sábado, 31 de julio de 2010

Existe la realidad, existe la fantasía, existe el cielo, existe el infierno, y existe Corea del Norte

El Palacio de la Cultura popular es una mole de cemento. Inmensa, espectacular. Símbolo gris de otros tiempos, que por Pyongyang, la capital de la República Popular Democrática de Corea -el nombre oficial de la comunista, controvertida y armamentista Corea del Norte- se conserva en esplendor. Suerte de Coliseo romano de siglo XXI, se nutre de festivales, espectáculos, conciertos bajo el resguardo oficial. También, claro, todo acontecimiento de gobierno, militar casi en exclusividad, que tienen como consecuencia glorificar a los líderes de un sistema que, evidentemente, no parece clausurado. Ese espacio, también, tiene otros fines. Algunos parecen de la Edad Media, cuando los seres humanos se asemejaban a animales. Algo de eso ocurrió días atrás. En un palco nada improvisado, los jugadores que integraron el seleccionado que perdió todos los partidos durante el Mundial, fueron blanco de los insultos, de los reproches, de las bajezas de unos 400 supuestos fanáticos (funcionarios, oficiales y estudiantes, en su mayoría), parados del otro lado del atrio. Escupitajos, proyectiles durante más de seis horas. Y los entusiastas jugadores -casi todos, amateurs- parados, inmunes, reprimiendo el deseo de contrarrestar tanta cobardía organizada. Hay más: Ri Dong Kyu, el relator de la TV pública, desde el atril, era el satisfecho encargado de destacar los desatinos de cada jugador, como si fuese un experto. Un acto de una bajeza propia de otro siglo. En vivo y en directo.

Canchallena

Creo que ni el más ácido escritor satírico hubiera podido imaginar un país más delirante y alejado de la realidad que la República Popular Democrática de Corea. Cada historia que sale de la tierra de Disco Kim parece o salida de un cuento de terror o material para una joda de Tinelli. Para variar, hoy no nos toca una historia sobre armas nucleares, amenazas de guerra en la península coreana o el misterio de quién sucederá al Querido Líder cuando estire la pata.

Esta vez le tocó a los embajadores del deporte norcoreano, que la ligaron feo por su desempeño en Sudáfrica 2010 y tuvieron que comerse seis horas de un escrache público y televisado que ya quisiera montar acá Hebe de Bonafini. A los jugadores les tocó el insulto a cargo de funcionarios y burócratas; al DT del equipo de la Idea Juche, una condena a trabajos forzados al mejor estilo stalinista.

Quiero imaginar que si Diegote y sus muchachos se enteraron de esto, deben estar ahora profundamente aliviados de que nuestro Gobierno nacional y popular les haya armado una parodia de recibimiento triunfal por su desempeño mundialista en lugar de una bienvenida al estilo Pyongyang.

sábado, 24 de julio de 2010

Y ahora el aborto

Parece que el Gran Instalador de Temas ya decidió que el próximo Impostergable y Necesario Debate Nacional que tiene que darse Argentolandia es el del aborto.

Por supuesto. Porque estamos tan bien en todos los aspectos políticos, económicos y culturales que podemos meternos en dos batallas como las del matrimonio homosexual y del aborto en espacio de semanas cuando a otros países les llevó décadas encontrar salidas siempre polémicas y resistidas a ambos temas.

¡Y de qué manera encaramos el debate del aborto, papá! No con las agrias, amargas y feroces luchas que tuvieron y tienen todos los países que se plantean legalizar el infanticidio, con secuelas que duran décadas (preguntemos en Estados Unidos si todavía es polémico el fallo de Roe v. Wade) y con resoluciones que involucraron la participación de todos los sectores sociales y poderes del Estado. No, acá en Argentolandia lo sacamo' por una resolución ministerial colada como terrorista en un avión de pasajeros, lo sacamo'.

Son minucias todas esas cuestiones de interpretación constitucional, del "debate de la coma" en el artículo del Código Penal que criminaliza el aborto, de si hay que aplicar la definición de "salud" de la OMS que es tan amplia que podría considerarse un riesgo para la salud el cagazo previo a un examen, de la objeción de conciencia, del financiamiento público. Todas pelotudeces. Y como son pelotudeces, las resolvemos con una resolución ministerial firmada por una subsecretaria.

Así de piolas y vivos somos los argentos. El Sistema Solar nos queda chico, lo nuestro es la Vía Láctea, papá.

Antes dije "infanticidio" porque así considero al aborto, por razones religiosas y también por otras de carácter ético y moral que no tienen nada que ver con la fe que profeso. Para ese lado pateo en este debate, por si había que aclararlo.

Ahora dicen que la publicación de esta resolución fue un "error", porque es una hipótesis totalmente creíble tratándose de un gobierno en donde ni una mosca se mueve sin el permiso del Patroncito y si se mueve, es porque le permite al Néstor subir dos décimas de punto en una encuesta o currar unos quinientos millones de dólares más. No sabe cómo hacer para repuntar y hacerse una imagen de "reformista".

No importa la excusa oficial porque el tema ya está "instalado", y si no, vean cómo en los canales ya empiezan con las "historias de vida" con alguna musiquita triste de fondo para arrancar la lagrimita fácil. Ahora que está instalado, del tema se van a colgar los mismos de siempre que por ver alguno de sus principios llevados a la realidad, les pasa como por un tubo el tragarse el sapo de quedar pegados al taita ladrón venido de Santa Cruz... y ojalá estuviéramos hablando solamente de progres.

Tampoco va a faltar el que diga que vamos a ser un país mejor y más avanzado si llega a legalizarse el aborto, como todos los modernos y avanzados países europeos que ahora tienen poblaciones envejecidas y sin reemplazo. Lo mismo dijeron con el casamiento gay y esa misma tarde la Argentina seguía siendo una republiqueta corrupta, decadente y mediocre, sólo que con un registro civil más ampliado.

Y si sale el aborto, seguirá siendo una republiqueta corrupta, decadente, mediocre, con un registro civil más ampliado y además infanticida.

sábado, 17 de julio de 2010

Historia contrafáctica: ¿Y si los ingleses hubieran ganado en las Invasiones?

Como me aburre hablar de política hoy, voy a dedicarme a desvariar un poco con un ejercicio de imaginación histórica y escribir sobre qué hubiera podido pasar si los españoles y los criollos resultaban derrotados en la Segunda Invasión Inglesa en 1807 y los británicos hubieran podido establecer una presencia colonial en lo que hoy en día es la Argentina. El período cubierto va desde 1807 hasta la hipotética constitución de un estado al estilo canadiense o australiano en 1887. Capaz que más tarde escribo sobre lo que pudo venir después.

Lo que sigue es un ejercicio intelectual y de imaginación; lo único que podemos saber en este ejercicio contrafáctico es que las cosas hubieran sido distintas, nada más. No sabemos si para bien o para mal en general, aunque podemos imaginar que algunas cosas habrían acabado mejor mientras que compraríamos otros tantos problemas que ahora no tenemos, pero en líneas generales quiero decir que lo único que se puede asegurar es que el resultado hubiera sido muy distinto, y es eso lo que quiero tratar de imaginar con este pequeño ejercicio.

Todo esto viene para decir "¡No me peguen, no soy cipayo!".

Bueno, espero que lo disfruten.

La conquista del Río de la Plata (1806-1832)

El 3 de junio de 1807, apenas dos días después de infligir una categórica derrota a las milicias españolas y criollas en el combate de Miserere, las fuerzas británicas al mando del teniente general John Whitelocke lanzaron un ataque contra Buenos Aires organizados en tres columnas y con fuerte apoyo de la artillería. Luego de una feroz batalla callejera sin cuartel, los británicos consiguieron acabar con la resistencia local y forzaron la rendición de Buenos Aires el 4 de junio.

Mientras los restos de las fuerzas españolas y los criollos que optaron por huir de Buenos Aires se replegaban hacia Córdoba, convertida provisionalmente en la capital del Virreinato del Río de la Plata, de Londres llegaba un decreto que nombraba a Whitelocke como "Gobernador de la Colonia del Plata", que abarcaba tanto Buenos Aires y sus áreas circundantes como la Banda Oriental, que había sido conquistada previamente a la toma de Buenos Aires. Además, se enviaban refuerzos para proseguir la lucha contra los españoles hasta el río Paraná, en una campaña que pasaría a la historia como la "Primera Guerra del Plata".

Esta guerra se prolongó hasta febrero de 1808, cuando los británicos pudieron apoderarse de las tierras entre los ríos Paraná y Uruguay, lo que les permitió alejar la posibilidad de un contraataque español y así afianzar su posesión en Buenos Aires y la Banda Oriental.

Se sucedieron entonces dos décadas de tensión y ocasionales escaramuzas entre las fuerzas acantonadas en lo que ya se conocía como la "Sudamérica Británica" y las tropas españolas de la Capitanía General de los Andes, que había amalgamado los restos del Virreinato y Chile en una nueva y reforzada gobernación militar.

Durante estos años, el dominio británico sobre sus nuevas posesiones sudamericanas se consolidó e institucionalizó, mientras las colonias españolas atravesaban el tenso período de las fallidas revueltas independentistas de 1810, que fueron aplastadas en gran medida por las tropas adicionales que habían sido enviadas por España para prevenir una nueva expansión del Reino Unido.

Hubo dos momentos de gran tensión durante este período. El primero tuvo lugar en 1811 cuando una fuerza expedicionaria británica al mando del brigadier Denis Pack intentó apoderarse del puerto chileno de Valparaíso en una acción repelida por los españoles. Sin embargo, los británicos pudieron replegar sus tropas hasta la ciudad de Talcahuano, que había sido tomada por una segunda columna, estableciendo de esa manera una cabeza de playa al otro lado de los Andes. El segundo aconteció en 1819 cuando estalló en Buenos Aires una revuelta encabezada por Juan Castelli, la cual fue aplastada por las autoridades británicas.

Expansión (1832-1845)

Aquella tensa convivencia comenzó a resquebrajarse a finales de la década de 1820 con la segunda ola de levantamientos independentistas en los dominios españoles, que pudieron finalmente forzar al imperio español a conceder autonomías e incluso independencias limitadas a sus colonias americanas. Una de las últimas posesiones españolas en sucumbir a esta nueva ola independentista fue la Capitanía General de los Andes, que sufrió una fulminante revuelta de 1831 encabezada por Facundo Quiroga que desembocó en una larga guerra civil.

Aprovechando estas circunstancias, el gobernador británico de la Colonia del Plata, Sir Alexander Duff, lanzó a comienzos de 1832 un fulminante ataque contra la Capitanía de los Andes, logrando en tan sólo seis meses de campaña apoderarse de buena parte de las intendencias de Paraguay y de Córdoba del Tucumán. A pesar de que los contraataques españoles detuvieron el avance británico a pocos kilómetros de San Miguel del Tucumán, los españoles no fueron capaces de expulsar a los invasores de su territorio, excepto de las regiones de Cuyo, y debieron reconocer la pérdida de Córdoba y del Paraguay en el tratado de Salta, que puso fin a la "Segunda Guerra del Plata" el 19 de septiembre de 1833.

Meses después de la firma del tratado, la Capitanía de los Andes colapsó a manos de Quiroga y sus insurrectos, proclamándose en el antiguo cabildo de Antofagasta la "República de los Andes" el 27 de enero de 1834. De dicha república formaban parte los restos de la capitanía de Chile, las posesiones de Cuyo y las intendencias de Salta del Tucumán, Moxos, Chiquitos, Chuquisaca, La Paz, Charcas y Potosí. La tensión entre la nueva República de los Andes y los dominios británicos perduraría por algunos años más hasta la firma en 1838 de un tratado definitivo de paz y de mutuo reconocimiento entre el presidente andino Diego Portales y el plenipotenciario británico Sir Woodbine Parish.

Conscientes de que las posesiones sudamericanas se habían tornado demasiado vastas como para ser gobernadas exclusivamente desde Buenos Aires, el Parlamento británico sancionó en 1838 la "British South America Act", que reorganizaba al territorio controlado por Londres en seis colonias separadas: la colonia del Plata con capital en Buenos Aires, la colonia del Uruguay con capital en Montevideo, la colonia de la Mesopotamia con capital en Corrientes, la colonia del Paraguay con capital en Asunción, la colonia del Paraná con capital en Córdoba, y la colonia de la Araucanía con capital en Talcahuano.

Posteriormente, el triunfo británico en la guerra de 1841 contra el Imperio del Brasil permitió agregar dos nuevas colonias: la del Río Grande con capital en Santa Ana, y la de las Misiones con capital en la nueva ciudad de Iguassu. Además y como respuesta a las incursiones indígenas, se lanzó en 1849 la llamada "Campaña del Sur", que incorporó al dominio británico importantes extensiones de territorio patagónico a ambos lados de los Andes.

Desarrollo y rebelión (1845-1846)

Desde el final de la Segunda Guerra del Plata se produjo una importante inmigración británica y particularmente irlandesa, como así la instalación de las primeras líneas ferroviarias y el desarrollo de una incipiente pero importante industria agropecuaria que bien pronto convirtió a la Sudamérica Británica en el "Granero del Imperio".

Sin embargo, en 1845 tuvo lugar la más severa amenaza al dominio británico en el Río de la Plata cuando Juan Manuel de Rosas, un importante hacendado de la colonia del Plata, encabezó a un grupo de insurrectos que el 20 de noviembre de ese año emboscó en un paraje del Paraná llamado "Vuelta de Obligado" a tres transportes que llevaban armas para la guarnición británica en el Paraguay.

Con ese armamento y con el súbito respaldo de numerosos descontentos en la población hispanoparlante, Rosas lanzó una rebelión que en su mayor momento pudo apoderarse de las ciudades de Rosario y Santa Fe y organizar una marcha contra Buenos Aires, la cual fue derrotada en el combate de Caseros en abril de 1846.

Meses después de aquella derrota, la insurrección fue aplastada de manera categórica y Rosas fue sentenciado a prisión, aunque sería luego liberado y se le permitiría vivir en paz en su estancia platense. Desde entonces, Rosas se convirtió en un héroe y una figura icónica del nacionalismo hispanoparlante, y en una de las figuras más controvertidas del siglo XIX en la Argentina.

Camino a la Confederación (1846-1885)

La rebelión de Rosas provocó un importante cimbronazo en las autoridades británicas, que comprendieron la necesidad de otorgar a la población hispanoparlante una presencia mayor en los asuntos públicos de las colonias. Fue así que en 1848 se introdujeron importantes enmiendas a la British South America Act, entre las que se contaban la creación de cámaras representativas en las asambleas legislativas locales a las que podían ser electos los hispanoparlantes, y se le reconocieron a la Iglesia Católica idénticos derechos y privilegios que los que gozaba la Iglesia de Inglaterra como religión oficial.

La culminación de estas reformas ocurrió en 1853 cuando por decisión del Parlamento se le concedía a las colonias del Plata y del Uruguay el derecho a un "gobierno responsable", en el que las autoridades ejecutivas locales debían contar con el respaldo de una mayoría en las legislaturas coloniales, ante las cuales eran responsables por el ejercicio de sus poderes. Idénticos estatutos fueron aprobados para el resto de las colonias en un período que transcurrió entre 1855 y 1867.

En medio de un creciente desarrollo y siguiendo tendencias que por esos años tenían lugar con mayor o menor éxito en las posesiones británicas en Canadá y Australia, surgió un movimiento que buscaba la unión de las colonias británicas de Sudamérica en un único gobierno confederado. Este movimiento, que contaba con un importante respaldo en la población local, tanto angloparlante como hispanoparlante, promovió numerosas conferencias intercoloniales durante la década de 1870 para lograr la unificación, las cuales fracasaron por causas que iban desde la desconfianza de las élites coloniales hasta el resentimiento en las posesiones con mayor población hispanoparlante, como el Paraná y el Paraguay.

Federación (1885-1887)

A pesar de estos traspiés, representantes de todas las colonias y de los territorios de la Patagonia comenzaron el 4 de marzo de 1885 un nuevo Congreso Confederal en la ciudad de Rosario con el fin de acordar la creación de un gobierno confederal similar al que dieciocho años antes se habían dado las colonias canadienses. Tras largas y arduas semanas de deliberación, el 25 de mayo de ese mismo año el Congreso concluyó con un acuerdo entre todos los representantes, posteriormente ratificado y refrendado por los gobiernos coloniales, para la constitución de un gobierno que unificara a las colonias y posesiones sudamericanas en una federación.

La respuesta de Londres llegó pocos meses después en la forma de la "South America Constitution Act", que establecía un Parlamento bicameral conformado por un Senado que representaría a las colonias (redenominadas "provincias") y territorios, y una Cámara de Representantes cuyos miembros serían elegidos mediante un sistema similar al de Westminster. Como titular nominal del poder y representante oficial de la Corona, la nueva ley establecía el cargo de Gobernador General, el cual sería asistido por un Consejo Ejecutivo (posteriormente conocido simplemente como "gabinete") presidido por un Primer Ministro con responsabilidad ante la Cámara de Representantes.

Además, se creaba una Corte Superior de Justicia y una serie de tribunales federales, se dividieron los poderes y competencias entre el gobierno federal y las autoridades provinciales, y se daban los primeros pasos para el establecimiento de milicias complementarias de las tropas británicas, que en el futuro constituirían las fuerzas armadas nacionales. Las protecciones a la Iglesia Católica se mantendrían bajo el nuevo sistema, y por primera vez se incluirían provisiones para el uso del castellano en los servicios públicos en el nivel provincial y territorial de gobierno, aunque el inglés seguiría siendo por el momento el único idioma oficial a nivel federal.

Por decisión unánime de los representantes coloniales, las nuevas autoridades tendrían su asiento en la ciudad de Rosario, que sería transferida a la jurisdicción federal como el "Territorio Federal de la Capital". Una serie de ajustes fronterizos y reorganizaciones daría como resultado la división política de la nueva nación, que pasaría a incluir ocho provincias (Plata, Uruguay, Mesopotamia, Paraguay, Misiones, Río Grande, Paraná, Araucania) y cinco territorios (Capital, Patagonia, Tehuelchia, Magellania, Islas del Atlántico Sur).

Si bien la ley se refería al nuevo gobierno como "Sudamérica Británica", rápidamente se decidió que era necesario un nombre más neutral y aceptable para la población hispanoparlante. Uno de los representantes del Paraná, Julio Bautista Roca, propuso la palabra "Argentina", la cual sería aceptada por el Congreso Confederal, que oficiaba de Parlamento interino, como el nombre oficial de la flamante nación.

Tras la celebración de las primeras elecciones generales en junio de 1886 y la conformación de ambas Cámaras del Parlamento en diciembre de dicho año, la Constitución entró en pleno vigor el primero de enero de 1887, fecha que pasaría a la historia como el "Día de la Federación".

sábado, 10 de julio de 2010

Y dale con el matrimonio gay...

Este tema ya lo traté en octubre del año pasado, pero como volvió a la carga el debate, a la carga vuelvo yo.

Ahora que parece que todo anda fantástico en la República Argenta, resulta que el gran debate de la hora pasa por la legalización o no del matrimonio homosexual.

Al respecto y antes de abordar el tema, tengo que dejar claro que como católico (aunque no excesivamente practicante), mi definición de lo que es un matrimonio no puede incluir bajo ningún concepto la unión homosexual. Es desde ese punto que parto.

Como católico, esa es mi postura. Pero como argentino, es decir, como parte de una sociedad que no es exclusiva de la gente de mi religión, no creo que sea aceptable hacer extensiva la definición a toda la sociedad, aunque más no sea para no dejar la puerta abierta a que desde otros grupos se me quieran imponer definiciones que no estoy dispuesto a aceptar.

Para mí el problema del matrimonio homosexual existe por el solo hecho de que el Estado se arroga el poder para definir instituciones que están muy lejos de su competencia. Inevitablemente, cualquier definición de matrimonio que adopte va a dejar a alguien disconforme, sea porque la considera ofensiva a sus valores religiosos, sea porque la cree lesiva de sus derechos reales o percibidos.

Entonces se trata, como en muchas otras cuestiones, de encontrar el punto medio y común y trabajar a partir de ahí.

En mi opinión lo que actualmente llamamos "matrimonio" puede definirse de manera neutra como "una libre decisión de dos personas adultas de unirse y vivir en común, en los términos que ellas mismas fijan, con consecuencias legales y económicas derivadas del contrato celebrado, y que puede recibir la bendición de una institución religiosa."

Tenemos ahí tres partes: la libre decisión, las consecuencias legales y económicas, y la bendición religiosa, siendo esta última opcional según la fe o no de las partes. De la tercera se ocupa la Iglesia o las autoridades de fe correspondiente. La primera queda a criterio único y exclusivo de las partes (y seamos honestos en este tema, dos homosexuales se van a sentir pareja o matrimonio independientemente de lo que diga la Iglesia, el Estado o cualquiera) de acuerdo a su responsabilidad y libertad.

La única que le queda al Estado, pienso yo, es la de las consecuencias legales y económicas: la propiedad puesta en común, la inclusión en la herencia y los trámites de sucesión, la división de bienes en caso de ruptura. Todas cuestiones que se pueden celebrar (a menos que un abogado me desmienta) con contratos comunes y corrientes que no tienen por qué llevar el título de "matrimonio".

Si se me diera a mí la posibilidad de intentar resolver esto, mi respuesta sería:
  • eliminar el matrimonio civil como institución tanto para heterosexuales como para homosexuales,
  • dejar para las partes la cuestión de las relaciones que se quieren emprender, siempre que estén en condiciones de decidir responsablemente,
  • dejar al Estado nada más que la celebración de los contratos necesarios para dejar clara la situación patrimonial y de sucesión, y establecer que, en caso de ausencia de estos contratos, el paso del tiempo en convivencia otorga derechos,
  • y dejar a criterio de la fe religiosa de cada uno o a la ausencia de la misma la cuestión de la naturaleza filosófica y trascendental del matrimonio, pareja o como quieran llamarlo. Punto.
Punto. Si dos homosexuales después quieren festejar vestidos los dos con traje blanco de novia, me importa poco y podría llegar a importarme menos; religiosamente diré que es un asunto que es sólo entre ellos y Dios, socialmente diré que no es asunto mío y que como adultos son libres para hacer lo que les parezca siempre que no jodan a los demás, y políticamente diré que lo único que le tiene que interesar al Estado es que paguen sus impuestos, cumplan las obligaciones legales y económicas que se desprenden de su caracter societario, y no acaben hiriéndose o matándose.

La adopción es otro tema que no voy a abordar, excepto para decir que mejor sería reformar por completo el sistema de adopciones antes de agregar así de la nada todo un nuevo grupo de potenciales solicitantes.

Quizás sea liberalismo de laboratorio, pero a esta altura del partido, bien vale pensar soluciones alternativas a la cuestión, aunque probablemente no pasen la prueba de la realidad.

Respecto a lo que ahora se debate en el Congreso, me parece que el proyecto de matrimonio homosexual muere en el Senado y el de unión civil muere en Diputados. En suma, la comunidad homosexual se va a quedar sin el pan y sin la torta.

De todas formas, dudo mucho que, salga lo que salga, vaya a haber una solución. Como me dijo un colega: "no se trata de los derechos de ellos ni siquiera del derecho a adoptar, sino de apropiarse de la palabra 'matrimonio'; para ellos es como sitiar una fortaleza e izar la bandera al tope". Y en este caso, este interés se juntó con las ganas de Kirchner, a quien no le veo pinta o tradición de militante pro-gay, de escupirle en el ojo a monseñor Bergoglio y al resto de la Iglesia argentina.

O de manera más sencilla y como dirían en El Opinador Compulsivo, se trata de tener en todo momento algo con qué joder.

sábado, 3 de julio de 2010

Pensando tras la decepción

Bueno, se terminó, quéseleváser. De vuelta a casa, de vuelta a la realidad.

Fue lindo mientras duró, incluso para mí que soy ateo en materia futbolística. Dieron ganas de creer, dieron ganas de pensar que esta vez se podía llegar a... a algo.

Por unos días estuvo lindo tener algo en qué pensar y de qué hablar que no fuera de política, de crisis, corrupción, inseguridad y autoritarismo. Estuvo bueno ver alguna esperanza por ahí, de llegar a algo aunque más no sea en el fútbol.

Lo de siempre: esperar que la decepción, o en este caso el desconsuelo y el dolor que nos dejó esta verdadera violación que fue el partido con Alemania, ayude a replantear algunas cosas. Por ejemplo, la conducción mafiosa y corrupta de la AFA con Grondona a la cabeza, o la manera en que se endiosó y se le puso confianza a Maradona en un puesto para el que no está calificado, o la forma en que nosotros como sociedad encaramos los esfuerzos argentinos en cualquier campo.

Y sí, si Argentina hubiera ganado, hoy Maradona seguiría siendo Gardel. Hasta yo lo podría haber dicho. Pero no lo hizo, todos los errores, presunciones y arrogancias de Maradona y de los que quisimos creer en él nos volvieron de la peor manera. No estoy feliz con Maradona hoy, pero él llegó a donde llegó porque lo llevamos ahí y lo dejamos subir a un lugar para el que quizás no estaba listo.

No somos los peores, por más que el 4-0 nos quiera hacer pensar eso. Pero no somos los mejores, y no lo vamos a ser por más que tengamos todo lo que se suele repetir en momentos como éste. Para ser los mejores hay que trabajar, hay que esforzarse, hay que tomar decisiones, no basta con la "mística", con las cábalas, las boludeces del pulpito o de la camiseta celeste y blanca. Si la Argentina quiere llegar a ganar en el 2014 el laburo tiene que empezar pasado mañana, cuando estén los muchachos de vuelta acá en la Argentina.

Para mí, el ejemplo del Mundial fue ver ayer a los jugadores uruguayos reunidos antes de los penales y leer los labios del Maestro Tabárez diciendo: "Tranquilos, ya no importa. Ya no importa". Llegar a esta etapa, para ellos, era un triunfo y valía la pena. Debajo de Uruguay, en caso de perder, habían quedado 24 equipos. No era poca cosa.

Debajo nuestro quedaron unos 24 equipos. Podría ser peor, pudo haber sido el bochorno de 2002, con el infeliz de Bielsa que ahora se hace el exquisito con Piñera después del recibimiento que le hicieron por un resultado que, de haberlo obtenido con la Argentina, lo hubiera condenado al ostracismo.

Estamos entre los ocho mejores. Hay 24 equipos que no se fueron de Sudáfrica pensando eso. Y hay otros 172 que quedaron afuera en las eliminatorias que tampoco lo pueden pensar.

Pero bueno, de vuelta a la realidad. Fue lindo mientras duró.

sábado, 26 de junio de 2010

Catarsis

Publicado originalmente en BlogBis.

No sé si han tenido oportunidad de sufrir alguna de las más recientes emisiones de 6, 7, 8.

En caso de que, afortunadamente para ustedes, no lo hayan hecho, les comento que el latiguillo que ahora usan los mercenarios es el de la "buena onda". No más batalla permanente, no más puño crispado, no más pueblo y antipueblo, no, eso es muy 2003.

Ahora la idea es que somos todos felices, somos todos amigos, todos nos abrazamos y Cristina nos abraza a todos, felices bajo el sol del Bicentenario mientras Diegote conduce la Selección hacia una certera victoria en Sudáfrica. Para enfatizar más la idea, el programa va al corte mostrando fotos de gente sonriente de cada rincón de la Argentina.

La Patria anda bárbaro, crecemos a tasas chinas, la inflación y la delincuencia son inventos, la corrupción es un verso, Cristina está cada día más linda y mejor estadista y los gobernantes cada vez más se parecen a sus pueblos.

Y si no sos feliz, si no sos amigo, si no te abrazás, sos un traidor a la Patria, un mercenario de los intereses, un pobre tipo con el cerebro lavado por el "Monopolio de la Mala Onda" al que hay que clavarle la vacuna Bio-jajá por la retaguardia.

Cre que voy a contarle de la "buena onda" a los mendigos de la Estación Retiro, tanto grandes como chicos, que ya son uno o dos por ventanilla y uno por expendedora de boletos. Especialmente cuando cada centavo que se le paga a los infelices mediáticos de "la TV Pública" para que vayan por ahí esparciendo excrementos sobre los odiados de turno del Néstor es un robo que se les hace a esas pobres personas.

También le voy a contar de la "buena onda" a la familia de Agustín Sartori, al que se lo llevaron puesto unos motochorros que laburaban para la "sensación de inseguridad" que dicen que es inexistente. Y ya que estoy, puedo explicarles el clima de "buena onda" a mis propias hermanas, quienes juegan en el mismo club donde Agustín jugaba al rugby, y que como el resto de los que lo conocían (yo no lo conocí), están destrozadas.

Puedo contarles de la "buena onda" a las familias de los tres o cuatro muertos diarios a causa de la inseguridad (que son apenas los que alcanzo a enterarme en los cables de las agencias de noticias), a ver si piensan que lo que les pasó lo inventó la "mala onda" de Magnetto y Ernestina sólo para que se caiga la Ley de Medios.

O puedo llevar el evangelio de la "buena onda" a las personas de José C. Paz que se quedaron sin las casas prometidas porque se las llevaron los amigos de ese campeón Nac&Pop llamado Mario Ishii.

Y así puedo seguir un buen rato, pero estoy demasiado caliente y creo que perdería los estribos.

A los únicos que no tendría que explicarles el concepto de la "buena onda" es a Diego Gvirtz y al resto de los detritos humanos que integran el equipo de 6, 7, 8. Total, viven de lo que les pagamos los giles de la ciudadanía nacional y "trabajan" esparciendo materia fecal sobre aquellos colegas suyos que no se avivaron de que se puede hacer carrera mamando de la teta estatal para basurear a los que el patroncito no quiere.

¿Cómo no van a sentir que viven en el país de la "buena onda"?

sábado, 19 de junio de 2010

Se acaba el tiempo de la joda

En los últimos dos años de kirchnerismo hemos pasado de situaciones en las que el gobierno parecía noqueado y al borde del colapso, con una derrota prácticamente cantada, a otras en las que, como un zombi recién reanimado, se lanzaba con furia y energía desconocida a poner en fuga a sus oponentes.

Quizás no estemos ni ante un colapso inminente del kirchnerato ni ante una resurrección imparable de la Parejita. Quizás la verdad, como suele suceder, está en el medio de ambas posiciones.

Quizás lo que haga falta para que una de esas dos posiciones llegue a convertirse en realidad es la energía, voluntad e inteligencia que para ello pongan quienes piensan que esa posición es la que necesita la Argentina. Es por eso que en mi condición de antikirchnerista, me preocupa mucho la forma en que la oposición encara la actual coyuntura.

Pareciera ser que la oposición se dio por vencedora después de las elecciones del año pasado y después decidió hacer la plancha, como si estuvieran seguros sus dirigentes de que "el curso de la Historia" o alguna otra clase de destino manifiesto los había favorecido y que ya no hacía falta ningún esfuerzo más. Confiaron en el hartazgo social (un hartazgo que sigue existiendo por más Bicentenario y Mundial que haya) y se dedicaron a pensar en candidaturas presidenciales como si no hiciera falta más por hacer.

Y naturalmente, terminaron siendo ensartados por el kirchnerismo, esta vez con el agravante de que después de proclamarse como "nueva mayoría" en el Congreso, le tocaba a la oposición el desafío de hacer algo en vez de limitarse a practicar el cómodo arte la denunciología.

Creo que fue un político italiano el que dijo "nada es más desgastante que no tener el poder" o algo así, y la oposición lo viene descubriendo a fuerza de bifes y decepciones desde febrero. Claro, siempre se puede decir que el problema fue que pusimos demasiadas expectativas y esperanzas en el cambio de situación en el Congreso y eso sería totalmente cierto; la cuestión, sin embargo (y esto no excusa de ninguna manera lo que acabo de escribir) es quiénes fueron los que vendieron la imagen irreal de una oposición monolítica que controlaría el Congreso.

Pienso además que la oposición todavía no cae en la cuenta de que la denunciología, que es meritoria y necesaria frente a este gobierno de ladrones e ignorantes de cuarta, ya alcanzó lo máximo que podía llegar a lograr, es decir, el triunfo en las legislativas de 2009.

No le queda otra opción a la oposición más que reconocer que todavía faltan 14 meses para las presidenciales, y que lo mejor que puede hacer ahora es emprolijarse, consolidarse y resistir los embates de un gobierno inescrupuloso, que no tiene ningún asco en recurrir a los métodos más bajos y rastreros para currar un puntito más, y que no conoce de límites.

La casa tiene que ponerse en orden; en 2011 se elegirá un gobierno, no un coro de denunciantes. Y eso es precisamente lo que el Gobierno quiere para la oposición: que aparezca como una manga de denunciantes, una Armada Brancaleone de tipos unidos por el espanto sin nada que ofrecer.

Es necesario que la oposición se dé una buena ducha de manejo del poder en estos meses que le quedan y que vaya definiendo además qué es lo que le propone a la sociedad argentina. Si lo único que tiene para proponer es kirchnerismo más prolijo y despingüinizado, me temo que el electorado va a votar al original en lugar de a la segunda marca.

Porque puesta ante la disyuntiva de elegir entre un grupo de buenas personas que ni saben para qué tienen el poder ni cómo usarlo, y un ejército perverso que tiene perfectamente claro qué es lo que quiere y qué va a hacer para obtenerlo, es notable cómo la sociedad puede llegar a preferir a este último.

sábado, 12 de junio de 2010

Infantilismo

Desde hace un tiempo que me vengo convenciendo de que la izquierda en sus múltiples manifestaciones debe ser alguna forma de enfermedad mental, o por lo menos, de percepción bastante distorsionada de la realidad.

Pensémoslo bien.

Si no tengo plata, es porque alguien me la robó. Si no tengo trabajo, es porque alguien no me lo dio. Si me pegan, son criminales y yo una víctima; si les pego, soy un héroe y ellos se lo buscaron. Si le va bien, me tiene que mantener porque de alguna manera me está cagando. Si me acusan de un crimen, es la sociedad que me oprime. Si me piden que trabaje, es que la sociedad me está explotando. El pobre es pobre porque el rico es rico. Es posible vivir sin pagar nada, si tan sólo el Estado lo manejara todo y "los que tienen más" son obligados a pagar más. La autoridad es opresión. La violencia es mala sólo si no soy yo el que la aplica. Si nada sale como lo queremos, es porque alguien más está jugando en contra. La realidad es injusta. Lo tuyo es mío y lo mío también.

¿Les suena parecido a algo?

Si no aprobé el examen, es porque el profesor me odia y no me quiso aprobar. Si no hay helado, alguien (nunca yo) lo tiene que ir a comprar ya. Papá y mamá me tienen que mantener toda la vida. No quiero trabajar. No quiero estudiar. No quiero. Regalame. Comprame. Traeme. No es justo que llueva. No es justo que salga el sol. No es justo que él tenga una Play y yo no. No quiero ir a la escuela. Odio perder. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya.

No puedo dejar de pensar que las propuestas e ideas de la izquierda caen mejor en personas que, por alguna razón, todavía no dejan atrás perspectivas que eran aceptables en la infancia, cuando éramos todos inocentes y no conocíamos la realidad. Analizado en su más cruda expresión, el discurso de la izquierda y el comportamiento de sus adherentes tiene demasiado en común con el berrinche de un nene caprichoso.

Tal vez sea muy injusto, porque conozco y tengo muchos amigos y familiares increíblemente decentes y bienintencionados que sostienen posturas políticas y sociales que encajarían en el arco de la izquierda, y porque no creo que lo hagan de puros hijos de puta. Pero ese es el problema y la gran trampa del debate político actual: a la izquierda se la juzga y se la evalúa por sus ideales e intenciones, sin importar el rotundo fracaso de sus propuestas; a la derecha se le aplica contundentemente una condena ante el menor fracaso, sin importar las circunstancias.

Pero juzguemos a ambos campos por sus intenciones. La izquierda cree que un mundo perfecto y "justo" es posible y que tiene que implementarse cuanto antes. La derecha, en cambio, asume que el mundo en el que vivimos fue, es y será siempre imperfecto y que lo que nos queda por hacer es minimizar los daños. La derecha mira la realidad siempre con un ojo puesto en la Ley de Murphy. La izquierda se pone una venda en los ojos y trota al borde del precipicio confiada de que por su pureza va a poder caminar en el aire.

Es que en la base del progresismo y de la izquierda está la idea de que la realidad es injusta. Es un error: la realidad no es ni buena ni mala, ni justa ni injusta, simplemente es. A nosotros no nos corresponde intentar transformarla para que se ajuste a nuestros ideales de justicia, sino hacer lo mejor posible en lo que podemos actuar, sabiendo perfectamente que nada nos garantiza que vayamos a tener éxito.

La izquierda promete utopías, paraísos y fantasías redentoras para todos de manera gratuita, libre y sin esfuerzo; sabe quizás a nivel inconsciente que es imposible pero no importa, ya le achacará el fracaso a "los sospechosos de siempre". En el gobierno, siempre se manejará con el mismo libreto: identidad a partir de la victimización, impuestos a partir de la envidia, leyes a partir del infantilismo, políticas nacidas del resentimiento. Pero no importa, porque como en la campaña dijo "Yes we can!" está todo bien.

La derecha sabe que no todas las historias tienen final feliz, que no existe tal cosa como un almuerzo gratis, que para salir adelante hay que hacer cosas que van a doler, que los otros no necesariamente son incomprendidos y victimizados, sino que puede haber genuinos hijos de puta, y lo único que promete es hacer lo mejor que se pueda con lo que se tenga al alcance. Pero nunca se le perdonará el que haya tenido la temeridad de sacarnos de la fantasía eterna e infantil que la izquierda elevó al nivel de filosofía.

Muy en el fondo, en su nivel más básico, la izquierda es la filosofía política de los inmaduros e infantiles.

* * * * *

Ah, a propósito, por una amable invitación de su equipo que jamás podré agradecer del todo, desde hace un par de días estoy escribiendo en BlogBis como blogger invitado. Pasen por ahí que vale la pena y muchísimo. Y no se preocupen, La Bestia seguirá funcionando y sólo acá escribiré mis habituales choclos indigeribles.

sábado, 5 de junio de 2010

Kirchnerismo fusil al hombro!

Algo muy extraño pasa en el amplio abanico oficial... como si de la noche a la mañana les hubiera entrado a todos, desde la Parejita Perversa para abajo, un aprecio renovado por las Fuerzas Armadas Argentinas. Este aprecio repentino se manifiesta en comentarios, discursos y una catarata de anuncios que van desde modernizaciones, compras y aumentos presupuestarios hasta la promesa de "propulsión nuclear" en los buques de la Armada.

En más de una ocasión llegó a proclamarse que la tan mentada "reconciliación entre las FF.AA. y la sociedad" ya se había logrado. Qué lo parió, finalmente llegó la reconciliación y a mí me agarra en chancletas.

No es sólo desde lo oficial que se nota esto. Hace unos días hice el ejercicio sobrehumano de soportar más de tres segundos frente a la pantalla de Canal 7, pues un ánimo perverso y masoquista me tenía interesado en escuchar qué iba a decir la manga de oligofrénicos de 6-7-8 sobre las Fuerzas Armadas. Para mi atónita sorpresa, los tipos empezaron a cantar loas sobre las FF.AA., ponían "informes" donde mostraban los aplausos cosechados por las tropas que desfilaron el 22 de mayo, e incluso uno llegó a decir que "la carrera militar es una muy linda profesión para hacer".

¿Qué diablos le pasa al campo Nac&Pop? ¿Les entró redepente un súbito amor a la institución castrense?

¿Les sorprendería mucho a ustedes si les dijera que no lo creo? Digo, ojalá fuera cierto y ojalá de acá en adelante me demuestren que estoy equivocado; sería un placer para mí que me prueben lo contrario en este tema.

Para mí pasa por otro lado. Pasa por haber comprobado, para horror y disgusto de la progresía bienpensante, que las Fuerzas Armadas siguen siendo queridas y apreciadas por una sociedad que concurrió masivamente al desfile militar del 22 de mayo, pese a que la intelligentsia había ordenado un desfile casi marginal, sin presencia de armas modernas (bah, modernas, lo que hay) y relegado al primer día de las celebraciones del Bicentenario.

Con el eterno sensor "buscavotos" atento, estos tipos pispearon que lo militar quizás no era tan piantavotos como habían creído, y de la noche a la mañana cambiaron 180 grados su habitual discurso antimilitar. Tal vez incluso se dieron cuenta que la "reconciliación" ya existía antes de todo lo que hicieron. Hasta el propio 6-7-8 los deschavó cuando esa voz en off vagamente feminoide que tienen sus "informes" proclamaba triunfalmente que "el Bicentenario demostró que se le había arrebatado la bandera de lo militar a la derecha".

Ahora, el cínico que llevo adentro me dice que da lo mismo que le presten atención a las FF.AA. porque estén convencidos de la necesidad de hacerlo o que lo hagan porque vean un rédito político; después de ver millones desperdiciados en pelotudeces, el prospecto de ver plata invertida en la defensa nacional al fin es bueno.

Debería estar contento, indica la lógica; lo contrario sería asumir la condición de gataflora.

Y quisiera alegrarme, pero no puedo. El tema es que sencillamente el kirchnerismo no tiene credibilidad en este asunto. En siete años de hegemonía no han hecho nada excepto humillar, denigrar, condenar al ostracismo, menospreciar y hambrear económicamente a las Fuerzas Armadas. ¿Por qué habría de creer ahora que se arrepintieron de esto cuando no se han arrepentido de ninguna de las otras barbaridades que hicieron?

Además, ¿qué me puede hacer creer que esta catarata de anuncios, entre los que se cuentan la renovación de la flota de cazas de la Fuerza Aérea, la modernización de los tanques TAM, la adquisición de barreminas y buques polares para la Armada, y tantos otros, van a cumplirse cuando a pesar de siete años de cháchara todavía ni se trabaja en el primero de los "Patrulleros Oceánicos Multipropósito", o cuando a tres años del incendio, al rompehielos Almirante Irízar todavía le están quitando las chapas quemadas?

Si me dijeran que lo del submarino nuclear es un proyecto a largo plazo, para nunca antes de 2025, tal vez; me es difícil creer que lo van a hacer antes cuando todavía no logran darle para adelante con barcos mucho más básicos y menos complejos. Menos todavía cuando a las FF.AA. las aquejan necesidades materiales más elementales, más urgentes y más fáciles de encarar que un submarino nuclear o incluso un rompehielos nuclear.

Por más que mi alma benevolente me pida que conceda el beneficio de la duda, la experiencia militar del kirchnerismo, desgraciadamente, me impone escepticismo hasta que vea la bandera argentina izada al tope de los barcos prometidos o la escarapela pintada en las derivas de los aviones.

Y por último, me permito dudar de los réditos políticos que esperaría lograr el kirchnerismo cambiando así de golpe su tradicional antimilitarismo. Una semana de anuncios frenéticos no borra siete años de insultos, ni hace olvidar aquel "no les tengo miedo" del Néstor, o la pobreza presupuestaria frente al desperdicio de otras áreas del Estado.

O la insultante ausencia de la mismísima Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas durante el desfile del 22 de mayo. O la permanente y taimada evocación del Proceso en discursos ante oficiales y suboficiales que ni estaban vivos durante el último gobierno militar.

Y si no, que se fijen mejor en las filmaciones del desfile y comprueben que al momento de pasar frente al palco oficial, las tropas gritaban en vez de cantar.

Esa es la maldición del kirchnerismo: insulta y agrede tanto que cuando quiere cambiar de rumbo, así sea tácticamente, nadie está dispuesto a perdonarle nada.

sábado, 29 de mayo de 2010

Reflexiones bicentenarias sin mucha conexión, coherencia o lógica entre sus distintas partes

En el debate sobre si estábamos mejor en 1910 o ahora en 2010 que hizo la revista Noticias, uno de los consultados era Felipe Pigna. Aparentemente, para el señor Pigna, elogiar el Centenario significa "una cosa horrenda" porque la gente de 1910 no tenía sindicatos y no había una ley Sáenz Peña, por la ley de Residencia y andásaber qué otra cosa.

Pero hay más: para el señor Pigna, elogiar al Centenario "dice mucho sobre la clase de personas que hacen el elogio", apelando a la vieja y clásica táctica progre de agarrar algo, descontextualizarlo, generalizarlo y emitir condena. Espero ansioso su vuelta lógica para sostener que José Figueroa Alcorta era simpatizante de Videla.

Entonces, si demostrar simpatías por un hecho histórico es revelar la naturaleza de la persona, ¿cómo tengo que interpretar que Pigna se babee por el "Plan de Operaciones" de Mariano Moreno, que en sus páginas no se priva de recomendar fusilamientos, juicios sumarios en donde se sentencie a morir "a la menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa", entre otras linduras que aparentemente no le perturban su almita sensible?

Pienso unos cuántos epítetos que podrían servir como respuesta, y todos ellos parten de la base de hacer referencia a su señora madre.

* * *

Escucho que en Nicaragua, que parece estar atravesando por una crisis política, al presidente Daniel Ortega se le ocurrió la genial idea de proponer la disolución del Congreso Nacional y pasar a gobernar a través de un Consejo de Estado.

No sé qué irá a pasar en Nicaragua, pero si Ortega llegara a cerrar el Legislativo, espero una rápida, formidable y contundente condena por parte de esa titánica paladina de la democracia que es Nuestra Presidenta.

* * *

Quedan todavía 16 meses para las elecciones presidenciales. Tiempo suficiente para que desde la oposición pongan las cosas en orden y empiecen a pensar para qué quieren llegar al Gobierno.

El riesgo que corren estos muchachos de la oposición, que como en una mala película de zombies dieron por muerto al kirchnerismo sólo para descubrirse empomados por el cadáver reanimado del Néstor, es que en octubre de 2011 la gente prefiera votar al tirano desquiciado que sabe para qué quiere el gobierno, antes de elegir a los no tan desquiciados y no tan tiránicos que no tienen idea de lo que quieren hacer.

* * *

Así me siento cuando la escucho hablar a Cristina.

No sé si compartirán.

* * *

Los seis millones que dicen que fueron al Paseo del Bicentenario no votarán todos por Néstor. Tampoco votarán todos por la oposición. Lo más probable que pase es que estén todos hasta las pelotas de esta manga de mediocres y cretinos de todos los colores que pasan por ser nuestra "clase dirigente". Y lo bien que hacen.

* * *

No me sentí parte de los festejos del Bicentenario. ¿Para qué habría de sentirme parte? Si es obvio que a la Argentina la levantaron los caudillos, los progresistas, los peronistas, los guerrilleros y las Madres y las Abuelas. El resto de nosotros sólo jodemos, conspiramos y cagamos las cosas por nuestra mera existencia.

¿Qué tiene que hacer un católico liberal en este país, excepto pagar impuestos, pedir perdón por su existencia y ver cómo en nuestra fiesta nacional, en la que supuestamente tendríamos que sentirnos todos parte de una misma nación, se consienten "obras de arte" que yuxtaponen a la Iglesia Católica con la Junta Militar y con Adolf Hitler?

* * *

Ya sé que no hubo mucha coherencia en el post de esta semana. Ninguno de estos temas, pienso yo, daba para un post entero. En esta circunstancia era mejor apelar al popurrí.

Hasta la próxima.

sábado, 22 de mayo de 2010

Doscientos años

En unos días más estaremos llegando al bendito Bicentenario de la Revolución de Mayo.

No es poca cosa. Que este país haya podido llegar a doscientos años (o ciento noventa y cuatro, que no es menor mérito, si contamos a partir de 1816) después de una historia como la nuestra, es algo que en el fondo inspira algo de esperanza en la capacidad de supervivencia y adaptación del ser humano.

Es momento de sentarse un minuto, mirar a nuestro alrededor y hacia el pasado, y hacer un balance duro pero necesario de estos doscientos años.

En principio, creo que tenemos que reconocer que, como nación, hasta ahora la Argentina ha sido un fracaso. Vuelvo a repetir acá una definición de Ortega y Gasset que cité antes y que me parece que tiene que estar en la base de cualquier análisis sobre la realidad argentina: una nación es un proyecto sugestivo de vida en común.

Un país no puede ser solamente un territorio con bandera, himno nacional, Estado y, en especial en el caso argentino, una selección de fútbol. Tiene que haber algo más que una a los habitantes de un país, un propósito, una concepción de la vida y de la forma de vivir en sociedad que dichos habitantes compartan no por la fuerza, sino por el convencimiento y la experiencia de saber que esa es la forma en la que quieren vivir y en la que mejor se sienten.

A un país se lo ama, se lo defiende, se lo quiere, no porque gane el Mundial o porque tenga la avenida más larga del mundo. Se lo ama porque se siente que en ese país puede hacer la mejor vida posible.

¿Cuál es ese proyecto de vida en común que ofrece la Argentina? ¿Lo tiene? ¿Alguna vez tuvo uno?

Alguna vez lo tuvo.

Hace casi cien años, faltan sólo un par de días, la Argentina celebró su Centenario y también el mejor momento de su más grandioso proyecto de nación. Se trataba de un proyecto ambicioso, que no se conformaba con lo que había y menos todavía lo elogiaba. Un proyecto de orden y progreso (no de progresismo) que en menos de medio siglo convirtió a un desierto pútrido y nefasto, la más inmunda, pobre y despreciable posesión del ex Imperio Español, en uno de los países más prósperos del mundo, cuya capital, originalmente una aldea de contrabandistas en el medio de la nada, se convertía en una de las ciudades más grandes e imponentes de la época.

¿Que era imperfecto? ¿Que había pobreza? ¿Que había corrupción? Absolutamente. Pero llevábamos medio siglo trabajando; el primer medio siglo de vida independiente no cuenta ya que nos pasamos esos cincuenta años dedicándonos al deporte favorito de los argentinos: degollarnos por idioteces sin sentido.

No era un país perfecto ni por asomo; faltaban muchas cosas por hacer. Faltaba desarrollar el país para que fuera algo más que un gran productor de alimentos. Faltaba desarrollar el interior, desconcentrar a Buenos Aires, faltaba limpiar el sistema político, faltaban muchas cosas que sólo el tiempo y la maduración de una sociedad podían conseguir.

Pero en vez de confiar en el tiempo, en la maduración y en el sentido común, nos fuimos al carajo de la mano de muchos. De la mano de los mesiánicos que creían que haber sido votados era suficiente para hacer lo que se les diera la gana. De los mesiánicos, de uniforme o de civil, que se tragaron lo de ser "la reserva moral" de la Argentina. De los enloquecidos que soñaban con revoluciones delirantes de todo tipo y pelaje. De los vivos que aprovecharon todo para sí, y de los giles que acompañaron porque pensaron que iban a vivir de arriba. De los envidiosos y envenenados que codiciaban lo que no era suyo, y de los vagos que no querían esforzarse para lograr nada. De los que no hicimos nada.

Y así llegamos a donde estamos hoy. ¿Qué proyecto sugestivo de vida en común encarna la Argentina, que no sea la ilusión de un nivel de vida escandinavo con productividad subsahariana, de vivir de las rentas del trabajo de otros, de recibir todo de arriba porque "donde hay una necesidad hay un derecho", de finalmente acabar con todos los que no piensan como uno?

Casi podría decirse, a doscientos años de ese 25 de mayo, que la Argentina sólo se mantiene unida detrás de su selección de fútbol. Basta ver los vergonzosos comportamientos de nuestra dirigencia para comprobar que ni siquiera una fecha como esta puede hacer que dejemos atrás las chicanas pedorras y las avivadas de siempre.

Al Centenario llegamos como uno de los países más ricos del mundo; el Bicentenario nos encuentra chapoteando en la mugre, la miseria y la mediocridad de nuestro fracaso histórico como nación y como sociedad, fracaso que abrazamos como si realmente fuera algo digno en lugar de algo a lo que hay que escaparle como sea.

Es un Bicentenario triste el que tenemos, más cuando en los edificios y en las grandes obras de todo el país podemos apreciar el legado de aquel Centenario glorioso que celebrara un país que tanto prometía y que tanto decepcionó.

Hay, en el fondo, algo de esperanza, aunque más no sea en la capacidad de supervivencia y de adaptación que tenemos los argentinos. Sobrevivimos doscientos años a pesar de nosotros mismos; insisto, eso no es algo que se pueda despreciar tan fácilmente.

El mismo Centenario, ese que ahora nos quieren pintar como un momento triste "bajo estado de sitio" para que no lo comparemos con lo triste y mediocre de este Bicentenario, es prueba de algo más: de que como sociedad fuimos capaces alguna vez de levantar una nación rica, orgullosa y esperanzada a partir de un desierto atrasado e inhóspito.

Pudimos construir ese país, que prometía tanto y que aún en sus grandes faltas mantenía la esperanza de superarlas. Nada, excepto nosotros mismos, nos impide trabajar para que volvamos a ser un país así. Quizás no lo veamos nosotros, o incluso nuestros hijos; pero sí podemos esforzarnos para que llegado el 2110, le toque a los blogueros del Tricentenario volver la mirada a este triste 2010 y enorgullecerse ellos del país que tienen en comparación con el que vivimos nosotros. Y quizás, incluso, enorgullecerse de nosotros por haber empezado el camino de la superación.

Es algo por lo que vale la pena pensar, aunque más no sea para no caer en la desesperanza.

Por lo menos, podemos hacer lo que esté en nuestras manos para que en 2016 el verdadero Bicentenario, el de la Independencia Nacional, encuentre un país más tranquilo, más seguro y que no duela tanto como el nuestro.

Por mi parte, quiero mantener esa esperanza.

No hay mucho que festejar, excepto los 200 años del comienzo de todo. Lo que nos duele de este país, está en nuestras manos para resolverlo, de la manera que esté a nuestro alcance. Y aunque la Argentina duela como sólo ella sabe hacer doler, mueva a sufrir e irrite por momentos, sigue siendo nuestro país, al que nosotros tenemos que darle eso que le falta.

Y esa es razón suficiente para celebrar a la Argentina, aunque nos duela como nos duele por lo que la queremos.

Felices doscientos, Argentina. ¡Viva la Patria!


sábado, 15 de mayo de 2010

Tres ideas bien Nac&Pop

El otro día, mientras viajaba en el tren de vuelta a casa, noté la publicación que leía una mujer y al ver que había una foto bien grande de la horrenda jeta de Eduardo Luis Duhalde (por si hace falta aclarar, hablo del montonero, no del cabezón)... pero eso fue sólo el comienzo. Después vi que los titulares de las notas hablaban sobre "los cronistas de la dictadura", "Joe, el mártir de la Escuela de Chicago" y otras linduras por el estilo.

Al ver en la esquina superior el nombre de la publicación, descubro que se llama Lesa Humanidad. Qué lo parió, cuando uno piensa que no pueden darle otra vuelta a la cuestión de los '70, ya sacan una especie de diario sobre el tema.

Digo yo, ¿a los zurdos y los progres no les alcanza la Playboy para excitarse?

Pero como soy un buen tipo, les propongo ahora el siguiente paso, que me deberán reconocer que es una gran idea para mecharlo con la deformación infantil.

Propongo que se publique el "Álbum de Figuritas del Proceso".

En sus páginas podríamos tener, como en los que sacan para cada Mundial, a los represores y a los jóvenes idealistas organizados por equipo, algo como "Junta Militar", "Escuela de Mecánica", "El Olimpo", "Batallón 601", "Monopolio Clarín" para los malos y "Montoneros", "ERP", "FAR" y "Madres de Plaza de Mayo" para los buenos. Y así sucesivamente.

Y podríamos distribuirlos por las escuelas, gratis claro está, y financiado con fondos del Estado. Total, si ya vamos a pagar este diario Tiempo Argentino que la va a tener a Florencia Peña como columnista...

Sólo imagínense a las blancas palomitas de la niñez Nac&Pop en los recreos de su dulce educación, intercambiando figuritas en ese admirable libre mercado que solíamos montar.:

- ¿Tigre Acosta?

- ¡Late!

- ¿Brigadier Graffigna?

- ¡Nola!

- Te la cambio por la de Norma Arrostito.

- ¡Dale! Tengo también la de Alfredo Astiz, por si la buscabas...

- ¡Uy, la difícil! ¿Cuál querés de las otras?

- Vi que tenías la de Vaca Narvaja por ahí...

Ah... la niñez...

Pero no me quería detener solamente en esto. Para que mis amigos Nac&Pop puedan entretenerse, les propongo aquí de yapa otras dos grandes ideas que pueden aplicar en el combate contra las odiadas reformas neoliberalprocesistas de la década de 197090.

1) Volver a las viejas patentes de auto de antes del '96. ¿Por qué tenemos que seguir con este modelo alfanumérico de clara inclinación anglosajona e imperialista? Volvamos al viejo, noble y bien argentino esquema de chapas negras con caracteres blancos, esas queridas patentes de impronta federal que nos permitían gritarle "¡Correntino de mierda!" al auto con chapa "W" que nos cerraba en la ruta, por ejemplo. Estoy seguro de que Planificación Federal puede ocuparse del tema, con una buena adjudicación directa de unos, digamos, 2500 pesos por cada chapa patente, a la que le pueden agregar un holograma de Hebe de Bonafini como medida de seguridad.

2) Revertir las modificaciones en la numeración telefónica. Esta idea menemista de meter un número adicional, empezando por el "4" y siguiendo hacia adelante, en los números de teléfono introduce el componente elitista para aquellos que tuvieron teléfonos mucho antes y que ostentan el "4" y aquellos snobs que consiguen líneas nuevas que empiezan con un "6". Volvamos hacia atrás en pos del igualitarismo telefónico, carajo. ¿Para cuándo la columna de Jorge Giles en El Argentino denunciando esta oligárquica realidad telefónica?

Si quieren, muchachos, puedo cranear otras ideas. Todo lo que pido es un puestito en algún ministerio.

Hasta la próxima.

sábado, 8 de mayo de 2010

Pesimismo

"El hombre es lo que es: un animal salvaje con voluntad de sobrevivir y (hasta ahora) con la capacidad necesaria para enfrentarse a cualquier competencia. A menos que uno lo acepte así, todo lo que se diga sobre la moral social, la guerra, la política - lo que sea - es pura tontería. La moral correcta surge de saber lo que el hombre es, y no lo que a esas viejas solteronas, a esos hombres de buenas intenciones y deseosos de obrar bien, les gustaría que fuera."

Starship Troopers, de Robert A. Heinlein

Hay comportamientos, ideologías, posturas frente al hombre y a la vida que sólo se entienden si vemos a sus promotores como portadores de un utopismo a prueba de balas. Desde creer que una persona carece de intereses propios por el simple hecho de ser funcionario público (como me lo dijo en la cara un conocido progre cuando se lo planteé como objeción al estatismo) hasta pensar que las armas son el único obstáculo para la paz mundial. Desde creer que para que no haya más terrorismo hay que sentarse a dialogar con los terroristas hasta intentar acabar con el crimen y la inseguridad haciendo que la policía sea buenita, desarmada y conciliadora.

Esas ideas, y otras similares en su óptica y en su total falta de sentido, siempre van a estar rondando en una sociedad. Y es comprensible que así sea, porque es lindo creer en eso. Es más agradable y reconfortante que la alternativa. Y por eso estas ideas, este utopismo, siempre va a tener mejor prensa y apologistas más vocales que aquellos que insistimos en el escepticismo, en la desconfianza y en la prevención.

Y lo peor que se puede hacer es sancionar leyes y gobernar una sociedad basándose en el utopismo. Cualquier ley estatizante se basa en la idea de que el Estado, que es una organización tan humana y falible como una empresa, es por naturaleza más bondadoso y moral que una corporación. Todos los tratados de desarme y propuestas del pacifismo surgen de la creencia de que el ser humano es naturalmente bueno y que las armas lo hacen violento, en una lógica similar a pensar que el frío es consecuencia de la existencia de los sweaters.

Y así podemos seguir y seguir, pero los resultados son los mismos: todos estos experimentos, todas estas ideas, todos estos esfuerzos de lograr la utopía chocan contra la naturaleza humana. Ahí viene el llanto y el rechinar de dientes, las tragedias y los desastres, la repartida de culpas y la búsqueda de culpables, y la infaltable defensa de la idea original basándose en sus intenciones en vez de sus resultados. Porque si falla, nunca puede ser debido a que la idea era mala. Siempre fue porque alguien no la supo aplicar o no la quiso poner en práctica porque es "malo".

El utopismo fracasa porque ignora lo que el ser humano es en realidad. Así de simple.

El ser humano es agresivo. El ser humano es violento. El ser humano es codicioso. El ser humano tiende naturalmente a perseguir su propio interés. El ser humano busca siempre su ventaja. El ser humano no es racional. El ser humano no nace responsable, sino que se le debe inculcar. El ser humano quiere ganar como sea. Siempre.

Toda virtud, sea el altruismo, la solidaridad, el desapego, la honestidad, es valiosa por lo rara que es entre las personas, no por lo común que pueda ser. Ninguna ley o conjunto de buenas intenciones va a poder cambiar esto.

Dictar leyes o redactar normas sin otra precaución contra su posible violación excepto presuponer que por lo buena que es la gente no se las va a violar es una idiotez mayúscula. Darle poder a una persona y no prevenirse contra el abuso de ese poder es suicida. La confianza se gana, no se regala; se le da en cuentagotas al que demuestra merecerla, no se la presupone basándose en lo que el otro dice.

La ley, la política, la economía y la moral no deben partir de lo que el hombre debe ser como si ya lo fuera, sino asumir lo que el ser humano es, y desde allí encauzar y limitar su comportamiento para que no caiga en excesos que sean destructivos para sí mismo y para la sociedad en general.

Cada vez que alguien intentó desmentir las expresiones "hijos del rigor" y "hecha la ley, hecha la trampa", los resultados fueron siempre los mismos: un fracaso rotundo.

¿Que si es un punto de vista oscuro y triste? Claro que sí. Desafortunadamente, no veo que las alternativas sean factibles. Soy un pesimista; ni la historia ni la política ni el comportamiento diario de la gente me dan razones para no serlo. Por eso pienso lo que pienso.

Hasta la próxima.

sábado, 1 de mayo de 2010

Pensando en el Tricentenario

Ahora que estamos en pleno frenesí del Bicentenario, que de tan prostituído por los Kirchner nos debería llevar a no celebrar más el 25 de mayo, creo oportuno presentar ante ustedes un proyecto con miras al Tricentenario de la Independencia Nacional. ¿Qué más planeamiento de largo plazo quieren que pensar en el país del 9 de julio de 2116?

Parte de esta base: como nación, como "proyecto sugestivo de vida en común" según Ortega y Gasset, la Argentina es un fracaso épico. Es un territorio con bandera, himno nacional y selección de fútbol, habitado por delincuentes, vagos, corruptos, aprovechadores y estafadores que viven de los giles que todavía trabajan y se esfuerzan sin descubrir las "delicias" de currar del Estado. Admitamos además que para un argentino no hay nada peor que otro argentino.

Lo que propongo es sencillo en principio: cuando llegue el 2016, dividamos la República Argentina en seis o siete Estados formados por las provincias y la ciudad de Buenos Aires convertida en una Singapur sudamericana, deroguemos la Constitución y reemplacémosla por una Carta de Derechos y un Tratado de Confederación, y establezcamos un plazo de cien años, a finalizar el 9 de julio de 2116 con la reconstitución de la República Argentina.

Cada uno de esos Estados y la Ciudad de Buenos Aires serán completamente autónomos y libres sobre sus asuntos internos, y sólo delegarán en la Confederación el poder necesario y suficiente para que ésta funcione como una unión aduanera, una organización de integración y cooperación y una alianza militar con fuerzas armadas propias. Y nada más.

Todo lo demás, desde la seguridad interna, la educación, la autoridad fiscal, la legislación laboral y el poder de acuñar moneda, quedarán bajo la exclusiva potestad de los Estados integrantes de la Confederación. No habrá más distribución de fondos que la que surja de las rentas aduaneras, y si habrá coparticipación, será de los Estados miembros hacia la Confederación para solventar exclusivamente los gastos militares y funcionales de la misma.

Cada 25 años (2041, 2066, 2091 y finalmente 2116), se deberán celebrar conferencias destinadas a transferir gradualmente poderes al nivel confederal de gobierno mediante enmiendas al Tratado de Confederación, pero a las que sólo podrán acceder los Estados que cumplan con metas preestablecidas de crecimiento del PBI, desarrollo de infraestructura, responsabilidad fiscal y estabilidad monetaria. Los que no cumplan, seguirán sujetos a las reglas anteriores.

Finalmente, después de cien años en los que se habrá pasado de una unión aduanera con armas a un mercado común con cada vez más responsabilidades y luego a una organización al estilo de la Unión Europea (aunque esperemos que menos laberíntica), sería de esperar que el Tricentenario de la Independencia sea la oportunidad en que los Estados que alguna vez formaron la primera República Argentina, templados y fogueados después de un siglo de manejar sus propios asuntos sin chupar dinero y recursos de un Estado federal por el hecho de que éste no existió, estén en condiciones de acordar una nueva Constitución y el surgimiento de una segunda República Argentina, más responsable, más autónoma y menos degenerada.

Soñar no cuesta nada, che. Después que no digan que nadie piensa en el largo plazo en este país.

Hasta la próxima.

sábado, 24 de abril de 2010

Arrested Republic

En estos últimos días me enganché por I-Sat con una comedia norteamericana llamada Arrested Development.

La premisa de la serie es esta: Michael Bluth, de treinta y tantos años, padre viudo de un hijo adolescente, debe tomar las riendas de una familia al borde del colapso y de una empresa familiar próxima a la bancarrota luego de una desgracia con ribetes legales, y debe dar lo mejor de sí para mantener unida a la familia y a flote al negocio.

Hasta ahora, la premisa daría para un drama, de no ser porque la familia con la que debe lidiar este buen hombre está formada por:
  • un padre, magnate de la construcción, encarcelado tras descubrírsele sus prácticas de "contabilidad creativa" y sus negocios secretos con Saddam Hussein, que pasa su tiempo tratando de escapar de la cárcel y de la Justicia, muchas veces intentando hacer que encarcelen a su hermano gemelo hippie en su lugar,
  • una madre, bebedora social compulsiva, acostumbrada a una vida de lujos decadentes sostenida con fondos malhabidos de la empresa familiar, completamente hipercrítica y manipuladora hacia sus hijos hasta el punto del maltrato,
  • un hermano mayor, vago, vividor, mujeriego, despreciado por sus padres, obsesionado con una fracasada carrera como "mago", e incapaz de tener un trabajo honesto,
  • una hermana gemela consumista, superficial, promiscua, extravagante y culposa que trata de pasar como profunda y comprometida adhiriendo a cuanta causa bienpensante surja, militando con fondos malhabidos de la empresa familiar,
  • un hermano menor inmaduro, socialmente inepto, con un complejo de Edipo del tamaño del Monumental, presa de ataques de pánico, y víctima de las peores manipulaciones de su madre,
  • un cuñado, casado con la hermana antes mencionada, que dejó de trabajar para esforzarse en pos de una carrera actoral condenada desde el principio, que vive tratando públicamente de engañar a su mujer, y que da permanentes muestras de "vivir dentro del armario",
  • una sobrina, hija de la hermana y del cuñado, que prácticamente se crió sola ante el abandono de sus propios padres, y que trata de adaptarse a la educación pública tras salir de una escuela "progre" sin notas ni sanciones, al tiempo que busca causarles la mayor cantidad de dolores de cabeza a sus padres irresponsables,
  • y un hijo adolescente, serio y responsable, al que no puede prestar atención por tener que ocuparse del resto de la familia, y que quisiera debatir con él algunos de los problemas por los que está pasando... como por ejemplo el estar enamorado de su propia prima.
Cincuenta y tres capítulos en tres temporadas que detallan la permanente y fracasada lucha de un hombre por imponer algo de sentido común y responsabilidad a una familia desquiciada que sencillamente no asume que se acabó su fortuna, que no hay más manteca para tirar al techo y que sus negocios ilegales los pueden condenar a la cárcel, pero que a pesar de todo insiste en seguir viviendo como antes, aún si para ello tienen que pisarse unos a otros. Les aseguro que el nivel de desquicio al que llegan los personajes de esta serie en su búsqueda de mantener todo como estaba cuando ya no pueden más es épico. Una verdadera joya.

¿Por qué hablo de esta serie? Porque nunca antes había visto algo en televisión que se asemejara tanto y tan bien al grado de desquicio, irrealidad, delirio colectivo, misantropía y pura desconsideración que vive la República Argentina. Cuando me cayó la ficha, fue glorioso.

Si analizamos a nuestro país y a la familia Bluth, en ambos encontraremos lo mismo: un colectivo inepto y cuasi-criminal que vive de una fortuna que ya no existe, que no asume su realidad de escasez, que no entiende por qué ya no merece confianza ni respeto de nadie, que no entiende qué tiene de malo romper la ley para seguir como si nada hubiera pasado, que persigue ambiciones fracasadas e irreales desde el primer momento, que es incapaz de hacerse cargo de sus actos y consecuencias, que invierte sus esfuerzos intelectuales y de imaginación en encontrar maneras de evadir las responsabilidades y vivir de arriba, que no se priva de nada en momentos en que no puede darse ningún gusto, que intenta disimular su superficialidad pegándose a todo lo bienpensante, y que lleva a la impotencia, desesperación y locura a los pocos que todavía mantienen cordura y esperanza ante la situación.

Sólo que en el caso de Arrested Development lleva a la risa y en el de la Argentina a llorar.

En fin, una verdadera joya de la TV. Guarda que es de esas series que hay que ver desde el primer capítulo.

Hasta la próxima.

sábado, 17 de abril de 2010

Perlas

Altamente recomendables cuando se experimente una sobredosis de Veinte Verdades del Justicialismo.

El gobierno no es razón; no es elocuencia. Es fuerza. Y la fuerza, como el fuego, es un peligroso sirviente y un temible amo.” George Washington.

La necesidad es la justificación de toda violación a la libertad humana. Es el argumento de los tiranos. Es el credo de los esclavos.” William Pitt

"Un gobierno sabio y frugal, que refrenará a los hombres de herirse mutuamente, que los dejará por demás libres para regular sus propias búsquedas de industria y progreso, y que no quitará de la boca del trabajo el pan que se ha ganado. Esta es la suma del buen gobierno…” Thomas Jefferson

¿Ante cada ejercicio no autorizado del poder por parte de la legislatura, debe el pueblo alzarse en rebelión o su silencio ser considerado como una claudicación de dicho poder? Si así fuera, ¿cuántas rebeliones deberíamos haber tenido hasta ahora?” Thomas Jefferson.

El principio de gastar dinero que será pagado por la posteridad, bajo el nombre de financiamiento, no es más que una estafa a gran escala contra el futuro.” Thomas Jefferson.

La multiplicación de los puestos públicos, el incremento del gasto por sobre el ingreso, el crecimiento y la imposición de una deuda pública, son indicaciones que reclaman el uso de una podadora.” Thomas Jefferson

Creo que tenemos más maquinaria de gobierno que la necesaria, demasiados parásitos que viven de la labor de los industriosos.” Thomas Jefferson.

Si se preguntara cuál es el deber más sagrado y la mayor fuente de seguridad en una República, la respuesta deberá ser: un respeto inviolable por la Constitución y las leyes. Un respeto sagrado por la ley constitucional es el principio vital y la energía que sostiene a un gobierno libre.” Alexander Hamilton

La Constitución no es un instrumento del Gobierno para contener al pueblo; es un instrumento del pueblo para contener al Gobierno.” Patrick Henry.

Un pueblo libre reclama sus derechos como derivados de las leyes de la naturaleza, y no como el regalo de su primer magistrado." Thomas Jefferson

Hemos sido reducidos a la alternativa de elegir la sumisión incondicional a la tiranía de ministros irritados o a la resistencia por la fuerza. El honor, la justicia y la humanidad, nos guarden de rendir mansamente aquella libertad que recibimos de nuestros honorables ancestros, y que nuestra inocente posteridad tiene derecho a recibir de nosotros.” John Dickinson

Guarden con celosa atención la libertad pública. Sospechen de todos los que se acercan a esa joya. Desafortunadamente, nada la preservará excepto la fuerza explícita. Cuando ceden la fuerza, están inevitablemente condenados.” Patrick Henry

La cura natural para una mala administración, en una constitución popular o representativa, es un cambio de hombres.” Alexander Hamilton

La libertad debe ser sostenida ante cualquier peligro. Tenemos derecho a ella, que se deriva de nuestro Creador. Pero si no lo tuviéramos, nuestros padres lo han ganado y comprado para nosotros a costa de su tranquilidad, su propiedad, su placer y su sangre.” John Adams.

¿Qué país ha existido por un siglo y medio sin una rebelión? ¿Y qué país pueden preservar sus libertades si a sus gobernantes no se les advierte de tanto en tanto que su pueblo conserva el espíritu de la resistencia? Que se levanten en armas (...) ¿Qué significan unas pocas vidas perdidas en un siglo o dos? El árbol de la libertad debe ser regado de tanto en tanto con la sangre de patriotas y tiranos." Thomas Jefferson

"Si prefieres el bienestar a la libertad, la tranquilidad de la servidumbre al animado desafío de la libertad, aléjate de nosotros en paz. No pedimos ni tu consejo ni tu apoyo. Inclínate y lame la mano que te alimenta. Que tus cadenas te sean leves y que la posteridad olvide que fuiste nuestro compatriota.” Samuel Adams.

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Pensar que acá tratamos barbaridades como "donde hay una necesidad, hay un derecho" como si fueran sabiduría.

Hasta la próxima.

martes, 13 de abril de 2010

Se le cayó el monóculo


Nuestro Prime Minister, ciudadanos y ciudadanas. Una cátedra de civismo, respeto democrático y convivencia en la Argentina del Bicentenario.

Vergüenza es poco.

(foto afanada de BlogBis)

sábado, 10 de abril de 2010

Si pudiera reformar la Constitución...

Muy bien, ya sé que los atormenté a muchos de ustedes con mi eterna e interminable serie de artículos de "Una nueva Constitución" hace un par de años, pero a pesar de eso hoy voy a volver a las andadas por esos pagos. No se preocupen, intentaré de que sea breve y no pasará de este artículo.

Yendo al tema, si me estuviera dado el modificar la Constitución Nacional para adaptarla a la experiencia de estos últimos años, me conformaría con que estos diez puntos pasen a ser incorporados.

1. Prohibir la reelección presidencial. No "prohibir la reelección inmediata" y pedirles que dejen pasar un período completo para volver a presentarla. Hablo de prohibirla en serio. Que la Constitución diga que quien ejerció un mandato como Presidente no lo puede volver a hacer nunca más. Punto. Nadie es tan bueno o perfecto como para pretender perpetuidad; el único tipo que en la historia de la Humanidad podría haber merecido perpetuidad en el cargo terminó clavado a una cruz. Y ya que estoy, quizás le agregaría una "cláusula hondureña" que revoque automáticamente el mandato de cualquier presidente que siquiera HABLE de una reelección. Si funcionó para que Honduras se libere del payaso de Zelaya, tan mala no debe ser.

2. Nada de representación política en el Consejo de la Magistratura. La participación política en la selección y nombramiento de los jueces está bien cubierta con la designación por parte del Presidente y el acuerdo prestado por el Senado. La selección de las ternas debe ser un asunto estrictamente académico y judicial. Elegir quién va a impartir justicia no puede quedar en manos de una mayoría legislativa, que puede depositar ese poder en manos de bestias humanas como Diana Conti y Carlos Kunkel.

3. Prohibir la sucesión familiar. Más que claro. Aspiramos a vivir en una república, no en una monarquía. Quizás la "cláusula hondureña" debería aplicarse para el Presidente que proponga a su esposa, a algún hijo, sobrino, primo, yerno, cuñado, nieto u otro pariente cuya relación no sea lo bastante obscura como para obligar a preguntar "¿cómo se llama?" cuando se percata de su existencia.

4. Elecciones presidenciales cada seis años. Si cuatro años es tan poco tiempo en el gobierno como para justificar la idea de una reelección, mientras que los seis años de un mandato pre-1994 eran demasiados, entonces hay que volver a los seis años de período presidencial. Es suficiente tiempo como para que un presidente implemente políticas y vea los resultados antes de irse. Y es ya demasiado tiempo para que una ciudadanía lo soporte.

5. Mandatos de tres años para los diputados. La Argentina no puede vivir de elección en elección cada dos años. Aunque existen buenas razones para el actual sistema de renovación parcial de las Cámaras (no se puede permitir que toda una cámara quede constituida por un único humor social), pienso que es preferible bajar el mandato de cuatro a tres años y hacer que la Cámara de Diputados se renueve totalmente en cada elección. Ah, y con circunscripciones en vez de listas sábana, y límites de cuatro períodos en las bancas.

6. Senadores elegidos conjuntamente con los comicios provinciales. Tres senadores por provincia: uno elegido en la lista del gobernador y del vice, uno por el partido con más bancas en la Legislatura y otro por el que le sigue en cantidad de bancas. Que la decisión sobre quiénes van a representar los intereses de las provincias en el Senado se tome al mismo tiempo que se decide quiénes deben legislar y gobernar en las propias provincias. Que el Senado sea sólo cámara revisora, excepto en materia de distribuir responsabilidades entre el Gobierno y las provincias. Y que los senadores sean responsables ante las legislaturas de sus propias provincias (con la posibilidad de ser destituidos por ellas) por la defensa que hagan de los intereses provinciales.

7. Mayoría absoluta del total de miembros para aprobar todas las leyes. Si el Senado tiene 72 miembros, que ninguna ley pueda ser aprobada sin el voto afirmativo de 37 senadores. Si Diputados tiene 257 miembros, que ninguna ley pueda ser aprobada sin el voto afirmativo de 129 diputados. ¿Que va a ser difícil que todos estén sentados en sus bancas? Si a cualquier argentino común y corriente le descuentan sueldo, presentismo y almuerzo por faltar al trabajo, a nuestros "representantes del Pueblo" no les cabría más que cumplir las tareas por las que se les pagan fortunas. Y para eso mandaría a la Policía a que se asegure de que cada senador y diputado esté bien sentadito en su banca a la hora de sesionar. Es sólo una idea.

8. Mayoría de dos tercios del total de miembros para aprobar la creación y modificación de impuestos. ¿Que si va a ser difícil aprobar cualquier impuesto? Esa es la idea. Si nos van a sacar dinero, más vale que sea lo bastante urgente y convincente como para que convenzan a la gran mayoría del Congreso. El poder de sacarle plata a sus legítimos dueños (que somos nosotros y definitivamente no son los políticos) no puede quedar en manos de una mayoría transitoria. Quién sabe, a lo mejor así se les va a ocurrir ser mejores administradores.

9. La coparticipación es de abajo para arriba. El Gobierno nacional sólo recauda tasas aduaneras, impuestos al comercio exterior e IVA. Las provincias recaudan Ganancias y otros impuestos directos. Si hay que repartir plata, el convenio entre las provincias es para decidir cómo y cuánto va de lo que recaudan para el Gobierno nacional, no cuántas migas van a llegar desde Buenos Aires.

10. El veto es completo, no parcial. No se le puede permitir a un Presidente pervertir una ley mediante el expediente de sacar las partes que no le gustan y dejar las otras. Que asuma el costo político de rechazar la decisión del Congreso y anule toda la ley si hay algo que no le gusta. Y si no le gusta lo que se aprobó, que se lo banque. A nosotros no nos suele gustar nada de lo que aprueban cotidianamente.

En fin, eran sólo algunas ideas que tenía. Espero que les haya parecido interesante.

Saludos y hasta la próxima.

sábado, 3 de abril de 2010

El corazón de la oscuridad

-A veces deseo que se vayan rápido, ¿sabés? -Ahora tenía un cierto dolor en la mirada. Volvió a rascar el borde la mesa con el canto de su mano-. Así vos y yo podemos volver a hablar de libros y de minas, como antes. ¿Te acordás?

Los odio.

Me siento a escribir esto, tengo el bloc de notas abierto frente a mí, suspiro y lo reconozco: los odio.

Debo hacer el sinceramiento, aunque sea para mí mismo.

Y no sólo los odio a ellos, al matrimonio, a Él y a Ella, a la Parejita Perversa. Y mi odio, que los tiene a ellos como foco, se desparrama a toda la telaraña que los rodea. Odio a su círculo íntimo, odio a sus familiares, odio a sus operadores, odio a sus aliados cómplices, odio a sus asociados, odio a sus voceros, odio a sus apologistas, odio a sus simpatizantes. Del primero al último, los odio.

Va más allá del desacuerdo personal con sus políticas, de la crítica a su corrupción, del rechazo a sus métodos. Eso ya fue, quedó atrás, es algo que se podía sentir, como lo sentía yo, respecto de Menem, de De la Rúa, de Duhalde. Eso es algo que que podía haberse dicho de los Kirchner en el 2006. Lo de hoy, abril de 2010, es odio en toda la regla.

Y no es usar la palabra "odio" como una expresión. Es odio en serio, del que te hace sentir capaz de las peores cosas si tuvieras la oportunidad de aplicárselo en persona. Del que te hace bloquear Canal Siete de tu televisor para no sentir el anhelo irrefrenable de destruir el aparato cada vez que aparece 6, 7, 8 o Visión Siete, o Hebe de Bonafini.

¿Por qué los odio?

Hace siete años que vengo escuchando de ellos que yo, como parte de todos aquellos que no pensamos como ellos, somos golpistas, destituyentes, resentidos, que nuestras ideas no merecen ser tenidas en cuenta, que somos tan idiotas que votamos "contra nuestros propios intereses".

Me dicen permanentemente que por no pensar como ellos no tengo derecho a hablar, que la democracia no me incluye, que tengo que pedir permanentemente perdón por no estar de acuerdo y tener mis propias ideas, que no formo parte de la verdadera Argentina, que soy un cuerpo tolerado en la Patria "nacional y popular", pero que si Cristina quisiera y fuera una genia, me haría desaparecer junto con unos cuantos.

Para ellos, los que no pensamos como ellos sólo tenemos que callarnos, agachar la cabeza, pagar nuestros impuestos y nada más.

Cada discurso que dan es un insulto hacia lo que soy, lo que siento, lo que pienso y lo que creo. Y me levantan el dedito y me dan clases de moral.

Me hablan de los derechos humanos y me levantan el dedito, aquellos que en la puta vida se calentaron por los derechos humanos, que tan mal la pasaron en el gobierno militar que abrieron su estudio de abogados y se llenaron de guita hipotecando a insolventes, que hicieron los negocios que se les cantaron y se sacaron fotos con cuanto general daba vueltas por Santa Cruz.

Me hablan de la década del '90 con lágrimas y me levantan el dedito, aquellos que eran los mejores alumnos de Menem, que le aplaudían todo, que compartieron Dios sabe cuántas boletas electorales con el Cotur, que iban de convencionales en el '94 para meter la reelección y los decretos de necesidad y urgencia en la Constitución.

Me maldicen el capitalismo y la riqueza, esa pareja de millonarios y usureros de patrimonio tan explosivo como ilegal.

Me dicen que estoy loco, que la inflación es una "tensión momentánea de precios" cuando ya los aumentos se empiezan a notar con semanas de diferencia, cuando el billete de diez pesos con el que antes me podía pagar un almuerzo rápido ahora con suerte me sirve para un café choto.

Me dicen que estoy loco, que no existe inseguridad, sólo "consecuencias de la pobreza", mientras chorros dopados hasta los párpados con paco y todas las otras porquerías imaginables matan, acribillan, acuchillan y violan por un par de zapatillas o por veinte pesos en el bolsillo. Y me dicen que soy facho, que soy intolerante, que soy "mano dura" por querer que se les ponga fin de una vez a esas barbaridades.

Me miran a la cara, me sonríen con sorna, me levantan el dedito y me dicen que estoy loco, que estoy equivocado, que lo que siento no es verdadero, que lo que pienso no es aceptable, que lo que me pasa no es verdad, que los medios me llenan la cabeza, que mi opinión no cuenta.

Me venden un país en el que no existo, en el que apenas soy un contribuyente de impuestos, en el que no se me respeta nada si a ellos no les conviene.

Y me levantan el dedito. En todo momento. Me levantan el dedito y lo agitan en frente mío.

Y sé que es mutuo. Ellos me odian a mí, junto a los que no piensan como ellos. Chorrea su odio en sus discursos, en los chistecitos y sarcasmos que tiran desde 6, 7, 8 y las columnas de El Argentino, en el desprecio de sus diputados y filósofos, en las sonrisitas sobradoras de sus amigos y entenados. A Hebe de Bonafini y Luis D'Elía se los puee criticar por muchas cosas, pero no por poner en los términos más claros y crudos posibles el odio que los Kirchner y sus acólitos sienten por los que estamos del otro lado.

¿Cómo no los voy a odiar después de eso?

Lo peor es que no quiero sentir esto. No quiero odiar a nadie de este país, ni a mi gobierno ni a mis compatriotas. Ni siquiera los quiero odiar a ellos. Sería tanto más fácil mi vida sin el odio que me inspiran, que hasta podría decirse que los odio más por llevarme a odiarlos.

Tengo amigos, parientes, gente a la que aprecio y quiero mucho, que están del otro lado de la vereda y con la que he tenido discusiones maravillosas y enriquecedoras, siempre desde nuestros puntos de vista, sabiendo que no nos vamos a convencer de pensar distinto de lo que creemos, pero que al menos vamos a entendernos.

Sé que es posible no odiar, que se puede vivir en la Argentina en paz con los que no coinciden con nosotros, y que es más fácil de lo que parece. Y por eso los odio todavía más a los Kirchner, porque nos han llevado por el camino contrario, el del odio, el resentimiento, la venganza y el desprecio. ¿Y en nombre de qué? ¿Qué les da derecho a los Kirchner a partirnos al medio, a llevarnos al odio entre compatriotas?

¿Es en nombre de los derechos humanos que en la puta vida les importaron hasta que llegaron al gobierno? ¿De la distribución de la riqueza que siempre termina en sus manos? ¿De un "proyecto nacional" que sólo existe para mantenerlos en el poder y por el que un día pueden condenar al FMI mientras al día siguiente le pagan toda la deuda?

Al final de la historia, cuando todo esto termine, cuando finalmente se vayan, mi odio hacia ellos, y el odio de quienes los siguen hacia nosotros, el odio entre hermanos argentinos que como gobernantes debieron haber ayudado a curar en vez de incitar e incentivar, será la mayor condena que pesará sobre los Kirchner.
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