sábado, 25 de septiembre de 2010

Juegos realistas

No estoy con ganas de hablar de política hoy. Llámenlo como quieran, pero el enfermo ambiente político local no me motiva.

Cambiando de tema, no sé qué tanto sean de su agrado, pero por mi parte uno de mis géneros favoritos en materia de juegos electrónicos es el de los juegos de estrategia.

A pesar de lo mucho que se ha avanzado en materia de realismo (para alegría de los fanáticos y para horror de los antibelicistas), es necesario destacar que todavía falta mucho para que un juego pueda reproducir con exactitud y de manera fidedigna las múltiples facetas de la guerra moderna.

El siguiente artículo humorístico, del que reproduzco apenas los puntos que más me llamaron la atención, es una guía para avanzar en el realismo de los videojuegos, y si alguno de ustedes es seguidor del género de la estrategia, bueno... como para pensarlo un poco.

I want a war sim ...

1. ... where I spend two hours pushing across a map to destroy a "nuclear missile silo," only to find out after the fact that it was just a missile-themed orphanage. I want little celebrities to show up on the scene and do interviews over video of charred teddy bears, decrying my unilateral attack. I want congressional hearings demanding answers to these atrocities.

2. On the very next level I want to lose half of my units because another "orphanage" turned out to be an enemy ambush site. I want another round of hearings asking why I didn't level that orphanage as soon as I saw it, including tearful testimony from a slain soldier's daughter who is now, ironically, an orphan.

(...)

7. I want my Mission Objectives to change every 30 seconds, without anyone letting me know. I want little talking heads to pop up on my screen--commanders, politicians, allies, military intelligence--each giving me different sets of victory parameters, all of them conflicting and many of them written in bullshit ass-covering doublespeak.

(...)

9. I want a super-cool custom-weapons lab where I can design mech armor for my infantry with wicked acid-tipped missiles and guns that shoot spiders. Then I want to watch as 100 men are cooked alive in the desert because of a defect in the internal air conditioning units that shorted due to condensation in the fusion coils and insufficient insulation in the wiring units bypassing the laser reactor core, due to the contractor's decision to use over-the-counter components instead of the military-grade ones mandated in Subsection 12:94A, Paragraph B of the Military Weapons Platform Procurement Act of 3013, a document that is 14,724 pages long and contains some 81,301 loopholes that allow congressmen to bypass component testing and funnel lucrative military contracts to cut-rate suppliers from their home districts at the peak of every election cycle.

(...)

13. I want factions. Not a simple aliens vs. humans or Russians vs. Americans war orgy. I want to share the map with powerful forces who are not friend or foe or anything else, a news media, private corporations, asshole allies and friendly enemies, everyone jockeying for their own interests and me unable to bend over at any moment without turning my codpiece around first. I want a France.

14. I want fat, left-wing documentarians carefully editing the only the most incriminating footage, countered only by low-IQ country music singers crooning my praises while in American flag-colored cowboy hats.

(...)

17. In my Public Support Meter display, let me find out that the news media has run, in the same magazine, one story blasting us for going to war for minerals and another story blasting us for not acting on the continuing mineral shortage back home. There should also be simultaneous stories about the outrageous expense of the war effort, and another about how the troops are under-funded and under-equipped. Set it so that I somehow lose public-support points with each story.

(...)

19. Now, beating the game will depend on how I play to Ivy League politicians who think a gun is something you hang over your mantlepiece to be occasionally dusted by the maid in your Connecticut summer home. And, when it comes to that point in the game where this panel demands the truth (and says they're "entitled" to the truth) I want a little drop-down menu that will let me tell them that they, in fact, can't handle the truth.

With a couple of clicks (or maybe a hotkey), I'll tell them that we live in a world that has walls and that those walls have to be guarded by men with guns. I will tell them that I have a greater responsibility than they can possibly fathom. They weep for mistreated prisoners and curse the military. They have that luxury. They have the luxury of not knowing what I know, that the naked human pyramid and homoerotic torture, while tragic, probably saved lives. And my existence, while grotesque and incomprehensible to them, saves lives.

I'll tell them that they don't want the truth, because deep down, in places they don't talk about at parties, they want me on that wall. They need me on that wall. I'll tell them that I have neither the time nor the inclination to explain myself to men who rise and sleep under the blanket of the very freedom I provide, then question the manner in which I provide it.

I'd rather they just said "thank you" and went on their way. Otherwise, I'd suggest they pick up a weapon and stand a post. Either way, I don't give a damn what they think they're entitled to.

(...)

sábado, 18 de septiembre de 2010

La justicia social

Cuando no se tiene nada bueno para decir, a veces vale la pena poner palabras de otros.

Es por eso que este sábado, que vengo un poco a los tumbos, les voy a dejar un texto pobremente traducido por mí acerca del concepto de "justicia social". El original en inglés, de Thomas Sowell, es sencillo, rápido y clarito, y lo pueden encontrar acá.

El filósofo del siglo XVII Thomas Hobbes dijo que las palabras son las fichas de los sabios y el dinero de los tontos.

Esto es tan dolorosamente cierto hoy como lo fue hace cuatro siglos. Usar las palabras como vehículos para tratar de expresar lo que se quiere decir es muy diferente de tomar las palabras de manera tan literal que las palabras usan y confunden.

(...)

Si se revisan los hechos en lugar de confiar en las palabras, descubriremos que las leyes de "control de armas" no controlan las armas, el gasto gubernamental de "estímulo" no estimula la economía y que muchas políticas "compasivas" infligen resultados crueles (...).

¿Sabe usted cuántos millones de personas murieron en la guerra "para hacer que el mundo fuera más seguro para la democracia", una guerra que hizo que las dinastías autocráticas fueran reemplazadas por dictaduras totalitarias que masacraron a mucha mayor cantidad de su población que aquellas dinastías?

Las palabras y frases cálidas y suaves tienen una enorme ventaja en la política. Ninguna ha tenido tanta trayectoria de éxito político como "justicia social".

La idea no puede ser refutada porque no tiene un significado específico. Luchar contra ella sería como tratar de golpear a la niebla. No sorprende entonces que la "justicia social" haya sido un éxito político por más de un siglo y lo siga siendo todavía.

Aunque la expresión no tiene un significado definido, sí tiene connotaciones poderosamente emotivas. Hay una fuerte sensación de que no sólo no está bien, sino que es injusto, que algunas personas estén mucho mejor que otras.

Justificar, aún en el uso que se le da al término en la imprenta y la carpintería, significa alinear una cosa con otra. ¿Pero cuál es el estándar al que creemos que deben ser alineados los ingresos u otros beneficios?

¿Acaso se supone que la persona que pasó años en la escuela perdiendo el tiempo, exagerando o peleando, y por lo tanto malgastando los miles de dólares que los contribuyentes gastaron en su educación, deba terminar con ingresos alineados con los de la persona que pasó esos mismos años estudiando para adquirir conocimiento y habilidades que luego serían valiosas para sí mismo y para la sociedad en general?

Algunos promotores de la "justicia social" argumentan que lo que es fundamentalmente injusto es que una persona nazca en circunstancias que hagan que las posibilidades de esa persona en la vida sean radicalmente diferentes de las que tienen otros, aunque eso no sea error de uno ni mérito de los demás.

Tal vez la persona que desperdició las oportunidades educativas que tuvo y desarrolló comportamientos autodestructivos hubiera sido distinta de haber nacido en un hogar distinto o en una comunidad diferente.

Desde luego, eso sería más justo. Pero ya no estaríamos hablando de justicia "social", a menos que creamos que es culpa de la sociedad que distintas familias y comunidades tengan distintos valores y prioridades, y que la sociedad puede "resolver" ese "problema".

Tampoco la pobreza o la falta de educación pueden explicar dichas diferencias. Hay individuos que fueron criados por padres que eran tanto pobres como sin educación, pero que pudieron impulsar a sus hijos a conseguir la educación que los mismos padres no tuvieron. Muchos individuos y grupos no estarían donde están hoy de no haber ocurrido esto.

Toda clase de eventos fortuitos, con información, personas o circunstancias particulares, han significado eventos decisivos en las vidas de muchos individuos, sea para éxito o para el fracaso.

Ninguna de estas cosas es igual o pueden ser hechas iguales. Si esto es una injusticia, entonces no es una injusticia "social" porque está más allá del poder de la sociedad.

Se puede hablar o actuar como si la sociedad fuera tanto omnisciente como omnipotente. Pero hacer eso sería dejar que las palabras se conviertan, en palabras de Thomas Hobbes, en "el dinero de los tontos".

sábado, 11 de septiembre de 2010

The Second Coming

Pensando un poco en el desquicio generalizado en el que vivimos todos los días acá en la Argentina me acordé de un poema que había leído en cierta oportunidad, llamado "The Second Coming", del irlandés William Butler Yeats.

No sé qué les parezca, pero se me hace curiosamente adecuado (en especial la primera estrofa) para describir lo que por momentos se siente al vivir en estos tiempos, la sensación de locura, de tribulación, de marcha imparable hacia un caos que todavía no puede imaginarse.

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spiritus Mundi
Troubles my sight: a waste of desert sand;
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Wind shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

Y en castilla:

Girando sin cesar en la espira creciente
el halcón ha dejado de oír al halconero;
todo se desmorona; el centro se doblega;
arrecia sobre el mundo la anarquía,
arrecia la marea rebosante de sangre, y en todas partes
la ceremonia de la inocencia es anegada;
los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores
están llenos de brío apasionado.

Sin duda una revelación es inminente;
sin duda la Segunda Venida es inminente.
¡La Segunda Venida! Apenas digo estas palabras
cuando una vasta imagen del Spiritus Mundi
perturba mi visión: oculta en las arenas del desierto
una forma con cuerpo de león y cabeza de hombre,
de pupilas vacías y crueles como el sol,
mueve sus lentos muslos, mientras en torno fluyen
las sombras indignadas de las aves del yermo.
Cae de nuevo la oscuridad;
pero ahora sé que veinte siglos de pétreo sueño
fueron mortificados hasta la pesadilla por el mecerse de una cuna,
¿y qué bestia escabrosa, llegada al fin su hora,
se arrastra hacia Belén para nacer?

Hasta la próxima.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un post de pseudofilosofía política, si les parece.

Todo sistema político surge de una respuesta a la pregunta de "¿quien debe ejercer el poder?". A lo largo de la historia se han provisto infinidad de respuestas de acuerdo a las necesidades y realidades concretas de cada sociedad y grupo humano, dando así origen al sistema político por el cual se rigieron.

Pero todos estos sistemas, sin excepción, cayeron víctimas de una realidad inexorable: con el paso del tiempo, el poder dejó de estar en manos de aquellos que cumplían aquel criterio por el cual se fundó el sistema político para quedar en manos de aquellos que mejor supieron "aprovechar" las reglas de juego. Es casi una realidad inevitable que con el paso del tiempo, quienes prosperan en el gobierno de las sociedades no son los que encarnan los principios y valores, sino los aprovechadores más habilidosos.

Esto se parece mucho a la llamada "Ley de hierro de la oligarquía", formulada por el sociólogo alemán Robert Michels a finales del siglo XIX, que dice que toda organización, sin importar lo democrática o autocrática que haya sido en sus orígenes, inevitablemente se convertirá en una oligarquía debido a la necesidad indispensable del liderazgo, al surgimiento de grupos de intereses y a la pasividad de los dirigidos.

Así, las monarquías que en un pasado remoto habían sido construidas alrededor de los líderes tribales, y las aristocracias fundadas en base a la "nobleza de espada" feudal que proveía protección militar, degeneraron hasta convertirse en regímenes dominados por inútiles endogámicos surgidos de alianzas matrimoniales e intrigas desconectadas de la realidad, llegando a un epítome de incompetencia que la Revolución Francesa se ocupó de decapitar.

Los regímenes comunistas, creados con el propósito declarado de liberar a las masas oprimidas por el capitalismo, inevitablemente perdían su fervor revolucionario con el paso del tiempo y con la retirada (voluntaria, natural o forzada) de los cuadros revolucionarios originales. En su lugar, el poder quedaba en manos de los burócratas del partido, que podían no tener el menor fervor ideológico pero que sí sabían cómo manejar los resortes de una compleja estructura de control social.

¿Por qué habríamos de creer que las democracias occidentales son diferentes? Al amparo de las tendencias de los siglos XVIII, XIX y XX, la democracia postula que el poder debe estar en manos de representantes elegidos por el pueblo, que a su vez debe juzgar sobre la habilidad y la capacidad de sus representantes para gobernar los asuntos públicos.

Veamos cualquier sistema medianamente identificado con los principios democráticos y encontraremos que en casi todos el poder está en manos de políticos profesionales: gente que muy probablemente no tenga la menor idea de cómo se hacen las cosas en el mundo real porque se dedicaron toda su vida a cultivar los saberes necesarios para ser políticos: la retórica (en sentido amplio), la demagogia, el mantenimiento de la imagen pública, el intercambio de favores, etcétera.

Esa clase de gente, que en Argentina suelen ser hijos de un transatlántico completo de putas, es la gente que triunfa en la política porque así lo demanda la propia política. Las reglas de juego originales fueron aprovechadas por aquellos que sabían cómo cumplirlas (o no siempre) al pie de la regla ignorando por completo cualquier carga valorativa que pudieran tener.

En vez de quejarnos de que tenemos "malos políticos" y que todo se resolvería si vinieran "buenos políticos", mejor tendríamos que darnos cuenta que estos son los únicos políticos que pueden triunfar en el sistema.

sábado, 28 de agosto de 2010

Una semana para el olvido

Esta debe haber sido una semana para el olvido para la Parejita de Olivos, sus asociados, sus cómplices y sus quemados después de varios días de optimismo inflado.

La pelea absurda y gratuita que se armó por Fibertel ya tomó visos de papelón cuando quedó en evidencia que muchas de las "más de 300 compañías" que al Gobierno tanto le gusta presentar como alternativas, o no prestan servicios de banda ancha o directamente de Internet, o están colgadas de las redes de Arnet y Speedy. Y ya se cobró su primer fracaso en los tribunales con la orden de un juez marplatense que mandó mantener el servicio en funcionamiento en idénticas condiciones.

El galardón al mayor papelón de la semana, sin embargo, va para la presentación en cadena nacional de la "verdad" sobre Papel Prensa, que en la práctica fue una farsa de una hora y media en donde la Presidenta, entre otras cosas, habló de la condición de testaferro como si fuera algo legítimo y encomiable (incluso abrazando la teoría de que cuando el testaferro es "evidente" la sucesión corresponde al heredero del presunto dueño real), pifió fechas y nombres, y se embrolló con una versión de la historia tan delirante y absurda que hasta sus propias presuntas víctimas la desmienten.

Fueron tantos los huecos que dejó el verso de Cristina que todavía hay lugar para más. ¿O no resulta curioso que la Presidenta esté tan a favor de los derechos de una familia que compró acciones de la fábrica con guita mejicaneada del rescate percibido por un grupo terrorista para liberar secuestrados?

Tan mal les salió el tiro que la casta empresarial argenta, colectivo cagón si lo hay en este país, no quiso formar parte de la festichola del martes a la noche a pesar de los aprietes del impresentable de Moreno. Sin mencionar que el progresariato argento sintió por primera vez lo que todos veníamos diciendo desde 2003: que los Kirchner usaban los "derechos humanos" como preservativo. Realmente, escuchar a Jorge Lanata diciendo "me tienen harto con la dictadura" o a Ernesto Tenenbaum espantado porque "si hacen esto con los sobrevivientes de la dictadura, qué límite van a tener", fue altamente reconfortante.

Y encima para algo que no debe haber sido lo que querían hacer, porque semejante escenario y fanfarria ameritaba una medida bien dura como la estatización directa. El recule que tuvieron que hacer pudo haber tenido que ver con el viajecito de urgencia que Twitterman hizo a Washington el día antes de la presentación del informe; baste imaginar la bronca que debe sentir Néstor si la marcha atrás fue forzada por Estados Unidos. Algo de eso se coló en la reacción infantil de Twitterman de decir "estamos preocupados por la libertad de prensa en EE.UU".

Por el momento el tan cacareado "repunte" quedó tapado por las torpezas oficialistas, el reagrupamiento táctico (porque uno estratégico sería demasiado para pedirle a esos chorlitos) de los dirigentes opositores, y el ridículo en el que cayó la Presidenta con su lamentable discurso. Es hasta triste que la buena imagen de los Kirchner se venga abajo con sólo abrir la boca.

Hay que ver ahora cómo reacciona Nefástor ante este compilado de lo que más odia: el fracaso en sus planes, el recule ante obstáculos insalvables y la rebelión de los que antes se arrastraban ante él. Por ahora, están empezando con el apriete a Cablevisión, pero habrá que ver si no es sólo el primer paso de lo que Néstor habrá concebido durante el episodio de colon irritable que le dejó esta semanita.

Es que en el fondo, sus peores enemigos son ellos mismos.

sábado, 21 de agosto de 2010

¡Patria o Banda Ancha!

La última de los Kirchner, la de agarrársela con una proveedora de servicios de Internet, puede ser una jugada demasiado costosa para ellos a cambio de un beneficio discutible.

Para empezar, está el tema de la cantidad de votos potenciales que se pierden, no sólo entre los usuarios que pagan las conexiones sino entre sus allegados. Está bien que no es un ejemplo válido porque somos antikirchneristas rabiosos, pero consideren el caso de mi propia familia: sirviéndose de la conexión de Fibertel que tenemos hay seis personas, de las que cinco somos mayores de edad y por lo tanto votantes. Pongamos un promedio de tres votantes por conexión, de los que una gran cantidad serán aquellos que son indecisos o que tienen simpatías kirchneristas tenues y muy dependientes del humor cotidiano.

A diferencia de otros atropellos del gobierno como los de la ley de medios o la estatización de las jubilaciones, le va a ser imposible al kirchnerismo lograr que la ciudadanía disocie la medida de las consecuencias. Después de todo, la jubilación es algo demasiado lejano en el tiempo y las consecuencias de la ley de medios parecían algo nebuloso y lejano, más propio de fantasías paranoicas.

En cambio, si se sostiene esta payasada las consecuencias se vuelven inmediatas: noventa días de trámites furiosos para engancharse a otro proveedor, que va a estar colapsado por los pedidos, con la posibilidad muy certera de días, semanas o incluso meses antes de retomar la conexión.

Les aseguro que ninguno de los cientos de miles de pobres diablos que van a estar con el culo en la silla y el dedo marcando los números de Arnet y de Speedy para que vengan a instalar la conexión de emergencia que pidió tres semanas antes va a agradecerle al Gobierno por su lucha contra los monopolios o siquiera puteando a Magnetto, sino que se va a acordar de Néstor y de su mamá en las formas más coloridas posibles.

Además, no hay cómo escaparle a los paralelismos chavistas de cerrar grandes empresas y cagarles la vida a innumerables tipos de a pie porque sí. Por más argumentos pseudolegales que le quieran encontrar a este último capricho (y que los ciberkakas repiten hasta el hartazgo en todos los foros y blogs que pueden agarrar), no hay forma de esconder que se trata de una decisión tomada dentro de la guerra entre Néstor y Clarín o incluso dentro de la patología kirchnerista de arremeter contra todo lo que no piensa como la Parejita quiere.

Ni hablar de que esta vez no se puede colocar esta decisión como una acción contra un "otro" identificable y capaz de ser destruido en la opinión pública. El universo de usuarios de Fibertel abarca desde chicos hasta viejos, de Ushuaia a La Quiaca y desde el Aconcagua hasta Buenos Aires, gente de todas las clases sociales, ocupaciones e ideologías. Y aunque se diga que la medida va contra Clarín, cuesta identificar al grupo como el objetivo cuando los que se joden son otros muchos que nada tienen que ver con la pelea. Va a ser difícil vender "Patria o Banda Ancha" como una pelea viable para la sociedad.

Si fuera más cínico de lo que soy, les agradecería enormemente a los Kirchner por haber brindado un ejemplo claro y patente de arbitrariedad de corte estatista con respaldo legal casi inexistente y que representa un perjuicio inmediato para un segmento importante de la población tan universal y diverso que no puede ser enmarcado como un "otro" distintivo (y por tanto atacable), y que puede ser catalogado como ataque a la libertad de expresión.

Es casi como si los Kirchner no pudieran evitar mandarse cagadas de esta magnitud en los momentos en que la suerte parece sonreírles.

sábado, 14 de agosto de 2010

La constitución real

Después de leer cómo los barrabravas exigieron que se los incorporara a los clubes como "acomodadores de estadios", me acordé de algo que en su momento estudié en la facultad.

Ferdinand Lassalle fue un político socialista de la Prusia del siglo XIX que en uno de sus trabajos se decidió a investigar la relación entre lo que aparece en las normas constitucionales y la realidad política que se vivía entonces. De ese trabajo, llamado "¿Qué es una Constitución?" sale el siguiente pasaje:

"Los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de derecho, sino de poder; la verdadera Constitución de un país sólo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen; y las Constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social; (...)"

Lassalle no hizo más que formular claramente lo que hoy nos parece obvio y evidente: que por debajo de todas las constituciones y leyes que pueda haber, las sociedades son gobernadas en realidad por las relaciones de poder que existen entre sus diversos grupos y corporaciones. De eso, Lassalle deriva que cuando un sistema político tiene problemas institucionales no se trata necesariamente de que esas instituciones estén mal diseñadas o que se trate de una cuestión legislativa, sino de que las instituciones no reflejan los factores de poder que existen en una sociedad.

Algún incauto que quiera estudiar el sistema político argentino comenzará agarrando una copia de la Constitución. Dicho incauto verá que nuestra Ley Fundamental tiene un preámbulo, ciento treinta artículos (incluyendo dos que tienen el mismo número) y diecisiete disposiciones transitorias; que de ella se deriva que la Argentina tiene un sistema "republicano, representativo y federal" de gobierno, en el que el Estado central tiene una esfera de competencias y los sujetos de la federación (las provincias y la Ciudad Autónoma) tienen autonomía y competencias propias; que se trata de un sistema político presidencialista con un Congreso bicameral y un Poder Judicial compuesto por una Corte Suprema y los tribunales inferiores que el Congreso establezca, bla, bla, bla.

Los que estamos acá sabemos que lo que dice la Constitución es el verso más hermoso de la historia argentina. El "federalismo argento" consiste en que los gobernadores reciban una tajada de la rapiña mientras les dan instrucciones desde la Rosada hasta sobre el color que tienen que tener los buzones; el presidente es un dictador por tiempo limitado y eso cuando se lo puede limitar en el tiempo; el Congreso no tiene más poder que el que el presidente quiere dejarle... ya conocen cómo sigue todo esto.

El poder territorial del país ya no es el de las provincias sino el de los caciques que pueden aportar votos cautivos. Nuestros "representantes del pueblo" no tienen nada que hacer frente a los capangas de toda especie, en particular la sindical. Nuestro "monopolio de la fuerza legítima" está más en manos de las bandas de matones (llámense piqueteros, barrabravas, mano de obra desocupada, etc) que en las fuerzas policiales y militares. La Justicia se limita a vender su conocimiento del derecho al mejor postor y a fallar de acuerdo al soplo del viento. El sistema institucional de la Argentina es una farsa que ya no guarda ninguna relación con la forma verdadera en que el país se gobierna.

En términos de Lassalle, ¿el pésimo funcionamiento de nuestras instituciones es un "problema de derecho" o se trata de que no dan "expresión fiel" de los factores de poder reales de nuestra sociedad? Me inclino a creer que es la segunda opción.

Si tuviéramos que hacer un ejercicio de imaginación para seguir el consejo de Lassalle y adaptar la constitución "formal" del país a la "real", ¿qué tendríamos que hacer?

En este vuelo de fantasía, haría que el Senado represente a los distintos patrones territoriales del país de acuerdo con la cantidad de votos que puedan arrear. Digamos que los 72 caciques que más votos consigan digitar se convertirían en senadores o podrían nombrar testaferros si no quieren largar sus sedes comunales... en fin, la idea sería que nuestra Cámara Alta se convierta en la expresión política de los verdaderos dirigentes territoriales del país según el único criterio que cuenta: el poder clientelista.

Con la Cámara de Diputados haría algo parecido a lo que hizo Mussolini y la convertiría en una "Cámara de las Corporaciones". Por ejemplo, la tercera parte de las bancas sería para los sindicatos y se distribuiría entre ellos de acuerdo a la cantidad de afiliados registrados en el censo, otra tercera parte sería para los partidos políticos a ser distribuida según los votos cosechados por los patrones del Senado y agrupados de acuerdo al "espacio político" del que formen parte, y la tercera parte restante iría para nuestros "capitanes de la industria nacional" a ser repartida según el valor neto de sus empresas.

La elección del Presidente puede bien ser dejada a una especie de "colegio electoral" de cada una de las corporaciones antes mencionadas, que elegirán en alguna reunión secreta y bien turbia. A la Justicia la podemos convertir formalmente en una subasta de sentencias en donde las partes ofrezcan mayores cantidades de dinero o, si la solución de la plata da asquito, podemos dar el paso superador de convertir a las organizaciones de derechos humanos en el nuevo Poder Judicial.

Por último, reemplacemos los impuestos por la formalización de las coimas, comisiones, peajes y demás mecanismos de recaudación actualmente ilegales, y convirtamos a las barrabravas en las policías locales y a los piqueteros en las Fuerzas Armadas. De cualquier manera, va a ser mucho más genuino que lo que mantenemos hoy en día.

En fin, delirios al margen, creo que lo más sano para nuestro país sería sincerarnos.

sábado, 7 de agosto de 2010

Alberdi

Sacando algunos anacronismos, lo que sigue es como si Alberdi hubiera abierto el diario hoy. El sayo de lo que dice el padre de la Constitución, que no sé por qué todavía no tiene su rostro en un billete, nos cabe a muchos.

"Nosotros sabemos bien que nuestras ideas son incompletas y pasadas, que, como en todo hay un progreso indefinido, todos los conocimientos humanos han debido hacer y han hecho progresos de que nosotros estamos ignorantes. Pero ¿han dado ustedes bastantes pruebas de que están al cabo de estos conocimientos? ¿Están ustedes ciertos de que no hacen lo que esos niños de Rousseau, que ven construir un edificio y se creen arquitectos, oyen tocar la caja y se creen generales? Ustedes leen lo que escribe Lerminier, y se inflan de orgullo, exactamente como esos negros que se llenan de vanidad porque sus amos van cubiertos de oro.

"¿A qué se reduce el saber decantado de ustedes sino a un saber de plagiarios y copistas? Hablan de emancipación, de libertad inteligente, y no tienen una idea que les sea propia; hablan de originalidad, y no son sino trompetas serviles de los nuevos escritores franceses; arrojan corriendo sus propias creencias, en el momento que ven otras contrarias en los nuevos escritores: libres del pasado, esclavos del presente, libertos de Aristóteles, siervos de Lerminier: se ríen de el Maestro lo dijo, de la edad media, mientras que no avanzan un juicio, sin tener un nombre a mano, cobardes que en vez de armas buscan escudos: insolentes como los niños y las mujeres cuando un poder extraño protege su impotencia. Hablan de filosofía y profanan este nombre aplicándole a una pueril chicana de desatinos propios, y medias verdades ajenas. Hablan de historia, y no conocen la de su país. Hablan de religión, y no profesan sino la del amor propio. Hablan del cristianismo, y han estudiado teología por el Citador. Hablan de economía, y se quedarían mudos si se les pidiese una noción del banco, del crédito, del impuesto, de la renta. Hablan de enciclopedia, y prescinden de la mitad de la ciencia humana, a punto de no saber ni afligirse de saber, ni acordarse de que existen ciencias físicas y naturales, cálculo, astronomía; hablan de filosofía y no saben leer el griego. Hablan de legislación, y no conocen ni las leyes de su país: incapaces en todo saber de aplicación, en todo procedimiento positivo, de que Cicerón, esta cabeza inmensa, hacía su primer título de gloria.

"¿Qué harían ustedes si el día menos pensado se viesen llamados a redactar un código para el país? Yo bien sé lo que harían: conozco bastante la resolución de ustedes para prestarse corriendo. ¿A qué? A redactar lugares comunes, en frases nuevas. Aquí está el fuerte de ustedes: la frase, y no tienen más. La frase es toda la ambición, toda la gloria, toda la ciencia de ustedes. Generación de frases, y nada más que de frases; época de frases, reforma de frases, cambio de frases, progreso de frases, porvenir de frases. El porvenir es nuestro, dicen ustedes. ¿Y la llave? Es el estilo, contestan con Victor Hugo, de quien poseen la manía de las frases, sin tener su genio ni su frase. Hombres de estilo, en todo el sentido de la palabra: estilo de caminar, estilo de vestir, estilo de escribir, estilo de hablar, estilo de pensar, estilo en todo y nada más que estilo: he ahí la vocación, la tendencia de la joven generación, el estilo, la forma: hombres de forma, forma de hombres.

"Hablan como hombres, y no son sino niños; hablan como patriotas, y no son sino esclavos; hablan de nacionalidad, y son el egoísmo encarnado; hablan de humanidad, y la palabra patria no se les cae de la boca; decantan desprendimiento, y venderían diez veces al amigo que les mordiese una frase. Enseñan el dogma del desinterés, del sacrificio, y sacrificarían la patria a su envidia, a su orgullo, a su vanidad, a su amor propio, únicos móviles de todos sus actos. Predican solidaridad y asociación, y se venden y burlan los unos de los otros; insultan a la generación pasada, y se asocian con ella para reírse de ustedes mismos; prescriben la moral en la política, y su íntima conducta no es sino intriga y chicana; proclaman igualdad, y se hacen llamar merced; gritan democracia, y tienen asco de los pobres; adulan por delante y asesinan de atrás, y todavía hablan a boca llena de camaleonismo. ¡Hipócritas débiles, llenos de grandeza en la boca y de flojedad en las manos!

"Ahí tienen ustedes la joven generación, la gran generación, la esperanza, el porvenir de la patria, como ella misma se dice modestamente. Ahí tienen ustedes los hombres que ya no hacen caso, que tienen en menos, que han echado en olvido a los gigantes de Mayo. Ven laureles sobre sus cabezas, y como esos niños soberbios, hijos de los ricos, se infatúan y desprecian a los mismos que los han conquistado y adornado con ellos sus cabezas ineptas. A la edad en que sus padres habían levantado una cruzada inmortal, no cuentan todavía con un solo progreso público que les sea propio, no han hecho nada todavía: si los conocen en el mundo es porque son hijos de los grandes de Mayo: su gloria es un reflejo de la gloria de sus padres.

"Y no se alucinen con la idea de que todavía son niños. El primer Sol de Mayo se levantó sobre una generación de veinticinco años. De la edad de ustedes, ya sus padres habían concebido el pensamiento cuya grandeza todavía ustedes no han comenzado a calcular.

"Desengáñense ustedes, mis amigos: hasta el día de hoy, la joven generación presente, a la faz de la joven generación pasada, es pigmea y enana; como si los hijos de los fuertes, por esa generalidad que parece fatal, estuviesen condenados a nacer raquíticos. Y reparen ustedes que yo solo comparo la juventud de ambas generaciones, porque la comparación total de su valor específico fuera imposible entre una generación que ya no es nada porque ha consumado su misión, y otra que no es nada aún porque no ha comenzado la suya.

"Y si ustedes desean saber lo que tienen que hacer por esta patria que tanto cacarean, tengan la gratitud de ocuparse con más frecuencia de los trabajos que ella debe a los que los han precedido. Los hombres que tienen sangre en las mejillas no duermen de zozobra cuando se ven llamados a reemplazar a los gigantes. Porque la ley del progreso les impone el deber de ser dos veces más gigantes. Pero sepan que los gigantes de la patria no son los gigantes de la retórica. La patria quiere grandes hombres, no grandes vocingleros. Y nada de más heterogéneo que la vocinglería y la grandeza. La grandeza se prueba por la fecundidad, por la actividad, por los hechos. La grandeza es Napoleón, César, Alejandro, especulación y acción, inteligencia y materia, cabeza y brazos, palabra y espada."

"La generación presente a la faz de la generación pasada", Juan Bautista Alberdi

sábado, 31 de julio de 2010

Existe la realidad, existe la fantasía, existe el cielo, existe el infierno, y existe Corea del Norte

El Palacio de la Cultura popular es una mole de cemento. Inmensa, espectacular. Símbolo gris de otros tiempos, que por Pyongyang, la capital de la República Popular Democrática de Corea -el nombre oficial de la comunista, controvertida y armamentista Corea del Norte- se conserva en esplendor. Suerte de Coliseo romano de siglo XXI, se nutre de festivales, espectáculos, conciertos bajo el resguardo oficial. También, claro, todo acontecimiento de gobierno, militar casi en exclusividad, que tienen como consecuencia glorificar a los líderes de un sistema que, evidentemente, no parece clausurado. Ese espacio, también, tiene otros fines. Algunos parecen de la Edad Media, cuando los seres humanos se asemejaban a animales. Algo de eso ocurrió días atrás. En un palco nada improvisado, los jugadores que integraron el seleccionado que perdió todos los partidos durante el Mundial, fueron blanco de los insultos, de los reproches, de las bajezas de unos 400 supuestos fanáticos (funcionarios, oficiales y estudiantes, en su mayoría), parados del otro lado del atrio. Escupitajos, proyectiles durante más de seis horas. Y los entusiastas jugadores -casi todos, amateurs- parados, inmunes, reprimiendo el deseo de contrarrestar tanta cobardía organizada. Hay más: Ri Dong Kyu, el relator de la TV pública, desde el atril, era el satisfecho encargado de destacar los desatinos de cada jugador, como si fuese un experto. Un acto de una bajeza propia de otro siglo. En vivo y en directo.

Canchallena

Creo que ni el más ácido escritor satírico hubiera podido imaginar un país más delirante y alejado de la realidad que la República Popular Democrática de Corea. Cada historia que sale de la tierra de Disco Kim parece o salida de un cuento de terror o material para una joda de Tinelli. Para variar, hoy no nos toca una historia sobre armas nucleares, amenazas de guerra en la península coreana o el misterio de quién sucederá al Querido Líder cuando estire la pata.

Esta vez le tocó a los embajadores del deporte norcoreano, que la ligaron feo por su desempeño en Sudáfrica 2010 y tuvieron que comerse seis horas de un escrache público y televisado que ya quisiera montar acá Hebe de Bonafini. A los jugadores les tocó el insulto a cargo de funcionarios y burócratas; al DT del equipo de la Idea Juche, una condena a trabajos forzados al mejor estilo stalinista.

Quiero imaginar que si Diegote y sus muchachos se enteraron de esto, deben estar ahora profundamente aliviados de que nuestro Gobierno nacional y popular les haya armado una parodia de recibimiento triunfal por su desempeño mundialista en lugar de una bienvenida al estilo Pyongyang.

sábado, 24 de julio de 2010

Y ahora el aborto

Parece que el Gran Instalador de Temas ya decidió que el próximo Impostergable y Necesario Debate Nacional que tiene que darse Argentolandia es el del aborto.

Por supuesto. Porque estamos tan bien en todos los aspectos políticos, económicos y culturales que podemos meternos en dos batallas como las del matrimonio homosexual y del aborto en espacio de semanas cuando a otros países les llevó décadas encontrar salidas siempre polémicas y resistidas a ambos temas.

¡Y de qué manera encaramos el debate del aborto, papá! No con las agrias, amargas y feroces luchas que tuvieron y tienen todos los países que se plantean legalizar el infanticidio, con secuelas que duran décadas (preguntemos en Estados Unidos si todavía es polémico el fallo de Roe v. Wade) y con resoluciones que involucraron la participación de todos los sectores sociales y poderes del Estado. No, acá en Argentolandia lo sacamo' por una resolución ministerial colada como terrorista en un avión de pasajeros, lo sacamo'.

Son minucias todas esas cuestiones de interpretación constitucional, del "debate de la coma" en el artículo del Código Penal que criminaliza el aborto, de si hay que aplicar la definición de "salud" de la OMS que es tan amplia que podría considerarse un riesgo para la salud el cagazo previo a un examen, de la objeción de conciencia, del financiamiento público. Todas pelotudeces. Y como son pelotudeces, las resolvemos con una resolución ministerial firmada por una subsecretaria.

Así de piolas y vivos somos los argentos. El Sistema Solar nos queda chico, lo nuestro es la Vía Láctea, papá.

Antes dije "infanticidio" porque así considero al aborto, por razones religiosas y también por otras de carácter ético y moral que no tienen nada que ver con la fe que profeso. Para ese lado pateo en este debate, por si había que aclararlo.

Ahora dicen que la publicación de esta resolución fue un "error", porque es una hipótesis totalmente creíble tratándose de un gobierno en donde ni una mosca se mueve sin el permiso del Patroncito y si se mueve, es porque le permite al Néstor subir dos décimas de punto en una encuesta o currar unos quinientos millones de dólares más. No sabe cómo hacer para repuntar y hacerse una imagen de "reformista".

No importa la excusa oficial porque el tema ya está "instalado", y si no, vean cómo en los canales ya empiezan con las "historias de vida" con alguna musiquita triste de fondo para arrancar la lagrimita fácil. Ahora que está instalado, del tema se van a colgar los mismos de siempre que por ver alguno de sus principios llevados a la realidad, les pasa como por un tubo el tragarse el sapo de quedar pegados al taita ladrón venido de Santa Cruz... y ojalá estuviéramos hablando solamente de progres.

Tampoco va a faltar el que diga que vamos a ser un país mejor y más avanzado si llega a legalizarse el aborto, como todos los modernos y avanzados países europeos que ahora tienen poblaciones envejecidas y sin reemplazo. Lo mismo dijeron con el casamiento gay y esa misma tarde la Argentina seguía siendo una republiqueta corrupta, decadente y mediocre, sólo que con un registro civil más ampliado.

Y si sale el aborto, seguirá siendo una republiqueta corrupta, decadente, mediocre, con un registro civil más ampliado y además infanticida.

sábado, 17 de julio de 2010

Historia contrafáctica: ¿Y si los ingleses hubieran ganado en las Invasiones?

Como me aburre hablar de política hoy, voy a dedicarme a desvariar un poco con un ejercicio de imaginación histórica y escribir sobre qué hubiera podido pasar si los españoles y los criollos resultaban derrotados en la Segunda Invasión Inglesa en 1807 y los británicos hubieran podido establecer una presencia colonial en lo que hoy en día es la Argentina. El período cubierto va desde 1807 hasta la hipotética constitución de un estado al estilo canadiense o australiano en 1887. Capaz que más tarde escribo sobre lo que pudo venir después.

Lo que sigue es un ejercicio intelectual y de imaginación; lo único que podemos saber en este ejercicio contrafáctico es que las cosas hubieran sido distintas, nada más. No sabemos si para bien o para mal en general, aunque podemos imaginar que algunas cosas habrían acabado mejor mientras que compraríamos otros tantos problemas que ahora no tenemos, pero en líneas generales quiero decir que lo único que se puede asegurar es que el resultado hubiera sido muy distinto, y es eso lo que quiero tratar de imaginar con este pequeño ejercicio.

Todo esto viene para decir "¡No me peguen, no soy cipayo!".

Bueno, espero que lo disfruten.

La conquista del Río de la Plata (1806-1832)

El 3 de junio de 1807, apenas dos días después de infligir una categórica derrota a las milicias españolas y criollas en el combate de Miserere, las fuerzas británicas al mando del teniente general John Whitelocke lanzaron un ataque contra Buenos Aires organizados en tres columnas y con fuerte apoyo de la artillería. Luego de una feroz batalla callejera sin cuartel, los británicos consiguieron acabar con la resistencia local y forzaron la rendición de Buenos Aires el 4 de junio.

Mientras los restos de las fuerzas españolas y los criollos que optaron por huir de Buenos Aires se replegaban hacia Córdoba, convertida provisionalmente en la capital del Virreinato del Río de la Plata, de Londres llegaba un decreto que nombraba a Whitelocke como "Gobernador de la Colonia del Plata", que abarcaba tanto Buenos Aires y sus áreas circundantes como la Banda Oriental, que había sido conquistada previamente a la toma de Buenos Aires. Además, se enviaban refuerzos para proseguir la lucha contra los españoles hasta el río Paraná, en una campaña que pasaría a la historia como la "Primera Guerra del Plata".

Esta guerra se prolongó hasta febrero de 1808, cuando los británicos pudieron apoderarse de las tierras entre los ríos Paraná y Uruguay, lo que les permitió alejar la posibilidad de un contraataque español y así afianzar su posesión en Buenos Aires y la Banda Oriental.

Se sucedieron entonces dos décadas de tensión y ocasionales escaramuzas entre las fuerzas acantonadas en lo que ya se conocía como la "Sudamérica Británica" y las tropas españolas de la Capitanía General de los Andes, que había amalgamado los restos del Virreinato y Chile en una nueva y reforzada gobernación militar.

Durante estos años, el dominio británico sobre sus nuevas posesiones sudamericanas se consolidó e institucionalizó, mientras las colonias españolas atravesaban el tenso período de las fallidas revueltas independentistas de 1810, que fueron aplastadas en gran medida por las tropas adicionales que habían sido enviadas por España para prevenir una nueva expansión del Reino Unido.

Hubo dos momentos de gran tensión durante este período. El primero tuvo lugar en 1811 cuando una fuerza expedicionaria británica al mando del brigadier Denis Pack intentó apoderarse del puerto chileno de Valparaíso en una acción repelida por los españoles. Sin embargo, los británicos pudieron replegar sus tropas hasta la ciudad de Talcahuano, que había sido tomada por una segunda columna, estableciendo de esa manera una cabeza de playa al otro lado de los Andes. El segundo aconteció en 1819 cuando estalló en Buenos Aires una revuelta encabezada por Juan Castelli, la cual fue aplastada por las autoridades británicas.

Expansión (1832-1845)

Aquella tensa convivencia comenzó a resquebrajarse a finales de la década de 1820 con la segunda ola de levantamientos independentistas en los dominios españoles, que pudieron finalmente forzar al imperio español a conceder autonomías e incluso independencias limitadas a sus colonias americanas. Una de las últimas posesiones españolas en sucumbir a esta nueva ola independentista fue la Capitanía General de los Andes, que sufrió una fulminante revuelta de 1831 encabezada por Facundo Quiroga que desembocó en una larga guerra civil.

Aprovechando estas circunstancias, el gobernador británico de la Colonia del Plata, Sir Alexander Duff, lanzó a comienzos de 1832 un fulminante ataque contra la Capitanía de los Andes, logrando en tan sólo seis meses de campaña apoderarse de buena parte de las intendencias de Paraguay y de Córdoba del Tucumán. A pesar de que los contraataques españoles detuvieron el avance británico a pocos kilómetros de San Miguel del Tucumán, los españoles no fueron capaces de expulsar a los invasores de su territorio, excepto de las regiones de Cuyo, y debieron reconocer la pérdida de Córdoba y del Paraguay en el tratado de Salta, que puso fin a la "Segunda Guerra del Plata" el 19 de septiembre de 1833.

Meses después de la firma del tratado, la Capitanía de los Andes colapsó a manos de Quiroga y sus insurrectos, proclamándose en el antiguo cabildo de Antofagasta la "República de los Andes" el 27 de enero de 1834. De dicha república formaban parte los restos de la capitanía de Chile, las posesiones de Cuyo y las intendencias de Salta del Tucumán, Moxos, Chiquitos, Chuquisaca, La Paz, Charcas y Potosí. La tensión entre la nueva República de los Andes y los dominios británicos perduraría por algunos años más hasta la firma en 1838 de un tratado definitivo de paz y de mutuo reconocimiento entre el presidente andino Diego Portales y el plenipotenciario británico Sir Woodbine Parish.

Conscientes de que las posesiones sudamericanas se habían tornado demasiado vastas como para ser gobernadas exclusivamente desde Buenos Aires, el Parlamento británico sancionó en 1838 la "British South America Act", que reorganizaba al territorio controlado por Londres en seis colonias separadas: la colonia del Plata con capital en Buenos Aires, la colonia del Uruguay con capital en Montevideo, la colonia de la Mesopotamia con capital en Corrientes, la colonia del Paraguay con capital en Asunción, la colonia del Paraná con capital en Córdoba, y la colonia de la Araucanía con capital en Talcahuano.

Posteriormente, el triunfo británico en la guerra de 1841 contra el Imperio del Brasil permitió agregar dos nuevas colonias: la del Río Grande con capital en Santa Ana, y la de las Misiones con capital en la nueva ciudad de Iguassu. Además y como respuesta a las incursiones indígenas, se lanzó en 1849 la llamada "Campaña del Sur", que incorporó al dominio británico importantes extensiones de territorio patagónico a ambos lados de los Andes.

Desarrollo y rebelión (1845-1846)

Desde el final de la Segunda Guerra del Plata se produjo una importante inmigración británica y particularmente irlandesa, como así la instalación de las primeras líneas ferroviarias y el desarrollo de una incipiente pero importante industria agropecuaria que bien pronto convirtió a la Sudamérica Británica en el "Granero del Imperio".

Sin embargo, en 1845 tuvo lugar la más severa amenaza al dominio británico en el Río de la Plata cuando Juan Manuel de Rosas, un importante hacendado de la colonia del Plata, encabezó a un grupo de insurrectos que el 20 de noviembre de ese año emboscó en un paraje del Paraná llamado "Vuelta de Obligado" a tres transportes que llevaban armas para la guarnición británica en el Paraguay.

Con ese armamento y con el súbito respaldo de numerosos descontentos en la población hispanoparlante, Rosas lanzó una rebelión que en su mayor momento pudo apoderarse de las ciudades de Rosario y Santa Fe y organizar una marcha contra Buenos Aires, la cual fue derrotada en el combate de Caseros en abril de 1846.

Meses después de aquella derrota, la insurrección fue aplastada de manera categórica y Rosas fue sentenciado a prisión, aunque sería luego liberado y se le permitiría vivir en paz en su estancia platense. Desde entonces, Rosas se convirtió en un héroe y una figura icónica del nacionalismo hispanoparlante, y en una de las figuras más controvertidas del siglo XIX en la Argentina.

Camino a la Confederación (1846-1885)

La rebelión de Rosas provocó un importante cimbronazo en las autoridades británicas, que comprendieron la necesidad de otorgar a la población hispanoparlante una presencia mayor en los asuntos públicos de las colonias. Fue así que en 1848 se introdujeron importantes enmiendas a la British South America Act, entre las que se contaban la creación de cámaras representativas en las asambleas legislativas locales a las que podían ser electos los hispanoparlantes, y se le reconocieron a la Iglesia Católica idénticos derechos y privilegios que los que gozaba la Iglesia de Inglaterra como religión oficial.

La culminación de estas reformas ocurrió en 1853 cuando por decisión del Parlamento se le concedía a las colonias del Plata y del Uruguay el derecho a un "gobierno responsable", en el que las autoridades ejecutivas locales debían contar con el respaldo de una mayoría en las legislaturas coloniales, ante las cuales eran responsables por el ejercicio de sus poderes. Idénticos estatutos fueron aprobados para el resto de las colonias en un período que transcurrió entre 1855 y 1867.

En medio de un creciente desarrollo y siguiendo tendencias que por esos años tenían lugar con mayor o menor éxito en las posesiones británicas en Canadá y Australia, surgió un movimiento que buscaba la unión de las colonias británicas de Sudamérica en un único gobierno confederado. Este movimiento, que contaba con un importante respaldo en la población local, tanto angloparlante como hispanoparlante, promovió numerosas conferencias intercoloniales durante la década de 1870 para lograr la unificación, las cuales fracasaron por causas que iban desde la desconfianza de las élites coloniales hasta el resentimiento en las posesiones con mayor población hispanoparlante, como el Paraná y el Paraguay.

Federación (1885-1887)

A pesar de estos traspiés, representantes de todas las colonias y de los territorios de la Patagonia comenzaron el 4 de marzo de 1885 un nuevo Congreso Confederal en la ciudad de Rosario con el fin de acordar la creación de un gobierno confederal similar al que dieciocho años antes se habían dado las colonias canadienses. Tras largas y arduas semanas de deliberación, el 25 de mayo de ese mismo año el Congreso concluyó con un acuerdo entre todos los representantes, posteriormente ratificado y refrendado por los gobiernos coloniales, para la constitución de un gobierno que unificara a las colonias y posesiones sudamericanas en una federación.

La respuesta de Londres llegó pocos meses después en la forma de la "South America Constitution Act", que establecía un Parlamento bicameral conformado por un Senado que representaría a las colonias (redenominadas "provincias") y territorios, y una Cámara de Representantes cuyos miembros serían elegidos mediante un sistema similar al de Westminster. Como titular nominal del poder y representante oficial de la Corona, la nueva ley establecía el cargo de Gobernador General, el cual sería asistido por un Consejo Ejecutivo (posteriormente conocido simplemente como "gabinete") presidido por un Primer Ministro con responsabilidad ante la Cámara de Representantes.

Además, se creaba una Corte Superior de Justicia y una serie de tribunales federales, se dividieron los poderes y competencias entre el gobierno federal y las autoridades provinciales, y se daban los primeros pasos para el establecimiento de milicias complementarias de las tropas británicas, que en el futuro constituirían las fuerzas armadas nacionales. Las protecciones a la Iglesia Católica se mantendrían bajo el nuevo sistema, y por primera vez se incluirían provisiones para el uso del castellano en los servicios públicos en el nivel provincial y territorial de gobierno, aunque el inglés seguiría siendo por el momento el único idioma oficial a nivel federal.

Por decisión unánime de los representantes coloniales, las nuevas autoridades tendrían su asiento en la ciudad de Rosario, que sería transferida a la jurisdicción federal como el "Territorio Federal de la Capital". Una serie de ajustes fronterizos y reorganizaciones daría como resultado la división política de la nueva nación, que pasaría a incluir ocho provincias (Plata, Uruguay, Mesopotamia, Paraguay, Misiones, Río Grande, Paraná, Araucania) y cinco territorios (Capital, Patagonia, Tehuelchia, Magellania, Islas del Atlántico Sur).

Si bien la ley se refería al nuevo gobierno como "Sudamérica Británica", rápidamente se decidió que era necesario un nombre más neutral y aceptable para la población hispanoparlante. Uno de los representantes del Paraná, Julio Bautista Roca, propuso la palabra "Argentina", la cual sería aceptada por el Congreso Confederal, que oficiaba de Parlamento interino, como el nombre oficial de la flamante nación.

Tras la celebración de las primeras elecciones generales en junio de 1886 y la conformación de ambas Cámaras del Parlamento en diciembre de dicho año, la Constitución entró en pleno vigor el primero de enero de 1887, fecha que pasaría a la historia como el "Día de la Federación".

sábado, 10 de julio de 2010

Y dale con el matrimonio gay...

Este tema ya lo traté en octubre del año pasado, pero como volvió a la carga el debate, a la carga vuelvo yo.

Ahora que parece que todo anda fantástico en la República Argenta, resulta que el gran debate de la hora pasa por la legalización o no del matrimonio homosexual.

Al respecto y antes de abordar el tema, tengo que dejar claro que como católico (aunque no excesivamente practicante), mi definición de lo que es un matrimonio no puede incluir bajo ningún concepto la unión homosexual. Es desde ese punto que parto.

Como católico, esa es mi postura. Pero como argentino, es decir, como parte de una sociedad que no es exclusiva de la gente de mi religión, no creo que sea aceptable hacer extensiva la definición a toda la sociedad, aunque más no sea para no dejar la puerta abierta a que desde otros grupos se me quieran imponer definiciones que no estoy dispuesto a aceptar.

Para mí el problema del matrimonio homosexual existe por el solo hecho de que el Estado se arroga el poder para definir instituciones que están muy lejos de su competencia. Inevitablemente, cualquier definición de matrimonio que adopte va a dejar a alguien disconforme, sea porque la considera ofensiva a sus valores religiosos, sea porque la cree lesiva de sus derechos reales o percibidos.

Entonces se trata, como en muchas otras cuestiones, de encontrar el punto medio y común y trabajar a partir de ahí.

En mi opinión lo que actualmente llamamos "matrimonio" puede definirse de manera neutra como "una libre decisión de dos personas adultas de unirse y vivir en común, en los términos que ellas mismas fijan, con consecuencias legales y económicas derivadas del contrato celebrado, y que puede recibir la bendición de una institución religiosa."

Tenemos ahí tres partes: la libre decisión, las consecuencias legales y económicas, y la bendición religiosa, siendo esta última opcional según la fe o no de las partes. De la tercera se ocupa la Iglesia o las autoridades de fe correspondiente. La primera queda a criterio único y exclusivo de las partes (y seamos honestos en este tema, dos homosexuales se van a sentir pareja o matrimonio independientemente de lo que diga la Iglesia, el Estado o cualquiera) de acuerdo a su responsabilidad y libertad.

La única que le queda al Estado, pienso yo, es la de las consecuencias legales y económicas: la propiedad puesta en común, la inclusión en la herencia y los trámites de sucesión, la división de bienes en caso de ruptura. Todas cuestiones que se pueden celebrar (a menos que un abogado me desmienta) con contratos comunes y corrientes que no tienen por qué llevar el título de "matrimonio".

Si se me diera a mí la posibilidad de intentar resolver esto, mi respuesta sería:
  • eliminar el matrimonio civil como institución tanto para heterosexuales como para homosexuales,
  • dejar para las partes la cuestión de las relaciones que se quieren emprender, siempre que estén en condiciones de decidir responsablemente,
  • dejar al Estado nada más que la celebración de los contratos necesarios para dejar clara la situación patrimonial y de sucesión, y establecer que, en caso de ausencia de estos contratos, el paso del tiempo en convivencia otorga derechos,
  • y dejar a criterio de la fe religiosa de cada uno o a la ausencia de la misma la cuestión de la naturaleza filosófica y trascendental del matrimonio, pareja o como quieran llamarlo. Punto.
Punto. Si dos homosexuales después quieren festejar vestidos los dos con traje blanco de novia, me importa poco y podría llegar a importarme menos; religiosamente diré que es un asunto que es sólo entre ellos y Dios, socialmente diré que no es asunto mío y que como adultos son libres para hacer lo que les parezca siempre que no jodan a los demás, y políticamente diré que lo único que le tiene que interesar al Estado es que paguen sus impuestos, cumplan las obligaciones legales y económicas que se desprenden de su caracter societario, y no acaben hiriéndose o matándose.

La adopción es otro tema que no voy a abordar, excepto para decir que mejor sería reformar por completo el sistema de adopciones antes de agregar así de la nada todo un nuevo grupo de potenciales solicitantes.

Quizás sea liberalismo de laboratorio, pero a esta altura del partido, bien vale pensar soluciones alternativas a la cuestión, aunque probablemente no pasen la prueba de la realidad.

Respecto a lo que ahora se debate en el Congreso, me parece que el proyecto de matrimonio homosexual muere en el Senado y el de unión civil muere en Diputados. En suma, la comunidad homosexual se va a quedar sin el pan y sin la torta.

De todas formas, dudo mucho que, salga lo que salga, vaya a haber una solución. Como me dijo un colega: "no se trata de los derechos de ellos ni siquiera del derecho a adoptar, sino de apropiarse de la palabra 'matrimonio'; para ellos es como sitiar una fortaleza e izar la bandera al tope". Y en este caso, este interés se juntó con las ganas de Kirchner, a quien no le veo pinta o tradición de militante pro-gay, de escupirle en el ojo a monseñor Bergoglio y al resto de la Iglesia argentina.

O de manera más sencilla y como dirían en El Opinador Compulsivo, se trata de tener en todo momento algo con qué joder.

sábado, 3 de julio de 2010

Pensando tras la decepción

Bueno, se terminó, quéseleváser. De vuelta a casa, de vuelta a la realidad.

Fue lindo mientras duró, incluso para mí que soy ateo en materia futbolística. Dieron ganas de creer, dieron ganas de pensar que esta vez se podía llegar a... a algo.

Por unos días estuvo lindo tener algo en qué pensar y de qué hablar que no fuera de política, de crisis, corrupción, inseguridad y autoritarismo. Estuvo bueno ver alguna esperanza por ahí, de llegar a algo aunque más no sea en el fútbol.

Lo de siempre: esperar que la decepción, o en este caso el desconsuelo y el dolor que nos dejó esta verdadera violación que fue el partido con Alemania, ayude a replantear algunas cosas. Por ejemplo, la conducción mafiosa y corrupta de la AFA con Grondona a la cabeza, o la manera en que se endiosó y se le puso confianza a Maradona en un puesto para el que no está calificado, o la forma en que nosotros como sociedad encaramos los esfuerzos argentinos en cualquier campo.

Y sí, si Argentina hubiera ganado, hoy Maradona seguiría siendo Gardel. Hasta yo lo podría haber dicho. Pero no lo hizo, todos los errores, presunciones y arrogancias de Maradona y de los que quisimos creer en él nos volvieron de la peor manera. No estoy feliz con Maradona hoy, pero él llegó a donde llegó porque lo llevamos ahí y lo dejamos subir a un lugar para el que quizás no estaba listo.

No somos los peores, por más que el 4-0 nos quiera hacer pensar eso. Pero no somos los mejores, y no lo vamos a ser por más que tengamos todo lo que se suele repetir en momentos como éste. Para ser los mejores hay que trabajar, hay que esforzarse, hay que tomar decisiones, no basta con la "mística", con las cábalas, las boludeces del pulpito o de la camiseta celeste y blanca. Si la Argentina quiere llegar a ganar en el 2014 el laburo tiene que empezar pasado mañana, cuando estén los muchachos de vuelta acá en la Argentina.

Para mí, el ejemplo del Mundial fue ver ayer a los jugadores uruguayos reunidos antes de los penales y leer los labios del Maestro Tabárez diciendo: "Tranquilos, ya no importa. Ya no importa". Llegar a esta etapa, para ellos, era un triunfo y valía la pena. Debajo de Uruguay, en caso de perder, habían quedado 24 equipos. No era poca cosa.

Debajo nuestro quedaron unos 24 equipos. Podría ser peor, pudo haber sido el bochorno de 2002, con el infeliz de Bielsa que ahora se hace el exquisito con Piñera después del recibimiento que le hicieron por un resultado que, de haberlo obtenido con la Argentina, lo hubiera condenado al ostracismo.

Estamos entre los ocho mejores. Hay 24 equipos que no se fueron de Sudáfrica pensando eso. Y hay otros 172 que quedaron afuera en las eliminatorias que tampoco lo pueden pensar.

Pero bueno, de vuelta a la realidad. Fue lindo mientras duró.

sábado, 26 de junio de 2010

Catarsis

Publicado originalmente en BlogBis.

No sé si han tenido oportunidad de sufrir alguna de las más recientes emisiones de 6, 7, 8.

En caso de que, afortunadamente para ustedes, no lo hayan hecho, les comento que el latiguillo que ahora usan los mercenarios es el de la "buena onda". No más batalla permanente, no más puño crispado, no más pueblo y antipueblo, no, eso es muy 2003.

Ahora la idea es que somos todos felices, somos todos amigos, todos nos abrazamos y Cristina nos abraza a todos, felices bajo el sol del Bicentenario mientras Diegote conduce la Selección hacia una certera victoria en Sudáfrica. Para enfatizar más la idea, el programa va al corte mostrando fotos de gente sonriente de cada rincón de la Argentina.

La Patria anda bárbaro, crecemos a tasas chinas, la inflación y la delincuencia son inventos, la corrupción es un verso, Cristina está cada día más linda y mejor estadista y los gobernantes cada vez más se parecen a sus pueblos.

Y si no sos feliz, si no sos amigo, si no te abrazás, sos un traidor a la Patria, un mercenario de los intereses, un pobre tipo con el cerebro lavado por el "Monopolio de la Mala Onda" al que hay que clavarle la vacuna Bio-jajá por la retaguardia.

Cre que voy a contarle de la "buena onda" a los mendigos de la Estación Retiro, tanto grandes como chicos, que ya son uno o dos por ventanilla y uno por expendedora de boletos. Especialmente cuando cada centavo que se le paga a los infelices mediáticos de "la TV Pública" para que vayan por ahí esparciendo excrementos sobre los odiados de turno del Néstor es un robo que se les hace a esas pobres personas.

También le voy a contar de la "buena onda" a la familia de Agustín Sartori, al que se lo llevaron puesto unos motochorros que laburaban para la "sensación de inseguridad" que dicen que es inexistente. Y ya que estoy, puedo explicarles el clima de "buena onda" a mis propias hermanas, quienes juegan en el mismo club donde Agustín jugaba al rugby, y que como el resto de los que lo conocían (yo no lo conocí), están destrozadas.

Puedo contarles de la "buena onda" a las familias de los tres o cuatro muertos diarios a causa de la inseguridad (que son apenas los que alcanzo a enterarme en los cables de las agencias de noticias), a ver si piensan que lo que les pasó lo inventó la "mala onda" de Magnetto y Ernestina sólo para que se caiga la Ley de Medios.

O puedo llevar el evangelio de la "buena onda" a las personas de José C. Paz que se quedaron sin las casas prometidas porque se las llevaron los amigos de ese campeón Nac&Pop llamado Mario Ishii.

Y así puedo seguir un buen rato, pero estoy demasiado caliente y creo que perdería los estribos.

A los únicos que no tendría que explicarles el concepto de la "buena onda" es a Diego Gvirtz y al resto de los detritos humanos que integran el equipo de 6, 7, 8. Total, viven de lo que les pagamos los giles de la ciudadanía nacional y "trabajan" esparciendo materia fecal sobre aquellos colegas suyos que no se avivaron de que se puede hacer carrera mamando de la teta estatal para basurear a los que el patroncito no quiere.

¿Cómo no van a sentir que viven en el país de la "buena onda"?

sábado, 19 de junio de 2010

Se acaba el tiempo de la joda

En los últimos dos años de kirchnerismo hemos pasado de situaciones en las que el gobierno parecía noqueado y al borde del colapso, con una derrota prácticamente cantada, a otras en las que, como un zombi recién reanimado, se lanzaba con furia y energía desconocida a poner en fuga a sus oponentes.

Quizás no estemos ni ante un colapso inminente del kirchnerato ni ante una resurrección imparable de la Parejita. Quizás la verdad, como suele suceder, está en el medio de ambas posiciones.

Quizás lo que haga falta para que una de esas dos posiciones llegue a convertirse en realidad es la energía, voluntad e inteligencia que para ello pongan quienes piensan que esa posición es la que necesita la Argentina. Es por eso que en mi condición de antikirchnerista, me preocupa mucho la forma en que la oposición encara la actual coyuntura.

Pareciera ser que la oposición se dio por vencedora después de las elecciones del año pasado y después decidió hacer la plancha, como si estuvieran seguros sus dirigentes de que "el curso de la Historia" o alguna otra clase de destino manifiesto los había favorecido y que ya no hacía falta ningún esfuerzo más. Confiaron en el hartazgo social (un hartazgo que sigue existiendo por más Bicentenario y Mundial que haya) y se dedicaron a pensar en candidaturas presidenciales como si no hiciera falta más por hacer.

Y naturalmente, terminaron siendo ensartados por el kirchnerismo, esta vez con el agravante de que después de proclamarse como "nueva mayoría" en el Congreso, le tocaba a la oposición el desafío de hacer algo en vez de limitarse a practicar el cómodo arte la denunciología.

Creo que fue un político italiano el que dijo "nada es más desgastante que no tener el poder" o algo así, y la oposición lo viene descubriendo a fuerza de bifes y decepciones desde febrero. Claro, siempre se puede decir que el problema fue que pusimos demasiadas expectativas y esperanzas en el cambio de situación en el Congreso y eso sería totalmente cierto; la cuestión, sin embargo (y esto no excusa de ninguna manera lo que acabo de escribir) es quiénes fueron los que vendieron la imagen irreal de una oposición monolítica que controlaría el Congreso.

Pienso además que la oposición todavía no cae en la cuenta de que la denunciología, que es meritoria y necesaria frente a este gobierno de ladrones e ignorantes de cuarta, ya alcanzó lo máximo que podía llegar a lograr, es decir, el triunfo en las legislativas de 2009.

No le queda otra opción a la oposición más que reconocer que todavía faltan 14 meses para las presidenciales, y que lo mejor que puede hacer ahora es emprolijarse, consolidarse y resistir los embates de un gobierno inescrupuloso, que no tiene ningún asco en recurrir a los métodos más bajos y rastreros para currar un puntito más, y que no conoce de límites.

La casa tiene que ponerse en orden; en 2011 se elegirá un gobierno, no un coro de denunciantes. Y eso es precisamente lo que el Gobierno quiere para la oposición: que aparezca como una manga de denunciantes, una Armada Brancaleone de tipos unidos por el espanto sin nada que ofrecer.

Es necesario que la oposición se dé una buena ducha de manejo del poder en estos meses que le quedan y que vaya definiendo además qué es lo que le propone a la sociedad argentina. Si lo único que tiene para proponer es kirchnerismo más prolijo y despingüinizado, me temo que el electorado va a votar al original en lugar de a la segunda marca.

Porque puesta ante la disyuntiva de elegir entre un grupo de buenas personas que ni saben para qué tienen el poder ni cómo usarlo, y un ejército perverso que tiene perfectamente claro qué es lo que quiere y qué va a hacer para obtenerlo, es notable cómo la sociedad puede llegar a preferir a este último.

sábado, 12 de junio de 2010

Infantilismo

Desde hace un tiempo que me vengo convenciendo de que la izquierda en sus múltiples manifestaciones debe ser alguna forma de enfermedad mental, o por lo menos, de percepción bastante distorsionada de la realidad.

Pensémoslo bien.

Si no tengo plata, es porque alguien me la robó. Si no tengo trabajo, es porque alguien no me lo dio. Si me pegan, son criminales y yo una víctima; si les pego, soy un héroe y ellos se lo buscaron. Si le va bien, me tiene que mantener porque de alguna manera me está cagando. Si me acusan de un crimen, es la sociedad que me oprime. Si me piden que trabaje, es que la sociedad me está explotando. El pobre es pobre porque el rico es rico. Es posible vivir sin pagar nada, si tan sólo el Estado lo manejara todo y "los que tienen más" son obligados a pagar más. La autoridad es opresión. La violencia es mala sólo si no soy yo el que la aplica. Si nada sale como lo queremos, es porque alguien más está jugando en contra. La realidad es injusta. Lo tuyo es mío y lo mío también.

¿Les suena parecido a algo?

Si no aprobé el examen, es porque el profesor me odia y no me quiso aprobar. Si no hay helado, alguien (nunca yo) lo tiene que ir a comprar ya. Papá y mamá me tienen que mantener toda la vida. No quiero trabajar. No quiero estudiar. No quiero. Regalame. Comprame. Traeme. No es justo que llueva. No es justo que salga el sol. No es justo que él tenga una Play y yo no. No quiero ir a la escuela. Odio perder. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya.

No puedo dejar de pensar que las propuestas e ideas de la izquierda caen mejor en personas que, por alguna razón, todavía no dejan atrás perspectivas que eran aceptables en la infancia, cuando éramos todos inocentes y no conocíamos la realidad. Analizado en su más cruda expresión, el discurso de la izquierda y el comportamiento de sus adherentes tiene demasiado en común con el berrinche de un nene caprichoso.

Tal vez sea muy injusto, porque conozco y tengo muchos amigos y familiares increíblemente decentes y bienintencionados que sostienen posturas políticas y sociales que encajarían en el arco de la izquierda, y porque no creo que lo hagan de puros hijos de puta. Pero ese es el problema y la gran trampa del debate político actual: a la izquierda se la juzga y se la evalúa por sus ideales e intenciones, sin importar el rotundo fracaso de sus propuestas; a la derecha se le aplica contundentemente una condena ante el menor fracaso, sin importar las circunstancias.

Pero juzguemos a ambos campos por sus intenciones. La izquierda cree que un mundo perfecto y "justo" es posible y que tiene que implementarse cuanto antes. La derecha, en cambio, asume que el mundo en el que vivimos fue, es y será siempre imperfecto y que lo que nos queda por hacer es minimizar los daños. La derecha mira la realidad siempre con un ojo puesto en la Ley de Murphy. La izquierda se pone una venda en los ojos y trota al borde del precipicio confiada de que por su pureza va a poder caminar en el aire.

Es que en la base del progresismo y de la izquierda está la idea de que la realidad es injusta. Es un error: la realidad no es ni buena ni mala, ni justa ni injusta, simplemente es. A nosotros no nos corresponde intentar transformarla para que se ajuste a nuestros ideales de justicia, sino hacer lo mejor posible en lo que podemos actuar, sabiendo perfectamente que nada nos garantiza que vayamos a tener éxito.

La izquierda promete utopías, paraísos y fantasías redentoras para todos de manera gratuita, libre y sin esfuerzo; sabe quizás a nivel inconsciente que es imposible pero no importa, ya le achacará el fracaso a "los sospechosos de siempre". En el gobierno, siempre se manejará con el mismo libreto: identidad a partir de la victimización, impuestos a partir de la envidia, leyes a partir del infantilismo, políticas nacidas del resentimiento. Pero no importa, porque como en la campaña dijo "Yes we can!" está todo bien.

La derecha sabe que no todas las historias tienen final feliz, que no existe tal cosa como un almuerzo gratis, que para salir adelante hay que hacer cosas que van a doler, que los otros no necesariamente son incomprendidos y victimizados, sino que puede haber genuinos hijos de puta, y lo único que promete es hacer lo mejor que se pueda con lo que se tenga al alcance. Pero nunca se le perdonará el que haya tenido la temeridad de sacarnos de la fantasía eterna e infantil que la izquierda elevó al nivel de filosofía.

Muy en el fondo, en su nivel más básico, la izquierda es la filosofía política de los inmaduros e infantiles.

* * * * *

Ah, a propósito, por una amable invitación de su equipo que jamás podré agradecer del todo, desde hace un par de días estoy escribiendo en BlogBis como blogger invitado. Pasen por ahí que vale la pena y muchísimo. Y no se preocupen, La Bestia seguirá funcionando y sólo acá escribiré mis habituales choclos indigeribles.

sábado, 5 de junio de 2010

Kirchnerismo fusil al hombro!

Algo muy extraño pasa en el amplio abanico oficial... como si de la noche a la mañana les hubiera entrado a todos, desde la Parejita Perversa para abajo, un aprecio renovado por las Fuerzas Armadas Argentinas. Este aprecio repentino se manifiesta en comentarios, discursos y una catarata de anuncios que van desde modernizaciones, compras y aumentos presupuestarios hasta la promesa de "propulsión nuclear" en los buques de la Armada.

En más de una ocasión llegó a proclamarse que la tan mentada "reconciliación entre las FF.AA. y la sociedad" ya se había logrado. Qué lo parió, finalmente llegó la reconciliación y a mí me agarra en chancletas.

No es sólo desde lo oficial que se nota esto. Hace unos días hice el ejercicio sobrehumano de soportar más de tres segundos frente a la pantalla de Canal 7, pues un ánimo perverso y masoquista me tenía interesado en escuchar qué iba a decir la manga de oligofrénicos de 6-7-8 sobre las Fuerzas Armadas. Para mi atónita sorpresa, los tipos empezaron a cantar loas sobre las FF.AA., ponían "informes" donde mostraban los aplausos cosechados por las tropas que desfilaron el 22 de mayo, e incluso uno llegó a decir que "la carrera militar es una muy linda profesión para hacer".

¿Qué diablos le pasa al campo Nac&Pop? ¿Les entró redepente un súbito amor a la institución castrense?

¿Les sorprendería mucho a ustedes si les dijera que no lo creo? Digo, ojalá fuera cierto y ojalá de acá en adelante me demuestren que estoy equivocado; sería un placer para mí que me prueben lo contrario en este tema.

Para mí pasa por otro lado. Pasa por haber comprobado, para horror y disgusto de la progresía bienpensante, que las Fuerzas Armadas siguen siendo queridas y apreciadas por una sociedad que concurrió masivamente al desfile militar del 22 de mayo, pese a que la intelligentsia había ordenado un desfile casi marginal, sin presencia de armas modernas (bah, modernas, lo que hay) y relegado al primer día de las celebraciones del Bicentenario.

Con el eterno sensor "buscavotos" atento, estos tipos pispearon que lo militar quizás no era tan piantavotos como habían creído, y de la noche a la mañana cambiaron 180 grados su habitual discurso antimilitar. Tal vez incluso se dieron cuenta que la "reconciliación" ya existía antes de todo lo que hicieron. Hasta el propio 6-7-8 los deschavó cuando esa voz en off vagamente feminoide que tienen sus "informes" proclamaba triunfalmente que "el Bicentenario demostró que se le había arrebatado la bandera de lo militar a la derecha".

Ahora, el cínico que llevo adentro me dice que da lo mismo que le presten atención a las FF.AA. porque estén convencidos de la necesidad de hacerlo o que lo hagan porque vean un rédito político; después de ver millones desperdiciados en pelotudeces, el prospecto de ver plata invertida en la defensa nacional al fin es bueno.

Debería estar contento, indica la lógica; lo contrario sería asumir la condición de gataflora.

Y quisiera alegrarme, pero no puedo. El tema es que sencillamente el kirchnerismo no tiene credibilidad en este asunto. En siete años de hegemonía no han hecho nada excepto humillar, denigrar, condenar al ostracismo, menospreciar y hambrear económicamente a las Fuerzas Armadas. ¿Por qué habría de creer ahora que se arrepintieron de esto cuando no se han arrepentido de ninguna de las otras barbaridades que hicieron?

Además, ¿qué me puede hacer creer que esta catarata de anuncios, entre los que se cuentan la renovación de la flota de cazas de la Fuerza Aérea, la modernización de los tanques TAM, la adquisición de barreminas y buques polares para la Armada, y tantos otros, van a cumplirse cuando a pesar de siete años de cháchara todavía ni se trabaja en el primero de los "Patrulleros Oceánicos Multipropósito", o cuando a tres años del incendio, al rompehielos Almirante Irízar todavía le están quitando las chapas quemadas?

Si me dijeran que lo del submarino nuclear es un proyecto a largo plazo, para nunca antes de 2025, tal vez; me es difícil creer que lo van a hacer antes cuando todavía no logran darle para adelante con barcos mucho más básicos y menos complejos. Menos todavía cuando a las FF.AA. las aquejan necesidades materiales más elementales, más urgentes y más fáciles de encarar que un submarino nuclear o incluso un rompehielos nuclear.

Por más que mi alma benevolente me pida que conceda el beneficio de la duda, la experiencia militar del kirchnerismo, desgraciadamente, me impone escepticismo hasta que vea la bandera argentina izada al tope de los barcos prometidos o la escarapela pintada en las derivas de los aviones.

Y por último, me permito dudar de los réditos políticos que esperaría lograr el kirchnerismo cambiando así de golpe su tradicional antimilitarismo. Una semana de anuncios frenéticos no borra siete años de insultos, ni hace olvidar aquel "no les tengo miedo" del Néstor, o la pobreza presupuestaria frente al desperdicio de otras áreas del Estado.

O la insultante ausencia de la mismísima Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas durante el desfile del 22 de mayo. O la permanente y taimada evocación del Proceso en discursos ante oficiales y suboficiales que ni estaban vivos durante el último gobierno militar.

Y si no, que se fijen mejor en las filmaciones del desfile y comprueben que al momento de pasar frente al palco oficial, las tropas gritaban en vez de cantar.

Esa es la maldición del kirchnerismo: insulta y agrede tanto que cuando quiere cambiar de rumbo, así sea tácticamente, nadie está dispuesto a perdonarle nada.

sábado, 29 de mayo de 2010

Reflexiones bicentenarias sin mucha conexión, coherencia o lógica entre sus distintas partes

En el debate sobre si estábamos mejor en 1910 o ahora en 2010 que hizo la revista Noticias, uno de los consultados era Felipe Pigna. Aparentemente, para el señor Pigna, elogiar el Centenario significa "una cosa horrenda" porque la gente de 1910 no tenía sindicatos y no había una ley Sáenz Peña, por la ley de Residencia y andásaber qué otra cosa.

Pero hay más: para el señor Pigna, elogiar al Centenario "dice mucho sobre la clase de personas que hacen el elogio", apelando a la vieja y clásica táctica progre de agarrar algo, descontextualizarlo, generalizarlo y emitir condena. Espero ansioso su vuelta lógica para sostener que José Figueroa Alcorta era simpatizante de Videla.

Entonces, si demostrar simpatías por un hecho histórico es revelar la naturaleza de la persona, ¿cómo tengo que interpretar que Pigna se babee por el "Plan de Operaciones" de Mariano Moreno, que en sus páginas no se priva de recomendar fusilamientos, juicios sumarios en donde se sentencie a morir "a la menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa", entre otras linduras que aparentemente no le perturban su almita sensible?

Pienso unos cuántos epítetos que podrían servir como respuesta, y todos ellos parten de la base de hacer referencia a su señora madre.

* * *

Escucho que en Nicaragua, que parece estar atravesando por una crisis política, al presidente Daniel Ortega se le ocurrió la genial idea de proponer la disolución del Congreso Nacional y pasar a gobernar a través de un Consejo de Estado.

No sé qué irá a pasar en Nicaragua, pero si Ortega llegara a cerrar el Legislativo, espero una rápida, formidable y contundente condena por parte de esa titánica paladina de la democracia que es Nuestra Presidenta.

* * *

Quedan todavía 16 meses para las elecciones presidenciales. Tiempo suficiente para que desde la oposición pongan las cosas en orden y empiecen a pensar para qué quieren llegar al Gobierno.

El riesgo que corren estos muchachos de la oposición, que como en una mala película de zombies dieron por muerto al kirchnerismo sólo para descubrirse empomados por el cadáver reanimado del Néstor, es que en octubre de 2011 la gente prefiera votar al tirano desquiciado que sabe para qué quiere el gobierno, antes de elegir a los no tan desquiciados y no tan tiránicos que no tienen idea de lo que quieren hacer.

* * *

Así me siento cuando la escucho hablar a Cristina.

No sé si compartirán.

* * *

Los seis millones que dicen que fueron al Paseo del Bicentenario no votarán todos por Néstor. Tampoco votarán todos por la oposición. Lo más probable que pase es que estén todos hasta las pelotas de esta manga de mediocres y cretinos de todos los colores que pasan por ser nuestra "clase dirigente". Y lo bien que hacen.

* * *

No me sentí parte de los festejos del Bicentenario. ¿Para qué habría de sentirme parte? Si es obvio que a la Argentina la levantaron los caudillos, los progresistas, los peronistas, los guerrilleros y las Madres y las Abuelas. El resto de nosotros sólo jodemos, conspiramos y cagamos las cosas por nuestra mera existencia.

¿Qué tiene que hacer un católico liberal en este país, excepto pagar impuestos, pedir perdón por su existencia y ver cómo en nuestra fiesta nacional, en la que supuestamente tendríamos que sentirnos todos parte de una misma nación, se consienten "obras de arte" que yuxtaponen a la Iglesia Católica con la Junta Militar y con Adolf Hitler?

* * *

Ya sé que no hubo mucha coherencia en el post de esta semana. Ninguno de estos temas, pienso yo, daba para un post entero. En esta circunstancia era mejor apelar al popurrí.

Hasta la próxima.

sábado, 22 de mayo de 2010

Doscientos años

En unos días más estaremos llegando al bendito Bicentenario de la Revolución de Mayo.

No es poca cosa. Que este país haya podido llegar a doscientos años (o ciento noventa y cuatro, que no es menor mérito, si contamos a partir de 1816) después de una historia como la nuestra, es algo que en el fondo inspira algo de esperanza en la capacidad de supervivencia y adaptación del ser humano.

Es momento de sentarse un minuto, mirar a nuestro alrededor y hacia el pasado, y hacer un balance duro pero necesario de estos doscientos años.

En principio, creo que tenemos que reconocer que, como nación, hasta ahora la Argentina ha sido un fracaso. Vuelvo a repetir acá una definición de Ortega y Gasset que cité antes y que me parece que tiene que estar en la base de cualquier análisis sobre la realidad argentina: una nación es un proyecto sugestivo de vida en común.

Un país no puede ser solamente un territorio con bandera, himno nacional, Estado y, en especial en el caso argentino, una selección de fútbol. Tiene que haber algo más que una a los habitantes de un país, un propósito, una concepción de la vida y de la forma de vivir en sociedad que dichos habitantes compartan no por la fuerza, sino por el convencimiento y la experiencia de saber que esa es la forma en la que quieren vivir y en la que mejor se sienten.

A un país se lo ama, se lo defiende, se lo quiere, no porque gane el Mundial o porque tenga la avenida más larga del mundo. Se lo ama porque se siente que en ese país puede hacer la mejor vida posible.

¿Cuál es ese proyecto de vida en común que ofrece la Argentina? ¿Lo tiene? ¿Alguna vez tuvo uno?

Alguna vez lo tuvo.

Hace casi cien años, faltan sólo un par de días, la Argentina celebró su Centenario y también el mejor momento de su más grandioso proyecto de nación. Se trataba de un proyecto ambicioso, que no se conformaba con lo que había y menos todavía lo elogiaba. Un proyecto de orden y progreso (no de progresismo) que en menos de medio siglo convirtió a un desierto pútrido y nefasto, la más inmunda, pobre y despreciable posesión del ex Imperio Español, en uno de los países más prósperos del mundo, cuya capital, originalmente una aldea de contrabandistas en el medio de la nada, se convertía en una de las ciudades más grandes e imponentes de la época.

¿Que era imperfecto? ¿Que había pobreza? ¿Que había corrupción? Absolutamente. Pero llevábamos medio siglo trabajando; el primer medio siglo de vida independiente no cuenta ya que nos pasamos esos cincuenta años dedicándonos al deporte favorito de los argentinos: degollarnos por idioteces sin sentido.

No era un país perfecto ni por asomo; faltaban muchas cosas por hacer. Faltaba desarrollar el país para que fuera algo más que un gran productor de alimentos. Faltaba desarrollar el interior, desconcentrar a Buenos Aires, faltaba limpiar el sistema político, faltaban muchas cosas que sólo el tiempo y la maduración de una sociedad podían conseguir.

Pero en vez de confiar en el tiempo, en la maduración y en el sentido común, nos fuimos al carajo de la mano de muchos. De la mano de los mesiánicos que creían que haber sido votados era suficiente para hacer lo que se les diera la gana. De los mesiánicos, de uniforme o de civil, que se tragaron lo de ser "la reserva moral" de la Argentina. De los enloquecidos que soñaban con revoluciones delirantes de todo tipo y pelaje. De los vivos que aprovecharon todo para sí, y de los giles que acompañaron porque pensaron que iban a vivir de arriba. De los envidiosos y envenenados que codiciaban lo que no era suyo, y de los vagos que no querían esforzarse para lograr nada. De los que no hicimos nada.

Y así llegamos a donde estamos hoy. ¿Qué proyecto sugestivo de vida en común encarna la Argentina, que no sea la ilusión de un nivel de vida escandinavo con productividad subsahariana, de vivir de las rentas del trabajo de otros, de recibir todo de arriba porque "donde hay una necesidad hay un derecho", de finalmente acabar con todos los que no piensan como uno?

Casi podría decirse, a doscientos años de ese 25 de mayo, que la Argentina sólo se mantiene unida detrás de su selección de fútbol. Basta ver los vergonzosos comportamientos de nuestra dirigencia para comprobar que ni siquiera una fecha como esta puede hacer que dejemos atrás las chicanas pedorras y las avivadas de siempre.

Al Centenario llegamos como uno de los países más ricos del mundo; el Bicentenario nos encuentra chapoteando en la mugre, la miseria y la mediocridad de nuestro fracaso histórico como nación y como sociedad, fracaso que abrazamos como si realmente fuera algo digno en lugar de algo a lo que hay que escaparle como sea.

Es un Bicentenario triste el que tenemos, más cuando en los edificios y en las grandes obras de todo el país podemos apreciar el legado de aquel Centenario glorioso que celebrara un país que tanto prometía y que tanto decepcionó.

Hay, en el fondo, algo de esperanza, aunque más no sea en la capacidad de supervivencia y de adaptación que tenemos los argentinos. Sobrevivimos doscientos años a pesar de nosotros mismos; insisto, eso no es algo que se pueda despreciar tan fácilmente.

El mismo Centenario, ese que ahora nos quieren pintar como un momento triste "bajo estado de sitio" para que no lo comparemos con lo triste y mediocre de este Bicentenario, es prueba de algo más: de que como sociedad fuimos capaces alguna vez de levantar una nación rica, orgullosa y esperanzada a partir de un desierto atrasado e inhóspito.

Pudimos construir ese país, que prometía tanto y que aún en sus grandes faltas mantenía la esperanza de superarlas. Nada, excepto nosotros mismos, nos impide trabajar para que volvamos a ser un país así. Quizás no lo veamos nosotros, o incluso nuestros hijos; pero sí podemos esforzarnos para que llegado el 2110, le toque a los blogueros del Tricentenario volver la mirada a este triste 2010 y enorgullecerse ellos del país que tienen en comparación con el que vivimos nosotros. Y quizás, incluso, enorgullecerse de nosotros por haber empezado el camino de la superación.

Es algo por lo que vale la pena pensar, aunque más no sea para no caer en la desesperanza.

Por lo menos, podemos hacer lo que esté en nuestras manos para que en 2016 el verdadero Bicentenario, el de la Independencia Nacional, encuentre un país más tranquilo, más seguro y que no duela tanto como el nuestro.

Por mi parte, quiero mantener esa esperanza.

No hay mucho que festejar, excepto los 200 años del comienzo de todo. Lo que nos duele de este país, está en nuestras manos para resolverlo, de la manera que esté a nuestro alcance. Y aunque la Argentina duela como sólo ella sabe hacer doler, mueva a sufrir e irrite por momentos, sigue siendo nuestro país, al que nosotros tenemos que darle eso que le falta.

Y esa es razón suficiente para celebrar a la Argentina, aunque nos duela como nos duele por lo que la queremos.

Felices doscientos, Argentina. ¡Viva la Patria!


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