezcan buques chinos a una milla de la costa taiwanesa, pero puedo concebir el discurso más elocuente acerca de por qué China debe inevitablemente reunificarse con la China comunista. De hecho, Obama llamaría a ambos lados a la cautela, mientras despedaza a los taiwaneses por provocar a los chinos, mientras elucubra un trato "balanceado" que ceda aguas taiwanesas a China, hasta el siguiente incidente.

En resumen, pronto volveremos a 1937. Las viejas reglas están desapareciendo. Todo lo que esperamos es que haya algún alborotador audaz que deje perfectamente claro que ya no hay tales reglas, demostrándolo mediante alguna violación flagrante del orden internacional, tomando una embajada al estilo 1979, cruzando una frontera o derrocando un gobierno. Conoceremos entonces los protocolos a aplicarse: una advertencia norteamericana acerca de "una gran preocupación"; una reunión en la ONU o algún consejo regional; varias "fechas límites" (como hemos visto con las cinco que se le dieron a Irán); una filípica privada contra la víctima por haber provocado a los agresores y puesto a los EE.UU. en una posición incómoda; una muy elogiada solución "internacional" que le otorga al instigador lo que desea; alguna clase de premio post-Nobel para Obama por su sobriedad y dotes de estadista. Lo que es nuevo en esta oportunidad es que la mayoría de la población (de la que el 50% no paga impuesto a las ganancias y que reciben del Gobierno o todo o una gran parte de su ingreso) recibirá con alivio la retirada, en el sentido de que habrá más vales de comida y fondos para la Seguridad Social, Medicare y Medicaid obtenidos gracias a la puesta en reserva de los buques y aviones. (¿Tengo que sacrificar mis reemplazos de cadera y rodilla financiados por el gobierno federal en el altar de las fragatas que patrullan el Mar de Japón?)

No habrá un nuevo orden mundial y mucho menos un capitalismo democrático pan-global del fin de la historia. En cambio, las hegemonías regionales ocuparán el lugar y harán lo que se les plazca. Para el Mar Negro y Europa Oriental, una Rusia casi decimonónica fijará las reglas. China tendrá peso en Asia hasta la frontera con la India. Un nuevo Imperio Otomano presionará a Grecia y Chipre y le dará poder y credibilidad al nexo islámico anti-israelí. Un mundo árabe-islámico caótico se unirá en su odio hacia Israel. De la misma manera en que al público lo hartan los casi diarios sermones de teleprompter de "seré perfectamente claro" y "no se equivoquen al respecto" y "seamos honestos" Obama, también el mundo se cansará de un Reverendo Obama cuyos sermones se incrementan en proporción directa a sus amenazas de "consecuencias" y "ramificaciones". Al principio, nosotros los norteamericanos apreciaremos los ahorros financieros y el fin de los problemas; pronto, aprenderemos lo que aprendimos la última vez en 1941.

Entiendo por qué Obama, al igual que casi todos los que son productos de la universidad y del gobierno, cree que la razón y el diálogo deben ganarle a la disuasión. Quisiera que tuviera la razón y que las reglas humanas del comedor de la Facultad de Derecho de Harvard fueran las de la comunidad internacional. Ciertamente sería más barato y seguro si los logos y no el orgullo, el miedo y la percepción del interés propio gobernaran las relaciones entre las potencias. La elocuencia debería pesar más que la musculatura, y escuchar es a veces tan esencial como actuar. Pero el problema es que el mundo allende nuestras costas es principalmente no democrático, pobre, tribal, fanático e iracundo, y quiere la clase de poder, riqueza e influencia que nosotros hace mucho que damos por sentado que es nuestro derecho de nacimiento, y busca formas de cumplir con sus agendas, usualmente a costa de los más débiles.

Hacia 2016 el mundo será un lugar muy peligroso, mientras los norteamericanos ven cada dólar "desperdiciado" en seguridad nacional como un dólar "robado" a sus privilegios sociales federales de derecho divino.

sábado, 23 de julio de 2011

Tenemos de todo un poco, señoras y señores

Hubo tanto en esta semana de lo que se podría hablar que el esfuerzo de tratar cada tema con detalle sería agotador.

El pantriste de Daniel Filmus ya no sabe qué hacer para robar cámara. Bastante espacio ocupa con los afichitos azules con slogan afanado a Claudio Lozano y melosos dibujos que no incluyeron a los Ositos Cariñosos sólo porque ya habían puesto a dos policías, ella de la Federal y él de la Metro, tomados de la mano y sonrientes. No quiero pensar en qué diría Garré de eso.

Lástima que la onda paz y amor que le meten a los afiches termine desmentida cada vez que algún entenado del kakismo abre la boca para escupir veneno y pestes sobre los porteños asquerosos que tenemos la caradurez de no "estar con Cristina".

Ni hablar de su última denuncia de "campaña sucia", la de las encuestas truchas malas feas caca pis que quieren endosarle a Fúlminus los pecadillos del psicópata Schoklender y de la rotunda Rachid. No recuerdo al candidato del Frente para la Victoria's Secret lamentando el nivel de la campaña cuando unas semanas antes del sopapo del 10 de julio le endilgaron a la candidata a vice de Macri una presunta malversación de fondos.

Quizás sea un signo de los tiempos el que al kirchnerismo, que en el 2005 supo inventarle cuentas en el exterior a Enrique Olivera y que en el 2009 imaginó que De Narváez les hacía competencia en el negocio de la falopa, no le haya quedado otra forma de embarrar la cancha que rociándose ellos mismos de merda y apelar a la doctrina de "la lástima garpa".

Más entretenido sería hablar de la campaña que Victoria Donda, la Wanda Nara del campo nacional y popular, está haciendo como candidata a diputada nacional por la ambulancia de progres malheridos que conduce un Hermes Binner devenido en paramédico.

Lástima que no tenga a mano una fotito para mostrar el afiche en el que la Donda aparece con el Congreso de fondo y con sus atributos bien al frente, con una sonrisa pícara y sosteniendo un cartelote rojo que dice "Vamos a portarnos mal".

En serio, esos afiches no me dejan claro si presentan a una candidata al Poder Legislativo de la Nación o si están promocionando una porno softcore.

Después está el colapso bonafinesco de la víbora Carlotto, que no sé dónde se meterá su papel de "policía buena" (la mala, obviamente, es la psicópata de Herpes) ahora que aparece deseando que los Noble Herrera sean hijos de desaparecidos (¿no que era una desgracia que le pasara eso a alguien?), asegurando que el ADN muta en diez años y poco menos que reclamando a gritos que se amplíe el cotejo genético para incluir a los muertos paraguayos en la Guerra de la Triple Alianza por si los nenes de Ernestina resultaran ser recontranietos apropiados de Solano López.

Y el domingo tenemos las elecciones en Santa Fe, en donde si todo sale bien y la suerte sonríe un poco, vamos a terminar viendo cómo el Chivo Rossi queda tercero detrás de un candidato primerizo que hace poquito nomás se fijaba en los números de taquilla en vez de los de las encuestas.

Pero para salir de la mediocre escena local y darle una pátina internacional a este posteo, quiero dejarles una columna de opinión que encontré acerca de la crisis griega y que por lo menos me arrancó una sonrisa.

Denle a Grecia lo que se merece: comunismo

Por Bill Frezza


Muy de vez en cuando aparece una oportunidad para hacerle justicia a un pueblo y darle lo que realmente se merece. La hora de Grecia ha llegado.

Debe estar haciéndose claro para todos excepto los más obtusos miembros de la elite bancaria que no es posible robarle suficiente dinero a los contribuyentes alemanes para salvar a la economía griega del default. Podrán retrasarlo, tal vez, pero el colapso es inevitable.

Una vez que esto suceda, ¿cuál es el propósito de condenar a Grecia a alguna clase de purgatorio financiero temporario y selectivo en el que la irrelevante economía griega siga humillando a alguien lo bastante tonto como para prestarle un centavo a su gobierno disfuncional? ¿Por qué no ir de una vez por todas a darle al país lo que muchos de sus ciudadanos han estado demandando violentamente durante casi un siglo?

Que tengan comunismo.

Aunque les sea difícil de creer a los jóvenes, el comunismo fue alguna vez una fuerza histórica mayor que tuvo subyugados a miles de millones. Fuera de los salones de las universidades de elite, ¿quién lo toma en serio? Es cierto que tenemos a Cuba, donde la vigilia mortuoria de Castro es lo último que se interpone entre esa oscurecida colonia penal y un inevitable maquillaje a cargo del Club Med. Después está Venezuela, aunque decaen las esperanzas de que Hugo Chávez continúe portando el estandarte bolivariano por mucho tiempo más ahora que está ocupado dándole a los cócteles de FOLFOX mientras busca señales de caída del cabello. Y francamente, una dinastía familiar psicópata que gobierna una nación de zombies atrofiados difícilmente hace de Corea del Norte un ejemplo adecuado de comunismo.

Lo que el mundo necesita, a menos que nos olvidemos, es un ejemplo contemporáneo del comunismo en acción. ¿Qué mejor candidato que Grecia? Lo han estado anhelando por años, demostrando un nivel de virulencia anticapitalista sin igual en cualquier país desarrollado. Están temperamentalmente en sintonía con él, una vez que hicieron que todos los griegos con vocación de trabajo duro se fueran del país en busca de oportunidades. No representan una amenaza militar para sus vecinos, a menos que se tiemble ante la imagen de soldados que desfilan vistiendo polleras blancas. Y tienen toda la parafernalia de una nación occidental moderna, lo que los convierte en un banco de pruebas impoluto para las teorías marxistas. Sólo hay que echarlos de la Unión Europea, cortar el flujo de euros gratis, y devolverles las planchas de impresión para sus viejas dracmas. Después hay que hacerse a un lado durante una generación y observar.

La tierra que inventó la democracia la usó para perfeccionar el arte de vivir a costa de otros, un ejemplo que todas las democracias occidentales parecen decididas a emular. El ser los primeros en quedarse sin el dinero de los demás hace que Grecia esté verdaderamente madura para dar el siguiente paso lógico más allá del socialismo.

Por desgarrador que sea, podemos encontrar alivio en el hecho de que Grecia no tiene demasiada economía como para destrozar. La única industria griega que vale algo es el turismo, que está rápidamente colapsando conforme los turistas se hartan de quedar varados por huelgas mientras esquivan los cócteles Molotov. Los demás podremos encontrar muchas otras fuentes de cordero, yogurt y aceite de oliva. Ellos aplastaron el concepto de propiedad privada hace mucho bajo el peso de regulaciones ambientales, culturales y sociales que gobiernan el uso de la tierra. ¿No sería instructivo dejar que intenten construir el paraíso de los trabajadores para recordarnos cómo se ve la igualdad impuesta por el Estado?

A diferencia de las vecinas naciones balcánicas que pudieron experimentar los gozos del comunismo luego de la Segunda Guerra Mundial, Grecia se salvó de caer en el precipicio gracias a una masiva intervención occidental al igual que a un pacto lateral churchilliano que obligó a Stalin a dar marcha atrás. La brutal guerra civil entre el Partido Comunista Griego (el KKE) y las fuerzas gubernamentales respaldadas por Gran Bretaña y los EE.UU. pusieron los cimientos para décadas de enfrentamiento entre simpatizantes comunistas que nunca abandonaron el sueño, y juntas de derecha decididas a gobernar por la fuerza. La paz tensa que ha existido desde que echaran a patadas a los coroneles oculta las tensiones subyacentes mientras todo griego se preocupa de si alguien está trabajando menos horas que él.

Cómo fue que Grecia estafó su ingreso en la Unión Europea mientras que la esforzada Turquía se quedó afuera mendigando es un testamento a los astutos diplomáticos en Bruselas, que seguramente están consultando sus manuales para ver qué esquema van a conjurar ahora para encajarle a alguien más la cuenta. Por qué la U.E. le otorgó créditos a una nación cuyos gobiernos han estado en un estado crónico de default desde que el país ganara en 1832 su independencia del Imperio Otomano es un tema digno de una investigación de "News of the World". Quizás Fannie Mae los estaba asesorando.

Así que, a pesar de las reuniones frenéticas, la tragicomedia se acerca a su acto final. Es hora de que la industria financiera global abandone sus apuestas y vuelva a casa antes de que más empleados bancarios inocentes acaben inmolados. Si no se quiere que el contagio real se esparza, es decir la enfermedad de creer que se puede consumir perpetuamente más de lo que se produce, hay que dejar a Grecia en manos de los griegos y que los banqueros asuman sus pérdidas.

Por más difícil que sea para un greco-americano como yo el admitirlo, descansar en laureles de dos mil años de antigüedad es una rutina gastada. Aunque pocas culturas puedan remontarse con orgullo a tantos logros en las artes, el drama, la filosofía, la retórica y la arquitectura que fueron la gloria de Grecia, es hora de que los modernos griegos se examinen duramente a sí mismos. ¿Qué han hecho por el mundo últimamente? Aún más importante: ¿qué están dispuestos a hacer para ayudarse a sí mismos? Si no pueden enfrentar esa pregunta, entonces es hora de cantar "La Internacional".
Hasta la próxima.

sábado, 16 de julio de 2011

Una semanita de merda (updated)

En apenas seis días el kakismo:
  • perdió por masacre una elección en el distrito más visible del país y casi se queda afuera de la segunda vuelta,
  • comprobó que su "juventud maravillosa" apenas sacaba un postroso 14 por ciento en su primera prueba electoral seria,
  • quedó atado a los dichos de una manga de culturosos y matarifes totalitarios que no tuvieron más democrática idea que salir a putear a los mismos votantes que no habían conseguido por las urnas,
  • tiene que bancarse que las encuestas que usa para sostener el "Cristina ya ganó" queden sospechadas por lo menos de haber sido toqueteadas,
  • vio cómo las acusaciones que querían circunscribir al parricida de Schoklender empezaban a respirarle en la nuca a la Madre Putativa de la Patria y a su familia directa,
  • se encontró con que Herpes de Bonafano quedaba expuesta como una empresaria garca que no pagaba sueldos y que mandaba a moler a palos a sus trabajadores, además de ser psicópata y muy probablemente chorra,
  • se tuvo que comer que dos exámenes de ADN dejaran en ruinas la fantasía de que los Noble Herrera fueran futuros Cabandiés por liberar,
  • y encima Argentina se queda fuera de la Copa América, como para coronarlo todo.
En una sociedad medianamente normal y sensata, un gobierno que en menos de una semana quedó pegado a derrotas electorales, declaraciones impresentables, desfalcos millonarios y el colapso de una causa hecha pa'joder a sus enemigos de turno estaría pensando seriamente en hacer las valijas y tomárselas. Lo de la Copa América sólo emputece el humor social, vale aclarar.

Acá lo más probable que pase es que, como de costumbre, hagan de cuenta que nada pasó, que todo sigue bien, que es un complot de los medios, de Magnetto, de la Mesa de Enlace, de la CIA junto al Mossad y el MI6, y de Cecilia Pando junto a las últimas cincuenta promociones de militares retirados, que hay que seguir para delante porque vamos fantástico cantando el "Nunca Menos", usando la cadena nacional para anunciar pelotudeces aunque no quede prendido un televisor en todo el país e invocar místicamente a "Él" vestidos todos de negro.

Eso sí, no descarto que salga algún ministro desubicado a pedir la cabeza de Batista.

Y en todo este panorama, lo único que les queda es rogar por un "efecto escarpín" a partir de la futura paternidad del Pingüicerdo. Es que el "efecto viudez" es tan 2010...

sábado, 9 de julio de 2011

Una historia de ciencia ficción

Aún si tuviera alguna buena idea de qué tratar hoy, la veda electoral de esta ciudad (je) me lo complicaría, así que para no hacer como la Presidenta cada vez que usa la cadena nacional, hoy vamos a ir a otras cuestiones.

Entre los múltiples universos de ciencia ficción que disfruto está el de la serie de novelas de Honor Harrington, escritas por el novelista norteamericano David Weber. La serie en sí empieza como una adaptación espacial de las Guerras Napoleónicas del siglo XIX, más específicamente del aspecto naval, reemplazando a Gran Bretaña, a Francia y a las otras potencias de la época por colonias espaciales que son sus análogos mas no necesariamente idénticos, aunque en las últimas entregas (la serie ya va por doce novelas en la línea principal, cuatro derivadas y cinco antologías) el estilo de guerra parece algo más de la Segunda Guerra Mundial.

El autor se mató con el diseño del universo y por momentos no puede evitar envolverse en descripciones enormes sobre ese universo, pero dejaré que los méritos literarios sean discutidos por alguien que sepa un poco más de eso; me limitaré a decir que me entretiene y eso es lo básico que espero de una historia antes de ponerme a pensar en otras cosas.

En fin, el punto es que en una de las antologías el autor aprovecha para publicar una parte de su "biblia de escritor", con explicaciones sobre la tecnología de la serie y la historia ficticia de las naciones contendientes. Dejo aquí, porque es a donde quería llegar, una traducción de la historia particular de la que vendría a ser la nación antagonista inicial de las primeras novelas, la República Popular de Haven, que vendría a ser un paralelo de la Francia pre- y post-revolucionaria... aunque quizás noten en estos pasajes demasiados paralelismos con otro país que conocemos demasiado bien y que no pudo evitar que me salga una sonrisa triste al leer...

Una última nota; el autor usa un calendario con punto de partida en nuestro año 2103, así que súmenle ese número a los años que aparecen en el extracto.

En fin, acá vamos.

Haven se encuentra en una región particularmente atractiva, con una inusualmente alta proporción de estrellas de clase F, G y K, y la expedición original estaba extremadamente bien financiada por un emprendimiento conjunto de no menos de once corporaciones basadas en planetas integrantes de la Liga Solariana. Más aún, el nombre de Haven demostró ser apropiado, ya que las formas de vida terrestres se adaptaron a su ambiente con un mínimo de dificultad y su clima era casi idílico. Con una poderosa organización de relaciones públicas cantando las loas de su atractivo, ejerció un efecto magnético entre los aspirantes a colonos de la Liga y, con la nueva tecnología hiperespacial disponible, creció a una velocidad increíble. Para 1430 PD, la República de Haven ya contaba con una población planetaria de casi mil millones y estaba empezando a organizar sus propias expediciones colonizadoras en lo que se conocería (a pesar de que otros seis sistemas en la misma región habían sido colonizados antes o casi al mismo tiempo que Haven) como el Cuadrante Haven.

Para 1475, la economía y el gobierno de Haven habían demostrado ser extremadamente eficientes y efectivos. Políticamente, Haven era una democracia representativa con una clase media fuerte y políticamente activa, y su política económica consagraba los principios del capitalismo liberal con mínima interferencia gubernamental. Junto con la ventaja provista por las altamente favorables circunstancias iniciales de la colonia, esta combinación de eficiencia de mercado y gobierno flexible crearon un estándar planetario de vida al menos tan elevado como el de la mayoría de los mundos miembros de la Liga Solariana, y se convirtió en la envidia y el modelo a seguir para todos los otros mundos del cuadrante.

Durante los siguientes dos siglos, Haven continuó cumpliendo con su promesa, con una población de casi siete mil millones en todo el sistema y convirtiéndose en una especie de Atenas interestelar. El Cuadrante Haven, aunque compuesto por mundos y sistemas estelares independientes, rivalizaba con la Liga Solariana en poderío económico, a la vez que continuaba siendo una entidad vibrante y expansiva, a diferencia de la esencialmente satisfecha y contenta Liga. Aunque el cuadrante no contenía ninguna confluencia de agujeros de gusano, tenía acceso a la Confluencia de Manticore (y luego a la Confluencia de Erewhon) y por su intermedio a la Liga, y todo apuntaba a que su expansión y prosperidad continuarían.

No fue así. Es imposible hacer una identificación precisa de un evento específico que causara el cambio en el cuadrante, pero en términos generales podría ser llamado "exceso de éxito". Al cuadrante, y en particular Haven, le había ido demasiado bien. Su riqueza era incalculable, y comenzó a parecer injusto que esa riqueza no estuviera distribuída más equitativamente. En particular, el capitalismo, como siempre, había producido clases estratificadas que iban desde los extremadamente ricos hasta los marginales e incluso sub-marginales, y si los miembros de la clase "sub-marginal" de Haven estaban inestimablemente mejor que, por ejemplo, los ciudadanos pre-andermanos de Nueva Berlín, no estaban bien en comparación con sus propios conciudadanos prósperos.

La República comenzó así a experimentar, con cautela al principio, con programas de asistencia y bienestar para incrementar las oportunidades de sus ciudadanos menos afortunados. Desafortunadamente, lo que comenzó como un experimento se convirtió gradualmente en otra cosa. Las transferencias se tornaron cada vez más importantes para el mantenimiento de los pobres industriales, lo que significó una mayor carga para los elementos productivos de la sociedad. Las operaciones industriales marginales se beneficiaron con tarifas proteccionistas, préstamos públicos y concesiones explícitas para fomentar el pleno empleo, lo que a la vez recortó la eficiencia y productividad general de la base industrial y alentó la inflación. La inflación empeoró aún más la condición de los pobres, lo que hizo necesario transferencias aún más elevadas, transferencias que pronto fueron indexadas de acuerdo con la tasa de inflación de manera periódica y obligatoria, y, conforme proliferaba la red de asistencia, esta comenzó a ser considerada como un "derecho" fundamental de los que recibían la ayuda. Para 1680 PD, Haven había proclamado su célebre "Carta de Derechos Económicos", que declaraba que todos sus ciudadanos tenían un "derecho inalienable" a un estándar de vida relativo a ser definido (y ajustado según lo exigiera la inflación) por un estatuto de la legislatura.

En el proceso, el gobierno había iniciado una espiral interminable de inflación, mayores transferencias, y déficit fiscal creciente. Aún más, había (sin intención, al menos al principio) erosionado la fuerza fundamental de su propia democracia. La clase media, la tradicional espina dorsal de la República, estaba bajo creciente presión tanto de arriba como de abajo, oprimida entre una economía cada vez menos productiva y exigencias cada vez mayores sobre sus ganancias para mantener el sistema de bienestar. Mientras que la clase media había visto alguna vez a la clase alta como (en el peor de los casos) rivales esencialmente amigables o (en el mejor de los casos) como aliados en su prosperidad común, empezaron a ver a los ricos, al igual que los pobres, como enemigos en la lucha por una prosperidad decreciente. Peor aún, la tradicional aspiración de la clase media a la movilidad ascendente se había convertido en un sueño cada vez más remoto, y era más fácil enfocar el resentimiento en aquellos que tenían más que la clase media que en aquellos que tenían menos, una tendencia que se tornó cada vez más pronunciada conforme comentaristas y académicos "iluminados" afianzaban sus posiciones dominantes en los medios y en el sistema educativo.

Quizás lo peor fue el surgimiento de los bloques "pensionados". Los pensionados (así llamados porque vivían "de las pensiones") todavía eran votantes de pleno derecho y, lógicamente, apoyaban a los candidatos que más les ofrecían. Era una cuestión de interés propio, y el interés propio de los pensionados encajó con el de los políticos cada vez más carreristas. Surgió una nueva clase de políticos de aparato, los "administradores de pensionados", que cumplían el papel de hacedores de reyes al proveer enormes bloques de votos a los candidatos de su elección. Los políticos que ejercían cargos pronto se dieron cuenta de que su permanencia en los mismos estaba virtualmente garantizada con el respaldo de los administradores, y de que lo contrario también era cierto. Un político marcado por el "Quórum del Pueblo" (el término oficial que describía a la alianza de los administradores de pensionados) estaba condenado, y conforme los líderes del Quórum se percataban de su poder, eligieron a políticos específicos para castigarlos como ejemplo para todos los políticos sobre el poder que el Quórum representaba.

Por último, como para completar la epidemia sistémica de locura masiva, la mayoría de aquellos que reconocían que había algo que andaba mal abrazaron una "teoría conspirativa" que asumía que sus problemas debían resultar de las maquinaciones hostiles de alguien, probablemente de los miembros de las "clases adineradas" domésticas o de las industrias extranjeras que "arrojaban" sus productos baratos y de baja calidad en la economía de Haven. Casi peor, había un elemento atrincherado de "esto no estaría pasándonos si no estuviéramos en falta de alguna manera" en la gran mayoría del pensamiento político y el análisis y retórica social havenita de mediados del siglo XVIII, y esta tendencia masoquista sólo se volvió más pronunciada conforme el siglo llegaba a su fin.

Para 1750 PD la República (no ya "la República de Haven" sino "la República Popular de Haven") se había vuelto prisionera de una coalición de políticos profesionales (de hecho, políticos que nunca habían tenido ni estaban calificados para cualquier otra carrera) y el Quórum, ayudados y amparados por una comunidad académica en bancarrota moral e intelectual y medios de comunicación masivos que se sentían filosóficamente a gusto con los objetivos del Quórum y que se acobardaban (cuando hacía falta) por amenazas de listas negras. Que el Quórum podía tener éxito en poner periodistas en la lista negra había sido demostrado en 1746 en el caso de Adele Wasserman, una de las últimas periodistas moderadas. Su moderación, que estaba de hecho un poco a la izquierda del centro para los estándares de mediados del siglo XVII, era tildada de "conservadora" o más frecuentemente de "reaccionaria" para sus contemporáneos del siglo XVIII. Ella misma fue acusada de ser "enemiga del hombre común", "esclava de los poderes adinerados", y (la calumnia más dura de ese entonces en Haven) "elitista fiscal", y su empleador, uno de los últimos servicios de noticias independientes, fue presionado para rescindir su contrato (por "demagogia socialmente insensible e inapropiada") mediante un boicot económico, huelgas y presión gubernamental. Su despido, seguido por su posterior asentamiento en el Reino de Manticore y una carrera exitosa como teórica señera del Partido Centrista, fue la señal definitiva para cualquiera que tuviera ojos. A menos que algo extraordinario tuviera lugar, el sistema havenita vigente estaba condenado.

El problema era uno que había surgido junto con el Imperio Romano de la Vieja Tierra: cuando el poder depende del "pan y circo", aquellos en el poder se ven compelidos a dar beneficios más grandes si quieren seguir en el poder. En efecto, los políticos requerían arcas públicas sin fondo y perpetuamente repletas para pagarles a los pensionados y proveer la rapiña y corrupción que sostenían las vidas a las que ellos mismos estaban acostumbrados, y después de casi dos siglos de heridas autoinfligidas cada vez más serias, ni siquiera la alguna vez robusta economía havenita podía soportar esa carga. Se tornó evidente para las cabezas políticas que todo el edificio estaba en problemas: los ingresos impositivos no habían igualado a los gastos en más de 143 años terrestres, la investigación y el desarrollo estaban tambaleando ya que un sistema educativo cada vez más politizado (y por lo tanto inútil) difundía la cháchara pseudo-científica de la teoría económica colectivista en vez de una sensata instrucción científica; y los números menguantes de administradores industriales y técnicos verdaderamente capaces provistos por el sistema se veían cada vez más atraídos por otros sistemas estelares cuyas economías les permitían usar sus talentos y disfrutar de los beneficios subsiguientes. La "Ley de Conservación Técnica" de 1778, que revocó las visas de emigración para todos los ingenieros de investigación y producción mediante la nacionalización de su experiencia "como un recurso de la República", debía poner fin a eso, pero no pudo revertir las tendencias fatales.

El crecimiento económico real se había detenido (de hecho, la economía estaba contrayéndose), pero era políticamente imposible escapar de pagos cada vez más altos del Estipendio Vital Básico, y la estanflación resultante se convertía en una reacción autosostenida. En 1771 PD, un reporte económico altamente clasificado hecho para la Cámara de Legisladores predijo que para el año 1870 PD toda la economía colapsaría en un desastre que haría que la Gran Depresión y el Invierno Económico de 252 PD en la Vieja Tierra parecieran tibias recesiones. Los Jefes de Estado Mayor, puestos al tanto del nivel de colapso que se anticipaba, advirtieron que éste provocaría una guerra sin cuartel en las calles a medida que los ciudadanos de Haven pelearan por comida para sus familias, ya que Haven había alcanzado mucho antes una población que no podía alimentarse sin importaciones, y las importaciones no podían pagarse con una balanza comercial negativa.

El gobierno sólo vio dos posibles salidas: afrontar la realidad, terminar con el déficit fiscal, abolir el EVB y esperar a sobrevivir la reorganización catastrófica que sobrevendría, o encontrar alguna otra fuente de ingresos que mantuviera a flote al presupuesto. Era mucho pedir para ellos afrontar la posibilidad de admitir que ya no se podían pagar los intereses del futuro hipotecado de Haven, lo que significaba que sólo la segunda solución era una posibilidad real, pero ya no había más dinero que exprimir de la economía. Un grupo de legisladores aterrados sugirió esquemas draconianos para "exprimir a los ricos", pero la mayoría reconocía que tal panacea sería puramente cosmética. Al margen de sus propios bienes ocultos, los ricos representaban menos del 0,5% de la población total, y las tasas totalmente confiscatorias propuestas proveerían sólo un alivio temporal... y eliminarían tanto la inversión privada futura y las más altas categorías fiscales (que ya tenían tasas del 92% al ingreso personal y del 75% al ingreso por inversiones) como una fuente de ingresos a largo plazo. Una base impositiva autosostenida podía ser producida sólo por una clase media fuerte, y la clase media había sido sistemáticamente destruída; lo que quedaba de ella era demasiado pequeño como para sostener los gastos actuales del gobierno y lo había sido así durante casi un siglo.

Eso sólo dejó una forma posible de encontrar el ingreso necesario y el gobierno, con la cooperación del Quórum, se preparó para acometerla mediante el así llamado "Plan DuQuesne".

El primer paso fue una "Convención Constituyente" que reescribió radicalmente la Constitución havenita. Aunque mantenía una fachada democrática, la nueva constitución, al redefinir los requisitos electorales y calificaciones necesarias para ejercer cargos y otorgarle a la Cámara de Legisladores el derecho de negarse a aceptar incluso a un representante debidamente electo si la Cámara lo encontraba "personalmente incapacitado para ejercer cargo público", creó una dictadura legislativa con membresía hereditaria. No era una herencia estrictamente de padre a hijo sino una codificación del proceso de "adopción" que se había convertido en la carrera habitual de los políticos havenitas durante el siglo anterior; las verdaderas dinastías vendrían después. El segundo paso fue no limitar el gasto deficitario sino incrementarlo, esta vez con el apoyo entusiasta de las Fuerzas Armadas, que experimentaron la mayor expansión en tiempo de paz en la historia havenita. Y el tercer paso, lanzado en 1846 PD, fue adquirir ingresos adicionales de una fuente completamente nueva: la conquista militar.

Los ataques iniciales casi no tuvieron oposición. El cuadrante estaba tan acostumbrado a la idea de que Haven representaba el ideal al que toda la Humanidad aspiraba que su progresivo colapso había sido tristemente subestimado. Los problemas de Haven eran conocidos, pero se juzgó mal su severidad, y el consenso era que todos ellos podrían ser resueltos si tan sólo Haven pusiera la casa en orden. De hecho, la mayoría de los vecinos de Haven pensaban que Haven estaba en el camino correcto pero que simplemente se había salido temporalmente de control, y muchos de ellos estaban en las primeras etapas del mismo proceso en una suerte de emulación suicida del desastre. La repentina expansión de las fuerzas armadas havenitas causó algo de preocupación, pero aquellos que aseguraban que la históricamente amistosa Haven estaba contemplando acciones hostiles fueron tomados por alarmistas histéricos. Además, los otros sistemas del cuadrante empezaron a ver que sus propias economías estaban cada vez más ajustadas, y las naves de guerra y las tropas costaban dinero que se requería para sus propios programas de bienestar.

El resultado fue un tiro al pavo para la Armada Popular. Entre 1846 y 1900 PD, un período de poco más de cincuenta años, la República Popular de Haven había conquistado cada sistema estelar en un radio de cien años luz a la redonda, incorporándolos por la fuerza dentro de una nueva RPH interestelar gobernada por la ahora abiertamente hereditaria "legislatura" del sistema Haven.

Desafortunadamente para los legislaturistas, pronto descubrieron que la conquista no era la solución que esperaban. Era cierto que podían saquear las economías de los mundos conquistados, pero a menos que quisieran una insurrección servil, había un límite a lo mucho que podían destrozar sus economías subordinadas. Peor aún, la maquinaria militar necesaria para conquistar y luego patrullar su nuevo imperio costó aún más que lo que habían anticipado, particularmente conforme sus alarmados y (aún) no conquistados vecinos empezaron a armarse en respuesta. A pesar de todos los esfuerzos, sus presupuestos continuaron tercamente en la columna del déficit; simplemente no podían pagar tanto sus fuerzas armadas como el apoyo a su población subsidiada con los recursos disponibles. Había una apariencia de prosperidad en el frente doméstico, pero aquellos que estaban en posiciones informadas sabían que era sólo una apariencia. En suma, la "República" tenía sólo dos opciones: continuar expandiéndose, o colapsar.

sábado, 2 de julio de 2011

Un decálogo para los países en desarrollo

La sequía sigue y no parece dar señales de que vaya a amainar.

Esta semana les dejo una traducción hecha por un humilde servidor de un decálogo publicado por los amigos de El Opinador Compulsivo y que pienso que debería ser impreso hasta en los billetes de curso legal, a ver si de una vez por todas nos queda en la cabeza.

I. Sólo te culparás a ti mismo por tus fracasos en el desarrollo. Culpar al imperialismo, al colonialismo, y al neoimperialismo es una excusa conveniente para evitar examinarse a sí mismo.

II. Admitirás que la corrupción es la más importante causa de los fracasos en el desarrollo. Los países desarrollados no están libres de corrupción, pero con sus ingresos se pueden permitir el lujo de tener escándalos de ahorros y préstamos.

III. No subsidiarás ningún producto, ni castigarás al productor rural para beneficiar al habitante de la ciudad. Los precios altos son la única señal efectiva para incrementar la producción. Si hay disturbios debido a la falta de comida, deberás renunciar a tu cargo.

IV. Abandonarás el control estatal en favor de los mercados libres. Tendrás fe en tu propia población. Una población viva y productiva naturalmente da lugar al desarrollo.

V. No pedirás más préstamos. Obtendrás inversiones extranjeras que se paguen a sí mismas. Construirás sólo la infraestructura que se necesita y no crearás elefantes blancos o ferrocarriles que terminan en los desiertos. No aceptarás ayudas que tengan como único fin subsidiar industrias en crisis en los países desarrollados.

VI. No reinventarás la rueda. Millones de personas han transitado el camino del desarrollo. Ve por los caminos bien transitados. No sean prisioneros de ideologías muertas.

VII. Desecharás las ideas de Karl Marx de tu mente y las reemplazarás con las ideas de Adam Smith. Los alemanes han elegido. Tú los seguirás.

VIII. Serás humilde mientras te desarrolles y no le dictarás cátedra al mundo desarrollado por sus pecados. Escucharon cortésmente en los '60 y los '70, no lo harán más en los '90. [Sigue siendo relevante en los 2000].

IX. Abandonarás todos los foros Norte-Sur, que sólo promueven discursos hipócritas y gestos simbólicos. Recordarás que los países que han recibido la mayor cantidad de asistencia per cápita han tenido los fracasos más espectaculares en su desarrollo. Desecharás todas las teorías del desarrollo.

X. No abandonarás las esperanzas. Las personas son iguales en todo el mundo. Lo que Europa logró ayer, el mundo en desarrollo lo logrará mañana. Puede hacerse.

sábado, 25 de junio de 2011

Bonus Track

Muchachos, hay bonus track este sábado... la columna de Carlos Reymundo Roberts en La Nación de hoy no tiene desperdicio.

El día en que Cristina me hizo llorar

Señora, por Dios, qué emoción. Qué alegría indescriptible verla y oírla anunciar que sí, que va por la reelección , que no hay nada en este mundo que pueda apartarla de su misión histórica: seguir liderando la revolución.

Señora, me temblaban las piernas. Me puse en la parte de atrás del salón, quietito, calladito, como para no llamar la atención de nadie. Yo sólo quería ser testigo de ese momento crucial, y cuando vi que no estaban ni Hebe ni Moyano, ni Morgado ni Rachid (¿los habrán discriminado?), pensé: quedate piola porque en este club es más difícil entrar que salir.

Señora, no me había hecho los rulos, pero algo me decía que ése iba a ser el día. Por suerte, no le creí a Alberto Fernández, que desde hace meses venía diciendo (siempre en privado) que usted no se iba a presentar, que estaba anímicamente quebrada, que lloraba más de lo que hablaba.

Lo mío era pura intuición y cero información. No es que no haya preguntado: el problema es que todos me juraban que no sabían nada. Señora, me encanta ese velo de misterio. Que nos haya tenido a todos, a sus más estrechos colaboradores, a su gabinete, a sus militantes, a los medios, al país entero, encerrados en un puño. ¡Cómo disfruta del secreto, señora! A todos nos resulta más fácil compartir, prever, organizar. A usted no. Usted ama sorprender, esconder, histeriquear, hacerse esperar. Por Dios, ¡qué estadista!

Cuando me enteré de que había pedido la cadena nacional tuve la semiplena prueba. Me dije: o anuncia que se compró un nuevo modelo de cartera Louis Vuitton o confirma que va por un segundo mandato. Es decir, no había posibilidad de que fuera para una menudencia.

No sé si ya se lo dije alguna vez, pero me parece perfecto que haya roto con la tradición de usar la cadena sólo para los grandes acontecimientos. Eso es un viejazo. Fidel, Chávez y usted nos han enseñado que la palabra del Presidente es siempre de interés nacional. Incluso deberíamos extender su presencia y sus discursos a Internet. Sueño con una cadena en Google, en Twitter, en Facebook: abrir la pantalla y verla a usted, sólo a usted, reina y señora.

Mi único reparo -más duda que otra cosa- es si hace falta obligar a la gente a escuchar sus discursos. Creo que si no usara la cadena, igual todo el mundo preferiría oírla que poner música, una película, un partido o Tinelli.

Pero volvamos a la Casa Rosada. Le cuento que al ver sentados allí a Andrea del Boca, a Aníbal Fernández, a Cornide, al intendente Mario Ishii, la reflexión que me hice fue: "Señores, la revolución está servida; disfruten el banquete".

Al compañero Daniel (Scioli) lo encontré más bien seriote, y no entendí por qué: hubiese jurado que ninguna otra cosa le hacía más ilusión que usted fuera por la reelección y que usted lo ayudase a elegir a su compañero de fórmula para un segundo mandato en la provincia.

Se encendieron los micrófonos -el micrófono, su micrófono-, y allí empezó el encantamiento general. La magia. El éxtasis. Quién va a acordarse del anuncio del plan de los "LCD para Todos" si después usted, en la continuidad de sus palabras, dijo lo que dijo. Me dio un poquito de cosa, debo confesar, esos millones de personas que, al enterarse de que podían tener una TV de lujo en 60 cuotas, se largaron como locas a las tiendas y se perdieron lo mejor del mensaje: la reelección.

Bueno, es cierto que usted no usó esa palabra, ni tampoco habló de candidatura. ¿Olvido? ¿Estrategia? Nada de eso: sencillamente, estamos ante alguien distinto. Los mortales hablamos con palabras gastadas. Usted, exquisita, habló de "sometimiento a la voluntad popular". Lo comprendí muy bien: hay que someter a la voluntad popular. Recuerdo cuando perdimos las elecciones legislativas de 2009. Al día siguiente dijimos (qué bien lo hiciste, Néstor) que habíamos ganado. Cuando el campo y la ciudad se lanzaron a las calles contra la 125, dijimos que eran golpistas. Cuando los grandes medios que leen y miran las grandes masas se mostraron independientes, creamos nuestros medios. Cuando le dijimos a la gente que podía optar por la jubilación privada o la estatal y mayoritariamente eligió la privada, la estatizamos por decreto. Cuando votaron para que haya un Congreso opositor, compramos a legisladores de la oposición.

Sí, someter: nos encanta. En ello nos va la vida. No hay maldad, sino la convicción de que los argentinos queremos eso. Que nos sometan a escuchar la cadena, a comer milanesas, pescado y cerdo en cadena, y, sobre todo, a encadenarnos a las cuotas, a muchas cuotas, al votocuota, tan increíblemente rendidor.

¿El candidato a vice? Eliminado yo (ya probaré más adelante con Máximo o con Florencia), lo que usted decida está bien. Total, siempre queda el recurso del látigo, como el que disciplinó a Scioli, o del exilio, en el que Cobos se consumió.

Señora, desde mi rinconcito del salón yo la aplaudí, yo grité, yo me emocioné. Como todos y todas, me imaginé el paso triunfal hasta el 23 de octubre, la victoria sin vueltas (bueno, en primera vuelta), su saludo desde el balcón, su discurso, su homenaje a El, su llanto. Será su hora más gloriosa. Un país rendido a sus pies, en tributo justo y definitivo. Estará muy bien, señora, porque eso es lo que usted se merece. Y nosotros, todos los argentinos, también. Lo tenemos merecido.

Demasiado Grande Para Ganar

Ustedes saben cómo viene la mano acá en LBP. Hay algunos sábados en los que no me alcanza la nafta para escribir algo coherente de mi parte, y es entonces cuando recurro a algún artículo que haya leído en otro lado y que me haya resultado de interés.

Bueno, hoy es uno de esos sábados.

Les dejo a continuación una traducción propia de un artículo de Mark Steyn que puede interesarle a aquellos con afición por los temas internacionales. Es largo, así que planeen escalas para ir al baño en algún momento.

DEMASIADO GRANDE PARA GANAR

¿Por qué Estados Unidos no puede ganar guerras? Han pasado dos terceras partes de siglo desde que vimos (como el presidente Obama tan vívidamente lo describió) al "Emperador Hirohito bajando a firmar una rendición ante MacArthur". Y si no es así como lo recuerdan, olvídense de la lista formal de invitados, olvídense del certificado de rendición, y traten de pensar en un sentido más básico de "ganar".

Los Estados Unidos están peleando actualmente, en mayor o menor grado, tres guerras. La de Irak (el pantano, la guerra "mala", la invasión que desató mil demostraciones antibélicas en Occidente e investigaciones oficiales y obras de teatro y películas contra Bush) es la que menos mal está yendo. Por ahora. Y eso salvando el hecho de que el principal legado geoestratégico de nuestro gentil protectorado es que un enemigo declarado de los Estados Unidos, Irán, ha sido capaz de incrementar vastamente su influencia en el país a costa nuestra.

¿Afganistán? La "guerra buena" es ahora "la guerra más larga de los Estados Unidos". Nuestras fuerzas han estado ahí más tiempo que lo que estuvo el Ejército Rojo. La estrategia de "corazones y mentes" está yendo tan bien que ahora las tropas norteamericanas están siendo asesinadas por los afganos que mejor los conocen. ¿Ser asesinado por soldados y policías que has pasado años entrenando cuenta como una muerte en combate? Tal vez sea por eso que los medios norteamericanos desdeñan la cobertura de estas muertes: en abril, en una reunión entre la policía fronteriza de Afganistán y sus capacitadores norteamericanos, un policía afgano mató a dos soldados norteamericanos. Bueno, es un país salvaje, una vez que llegas a la frontera con Turkmenistán. Unas semanas después, de regreso en Kabul, un piloto militar afgano mató a ocho soldados y un contratista civil norteamericano. El 13 de mayo, un "equipo mentor" de la OTAN se sentó a almorzar con policías afganos en Helmand cuando uno de sus protegidos abrió fuego y mató a dos de ellos. "Las acciones de este individuo no reflejan las acciones en general de nuestros socios afganos", dijo el mayor general James B. Laster, del Cuerpo de Infantería de Marina de los EE.UU. "Permanecemos comprometidos con nuestros socios y con nuestra misión aquí.”

¿Libia? La buena noticia es que hemos reducido considerablemente el tiempo que nos lleva empantanarnos. Creo que la campaña en Libia ya está en el Libro Guinness de los Records Mundiales como el empantanamiento más rápido registrado. En una acción inspirada, escogimos respaldar al único movimiento de liberación árabe incapaz de derrocar al mandamás local aún cuando les prestas todas las fuerzas aéreas de la OTAN. Pero no se preocupen: el Presidente Obama, como dijo un funcionario al New York Times, está "liderando desde atrás". Precisamente. ¿Qué podría ser más impecablemente multilateral que un caballo de pantomima de coalición compuesto enteramente por partes traseras? Aparentemente sería "ilegal" apuntarle al coronel Qaddafi, así que nuestro objetivo estratégico es matarlo por accidente. Hasta ahora hemos matado a un hijo y un par de niestos. Quizás para el momento en que lean esto hayamos agregado a una o dos tías solteronas a la colección de trofeos. No está precisamente claro el porqué matar al viejo travesti de la cara poceada sería una prioridad para los Estados Unidos ahora, pero esperemos que ocurra pronto, porque de otro modo no habrá forma de saber cuándo esta "guerra" estará "terminada".

De acuerdo a los gustos partidarios, se puede echar la culpa de este trío de desastres actuales a Bush o a Obama, pero en el gran esquema de las cosas son parte de un patrón de conducta que precede a cualquiera de los dos, y que se remonta a no-victorias grandes y pequeñas; Somalía, la Primera Guerra del Golfo, Vietnam, Corea. En la columna más definida del balance tenemos... veamos: Granada en 1983. Y dado que ese fue un pequeño asunto de limpieza post-colonial que Gran Bretaña debería haber atendido pero no quiso hacer, uno puede sostener que incluso ese solitario triunfo sostiene una narrativa más amplia de la endeblez occidental. De cualquier forma, el único triunfo militar sin ambigüedades de los Estados Unidos desde 1945 es una pequeña isla en el Caribe que tiene a la reina Isabel II como jefa de Estado. Para el 43% del gasto militar global, eso no es mucho retorno de inversiones.

El intervencionismo inconclusivo tiene consecuencias. Corea nos llevó a los norcoreanos con armas nucleares. Los helicópteros derribados en el desierto iraní nos llevaron a los mullahs con armas nucleares. La Primera Guerra del Golfo nos llevó a la Segunda Guerra del Golfo. Somalía nos llevó al 11 de Septiembre. Vietnam nos llevó a todo, en el esentido de que su trauma penetró tan profundamente en la psiquis colectiva norteamericana que erosionó la capacidad de pensar claramente en la guerra como una herramienta de propósito nacional.

Durante medio siglo, la Guerra Fría sirvió de encubrimiento. Al comienzo de la así llamada Era Americana, Washington escogió bajar el perfil de la hegemonía norteamericana y en su lugar creó y financió instituciones transnacionales en las que la superpotencia no-imperial se menospreciaba tanto a sí misma que infló de manera artificial la condición de todos los demás en una especie de programa de acción afirmativa geopolítica. En la esfera militar, esto fue la OTAN. Si las críticas contra el Consejo de Seguridad de la ONU es que no es más que el desfile de la victoria de la Segunda Guerra Mundial preservado en gelatina, la OTAN son los escombros de la Europa de postguerra preservados como sala de situación. En 1950, los Estados Unidos tenían una supremacía única sobre el "mundo libre" y podían darse el gusto de ser generosos, así que lo fueron: teníamos más dinero que el que podíamos usar, así que salvamos a nuestros aliados del costo de pagar su propia defensa.

Pero 1950 ya pasó. Las economías continentales se recuperaron, Europa se enriqueció y también lo hicieron Japón y los tigres asiáticos. Y en Washington nadie se dio cuenta: continuamos pagando, estableciendo guarniciones no en colonias remotas sino en algunas de las naciones más ricas de la historia. Gracias al bienestar militar norteamericano, la OTAN es una alianza militar compuesta por países que ya no tienen fuerzas armadas. En la Guerra Fría esto tenía una especie de lógica: Europa era el campo de batalla designado, así que aunque tuvieran o no tanques, ellos tenían literalmente el pellejo en juego. Pero la Guerra Fría terminó y la OTAN permaneció, evolucionando en una especie de Superamigos globales compuestos por tipos que ni son Super ni se aprecian demasiado. Al comienzo de la campaña afgana, Washington invirtió considerables esfuerzos diplomáticos en incitar a sus aliados a los gestos más simbólicos de participación en la guerra: la cumbre de la OTAN en 2004 fue elogiada como un hito exitoso luego de que los veintiséis miembros de la alianza se comprometieran a aportar seiscientas tropas y tres helicópteros extra. Esto representa en promedio 23,08 soldados por país, junto con casi la novena parte de un helicóptero. Media década de estancamiento después, Washington estaba invirtiendo todavía más esfuerzo en incitar a sus aliados a los gestos más simbólicos de transnacionalismo amariconado no combatiente: sabemos que, bajo reglas de empeñamiento cada vez más refinadas, ciertos aliados no saldrán de noche, o en la nieve, o en provincias en donde hay combate, así que para el aquelarre de la OTAN en 2010, Robert Gates se vio reducido a protestar porque los 450 "capacitadores" prometidos por los aliados para el Ejército Nacional Afgano no se habían materializado. Supuestamente 46 naciones contribuyen al esfuerzo aliado en Afganistán, así que eso sería unos diez "capacitadores" por país. Imagínense si la energía gastada en estos ridículas (y en algunos casos profundamente perniciosas) hojas de parra transnacionales hubieran sido dirigidas por canales más convencionales, digamos, identificar el interés nacional de los Estados Unidos e ir tras de él.

La Guerra Fría también deja otras sombras. En Corea, los EE.UU. se negaron incluso a cortar las líneas de suministros de sus enemigos chinos. No puedes ganar así. Pero en la era nuclear, la guerra total (una guerra con naciones reales, con fuerzas armadas en serio) era demasiado terrible como para considerar, así que incluso en las peleas de intermediarios en los rincones recónditos del Tercer Mundo la preocupación principal era tapar las cosas, aún al precio de la victoria. Y para el fin de la Guerra Fría, esa clase de pensamientos habían echado raíces. El enfrentamiento de disuasión nuclear entre los Estados Unidos y la Unión Soviética degeneró en un mundo unipolar de autodisuasión norteamericana. De no ser por los bravos pasajeros del Vuelo 93 y las peculiaridades del calendario social de la Oficina Oval, el cuarto avión del 11 de Septiembre hubiera logrado golpear la Casa Blanca, decapitando al gobierno, dejando una ruina humeante en el corazón de la capital y dejando la república en manos de Robert C. Byrd o algún otro capricho de la sucesión presidencial. Y sin embargo, al permitir que su rincón tóxico sea usado como base para el ataque extranjero más destructivo contra los Estados Unidos en dos siglos, o el mullah Omar descartó la posibilidad de la destrucción total y devastadora de su país, o no le importó.

Si es la primera opción, de seguro tenía razón. Luego de la batalla de Omdurman, Hillaire Belloc hizo un seco resumen de la ventaja tecnológica:

Pase lo que pase
Nosotros tenemos
La ametralladora Maxim
Y ellos no.

Pero supongamos que ellos saben que nunca usarás la ametralladora Maxim. En cierto nivel, la disuasión creíble depende de un enemigo creíble. La Unión Soviética se desintegró, pero el instinto de desescalar de la superpotencia sobreviviente se intensificó: en Kirkuk o en Kandahar, cada señor de la guerra liliputiense rápidamente comprendió que puedes provocar al Gulliver infiel con relativa impunidad. La Destrucción Mutua Asegurada cuajó en una Inconstancia Masivamente Aplicada.

Aquí me separo un poco de mis colegas del National Review que se preocupan por los inevitables recortes del presupuesto de defensa. Claramente, si una nación es responsable de casi la mitad del presupuesto militar del mundo, hay muchos que no hacen su aporte. El Pentágono gasta más que las fuerzas armadas de China, Gran Bretaña, Francia, Rusia, Japón, Alemania, Arabia Saudita, India, Italia, Corea del Sur, Brasil, Canadá, Australia, España, Turquía e Israel juntas. ¿Entonces por qué no se siente como si así fuera?

Bueno, precisamente por esa razón: si gastas más que todos los rivales serios juntos, entonces eres algo más que la fuerza militar de un estado nacional convencional. ¿Pero qué exactamente? En los noventa, a los franceses les gustaba quejarse de que la "globalización" era un eufemismo para la "norteamericanización". Pero se puede invertir fácilmente esa fórmula: "norteamericanización" es un eufemismo de "globalización", en la que el viejo forrado geopolítico está tan ocupado pagando la cuenta de los pedidos globales que pierde toda noción de interés nacional. Así como Hollywood hace ahora películas para el mundo, el Pentágono hace guerra para el mundo. Los lectores estarán cansadamente familiarizados con la tendencia de los íconos arraigados de la cultura pop de volverse transnacionales; la otra semana Superman se subió al podio de las Naciones Unidas para renunciar a su ciudadanía norteamericana basándose en que "la verdad, la justicia y el estilo norteamericano" ya no le alcanzaban. Mi favorito de los últimos años fue el intento de reinventar a G.I. Joe como un acrónimo multilateral con base en Bruselas, el Global Integrated Joint Operating Entity (Entidad Integrada Conjunta Global Operativa). Creo que ellos están manejando la operación en Libia.

Un ejército tiene que librar guerras en nombre de algo real. Para bien o para mal, "rey y país" es algo real y también, sobre todo para mal, lo son las lealtades tribales en las sangrientas guerras civiles africanas. Pero no sorprende que sea difícil ganar guerras libradas en nombre de algo tan quimérico como "la comunidad internacional". Si estás haciendo la guerra en nombre de un concepto ilusorio, ¿es siquiera posible tener objetivos de guerra? ¿Cuales son los nuestros? "(Nosotros) estamos en afganistán para ayudar al pueblo afgano", dijo el general Petraeus en abril. En algún lugar hay generaciones de imperialistas de la vieja escuela aullando de furia, y no sólo por el concepto de "pueblo afgano". Pero cuando eres la fuerza expedicionaria del parlamento de la humanidad, ¿qué otra cosa hay?

La guerra es el infierno, pero la tutoría global es el purgatorio. En ese sentido, la demorada liquidación de Osama bin Laden puede ser menos relevante estratégicamente que la reciente revelación que 60 Minutos hizo de "Tres Tazas de Té" de Greg Mortenson. Este es el libro best-seller que el Pentágono le da a oficiales destinados a Afganistán, cuyo célebre autor se ha reunido con nuestros máximos comandantes en varias oportunidades. Y es una farsa. A pesar de todo, ha tenido un profundo efecto de transformación cultural... en nosotros. "Es notable", me decía entre risas un diplomático indio. "En Afganistán, los norteamericanos toman más té ahora que los británicos. Y ni siquiera les gusta". En 2009, recordemos, el Pentágono representaba el 43% del gasto militar del planeta. A este paso, también representarán el 43% del consumo planetario de té en 2012.

La construcción nacional en Afganistán es el ne plus ultra de una cruzada de tontos. Pero aún si alguien estuviera dispuesto, la "construcción nacional" efectiva se hace según el interés nacional del constructor. Los británicos rehicieron a la India a su imagen, con un parlamento estilo Westminster, derecho anglosajón y un sistema educativo inglés. ¿A imagen de quién estamos construyendo Afganistán? Ocho meses después de que Petraeus anunciara su última idiotez, la iniciativa de la Policía Local Afgana, Oxfam reportó que la recién constituída PLA era un antro de tortura y pederastia. Casi todas las instituciones afganas lo son, claro. Pero durante la mayor parte de la historia humana se las han arreglado para practicar ambos hobbies sin subvenciones internacionales. El contribuyente norteamericano acepta agotado el costo de subsidiar los poetas cowboys de Nevada y las compañías de mimos de San Francisco, pero aún para esos generosos estándares de preservación cultural, es difícil ver por qué debería facilitar las tradicionales preferencias de los hombres pashtunes con el ojo puesto en "los niños bailarines de Kandahar”.

Lo que nos lleva de regreso a esas Tres Tazas de Té. Así que la Entidad Integrada Conjunta Global Operativa está construyendo escuelas en Afganistán. Gran cosa. El problema, tanto en Kandahar como en Kansas, no son los edificios sino lo que se enseña dentro de ellos, y no tenemos el estómago como para meternos en eso. Así que, ¿cuál es el punto de construir una mejor infraestructura para la infame cultura tribal de Afganistán? ¿Qué interés tenemos en el atraso de última generación?

La beneficencia transnacional es la correción política cuando sale de gira. Toma las presunciones relativistas del equipo multiculti y las aplica en lo geopolítico: la carga del hombre blanco se convierte en la culpa progresista. Ninguna nación rica y desarrollada debe tener un interés nacional, porque un interés nacional es un interés egoísta. Afganistán empezó de forma egoísta; una campaña militar audazmente original, brillantemente ejecutada, para quitar a tus enemigos del poder y matar a tantos tipos malos como fuera posible. Después los Estados Unidos se pusieron sobrios y llevaron a una sorprendente excepción nuevamente de acuerdo con la regla. En Libia o en Kosovo, la guerra sólo es legítima cuando no tienes ningún interés nacional concebible en cualquier conflicto que estés peleando. El hecho de que no tengas ninguna meta en él justifica que te metas en él. El razonamiento principal es que no hay ningún razonamiento, ¿y quién podría oponerse a eso?. Cuando se la aplica globalmente, la corrección política nos obliga a renunciar a la soberanía. Y una vez que haces eso, como lo preguntaron célebremente Country Joe y el Pez, es ¿un-dos-tres, por qué estamos peleando?

Cuando eres responsable de la mitad del gasto militar mundial y del 80% de la investigación y desarrollo militar, se pueden decir ciertas cosas con seguridad: nadie se va a meter en unja guerra nuclear con los Estados Unidos, o una batalla de tanques a gran escala, o incluso con una "pelea de perros" aérea. Eres el Microsoft, el Standard Oil de la guerra convencional: si les interesara competir en este campo, las potencias militares de segunda línea ya hubieran hecho una denuncia por actividad monopólica en el Departamento de Justicia. Cuando eres el único tipo en el pueblo con una raqueta de tenis, no te sorprendas de que nadie quiera ir contigo a jugar, o que haya provocadores buscando otros campos en los que jugar. En las primeras etapas de las guerras de este siglo, los DEI eran detonados mediante teléfonos celulares e incluso controles remotos de garage. Así que el Pentágono empezó a interferirlos. El enemigo se degradó a detonadores más primitivos: no puedes interferir un hilo. El año pasado, se informó que los Taliban habían desarrollado DEI libres de metal, que los hacían prácticamente indetectables: en vez de dos hojas de metal y vainas de artillería, empezaron a usar hojas de grafito y nitrato de amoníaco. Si tienes infantes uniformados y tanques y acorazados y cazas a reacción entonces eres demasiado débil para enfrentarte a la hiperpotencia. Pero, si tienes pastores analfabetos con hilos y hojas y fertilizante, puedes aferrarla durante una década. Un DEI es un dispositivo explosivo "improvisado". ¿Podemos todavía improvisar? ¿O acaso las fuerzas armadas más fastuosamente financiadas del mundo han asumido que se pueden dar el lujo de no adaptarse al mundo en el que viven?

En la primavera de 2003, en la autopista desierta entre la frontera jordana y el pueblo de Rutba, me encontré con mi primer tanque iraquí quemado, una chatarra chamuscada volteada sobre su costado. Estacioné, caminé alrededor de ella, y me puse a pensar sobre el destino de los hombres que estaban dentro. Parecía algo patético que, enfrentándose a una invasión de los Estados Unidos, estos conscriptos iraquíes se hayan tomado el trabajo de entrar y conducir esa cosa hacia donde fuera que estaban yendo cuando la muerte les cayó de las estrellas, o de Diego García, o de Missouri. Sin embargo, todavía entonces recordé las palabras del gran estratega de la guerra blindada, Basil Liddell Hart: "La destrucción de las fuerzas armadas del enemigo es sólo un medio, y no necesariamente uno inevitable o infalible, para lograr el objetivo real". El propósito de la guerra, escribió Liddell Hart, no es destruir los tanques del enemigo sino destruir su voluntad.

En vez de eso, los Estados Unidos han comprado la tesis de Thomas Friedman, promulgada por el gran pensador del New York Times en enero de 2002: "A pesar de toda la cháchara sobre los tan cacareados combatientes afganos, esta fue una guerra entre los Supersónicos y los Picapiedras, y los Supersónicos ganaron y los Picapiedras lo saben”.

Pero no lo hicieron. No sabían que habían sido derrotados. Porque no lo fueron. Porque no destruimos su voluntad, como destruimos la de los alemanes y japoneses hace dos tercios de siglo, y como de seguro no lo haríamos si estuviéramos peleando la Segunda Guerra Mundial hoy. Eso no es un argumento en favor de un ataque nuclear o de un bombardeo a gran escala, sino a favor de una visión clara y fría. Cuando se le preguntó cómo reaccionaría si el Ejército Británico invadiera Alemania, Bismark dijo que despacharía a la policía local para que lo arrestara: esa fue una aguda burla teutónica hacia el modesto tamaño de las fuerzas de Su Majestad Británica. Pero ese es el punto: los británicos lograron mucho con poco; en la cumbre del imperio, un número insignificante de anglo-celtas controlaron todo el subcontinente indio. Una cultura con confianza puede dominar a números mucho mayores de personas, como Inglaterra lo hizo durante buena parte de la historia moderna. En contraste, en una era de Inconstancia Masivamente Aplicada, gastamos una fortuna yendo a la guerra con una mano atada a la espalda. El Complejo Militar Industrial Global Operativo del Cuarenta y Tres Porciento no es demasiado grande como para fracasar, pero quizás es demasiado grande como para ganar, como lo entienden nuestros enemigos.

Y seguimos tropezando, con instituciones de la Guerra Fría, sensibilidades transnacionales, obsequiosidad políticamente correcta, construcción pseudo-nacional pedante y fraudulenta, cachivaches caros, poca voluntad y ningún objetivo bélico... pero con verdaderas vidas norteamericanas. "Estos Colores No Se Rinden", dice la camiseta. Pero a falta de un propósito nacional, se desangran hasta convertirse en una mancha gris en un horizonte distante. A sesenta y seis años de la victoria ante Japón, la forma de hacer la guerra de los Estados Unidos necesita ser reinventada de arriba a abajo.
Hasta el próximo sábado.

sábado, 18 de junio de 2011

Saltar el tiburón

Este sábado vamos a hacer un alto sobre la corruptela y bancarrota moral del lobby derechohumanista. Todo lo que se pueda decir ya ha sido dicho, y si bien hace falta repetirlo y repetirlo hasta que no quede duda, el texto que les dejo a continuación me pareció demasiado bueno como para dejarlo pasar.

Es largo y está pensado para la situación de Estados Unidos, pero vale la pena y mucho porque en bastante pasajes nos describe demasiado bien... y en otros sólo hace falta un poquito de imaginación para ver las situaciones que describe ocurriendo bajo la Celeste y Blanca.

Se intitula "Cuando el Gobierno salta el tiburón", y su autor es Walter Russell Mead. El original en inglés se puede encontrar aquí.

Disfrútenlo y hasta la semana que viene.

Cuando el Gobierno "salta el tiburón"

Walter Russell Mead

En mi último post, escribí acerca del "Fanniegate", los escandalosos negociados hechos por demócratas bien conectados que arruinaron el sistema financiero del país. No es que los republicanos no se hayan sumado a la joda o que no hubiera maléficos republicanos de gran riqueza abusando la confianza pública de otras formas. El colapso moral e intelectual de la elite norteamericana es un asunto robustamente bipartidista y hay bastante barro para tirar por todos lados.

Pero Fannie Mae representa un problema especial para el Partido Demócrata y para los ideales demócratas. No es solamente una institución de vital importancia conducida por prominentes demócratas y parte de una amplia red de clientelismo demócrata; Fannie Mae es una de las instituciones originales del New Deal y la visión que buscaba servir está en el corazón de las preocupaciones del Partido Demócrata del Siglo XX.

La caída de Fannie Mae es mucho más que otro simple escándalo de políticos descontrolados. Se mantiene como una señal entre tantas de que nuestra forma de vida actual está llegando a su límite y que hay grandes cambios en el horizonte. La debacle del Fanniegate nos dice que el ideal progresista está en el proceso de "saltar el tiburón".

Saltar el tiburón, como lo saben muchos lectores, es una expresión del maravilloso mundo de la televisión. Cuando la premisa original de un programa se torna rancia, los productores tratan de recuperar el interés de la audiencia poniendo a personajes familiares en contextos inverosímiles donde les pasan cosas extrañas - notablemente, cuando Fonzie literalmente saltó por encima de un tiburón cuando "Los Días Felices" estaba en sus últimos años. Cuando algo salta el tiburón, la espiral de muerte se ha vuelto indetenible; el programa ya no tiene ningún lugar a donde ir excepto hacia abajo.

El ideal progresista de los últimos 100 años está llegando a ese punto. En su momento el ideal progresista era revolucionario e incluso noble. Una elite burocrática y profesional mediaría los conflictos sociales entre ricos y pobres, mejorando las vidas de los pobres a la vez que diseñaría las mejores soluciones administrativas posibles para los problemas sociales acuciantes. Una administración macroeconómica keynesiana aseguraría una prosperidad duradera; un sistema fiscal progresivo distribuiría los beneficios de la prosperidad de la manera más amplia posible. Los niveles de educación crecerían conforme más y más estadounidenses pasaran más y más años en la escuela.

El progresismo sostuvo la esperanza de que el capitalismo, la democracia y la historia misma pudieran todos ser domados por una administración profesional competente. El capitalismo victoriano había sido brutal, perturbador, competitivo. La sociedad se había tornado más desigual aún cuando los estándares de vida crecieran gradualmente. La democracia era irresistible, pero las masas carecían de educación. La era progresista moderna nació en tiempos de gran violencia y desorden. La Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la Gran Depresión, el auge del fascismo, la Segunda Guerra Mundial, la invención de las armas nucleares y el comienzo de la Guerra Fría: es contra este contexto que los progresistas buscaron convertir la vida moderna en algo seguro y domesticado.

No puedo culpar a cuatro generaciones de intelectuales progresistas por querer hacer que la vida fuera un poco menos brutal e impredecible, ni deberíamos tampoco pasar por alto los éxitos que lograron. A pesar de todo, el Fonz ha dejado el edificio; hoy el paradigma progresista no puede servir como base de una política nacional sensata.

El ciclo vital de un paradigma político de gobierno es diferente del ciclo de una sitcom televisiva. Hace falta más para hundir una forma de vida que para hundir a una sitcom, y las consecuencias son mucho más desastrosas. Pero para comprender lo que significa decir que el progresismo está saltando el tiburón, veamos las etapas de la vida de un programa gubernamental progresista.

En la primera etapa de un programa gubernamental, existe un problema social terrible que tiene a las personas enloquecidas de preocupación. No hay suficientes chicos entrando a la universidad. Las familias de clase media no pueden conseguir hipotecas para sus casas. El río sigue inundando el pueblo. Ancianos enfermos que han trabajado toda su vida están comiendo comida para gatos en la jungla de los sin techo.

El gobierno ofrece una solución que arreglará el problema a un costo relativamente modesto. Es el héroe que desata a la heroína de las vías del ferrocarril mientras se acerca el tren. Es el Llanero Solitario cabalgando hacia el pueblo para ocuparse de los villanos. El programa de gobierno en esta etapa temprana es la Gran Esperanza Blanca: una vez que lo pongamos en marcha, cree la gente, la vida mejorará.

Suele ser así, y un programa gubernamental bien establecido y operativo se vuelve muy popular en la siguiente etapa. Los jubilados cobran cheques de la Seguridad Social, y el costo para aquellos que siguen trabajando es muy bajo. Familias con mejores condiciones crediticias están construyendo casas porque los administradores federales del mercado le permiten a los bancos prestar má; más casas significan más trabajos de construcción. La vida mejora, y la mayoría percibe que los beneficios claramente superan los costos. En esta segunda etapa de su vida, la Gran Esperanza Blanca se convierte en el Gran Padre Blanco en Washington, que distribuye benignamente los beneficios entre una población adoradora.

El programa gubernamental se ocupa de la necesidad que debía atender, y los ciudadanos ven a sus representantes con gratitud y afecto. Los granjeros cobran sus cheques de subsidios, los padres pobres usan sus vales de comida para alimentar a sus hijos, aquellos que tienen casa propia por primera vez consiguen hipotecas a bajo costo por monedas, y los ancianos resplandecen en el brillo de Medicare. Todo está bien.

Desafortunadamente, el ciclo continúa.

En esta tercera etapa, la ley de los retornos decrecientes se asienta. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército ha construido todos los diques verdaderamente útiles para controlar las inundaciones, pero existe una enorme burocracia comprometida con construir más, y existe un enorme lobby de constructores de diques en el sector privado que quieren nuevos negocios. De manera perversa, conforme disminuye el valor de los nuevos proyectos, las fuerzas políticas que impulsan esos nuevos proyectos se tornan más fuertes. Los burócratas reescriben las guías de trabajo, los analistas de costos y beneficios empiezan a manipular los números para pintar bien a los malos proyectos, y el lobby de los diques presiona al Congreso para que el dinero siga fluyendo a pesar de esos llorones e insatisfechos que berrean sobre los problemas ambientales y otros perjuicios.

En este punto el programa entra en la tercera etapa de su vida: es ahora un Gran Elefante Blanco. Es un enorme y costoso programa que produce menos y menos bienes a un costo más y más alto. Fannie Mae deja de ayudar a los que realmente merecen créditos a que consigan hipotecas sostenibles mediante procesos simples y efectivos. La política habitacional federal se torna crecientemente compleja conforme se van agregando nuevas capas y niveles de subsidios y promociones. Mientras los incentivos se desordenan más y más, el país empieza a sobreinvertir en vivienda; los consumidores empiezan a comprar más casas que las que necesitan porque el apoyo gubernamental hace que el sector vivienda se convierta en una inversión atractiva.

El proceso del Elefante ocurre de muchas formas. Los programas de salud se inflan con adornos y agregados; los programas que originalmente debían proveer cuidados médicos básicos se hinchan gradualmente hasta convertirse en monstruosidades caras. ¿Hay que cubrir los tratamientos quiroprácticos? ¿Los psiquiátricos? ¿La acupuntura? Y ya que el gobierno paga por el cuidado, ¿no debería regular quién provee la cobertura médica mediante licencias? Los costos suben, los procedimientos se complejizan, los esfuerzos de control de costos desembocan en más papeleo.

Al crecer de manera pavorosa la expectativa de vida en los últimos sesenta años, la Seguridad Social pasó de ser un pequeño y modesto programa para ayudar a que las personas pasen los últimos años de su vida con algo de dignidad para convertirse en la idea de que veinte años de vida fácil y saludable deben ser un derecho social. Medicare empieza a cubrir más y más tratamientos para más y más personas por períodos de tiempo más y más largos.

Poco a poco, se asienta una expansión en los objetivos iniciales. Un poderoso conjunto de intereses se organiza en torno al programa gubernamental. El lobby inmobiliario busca formas de extender las garantías de Fannie Mae a más personas. Los programas y subsidios se tornan progresivamente más complejos y menos comprensibles. Sucesivas oleadas de "reformas" generalmente empeoran las cosas conforme los interees especiales se enfocan con creciente poder en alterar los programas para lograr sus propias necesidades y objetivos.

La cuarta etapa de vida llega cuando el Gran Elefante Blanco se metamorfosea en un Gran Tiburón Blanco: un terror de las profundidades y devorador de hombres que ataca impiadosamente a cualquiera que se interponga en su camino. En esta etapa el programa gubernamental deja de ser un desperdicio y se convierte en insostenible. Fannie Mae pasa de otorgar hipotecas a familias crediticiamente sostenible a otorgar vastas cantidades de hipotecas a hogares que no merecen créditos, envenenando el sistema financiero con préstamos tóxico. Medicare es insostenible a mediano plazo y enormemente caro en el día a día, aún mientras los procedimientos y regulaciones de Medicare distorsionan las decisiones de inversión en todo el sistema de salud.

Pero aún mientras estos programas se vuelven insostenibles, se han vuelto tan poderosos (hay tantos intereses e industrias que se enriquecen con estos programas, y tantas familias para las que estos programas se han vuelto los cimientos de la poca seguridad financiera que tienen) que no se los puede tocar. Una forma de darse cuenta cuándo un elefante se convierte en un tiburón: cuando los opinólogos y políticos empiezan a referirse a un programa gubernamental como un "tercer riel": si lo tocas, mueres.

El Gran Tiburón Blanco es una amenaza que no puede ser controlada. El programa se ha salido de control: el Cuerpo de Ingenieros del Ejército no está construyendo solamente diques inútiles. Construye malos diques. Los subsidios a la agricultura no sólo incentiva a los granjeros a plantar cosechas inútiles; al subsidiar el etanol están contribuyendo a una inflación en el precio de los alimentos que amenaza la estabilidad política de países como Egipto. Pero mientras los programas necesitan reformas más que nunca, las reformas se tornan imposibles. Si tratas de evitar que Fannie Mae tiente a los pobres residentes de las ciudades a tomar hipotecas ruinosas que los dejarán peor que antes a la vez que llevan a la economía global al borde de la ruina, el lobby racial (ayudado y sostenido por el lobby inmobiliario) te tildará de racista y de enemigo del Sueño Americano.

El problema hoy es que no estamos viendo solamente uno o dos programas gubernamentales que han sucumbido a la elefantiasis o que se han convertido en tiburones; el complejo progresista de políticas sociales y económicas en su conjunto ha alcanzado este punto. Hoy en día muchos de nuestros programas del New Deal o de la Gran Sociedad son o elefantes o tiburones. Hacen que o malgastemos recursos escasos de manera ineficaz o nos amenazan con la ruina al convertirse en asesinos presupuestarios políticamente intocables.

El progresismo en sí mismo, no sólo los programas gubernamentales individuales que prohíja, está moviéndose a lo largo del mismo ciclo vital. Los problemas sociales más urgentes que el progresismo se había propuesto resolver ya han sido atendidos. El trabajo infantil y los linchamientos ya no son habituales en los Estados Unidos. Los tesoros naturales y escenarios más grandiosos del país están protegidos mediante el sistema de Parques Nacionales. La comida ya no es tan peligrosa, los edificios se construyen de mejor manera, losautos son más seguros, el aire y el agua están en mejores condiciones y la megafauna carismática (los grandes animales interesantes) han sido salvados de la extinción. Mucha más gente tiene mucho másacceso a la educación hoy en día que hace cien años; lo mismo se puede decir sobre tratamientos médicos que salvan vidas.

La visión progresista ha mutado de Gran Esperanza Blanca y Gran Padre Blanco a Gran Elefante Blanco a lo largo de los años. Los primeros progresistas se ocupaban de la fruta que estaba en las ramas más bajas del árbol; atendían los problemas más importantes y más susceptibles a la intervención progresista. De manera creciente se tienen que quedar con enfoques más caros y menos efectivos para grandes problemas (como el caso de Obamacare), o la agenda deja de lado cuestiones de gran significado moral y político como la igualdad de derechos para los afroamericanos para ocuparse de cuestiones menos significativas como la aceptación social de los transexuales. Elevar el porcentaje de jóvenes norteamericanos que van a la universidad del 2 al 20 por ciento es un logro significativo; extenderlo del 40 por ciento al 60 por ciento de seguro costará mucho más y logrará mucho menos en términos de aumentar la productividad social.

Vemos ahora a la agenda progresista ocupándose de temas tales como los trenes de alta velocidad, donde las ganancias son tan escasas y las razones son tan pobres desde el comienzo que el programa es un elefante blanco antes de que se lo pueda implementar.

El feroz compromiso de los lobbies progresistas de hoy con instituciones y programas disfuncionales ha llevado las cosas a una etapa de crisis; el legado progresista está mutando de elefante a tiburón blanco. Los ataques feroces contra cualquiera que busque reformar instituciones que ya no funcionan se combinan con una devoción irracional por beneficios insostenibles. Los "progresistas" de hoy están demasiado determinados a lograr dos fines incompatibles: una expansión indefinida de los beneficios y merecimientos por un lado, y la preservación e incluso extensión de organizaciones y métodos ineficientes por el otro. Todos deben tener una educación universitaria, pero la arcaica e ineficiente organización de las universidades no puede ser tocada. Los servicios públicos deben ser ampliamente expandidos, pero cualquier esfuerzo por contener las jubilaciones y beneficios de los empleados públicos, o por recortar el tamaño de la fuerza laboral pública a través de una mayor eficiencia, debe ser combatido hasta el amargo final.

Desafortunadamente, el proceso no acaba aquí. Cuando suficientes programas progresistas se vuelven tanto insostenibles como intocables, entramos en la etapa final. Ya es bastante malo que un programa gubernamental se convierta en un tiburón; es mucho, mucho peor cuando un paradigma social completo va más allá de la etapa del tiburón. Un cúmulo de políticas e instituciones insostenibles pero intocables llega tarde o temprano al punto en el que ya no amenaza con llevar al país a la ruina en algún punto indefinido del futuro: la ruina inminente nos está mirando a la cara.

Esto es parte de lo que pasó en Irlanda, Grecia y Portugal, y lo que todavía puede ocurrir en Italia y España. Políticas gubernamentales desastrosas se volvieron políticamente blindadas aún mientras se tornaban más insostenibles hasta que de pronto no pudieron ser sostenidas más y todo el sistema se desmoronó.

Cuando eso pasa, lo que se desmorona no es sólo un programa. Todo un sistema, todo un contrato social se viene abajo. Y si los colapsos en esas economías periféricas de Europa estremecieron a la Unión Europea y a la economía mundial, un desmoronamiento a escala completa en los Estados Unidos podría ser un shock tan profundo como el colapso de 1929. No sería solamente un desastre económico para los Estados Unidos; probablemente sea un desastre histórico que lleve a la crisis, al desorden y a la guerra en todo el mundo.

La quinta y última etapa, que uno desearía que nunca viésemos, lleva la transformación un tenebroso paso más allá. Al dejar de ser un simple gran tiburón blanco, el ideal progresista se convertiría en un gran destructor, una figura mítica como la Gran Ballena Blanca en "Moby Dick". Perseguir a la ballena es una locura; el capitán Ahab, a pesar de las advertencias y presagios, persiste en su demencial cacería del ideal inalcanzable, de la bestia indomable. El desastre y la bancarrota acechan desde todos lados, pero el capitan sigue inexorable en su curso. Al final, cuando algo no puede seguir para siempre, llega a un alto. La ballena se vuelve contra el barco y lo destroza en pedazos en el mar.

El Fonz pudo saltar el tiburón y "Los Días Felices" moriría una muerte lenta conforme el aire se escapaba del programa. Cosas mucho más dramáticas ocurren cuando un paradigma social salta el tiburón. Hemos visto un vistazo de lo que eso es durante el colapso financiero; hemos visto otros buques despedazados por grandes ballenas en todo el mundo.

Esto no debe ocurrir en los Estados Unidos. No podemos tirar por la borda las esperanzas que nos fueron confiadas en un esfuerzo fútil por sostener programas insostenibles a la sombra de la bancarrota y del colapso.

Nos estamos acercando al momento en el que las falsas promesas ya no se pueden sostener. Hay algo de tiempo todavía. No hemos, creo yo, saltado el tiburón todavía. La reforma todavía es posible, aunque los grandes tiburones blancos que rodean nuestro barco son formidables y están hambrientos.

Todavía podemos actuar para conservar los logros esenciales de la era progresista mientras nos preparamos para dejarla atrás. Pero sólo una reforma agresiva y acelerada puede lograrlo. Tiene que empezar pronto. El dinero se está acabando.

Las batallas políticas para cambiar el curso y domar o matar a los tiburones enloquecidos serán duras, pero ganar esa batalla es mucho mejor que perderla, o que no lucharla por cobardía. "Tiburón" es una película que asusta, pero tiene un final mucho más feliz que "Moby Dick".

Los Estados Unidos deben domar y reformar los programas e ideas que se descontrolaron y que golpean las bandas de nuestro barco. Debemos imponer nuestra voluntad sobre el caos fiscal antes de que el caos imponga su voluntad sobre nosotros.

El gobierno de los Estados Unidos no debe saltar el tiburón.

sábado, 11 de junio de 2011

Reflexiones sobre la desgracia de las Madres

En BlogBis, el coblogger Max postuló una teoría bastante interesante: la reacción de la izquierda argentina (que lo es aunque se esconda tras la pátina de "progresismo") ante el escándalo de corrupción de las Madres de Plaza de Mayo es similar a la que nos toca inicialmente a los católicos cuando a un cura lo acusan de pedofilia; es la destrucción del referente moral.

Posteriormente y según se sucedían las revelaciones y los esfuerzos de algunos por despegarse de las bonafinistas ahora caídas en desgracia, la metáfora religiosa se fue expandiendo hasta equiparar las travesuras financieras del parricida con aquella infame "venta de indulgencias" que propició la Iglesia Católica en el siglo XVI para pagar la remodelación de la Basílica de San Pedro.

Y el resultado es terriblemente similar: se provoca un cisma, acá entre los que se mantienen pegados a Bonafini y los que ya no saben qué hacer para despegarse de ella y a la vez quedarse con la bandera de los derechos humanos, y allá en la Europa de la incipiente modernidad entre los que siguieron junto a la Iglesia y los que se sumaron a Lutero y a los otros precursores de la Reforma Protestante.

Al cisma luterano le siguió un período de violencia religiosa que tuvo su expresión máxima en la Guerra de los Treinta Años; todavía queda por verse de qué manera se dirimirá el cisma derechohumanista.

En otro orden de cosas, el latiguillo de los que "quieren a las Madres" es que con su choreo a gran escala Schoklender "ensució la bandera de los derechos humanos". Muchachos, la bandera de los derechos humanos tal y como se la enarboló acá en la Argentina ya venía enroñada desde hace un tiempo.

Para empezar, venía un poquitín sucia, quizás de rebote, con la sangre de todas aquellas personas muertas por aquellos a los que los figurones de los DDHH les prestaban su apoyo. Digan lo que quieran, pero nada tenía que hacer Hebe de Bonafini y la facción que la sigue cantando loas a los terroristas de ETA o festejando los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Y sacarse esa mancha hubiera sido muy fácil para los que no querían quedar pegados a esas declaraciones vergonzosas: bastaba con repudiarlas en serio y contundentemente, en vez de sonreír, menear la cabeza y repetir la muletilla de "Hebe es Hebe" como si eso bastara para explicar y justificar las barbaridades de la empañuelada.

La bandera quedó más mugrienta cuando la vasta mayoría de las organizaciones de DDHH aceptaron silenciosamente convertirse en contratistas del Estado, brazos paraestatales de la Presidencia y brazos parapartidarios del Frente para la Victoria's Secret. Digan lo que quieran, pero no se puede proclamar la inocencia y la honestidad cuando se reciben conscientemente fondos públicos sin control para acciones que poco tienen que ver con su fin declarado.

Lo que hizo Schoklender y todos los otros que curraron con los fondos públicos (que seguro que los hubo) no fue ensuciar la bandera de los derechos humanos; se la pasaron por el culo como papel higiénico.

Pero a la larga, lo que está pasando en el derechohumanismo argento no es ni más ni menos que un final de fiesta que tarde o temprano iba a llegar. Durante demasiado tiempo, a las organizaciones del "campo de los derechos humanos" las cubrió un manto de piedad que convertía cualquier acusación en su contra en un acto de herejía pasible de excomunión pública. No había vuelta atrás para el que se atreviera a insinuar que las Madres y afines eran otra cosa excepto santas, impolutas e irreprochables.

Esa clase de cobertura es nefastísima, porque de ahí nace la sensación de omnipotencia y luego la de impunidad. Pregúntenselo a los militares, que todavía pagan décadas de creer el cuento de la "reserva moral de la Nación".

Es irónico, pero bien se puede pensar que lo que les espera a los derechohumanistas después de este episodio y cuando termine el régimen kirchnerista sea lo mismo que les tocó a los militares después del Proceso: todos en la misma bolsa junto a los que se mandaron las cagadas, obligados a perpetuidad a demostrar la propia inocencia porque están todos bajo sospecha, aún décadas después de los hechos en cuestión.

Sería ciertamente un destino de justicia poética. Y bien merecida.

sábado, 4 de junio de 2011

El Ministerio de la Verdad

No sé qué decirles. O esta manga de degenerados está desesperada, o finalmente enloqueció, o de verdad creen que pueden decir lo que se les cante.

De cualquier manera, el kirchnerismo alcanzó una etapa superior del orwellianismo pedorro. Lo que no conviene nunca existió, nunca fue, nunca pasó; siempre es "tergiversado" o "manipulado".

Ahora Schoklender es "el que engañó a las Madres". Los medios KK le están dando al parricida un tratamiento que antes ligaba Magnetto. "Schoklender miente" titula una revista que lleva el nombre de El Guardián, mientras que los muchachos de Barcelona, que hace rato que siguen la línea facilonga de hacerse los graciosos con los que le caen mal a la Rosada mientras se mean encima si los miran feo desde La Cámpora, lo tildan de "Hijo de P(laza de Mayo)". Schoklender bajó de un plato volador, salió ayer de la cárcel, no lo conocía nadie, nadie recuerda haberlo visto dando la vuelta a la Pirámide de Mayo con las otras viejas de merda por lo menos desde antes de la caída de De la Rúa.

Es que hay que cuidar a las "Madres", te dicen. No sea cosa que se nos ocurra pensar que además de apologista del delito, profeta del odio, chupasangre de sus hijos, porrista de cuanto grupo criminal y terrorista ande dando vueltas y un ser despreciable, Herpes de Bonafano sea además una vulgar chorra de cuarta y malversadora de fondos públicos.

El mensaje es claro: Schoklender es un cuerpo ajeno, no es "de las Madres". Vaya a saber uno por qué; habrá sacado los pies del plato, se quedó con un vuelto que había que pasar, se "olvidó" de repartir comisiones, se pasó de angurriento, lo que sea. Ya no es del palo, y porque no lo es ahora, nunca lo fue. No existe, no es, el parricida ahora se volvió una "no-persona".

Después está el "golpe de calor" que parece que tuvo la Viudita Doliente allá en Italia y que la hizo perderse las celebraciones del sesquicentenario de la unificación italiana. Pero no, el golpe de calor nunca existió, no se perdió las celebraciones porque no tenía pensado ir a nada salvo un almuerzo y un concierto. No importa que el parte de prensa en la página de Presidencia que sacaron cuando llegó a Italia hubiera dicho que iba a participar de los festejos y los describiera a todos.

No importa que en ausencia de las celebraciones, ella no hubiera tenido ninguna razón para ir a Italia... a menos que hubiera querido que Berlusconi la atendiera un poco.

Y Menem, que ahora pasó a amar al Gran Hermano y se convirtió al kirchnerismo, ya no es más el gran enemigo, el tótem de la Década De Los Noventa, es un voto más en el Senado, es un aliado más. Oceanía no está en guerra con Eurasia. Oceanía nunca estuvo en guerra con Eurasia.

Esta manía loca ahora se ha diseminado por otras jurisdicciones del Estado. Hace unos días, en un ejercicio militar conjunto, un avión de transporte C-130 Hércules tuvo un incidente en uno de sus motores y tuvo que aterrizar de emergencia en la base aérea de Paraná. Incluso el propio Ministerio de Defensa anunció el "incidente" en un comunicado de prensa... sólo para que saliera la Fuerza Aérea al día siguiente a aclarar que nunca se trató de un incidente, sino de un simulacro de emergencia que era parte del ejercicio.

Que a nadie se le ocurra decir que los pocos aviones militares que vuelan lo hacen a base de plegarias y rosarios. No, nunca pasó. No hubo nunca incidentes o desperfectos, sólo simulacros.

Schoklender nunca fue "de las Madres", sólo les afanó desde las sombras.

Cristina no se enferma, sólo se priva de asistir a celebraciones a las que no pensaba ir de todos modos.

Menem siempre fue un aliado, nunca fue Satanás.

A la Fuerza Aérea no se le enquilomban los aviones, sólo simula que tienen problemas.

La inflación no existe, sólo es un reacomodo de precios.

Barone nunca estuvo en Clarín y La Nación, debutó en 678.

El 25 de mayo no se conmemora nada que haya acontecido en 1810, sólo el ascenso al trono de Néstor Nuestro Que Estás en Los Cielos.

La inseguridad no existe, sólo son problemas de distribución del ingreso.

La corrupción no existe, son sólo reasignaciones de partidas.

Nada existe por su cuenta, sólo el Relato.

Ojalá podamos todos hacer la gran Beatriz Sarlo y que cada uno pueda decirles "conmigo no, forros".
Más recientes›  ‹Antiguas